Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Lo que cuesta una ciudad
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Lo que cuesta una ciudad

Hrafn recorrió Išbīliya por última vez con Yusuf de guía. Aquel paseo entre las ruinas le enseñó lo que ocho días de saqueo no le habían enseñado: el precio, contado de uno en uno.

Lo hizo a propósito. La hueste preparaba ya la gran correría río arriba, la que Bjorn había sembrado.

Hrafn no había logrado pararla, y quiso al menos verla antes de cerca, mirarla entera, sin la borrachera de la primera semana.

Quiso mirarla con los ojos fríos del que sabe que ha perdido el mando y solo le queda entender.

Cruzó a la ciudad en un esquife, con Yusuf, sin más escolta que dos hombres.

Y caminó por lo que quedaba de Išbīliya.

Lo que quedaba era poco. Barrios enteros eran ya solo paredes negras y montones de escombro humeante.

Las calles, antes frescas y vivas, estaban cubiertas de cascotes, de muebles rotos, de las cosas que la gente no pudo llevarse y los del norte no quisieron coger: una cuna volcada, un telar destrozado, sandalias sueltas, páginas de libros quemados que el viento movía por el suelo como hojas muertas.

Olía a ceniza mojada, a podrido. Olía a ese olor dulzón y horrible que Hrafn conocía bien y que no había querido nombrar en ocho días.

El de los muertos que nadie había enterrado, bajo los escombros, en los pozos, en los rincones.

—Aquí vivía un alfarero —dijo Yusuf, parándose ante una casa reventada, la voz plana, sin acusación, que era peor que cualquier acusación—.

Hacía las tinajas más buscadas de la ciudad.

Le compré una a mi madre, para el agua, hace años.

Se llamaba Faray. Tenía cuatro hijos. —Miró el hueco negro de la puerta—. No sé si salieron a tiempo.

Siguieron andando. Yusuf iba nombrando. No reprochaba, no lloraba; nombraba.

Era su oficio de escribano: poner nombre a las cosas para que no se perdieran.

Aquí el horno del pan, de Ibrahim, que fiaba a los pobres.

Aquí la casa de baños, donde se reunían los viejos a hablar.

Aquí el taller del tejedor judío, Yom Tob, que hacía mantas que duraban tres generaciones.

Aquí la escuela donde un maestro mozárabe enseñaba las letras a los niños cristianos, y latín, y los salmos.

Cada montón de escombros tenía un nombre, un oficio, una vida.

Yusuf los iba poniendo uno tras otro, y Hrafn los iba recibiendo como recibe un hombre los golpes que no puede devolver, en silencio, encajando.

Llegaron a un pozo, en una placeta, y junto al pozo había una mujer.

Estaba sentada en el brocal, una mujer de mediana edad, ni vieja ni joven, con la ropa sucia y rota.

Mecía algo en los brazos, despacio, canturreando muy bajo.

Al principio Hrafn pensó que era un niño.

Se acercaron, y vio que no. Era un fardo de ropa, un envoltorio vacío, y la mujer lo mecía como se mece a un niño, canturreándole, con los ojos perdidos, ida.

Había perdido la razón. Yusuf le habló suavemente en su lengua, y la mujer no respondió.

Siguió meciendo el fardo y canturreando.

Sonriéndole al vacío con una dulzura espantosa.

—Su hijo estaba en el pozo —dijo Yusuf en voz baja, después de hablar con una vecina que se asomó, asustada, de una ruina cercana—.

Lo escondió ahí el primer día, para salvarlo de vosotros, lo bajó con una cuerda.

Y se olvidó de él, o no pudo volver, o la cogieron...

La vecina no lo sabe bien. Cuando volvió, días después, el niño llevaba mucho ahogado.

—Yusuf tragó—. Ahora mece la ropa. Cree que es él.

La vecina dice que lleva así tres días, que no come, que no para de mecerlo.

Hrafn miró a la mujer meciendo el fardo vacío, canturreando, sonriendo al vacío. Había visto muchas cosas en ocho días, en veinte años, en toda su vida de guerra. Pero aquella, no sabía por qué aquella y no otra peor, fue la que le rompió algo dentro que ya no se recompuso.

Porque vio en aquella mujer su propia herida del revés.

Él había perdido a su mujer y a su hijo, y la pérdida lo había dejado frío, vacío, un sitio de hielo en el pecho.

Aquella mujer había perdido a su hijo y la pérdida la había dejado loca, meciendo un fardo.

Eran la misma herida, la peor que existe, la de un hijo.

Pero la una la había causado una peste que nadie pudo evitar.

Y la otra la habían causado ellos, él, su hueste, su oficio, su manera de pasar por el mundo cogiendo.

Él había llorado a su hijo bajo un túmulo de piedras puesto con amor.

Aquella mujer ni siquiera podría enterrar al suyo con decencia, porque estaba en un pozo y ella estaba loca.

Y la diferencia entre los dos dolores, comprendió Hrafn, no era que el suyo fuera más limpio.

Era que el suyo se lo había hecho la vida, ciega, y el de ella se lo había hecho un hombre. Él. Hombres como él. Por oro.

Se quedó mirándola mucho rato, sin poder moverse. Yusuf, a su lado, callaba. Y al fin Hrafn dijo, en voz muy baja, no a Yusuf, no a la mujer, a sí mismo, o a nadie, o a los dioses que ya no tenía:

—Esto no construye nada.

Lo había pensado antes, frente a la ciudad dormida, la noche antes del saqueo.

Pero entonces era una idea, una desgana, una pregunta sin nombre.

Ahora era esto: una mujer meciendo un fardo vacío junto a un pozo donde se ahogó su hijo escondiéndolo de nosotros.

Ahora la idea tenía cara, tenía olor, tenía una canción de cuna cantada a la nada.

Y Hrafn, el jarl, el cuervo, el que había quemado más techos de los que podía recordar, sintió por primera vez en su vida el peso entero de lo que era su oficio.

Lo sintió con todo el cuerpo y no solo con la cabeza.

No el peligro. El peso. El coste. Lo que cuesta una ciudad, no en oro, sino en madres locas y niños en pozos y nombres que un escribano va poniendo a los escombros para que no se pierdan del todo.

—Vámonos —dijo—. He visto bastante.

Volvieron al esquife en silencio. Cruzaban el río de vuelta a la isla, con la ciudad humeante a la espalda, cuando Hrafn habló, despacio, mirando el agua. Lo que dijo se lo dijo a Yusuf, pero era para él: una decisión que tomaba en voz alta por primera vez, para no poder ya echarse atrás.

—Toda mi vida he creído que un hombre vale por lo que es capaz de coger —dijo—.

Que el fuerte coge y el débil planta para que el fuerte coja.

Y he sido fuerte, escribano. He cogido todo lo que quise.

—Negó con la cabeza—. Y hoy he visto a una mujer meciendo un trapo, y de pronto no soy capaz de seguir creyendo eso.

Porque si eso es ser fuerte, si esto es lo que hace el fuerte, entonces no quiero ser fuerte.

Prefiero ser el alfarero que hacía tinajas, o el panadero que fiaba a los pobres, o el escribano que pone nombres a los muertos.

Esos plantaron algo. Yo solo he cogido. A los treinta y ocho años no tengo nada plantado en ninguna parte, y dejo detrás de mí madres locas.

Y eso, escribano, eso no lo arregla ya todo el oro de Išbīliya.

—Levantó la vista, y Yusuf vio en sus ojos grises algo definitivo, una orilla cruzada—.

No sé todavía cómo, ni cuándo, ni si me dejarán vivo para hacerlo.

Pero te juro, por la única cosa sagrada que me queda, que es el túmulo de mi mujer y mi hijo, que no voy a coger ni una ciudad más.

Que de un modo o de otro, esta es la última.

Aunque me cueste la hueste. Aunque me cueste a Bjorn. Aunque me cueste la vida.

Yusuf no dijo nada. No había nada que decir ante un juramento así, salido de aquel hombre, en aquel río, con aquella ciudad ardiendo detrás.

Pero lo guardó, como guardaba los nombres.

Porque comprendió que acababa de oír el momento exacto en que un saqueador del norte dejaba de serlo por dentro.

Y comprendió que aquel momento, si el hombre vivía para cumplirlo, cambiaría más cosas de las que él podía imaginar.

En aquel río, en aquella tierra, en las dos vidas, la suya y la del jarl, que el azar de la guerra había atado.