Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La víspera del Rojo
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La víspera del Rojo

Bjorn no durmió la noche antes de Tablada. Por una vez no fue la sangre la que lo mantuvo despierto, sino el peso de seiscientos hombres que dormían fiados a su promesa.

Recorrió el campamento en la oscuridad, callado, mirando dormir a la hueste, y sintió algo que no había sentido nunca y que no tenía nombre en su lengua: el filo de la responsabilidad.

Durante veinte años, Bjorn había peleado en primera línea sin pensar en nadie más que en dos hombres.

El que tenía delante para matarlo, y el que tenía al lado para no dejarlo caer.

Esa era su grandeza y su límite. Vivía el instante, el golpe, la sangre, y dejaba que Hrafn cargara con lo otro: con el después, con el si esto sale mal, con las viudas y los huérfanos y el camino de vuelta.

Bjorn encendía; Hrafn medía. Así había sido siempre, y a Bjorn le había parecido siempre que la suya era la mejor parte, la limpia, la de existir de verdad.

Aquella noche, por primera vez, le tocó cargar con lo otro.

Porque la hueste dormía fiada a él. Él los había metido allí.

Él había dicho «no huimos de un jinete», él había prometido el granero lleno, él había impuesto subir río arriba contra la advertencia de su hermano.

Y ahora estaban donde estaban, en una orilla seca a tres días del mar, con los pozos envenenados a la espalda y un ejército delante.

Al amanecer subirían a una llanura a darle batalla a ese ejército, y los que murieran morirían fiados a él.

Y Bjorn sabía ya en el fondo que morirían muchos.

Caminaba entre los cuerpos dormidos y veía caras que conocía de veinte años de remo, y por primera vez se preguntaba cuáles de aquellas caras no vería al ponerse el sol del día siguiente.

La pregunta le pesaba en el pecho como no le había pesado nunca un escudo.

«Esto es lo que carga Hrafn», comprendió, de pie en la oscuridad. «Esto es lo que ha cargado siempre, mientras yo encendía y peleaba y reía. Por eso está como está, gastado, frío. No es que se haya ablandado. Es que ha cargado esto durante veinte años, y yo no lo he cargado ni una noche hasta hoy.»

No le quitó la rabia hacia su hermano. Pero le añadió, debajo de la rabia, una hebra nueva de algo que se parecía al respeto y al miedo a la vez.

Porque si aquello era lo que Hrafn sentía, y Hrafn había dicho «bajemos al mar, el ejército viene», entonces quizá Hrafn no lo había dicho por blandura.

Quizá lo había dicho porque, cargando lo que Bjorn cargaba aquella noche por primera vez, había visto lo que Bjorn no había querido ver: que iban a morir.

Y Bjorn, en la oscuridad, sintió el aguijón terrible de la duda, la duda del que empieza a sospechar, demasiado tarde, que el otro tenía razón.

Pero no se podía echar atrás. Esa era la trampa, y no la del emir, la suya propia.

Había llevado a la hueste hasta allí prometiendo gloria, y un hombre que ha prometido gloria a seiscientos guerreros no puede, la víspera de la batalla, decirles «huid, me equivoqué».

Eso sería el fin de Bjorn, no como jarl, sino como hombre, ante los suyos y ante sí mismo.

Había apostado su nombre a la batalla de Tablada, y ya solo le quedaba ganarla o caer en ella.

Las dos eran honra; la tercera, retirarse, era una deshonra que Bjorn prefería la muerte antes que cargar.

Así que enterró la duda, la pisó hondo, y volvió a ser el Rojo.

Porque la hueste necesitaba al Rojo al amanecer, no a un hombre dudando entre los cuerpos dormidos.

Al alba, formó a la hueste.

Subieron a pie hacia Tablada, dejando los barcos guardados en la orilla con un retén, casi quinientos hombres en marcha por el camino seco que ascendía hacia la llanura.

Bjorn iba al frente, donde debía ir, con el escudo al brazo y el hacha al hombro y la melena roja suelta.

Arengaba mientras marchaban, recorriendo las filas, encendiendo, porque eso sí sabía hacerlo como nadie.

—¡Hoy, hermanos! —gritaba—. ¡Hoy el sur va a saber por qué tiembla el mundo cuando bajan los del norte!

¡Llevan semanas picándonos en la oscuridad como mujeres, con flechas y emboscadas, porque no se atreven a mirarnos a la cara!

¡Pues hoy nos miran a la cara! ¡Hoy, en campo abierto, hacha contra lanza, vamos a enseñarles lo que es un lobo de verdad!

¡Cantad, hijos de Odín! ¡Que nos oigan venir!

Y la hueste cantaba, y subía. Bjorn, oyéndolos cantar, sentía volver la vieja embriaguez, la certeza de la sangre, y casi, casi, olvidaba la duda de la noche. Casi.

Coronaron la última loma, y se abrió ante ellos la llanura de Tablada.

Era inmensa. Llana, seca, dorada de rastrojo, extendida entre el río a la izquierda y las lomas de olivares a la derecha, hasta la línea pálida de la ciudad humeante al fondo. Y la llanura estaba llena de enemigos. Bjorn se paró en seco, y con él toda la hueste, y el canto se apagó solo.

No era una partida. No era una guarnición.

Era un ejército, el ejército del emir de Córdoba, desplegado en la llanura con un orden que a Bjorn, que no había visto nunca un ejército de verdad, le heló la sangre.

Filas de infantería con lanza y escudo, apretadas, disciplinadas, muchas más que la hueste.

Y en las alas, lo que Bjorn más temía sin haberlo visto nunca: la caballería.

Cientos de jinetes, en orden, las lanzas verticales como un cañaveral de hierro, los caballos quietos, esperando, brillando al sol de la mañana.

Y entre las filas, máquinas, carros con artilugios que Bjorn no entendía pero que recordaban a las de Lisboa, las del fuego que no se apaga.

Banderas. Tambores que empezaron a sonar, un latido grave, lento, que retumbaba en la llanura y en el pecho.

Y todo aquello quieto, en orden, esperándolos, mientras ellos coronaban la loma jadeando.

Quinientos lobos que de pronto, frente a aquel despliegue, parecían lo que eran: una banda de saqueadores lejos de casa.

Bjorn miró aquello, y por un instante, un solo instante, deseó con toda su alma haber escuchado a su hermano sobre las barcas.

Deseó estar bajando el río hacia el mar.

Deseó no haber prometido nunca el granero lleno.

Pero el instante pasó, porque detrás de él quinientos hombres miraban también, y empezaban a flaquear.

Un solo paso atrás de Bjorn en aquel momento sería la desbandada, y la desbandada ante caballería en campo abierto era la muerte de todos.

Así que Bjorn hizo lo único que le quedaba: enterró el miedo más hondo aún que la duda, levantó el hacha sobre la cabeza, y rugió, con toda la voz que tenía, hacia el ejército del emir y hacia su propia hueste a la vez:

—¡PARED DE ESCUDOS! —Y la palabra, la vieja palabra del norte, hizo lo que tenía que hacer: los hombres dejaron de mirar el miedo y empezaron a moverse, a cerrar filas, a trabar los escudos, hombro con hombro, porque eso sí lo sabían hacer, lo llevaban en la sangre—.

¡Cerrad la pared! ¡Hombro con hombro! ¡Que vengan ellos a nosotros!

¡Aquí, en esta loma, no manda su caballería!

¡Aquí mandamos nosotros! ¡Cerrad la pared y aguantad, y al que rompa la pared lo mato yo antes que el moro!

Se formó la pared de escudos en lo alto de la loma, quinientos hombres trabados en una sola muralla de madera y hierro.

Bjorn la mandó retroceder despacio hacia un terreno más quebrado, junto al río, donde la caballería no pudiera cargarlos de costado, porque eso sí lo había aprendido: que en lo llano el jinete manda y hay que buscar el terreno roto.

Y mientras retrocedían en orden, paso a paso, los escudos al frente, Bjorn buscó con la mirada a su hermano, que venía en la pared con su propia gente, sereno, el hacha lista, sin un reproche en la cara.

Sus miradas se cruzaron sobre los escudos.

Y Bjorn, que no sabía pedir perdón, que no había pedido perdón en su vida, le dijo a Hrafn con los ojos lo único que podía decirle en aquel momento: «tenías razón, hermano, y aquí estamos, y ahora solo nos queda pelear juntos como siempre, una vez más, la última quizá».

Y Hrafn le devolvió la mirada, y en ella no había triunfo, ni «te lo dije», solo el viejo entendimiento de veinte años de remo.

Que respondía: «lo sé, hermano. Vamos a pelear juntos.

Como siempre. Cierra tu lado de la pared que yo cierro el mío».

Y los dos hermanos, separados por todo lo que las últimas semanas habían roto entre ellos, volvieron a ser, por última vez, en la loma de Tablada frente al ejército del emir, lo que habían sido siempre: los dos extremos de una misma pared de escudos, dispuestos a morir el uno por el otro aunque ya no supieran vivir el uno con el otro.

Los tambores del sur arreciaron. La caballería se movió. Y la batalla de Tablada empezó.