Lo que Leifa vio
Leifa sobrevivió a Tablada. El precio de sobrevivir fue verlo todo, porque la guerrera que aguanta la pared no puede cerrar los ojos como el que huye.
Estaba en el tramo de la pared de Hrafn, donde la había puesto él al formar.
A su lado, como la había puesto siempre desde que era una cría.
Hrafn la quería cerca para protegerla, y sabía que el tramo donde estaba Leifa no se rompía.
Y no se rompió. La llanura ardía y la pared se deshacía a trozos bajo el fuego, pero el tramo de Leifa aguantó, retrocedió en orden y llegó al barro del río.
De él salieron vivos casi todos los que lo formaban.
Leifa hizo aquel día lo que mejor sabía hacer en el mundo: no romper la pared. Y al hacerlo, vio.
Vio cosas que no se le borrarían. Vio a Kalf, con el que había crecido, correr hacia el río cuando se rompió la pared.
Vio al jinete alcanzarlo por detrás sin esfuerzo, al trote, casi con desgana, y clavarle la lanza entre los hombros.
Vio a Kalf caer de bruces con la cruz de plata robada todavía colgando del cuello.
Y supo que aquella cruz, que había bailado en la cubierta del Cuervo el primer día, riendo todos, acababa en el polvo de Tablada como acababa todo lo que aquella expedición había tocado.
Vio arder a hombres. Eso fue lo peor, lo que volvería en sueños: hombres ardiendo enteros por el fuego pegajoso, corriendo, gritando, revolcándose, y el fuego sin apagarse.
Y el olor. El olor a carne y pelo quemados se le metió en la nariz y en la garganta y no se le iría en semanas.
Lo sentiría al comer, al respirar, al despertar.
Y vio, sobre todo, la inutilidad. Esa fue la herida de Leifa, distinta de la de los demás.
Los hombres que sobrevivieron a Tablada cargaron con el miedo, con la rabia, con la vergüenza de la derrota.
Leifa cargó con algo más frío: la comprensión de que todo aquel valor, toda aquella muerte heroica de hombres que ella admiraba, no había servido para nada.
Kalf no había muerto por nada grande. Había muerto corriendo, por la espalda, por una lanza que ni le miró la cara, en una llanura ajena, por un oro que ya nadie disfrutaría.
Lejos de su tierra, sin tumba, sin canto, sin nada.
La gloria del norte, esa por la que los hombres remaban toda la vida, esa que Bjorn prometía, era esto: un cuerpo de bruces en el polvo de Tablada con una cruz robada al cuello.
No había gloria. Había solo muerte, repartida con método por un enemigo más listo, sobre una alfombra de hombres valientes.
Hombres que habían confundido el valor con la sabiduría y habían pagado la confusión con la vida.
En lo más duro del repliegue, Leifa salvó a Hrafn.
Fue cuando ya estaban casi en el barro, retrocediendo, y un grupo de jinetes hizo una última carga desesperada para impedir el embarque.
Hrafn cubría el flanco para que embarcaran los heridos.
Se quedó un instante demasiado adelantado, demasiado solo, y un jinete lo vio y fue a por él, lanza baja.
Hrafn peleaba contra otro a pie y no lo veía venir de costado.
Leifa lo vio. Y no lo pensó, porque en la pared no se piensa: rompió su sitio, lo único que no se debe hacer, dio tres zancadas y metió el escudo entre la lanza del jinete y el costado de Hrafn en el último instante.
La lanza reventó contra el escudo. Le arrancó el brazo hacia atrás, le dislocó el hombro de un tirón que la hizo gritar, pero paró el golpe.
El jinete pasó de largo. Y Hrafn, que sintió el impacto a su lado, se volvió a tiempo de rematar al de a pie y de ver a Leifa de rodillas en el barro, el escudo destrozado, el brazo colgando.
—¡Leifa! —La cogió, la levantó, la metió hacia el agua, hacia las barcas—. ¡Te tengo, te tengo, embarca!
—El hombro —jadeó ella—. Solo el hombro. Estoy entera.
La embarcaron. Y mientras el Cuervo se separaba de la orilla, Leifa, tirada en el fondo de la barca entre los heridos, con el brazo inútil y el dolor mordiéndole el hombro, miró a Hrafn.
Se había arrodillado a su lado para colocarle el hueso de un tirón seco que le arrancó otro grito.
Y le dijo, entre dientes, lo que llevaba semanas pensando y que el horror de aquel día le sacó al fin:
—Tenías razón, Hrafn. Sobre las barcas. Sobre todo.
Esto no era... no valía... —No encontraba las palabras, ella que nunca había tenido muchas—.
Kalf ha muerto por nada. Todos. Por nada.
No hay oro que valga esto. No hay gloria.
Es mentira. La gloria es mentira. Lo he visto hoy.
Es solo... gente muriéndose por nada en un sitio que no es el suyo.
Hrafn le sostuvo el brazo recolocado, apretándoselo contra el cuerpo para inmovilizarlo, y la miró. A la cría que había criado para la guerra. A la mujer que acababa de romper la pared para salvarle la vida y de descubrir, en el mismo día, que todo aquello para lo que la había criado era mentira.
—Lo sé —dijo—. Lo sé, niña. Y la culpa es mía tanto como de Bjorn, porque yo te crié para esto.
Te enseñé a aguantar la pared. Te metí en el oficio sin enseñarte nunca que el oficio era vanitas, porque yo tampoco lo sabía.
—Le apartó el pelo sudado y ensangrentado de la cara, un gesto de padre que nunca se había permitido—.
Pero escúchame, Leifa, porque esto sí lo sé ahora.
Lo que has visto hoy, lo de que la gloria es mentira, mucha gente vive y muere sin verlo nunca.
Tú lo has visto a los veintidós años. Eso duele como un hierro al rojo, lo sé.
Pero el que lo ve a tiempo todavía puede hacer otra cosa con su vida.
Yo lo he visto a los treinta y ocho, casi tarde.
Tú lo ves ahora. Te queda vida, niña. Mucha.
Para hacer con ella algo que no sea esto.
Y te juro que si salimos vivos de este río, voy a ayudarte a encontrar ese algo, aunque sea lo último que haga.
Leifa cerró los ojos, el dolor del hombro mezclándose con el otro dolor, el de haber visto, y se dejó llevar río abajo.
En el fondo de la barca, entre los heridos y los muertos, mientras Tablada ardía a la espalda.
Y en la oscuridad de sus ojos cerrados, mientras el río los llevaba hacia la isla de fango, Leifa Thorgilsdóttir tomó, sin decírselo a nadie, la primera decisión de verdad de su vida: que si salía de aquel río, no volvería a aguantar una pared de escudos nunca más.
Que la guerrera que había sido se quedaba en Tablada, con Kalf, en el polvo.
Y que la mujer que saliera de aquella barca, si salía, sería otra cosa, todavía sin nombre.
Como el jarl, como Sven, como todos los que aquella tierra terrible y hermosa estaba cambiando por dentro a fuerza de mostrarles, cada uno a su manera, el vacío de lo que habían sido.
No sabía aún qué sería. Pero sabía lo que ya no sería. Y para una mujer que había sido solo una cosa toda su vida, una guerrera, saber lo que ya no sería era, por doloroso que fuese, la primera puerta de una libertad que no había conocido jamás.