Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Fuego del cielo
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Fuego del cielo

La batalla de Tablada le enseñó a Hrafn, en una mañana, todo lo que el norte no sabía de la guerra. Y se lo enseñó escrito con el fuego y la sangre de su hueste.

La pared de escudos aguantó la primera carga.

Eso lo sabía hacer el norte. La caballería del sur bajó de la llanura contra la loma, un trueno de cascos y de hierro, las lanzas bajadas, y la pared de escudos la recibió como recibe una roca a una ola: trabados hombro con hombro, las lanzas asomando entre los escudos, los hombres del fondo empujando a los de delante para que no cedieran.

Los caballos no cargan contra una pared firme de hierro y gritos.

Se desviaron en el último instante, rompieron contra los flancos, y hubo un momento de gloria, el último de la jornada.

La pared de escudos resistió, los jinetes pasaron de largo y cayeron algunos, ensartados, y la hueste rugió creyendo que se podía ganar.

No se podía ganar. La caballería no buscaba romper la pared. Buscaba fijarla, mantenerla quieta, mientras llegaba lo otro.

Lo otro fue el fuego.

Mientras la pared de escudos aguantaba mirando al frente, contra los jinetes, el sur trajo sus máquinas por los flancos.

A la distancia justa, fuera del alcance de un hombre a pie, empezó a lanzar sobre la pared apretada lo que Hrafn había visto en Lisboa y había rezado por no volver a ver: ollas de barro llenas de aquel fuego pegajoso que estallaban al caer y se derramaban ardiendo, y flechas con estopa empapada en lo mismo, y una especie de sifones que escupían un chorro de llama líquida.

Cayó sobre la pared de escudos, sobre los hombres apretados que no podían moverse sin romper la formación, y fue una carnicería que ningún valor podía parar.

Hrafn lo vio desde su tramo de la pared.

Vio estallar una olla en mitad de un grupo y de pronto seis hombres ardían, ardían enteros, el pelo, la barba, la ropa, los escudos de madera prendiendo como teas.

Y el fuego no se apagaba. Los hombres ardiendo rompían la pared para revolcarse, para correr, para tirarse al suelo, y al romper la pared abrían huecos, y por los huecos entraba la caballería que esperaba ese momento.

La pared de escudos, que aguantaba cualquier carga de frente, no podía aguantar el fuego.

Contra el fuego no sirve el escudo, ni el valor, ni el hombro del compañero.

Contra el fuego un hombre solo puede arder o huir, y las dos cosas rompen la pared.

—¡Aguantad! —gritaba Hrafn, gritaba Bjorn, gritaban los curtidos por toda la línea—.

¡No rompáis! ¡Cerrad los huecos! —Pero no se puede pedir a un hombre que arde que aguante.

La pared empezó a deshacerse, no por cobardía sino por física, por fuego, hueco a hueco, mientras la caballería se metía por los huecos y empezaba la matanza de verdad.

La de los jinetes cazando a pie a hombres rotos, que es como mueren las huestes de infantería cuando se les rompe la formación en campo abierto: no peleando, huyendo, ensartados por la espalda.

Hrafn peleó. Peleó como no peleaba desde hacía años, con una furia fría y desesperada.

No por ganar, que sabía que no se podía ganar, sino por salvar a los que pudiera, por mantener un islote de pared en pie el tiempo suficiente para que algunos retrocedieran hacia el río, hacia los barcos.

Reunió a su alrededor a un grupo, a Gorm, a Leifa, a Ulf, a los suyos, y formaron un círculo de escudos, pequeño, móvil, erizado.

Empezaron a retroceder hacia el río paso a paso, peleando, cubriéndose, mientras alrededor la llanura se convertía en un matadero.

Vio morir a Kalf, el muchacho de la cruz de plata robada, ensartado por la espalda por un jinete cuando corría hacia el río.

Lo vio caer, y no pudo hacer nada, y siguió retrocediendo, porque pararse a llorar a un muerto era morir uno también.

Vio morir a Eystein. Vio morir a tantos que dejó de contar, porque contar también mataba.

El fuego lo cambiaba todo. Esa era la lección, la que el norte no sabía y el sur sí.

En el norte, la guerra era de hombres: brazo contra brazo, hacha contra hacha, y vencía el más fuerte, el más valiente, el mejor trabado.

Aquí no. Aquí la guerra era de algo más que de hombres.

Era de máquinas, de fuego, de jinetes que no cargaban a lo loco sino con orden, de generales que no buscaban el choque de los valientes sino fijar a un enemigo con una cosa para destruirlo con otra.

Era una guerra pensada, fría, de oficio, contra la que el valor del norte servía solo para morir con más ruido.

Hrafn lo comprendía mientras retrocedía, hacha en mano, sobre los cuerpos de su hueste, y la comprensión le sabía a ceniza.

Habían venido a aquella tierra creyéndose los lobos, los terribles, los invencibles, y la tierra les estaba enseñando, en una sola mañana, que eran solo una banda de hombres fuertes con armas viejas frente a un poder que los superaba en todo lo que de verdad decide una guerra.

Llegaron al borde del río, al terreno quebrado y cenagoso de la ribera, donde la caballería ya no podía cargar.

Allí el islote de escudos de Hrafn pudo al fin pararse y respirar, espalda al agua, cubierto por el barro que frenaba a los caballos.

Quedaban con él, de su grupo, unos cuarenta.

A lo largo de la ribera, otros islotes parecidos se habían formado, hombres rotos que habían logrado llegar al barro y se aferraban a él.

Y hacia ellos remaban ya algunas de las barcas guardadas, intentando recoger a los vivos bajo una lluvia de flechas.

La llanura, a su espalda, era una alfombra de cuerpos del norte, de fuegos, de caballos sueltos, de jinetes del sur rematando.

Sobre todo se alzaba el polvo y el humo y los tambores que no habían dejado de sonar.

—¡A las barcas! —gritó Hrafn—. ¡Por turnos! ¡Los heridos primero! ¡La pared cubre el embarque! ¡No corráis, que el que corra ahora muere, aguantad la pared y embarcad por turnos!

Y lo hicieron, malamente, sangrando, pero lo hicieron.

La disciplina que les había fallado en la euforia del saqueo les volvió, en parte, en la desesperación de la derrota.

Embarcaron por turnos, cubiertos por la pared, los heridos primero, mientras Hrafn y un puñado de los más duros aguantaban el borde del barro contra los jinetes que se acercaban a probar y se retiraban ante el cieno.

Salvó a cuarenta. En otros puntos de la ribera, otros salvaron a otros tantos.

Pero de los casi quinientos que habían subido a Tablada cantando aquella mañana, los que volvieron a embarcar aquella tarde, rotos, quemados, sangrando, no llegaban a la mitad.

La otra mitad se quedó en la llanura. Lo que el sur hizo después con ellos, con los muertos y, peor, con los vivos que cogió, Hrafn no lo vería con sus ojos, pero lo sabría pronto, y desearía no haberlo sabido.

Cuando el Cuervo del Mar se separó de la orilla, cargado de heridos, bajando ya el río hacia la isla, Hrafn buscó a Bjorn entre los barcos.

Lo encontró, vivo, en otra barca, de pie en la popa, mirando hacia la llanura de Tablada que se alejaba, hacia el campo donde se quedaba media hueste.

Aun a aquella distancia Hrafn vio que su hermano sangraba de un costado y que tenía la cara, por primera vez en treinta años, vencida.

No derrotada de rabia. Vencida de verdad, hundida, la cara de un hombre que ha visto morir por su culpa a media hueste y lo sabe.

Los dos barcos bajaron el río juntos, en la tarde roja, cargados de hombres rotos, dejando atrás la llanura humeante de Tablada.

Y Hrafn, de pie en la proa del Cuervo, no sintió ni el alivio de seguir vivo ni la rabia de haber tenido razón.

Sintió solo el peso, el peso entero de todos los cuerpos que se quedaban en aquella llanura.

Y sintió la certeza, definitiva ahora, escrita con fuego, de que el oficio al que había dedicado su vida no solo no construía nada: destruía a los que lo ejercían.

Los traía desde el fin del mundo para morir quemados en una llanura ajena por un oro que ya nunca disfrutarían.

Vanitas, había dicho el escribano. Vanitas, repitió Hrafn para sí, mirando arder Tablada a su espalda.

Y por primera vez la palabra no le pareció triste, sino verdadera, y en su verdad, casi un comienzo.

Porque un hombre que ha visto del todo el vacío de lo que hace, pensó Hrafn, es un hombre que ya está, sin saberlo, buscando con qué llenarlo.