Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Río arriba
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Río arriba

Las primeras alquerías que pasaron aún tenían algo: gente escondida, ganado suelto, graneros a medio vaciar.

La hueste cayó sobre ellas con el ardor de la gran correría, y los hombres celebraron.

Bjorn tenía razón, decían: el granero estaba lleno y el jarl los habría hecho huir de un jinete.

Pero a medida que subían, las alquerías cambiaban.

Estaban vacías del todo. No reventadas, no quemadas: vacías, ordenadamente vacías, como casas que sus dueños habían cerrado con tiempo y cuidado antes de marcharse.

Los graneros, barridos. Los pozos, algunos, tapados con losas.

Otros, y eso fue lo primero que enfrió a la hueste, envenenados, con animales muertos echados dentro, de modo que el agua ya no servía.

—Esto no es gente huyendo —dijo Gorm la segunda tarde, mirando una alquería vacía y barrida—.

Gente huyendo deja las puertas abiertas y la mesa puesta.

Esto es gente a la que han mandado vaciar.

Les han dicho: lleváoslo todo, envenenad los pozos, no le dejéis al lobo ni un grano ni un trago.

Esto es orden de un ejército, jarl. Nos están dejando subir por un pasillo seco.

Cuanto más subimos, menos comemos y menos bebemos, y más lejos del mar estamos.

Nos están secando como se seca un pez al sol antes de comérselo.

Hrafn lo sabía. Lo veía. Y lo peor era que no podía hacer nada, porque la hueste no quería verlo.

Para los hombres, cada alquería vacía era solo mala suerte, una casa más sin botín, y la solución era subir un poco más, a la siguiente, a la grande que seguro que estaba llena.

Bjorn los mantenía con esa zanahoria: una más, hermanos, la próxima estará llena.

Y subían. Cada legua que subían era una legua más adentro de la trampa, una legua más lejos de la barra, un día más de comer las reservas que llevaban porque la tierra ya no daba nada.

Y empezaron a no volver partidas.

Mandaban grupos pequeños a explorar los olivares, a buscar gente escondida, ganado, agua, y algunos no volvían.

Al principio uno, y se dijo que se habrían perdido, o emborrachado, o desertado.

Luego dos, tres. Y un día encontraron a uno de los desaparecidos: lo encontraron clavado a un olivo con su propia lanza, en un cruce de caminos, a la vista, puesto allí para que lo encontraran.

No era obra de campesinos asustados. Era un mensaje, frío y exacto, de soldados que sabían su oficio.

Este es vuestro pasillo, decía, y a los lados del pasillo estamos nosotros, y cada vez que os salgáis a los olivares os cogemos de uno en uno.

Quedaos en el pasillo. Seguid subiendo. Os esperamos arriba.

La hueste empezó a tener miedo. No el miedo a la batalla, que un hombre del norte conoce y casi disfruta, sino otro peor: el miedo a lo que no se ve.

Los olivares, antes solo calurosos, se volvieron amenazantes.

Cada fila de árboles podía esconder a un jinete, a un arquero, a una emboscada.

Por las noches, en los campamentos de la orilla, los hombres dormían mal, sobresaltados.

De vez en cuando una flecha salía de la oscuridad y mataba o hería a uno junto al fuego, y nadie veía de dónde.

Y eso, gota a gota, iba minando a la hueste más que una batalla campal.

El sur no peleaba de frente. El sur picaba, sangraba, secaba, esperaba.

Y la hueste, que sabía pelear de frente, no sabía pelear contra esto.

Una noche, Hrafn caminó entre los fuegos del campamento y vio las caras de sus hombres.

Vio el miedo asentado en ellas, y vio también algo más: vio que empezaban, despacio, a mirar hacia él.

No hacia Bjorn, que los había metido allí con la promesa del granero lleno.

Hacia él, el cuervo, el que había dicho que bajaran al mar y al que no habían hecho caso.

Es ley vieja de las huestes: cuando las cosas van bien, se sigue al que promete más; cuando se tuercen, se busca al que avisó.

Y Hrafn había avisado, delante de todos, sobre las barcas: «el ejército viene, bajemos al mar».

Ahora el ejército venía, invisible, secándolos, y los hombres se acordaban de quién lo había dicho.

Bjorn también lo notaba. Hrafn lo veía esforzarse cada día más por mantener el ánimo, por reír, por prometer, por arengar, y veía que cada día le costaba un poco más.

Es fácil arengar a una hueste rica, y fácil arengar a una hueste asustada que no ve la causa de su miedo.

Pero es muy difícil arengar a una hueste asustada que empieza a sospechar que el miedo viene de haberte seguido a ti.

Bjorn cargaba ahora el peso que había querido: mandaba el corazón de la hueste.

Y descubría, día a día, que mandar el corazón de una hueste cuando las cosas van mal no es un premio, es una condena.

La tercera tarde, los exploradores que aún se atrevían a salir volvieron, los pocos que volvieron, con una noticia.

Río arriba, donde el valle se ensanchaba en una gran llanura al sur de la ciudad, en un sitio que los del lugar llamaban Tablada, había movimiento.

Polvo. Mucho polvo. Y entre el polvo, banderas, y el brillo del metal, y filas, filas largas de hombres y de caballos.

El ejército. Por fin visible. Ya no un jinete en una loma, ya no una flecha en la oscuridad: el ejército entero del emir de Córdoba, desplegándose en una llanura, esperando, cerrándoles el río por arriba como la barra se lo cerraba por abajo.

Esa noche, Hrafn pidió asamblea, por última vez antes de la batalla. Sabía ya cuál sería el resultado, pero se lo debía a la hueste y a sí mismo. Mientras los hombres se reunían en el claro junto a la orilla, bajo las estrellas grandes del sur, Yusuf se le acercó, pálido.

—Esa llanura —dijo el escribano—. Tablada.

La conozco. Es buena para la caballería, señor.

Llana, abierta, seca. Si os esperan ahí es porque ahí es donde sus jinetes mandan.

En los olivares, en las callejas, un jinete vale poco; en Tablada vale por tres.

Os están llamando al sitio que más les conviene.

—Lo sé, escribano —dijo Hrafn—. Y la hueste va a ir igual, porque la hueste cree que en campo abierto, de frente, no hay quien nos gane.

Y se equivoca, porque nunca ha peleado de frente contra jinetes con fuego.

—Miró hacia la llanura invisible, río arriba, donde dormía el ejército que iba a deshacerlos—.

¿Sabes qué es lo peor de todo, Yusuf? Que yo lo veo, tú lo ves, hasta Gorm lo ve.

Y no podemos pararlo. Mañana subiremos a esa llanura a darles la batalla que ellos quieren, en el sitio que ellos eligen, del modo que a ellos les conviene.

Porque mi hueste no sabe ya hacer otra cosa que morder, y morderá, aunque sea el cebo de una trampa, porque morder es lo único que sabe.

—Cerró los ojos un momento—. Toda mi vida he creído que la fuerza era saber morder.

Y voy a ver morir a media hueste mañana precisamente por eso, por saber solo morder.

La fuerza, escribano, era saber cuándo no.

La asamblea fue breve y fue lo que Hrafn sabía que sería.

Propuso, por última vez, dar media vuelta esa misma noche, bajar el río en la oscuridad, intentar cruzar la barra al amanecer y salir al mar antes de que el ejército pudiera bajar a cortarles el paso.

Y Bjorn, y con él la hueste, dijeron que no.

Que no se huye la víspera de una batalla.

Que un hombre del norte no le da la espalda a un ejército que lo espera.

Que mañana subirían a Tablada y le enseñarían al sur cómo muere un lobo y, mejor aún, cómo mata.

Rugieron. Golpearon los escudos. Cantaron.

Y Hrafn, de pie en el claro, miró a su hueste cantar la víspera de su ruina, y no dijo más, porque ya no había nada que decir.

Un jarl que no puede salvar a su hueste de sí misma al menos puede no humillarla en su última noche entera, dejándola cantar.