Las palmeras
A Yusuf le tocó traducir la venganza de su propia gente. Y descubrió, haciéndolo, que un hombre puede tener dos pueblos, y que cuando los dos se destrozan no le queda ninguno.
Volvieron de Tablada al atardecer, los barcos cargados de hombres rotos, y la isla de fango se convirtió en un hospital y en un velatorio.
Yusuf se había quedado en la isla con Riquilda y el retén.
Los vio llegar, y entendió por las caras, antes que por las cuentas, la magnitud del desastre.
Faltaba la mitad. Los que volvían venían quemados, ensartados, con el brazo colgando como Leifa, con la mirada hueca de los que han visto lo que no se desmira.
La isla se llenó de gemidos de heridos, de gangrena que empezaba ya a oler, de hombres que morían en la orilla mirando el río.
Y sobre todo se llenó de un silencio nuevo: el de una hueste que ha dejado de creer en sí misma.
Yusuf curó lo que pudo. Sabía algo de remedios, de hervir agua, de limpiar heridas, de las hierbas del sur que cierran o calman.
Aquella noche y el día siguiente fue de cuerpo en cuerpo con su madre vieja a su lado, las dos manos del sur cuidando a los lobos del norte que habían quemado su ciudad.
Y nadie, ni los heridos ni él, encontró nada raro en ello, porque el dolor, descubrió Yusuf, no tiene pueblo.
Un hombre que se desangra es un hombre que se desangra, y la mano que le aprieta la herida es solo una mano.
En aquellas horas Yusuf dejó de ver del todo a enemigos y vio solo a hombres rotos, y se le ablandó algo dentro que el rencor de las primeras semanas había tenido duro.
Al segundo día llegó el heraldo.
Vino por el río, en una barca, con bandera blanca y una escolta de jinetes que se quedó en la orilla firme, fuera del alcance, vigilando.
El heraldo era un hombre del emir, vestido de seda, con un pregón que recitar.
Al llegar a la isla pidió que el jefe de los al-majūs lo escuchara, y que alguien tradujera.
Y Hrafn, demacrado, con el brazo en cabestrillo de un golpe de Tablada, mandó llamar a Yusuf, porque Yusuf era el único que podía traducir.
Así le tocó a Yusuf ponerse entre el heraldo de su pueblo y el jarl de los que habían arrasado su pueblo, y traducir, palabra por palabra, la venganza.
El heraldo habló en árabe, y Yusuf fue pasando al norte lo que decía, y a cada frase se le hacía la boca más amarga.
—Dice... —empezó Yusuf, y la voz le tembló— dice que sois los enemigos de Dios, los adoradores del fuego, que habéis venido del fin del mundo a profanar la tierra del islam.
Dice que el ejército del emir Abd al-Rahman, a quien Dios guarde, os ha vencido en Tablada como Dios vence siempre a los que profanan su tierra.
—Tragó—. Dice que de los vuestros que cogió vivos en la batalla, más de...
más de mil, dice, aunque exagera, no fueron tantos... a esos los ha mandado ahorcar.
—¿Ahorcar? —Hrafn lo miró.
—De las palmeras —dijo Yusuf, y la palabra le salió rota—.
De las palmeras y de los olivos de Išbīliya.
Dice que ahora mismo, mientras habla, los cuelgan, a todos los que cogió vivos, de los árboles de la ciudad, para que todo el que pase los vea y sepa lo que le pasa al que viene a robar la tierra del emir.
—Yusuf no quería seguir, pero el heraldo seguía, y un traductor traduce—.
Y dice... dice que a los principales, a los jefes que ha reconocido, les ha cortado la cabeza.
Y que las cabezas las está salando y metiendo en cestos para mandarlas por mar a sus aliados del otro lado, a los señores del norte de África, como regalo y como prueba de la victoria.
Doscientas cabezas, dice. Para que en todas las orillas se sepa.
Se hizo un silencio espantoso en la isla.
Los hombres del norte que entendían algo, o que veían la cara de Yusuf, fueron pasando la noticia, y un murmullo de horror y de odio recorrió a la hueste rota.
Sus compañeros. Los que se habían quedado en Tablada, vivos, cogidos, y que ellos habían tenido que abandonar para salvarse.
No estaban muertos en una batalla, con honor; los estaban ahorcando como a ladrones de las palmeras de la ciudad, y salando sus cabezas para mandarlas de regalo.
Para un hombre del norte no había muerte más infame.
Ahorcado, sin arma en la mano, era no entrar en el Valhalla, era perderse para siempre.
El sur no solo los había matado: los había deshonrado, los había borrado del más allá según la fe del norte, y lo proclamaba a gritos por boca de un heraldo de seda.
Y Yusuf, en medio, traduciendo, sintió que se partía en dos.
Porque una parte de él, la parte de Išbīliya, la del hijo de la ciudad arrasada, la del hombre que había visto a una madre mecer un fardo vacío junto a un pozo, esa parte sentía que aquello era justicia.
Era terrible, pero era justicia. Habían venido a quemar, a matar, a esclavizar, sin que nadie los llamara, desde el fin del mundo, y ahora pagaban.
La ciudad ahorcaba a sus verdugos de sus propias palmeras.
¿No era eso lo que Yusuf había deseado, rabioso, las primeras noches de cautiverio? ¿No era eso lo que merecían?
Pero la otra parte, la que dos semanas de isla habían hecho crecer sin que él lo notara, sentía horror.
Era la parte que había curado heridas de aquellos mismos hombres, que había oído a Hrafn hablar de vanitas y de madres muertas, que había visto a Sven cuidar a Sancha y a Leifa romperse por dentro y al jarl jurar que no cogería una ciudad más.
Horror puro. Porque los que colgaban de las palmeras no eran ya, para Yusuf, «los al-majūs» en abstracto.
Eran Kalf, el del río, el de la cruz; eran los compañeros de los hombres a los que acababa de curar; eran gente con nombre, con miedo, con una madre en algún fiordo del norte esperándolos.
Y verlos exterminados con método, ahorcados en hilera, las cabezas saladas en cestos como pescado, le revolvía las entrañas exactamente igual que se las habían revuelto los escombros de su ciudad.
Era la misma crueldad. La misma. Solo que ahora la hacían los suyos, y se llamaba justicia.
Y Yusuf descubría, con espanto, que la justicia y la crueldad, vistas de cerca, en las palmeras, eran indistinguibles.
Eran la misma soga, el mismo cesto de cabezas, el mismo método frío de un poder demostrando su poder sobre cuerpos que ya no podían defenderse.
—Hay más —siguió Yusuf, porque el heraldo seguía—.
Dice... dice que el emir es misericordioso.
Que a los que aún quedáis en la isla os ofrece una salida.
Que si rendís las armas y os entregáis a su clemencia, no os colgará.
Que decidáis pronto, porque su ejército ya rodea las marismas, y el río arriba y el río abajo están cortados, y la barra, vigilada.
Dice que no hay salida al mar. Dice que la isla es ya vuestra tumba, y que solo el emir decide si os entierra en ella o os deja salir.
Y dice... —Yusuf bajó la voz— dice que tenéis tres días para responder, y que pasados los tres días, lo que cuelgue de las palmeras de Išbīliya seréis vosotros.
Terminó de traducir, y se quedó temblando, vacío, mirando al suelo, sin atreverse a mirar ni al heraldo de su pueblo ni al jarl del otro.
El heraldo, dicho su pregón, hizo una reverencia fría, subió a su barca y se alejó río arriba con su escolta de jinetes.
Dejó tras de sí, en la isla de fango, a quinientos hombres rotos que ya sabían que estaban en una tumba, y a un escribano sevillano que acababa de comprender, traduciendo, que ya no tenía un solo pueblo limpio al que volver.
Porque había visto a los dos hacer lo mismo, y había sentido por las víctimas de los dos la misma pena.
Y un hombre que siente la misma pena por los dos bandos de una guerra es un hombre que se ha quedado, para siempre, sin bando, condenado a entender a todos y a no pertenecer del todo a ninguno.
Que es, pensó Yusuf mirando el río llevarse al heraldo, la más solitaria de las libertades y quizá la única honrada.