Polvo en el horizonte
El jinete apareció al amanecer del noveno día, una sola figura inmóvil en una loma del este. Gorm lo leyó antes de que Hrafn terminara de verlo.
Estaban en la orilla firme de la isla, los dos viejos, mirando cómo la hueste cargaba las barcas para la gran correría río arriba, la que Bjorn había impuesto. Gorm tenía los ojos siempre puestos en el horizonte por costumbre de toda una vida. Se quedó quieto y dijo, sin alzar la voz:
—Mira al este, jarl. En la loma de los olivos.
Hrafn miró. Lejos, en lo alto de una loma seca, más allá de las marismas, recortado contra el cielo pálido del amanecer, había un jinete.
Uno solo. Un hombre a caballo, quieto, mirando hacia la isla.
No se acercaba. No huía. Solo miraba. A aquella distancia no era más que una mancha oscura.
Pero la quietud de la mancha tenía algo deliberado, algo de oficio, que a Hrafn le erizó la nuca como se le había erizado frente a Lisboa.
—¿Cuánto lleva ahí? —preguntó.
—Acaba de aparecer. —Gorm entornó los ojos—.
Pero te diré lo que es, jarl, porque lo he visto otras veces, en otras costas, antes de que las cosas se pusieran feas.
Eso no es un campesino curioso. Un campesino curioso no se planta a campo abierto donde lo veamos.
Eso es un explorador. Un hombre del ejército, mandado a mirar.
A contar barcos, a contar hombres, a ver por dónde estamos y por dónde se nos puede coger.
Lleva ahí el tiempo justo para contarnos, y en cuanto nos haya contado, se irá al galope a decírselo a quien lo mandó.
Como si lo hubiera convocado, el jinete se movió.
Dio media vuelta al caballo, despacio, sin prisa, con la insolencia tranquila del que sabe que no pueden alcanzarlo, y desapareció tras la loma.
Un momento después, a lo lejos, donde el camino seco subía hacia el este, hacia Córdoba, se levantó una pequeña polvareda que se alejaba al galope.
Hrafn y Gorm se quedaron mirando aquel polvo deshacerse en el aire de la mañana.
—Ya está —dijo Gorm—. Ya saben.
—Ya sabían —dijo Hrafn—. Desde Coria saben que estamos aquí.
Desde el primer día de humo lo saben. Esto es otra cosa, viejo.
Esto no es saber. Esto es contar. Mandan a un hombre a contarnos exactamente.
Y a un enemigo no lo cuentas con cuidado el día antes de huir de él.
Lo cuentas el día antes de caerle encima.
Se le asentó en el estómago una certeza fría, la misma que llevaba días rondándolo y que el jinete acababa de confirmar.
El sur no había tardado por debilidad. Había tardado por método.
Mientras la hueste se emborrachaba y quemaba y se pudría de hartura en la ciudad, alguien, allá en Córdoba, había reunido sin prisa un ejército.
Lo había armado, lo había puesto en camino, y ahora, antes del golpe, mandaba a un hombre a contar cuántos eran los lobos y dónde dormían.
La trampa que Hrafn había olido desde la barra, desde la facilidad de la ciudad abierta, estaba a punto de cerrarse.
Y la hueste, ciega, cargaba las barcas en ese mismo momento para meterse aún más adentro, río arriba, en la gran correría.
Se alejaba del mar, se alejaba de la única salida.
Justo cuando lo que había que hacer era correr hacia él.
Hrafn fue hacia las barcas. Bjorn estaba allí, dirigiendo la carga, de buen humor, dando voces a los hombres.
—Para la carga —le dijo Hrafn—. No subimos río arriba. Bajamos al mar. Hoy.
Bjorn se volvió, la sonrisa congelándosele.
—¿Otra vez con eso?
—Ha habido un explorador en la loma del este.
Un jinete del ejército, contándonos, y se ha ido al galope hacia Córdoba.
—Hrafn habló rápido, bajo, urgente, solo para Bjorn.
Intentaba, por una vez, convencerlo de hermano a hermano y no de jarl a rival—.
Bjorn. Escúchame como me escuchabas antes de todo esto.
El ejército viene. No tarda. Si subimos río arriba, nos meten entre el ejército y el agua y nos cogen sin escapatoria.
La única posibilidad que tenemos es bajar ahora, cruzar la barra, y al mar, donde sus jinetes no nos alcanzan y su fuego no nos coge.
Hoy. Ahora mismo. Antes de que cierren el río.
Por un instante, solo un instante, Hrafn creyó que lo lograba.
Vio a Bjorn dudar. Vio al guerrero de oficio que había bajo el rival sopesar la información, porque Bjorn no era tonto, Bjorn sabía leer una amenaza tan bien como cualquiera.
Un explorador a caballo que cuenta y se va al galope era una señal que Bjorn entendía igual que Gorm.
Por un instante, los dos hermanos volvieron a ser, sobre las barcas a medio cargar, los dos lobos que durante veinte años habían leído juntos el peligro y habían decidido juntos.
Pero el instante pasó. Porque entre Bjorn y la decisión correcta se había metido, en aquellas semanas, demasiado.
El orgullo de las veces que Hrafn lo había hecho doblar el cuello.
La mitad de la hueste que ya lo seguía a él.
La promesa de la gran correría que él mismo había sembrado.
Y el miedo, el verdadero: el de que ceder ahora, dar la razón a Hrafn una vez más delante de todos, fuera el fin de su propio ascenso.
Bjorn no podía ya darle la razón a su hermano aunque su hermano la tuviera.
Había ido demasiado lejos. Y eso, comprendió Hrafn viéndolo endurecer la cara, era lo más amargo de todo.
La grieta entre ellos había llegado a un punto en que ni siquiera la verdad podía cruzarla.
Porque cederle la verdad al otro era ya, para Bjorn, perder.
—Un jinete —dijo Bjorn, en voz alta ahora, para que lo oyeran los hombres de alrededor—.
Un solo jinete en una loma, y el jarl quiere que soltemos la correría más rica de todo el viaje y corramos al mar como conejos.
—Se rió, una risa que pedía la complicidad de la hueste, y la consiguió—.
Hermanos, ¿desde cuándo seiscientos hombres del norte huyen de un jinete?
Si el sur quiere venir, que venga. Lo esperamos en tierra, con las hachas, y le enseñamos cómo pelean los lobos.
Pero no vamos a soltar el granero más lleno de la campiña por una nube de polvo.
Subimos río arriba, como estaba dicho. Y al volver, cargados, ya bajaremos al mar, y que pruebe el sur a quitarnos lo que es nuestro.
La hueste rugió con Bjorn. Claro que rugió.
«No huimos de un jinete» era lo que querían oír.
«Subimos a por el granero lleno» era lo que su codicia pedía.
Y el peligro del que hablaba Hrafn era, otra vez, invisible: una nube de polvo en una loma contra un granero de oro al alcance de la mano.
Hrafn miró a la hueste rugir, miró a su hermano recibir el rugido, y supo que había perdido.
No la discusión, sino la flota. Iban a subir río arriba contra toda razón, iban a meterse en la trampa con los ojos abiertos, y él no podía pararlos.
Un jarl que no manda ya el corazón de su hueste no manda nada, solo acompaña.
No subió a las barcas a discutir más. Habría sido inútil y habría sido indigno. Se apartó, hacia donde Gorm recogía los aparejos del Cuervo del Mar, y le dijo, en voz baja:
—Suben.
—Suben —repitió Gorm, sin sorpresa—. ¿Y nosotros?
Hrafn miró las barcas cargándose, la hueste embarcando entre risas, Bjorn al frente, río arriba, hacia el este, hacia el polvo que se había levantado en la loma. Y miró hacia el sur, hacia donde el río bajaba ancho y manso hacia la barra y el mar y la salida.
—Subimos con ellos —dijo, y la derrota le pesaba en cada palabra—.
¿Qué otra cosa, viejo? Son mi hueste. Aunque ya no me sigan, son míos.
Un jarl no abandona a su hueste a la trampa por tener razón.
Sube con ella, y si la trampa se cierra, intenta sacar de ella a los que pueda.
—Cogió su escudo, su hacha—. Pero prepara el Cuervo para correr, Gorm.
Aligéralo. Quita lo que no haga falta. Porque cuando esto se tuerza, y se va a torcer, va a haber que bajar este río más rápido de lo que nadie lo ha bajado nunca.
Y quiero que al menos un barco, el nuestro, esté listo para llevarse a los vivos.
Subieron río arriba con la flota, esa mañana del noveno día, hacia los graneros llenos y el polvo en el horizonte, hacia Tablada, aunque ninguno conociera todavía ese nombre.
Y mientras el Cuervo del Mar remontaba la corriente entre los cañaverales, Hrafn miró por última vez, sobre el hombro, hacia el sur, hacia el mar que dejaban atrás.
Tuvo la certeza, fría y exacta, de que muchos de los hombres que cantaban en aquel momento en las barcas no volverían a ver aquella agua, ni la barra, ni el norte.
No verían nada que no fuera la tierra seca y ajena del sur, donde el sur, por fin, había decidido cobrarles la ciudad de plata.