Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El reparto
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El reparto

El botín se extendió en el claro central de la isla sobre cueros, a la vista de todos: el oro y la plata por un lado, pesados en una balanza de mano; la seda y los paños; las gemas del cofrecillo de la judería; las especias; las armas buenas.

Y aparte, atados, los cautivos, que eran botín también, el de más valor en el mercado, tasados uno a uno.

Gorm y otro veterano hacían las cuentas, escribían los lotes con muescas en tablillas, calculaban las partes.

Y Hrafn presidía, de pie junto a la balanza, dando su parte mayor de jarl y, como era costumbre en él, repartiéndola luego en buena medida entre los heridos y las viudas de los caídos.

Aquel gesto siempre le había ganado a la hueste.

Y aquel día, Bjorn lo notó, ya no le ganaba lo mismo, porque la hueste había empezado a oír otra voz.

Cuando llegó el momento de tasar a los cautivos, Bjorn golpeó.

—Una cosa antes de seguir —dijo, alzando la voz, plantándose en el centro del claro—.

Los cautivos. Aquí hay veinte que no valen nada en el mercado: viejos, heridos, gente del común sin rescate.

El jarl se empeñó en subirlos vivos a los barcos, ¿os acordáis?

En vez de descartarlos como hemos descartado siempre.

Bien. Ahora os pregunto, hermanos, a vosotros, a la hueste, no al jarl: ¿qué hacemos con veinte bocas que comen de nuestro grano, ocupan sitio en nuestros barcos, y no valdrán un dírham al llegar a puerto?

Porque vamos a tener que cruzar la barra y bajar al mar, y cada boca inútil en un barco es una ración menos para un hombre que sí rema.

Lo pregunto a la hueste. Que decida la hueste.

Fue hábil, y Hrafn lo supo enseguida, porque Bjorn no atacaba el mando de frente.

No decía «yo debería mandar». Decía «que decida la hueste», que era la ley sagrada del norte.

Y al invocarla ponía a Hrafn en el sitio del jarl que decide solo, en contra de la asamblea, que es el sitio del tirano.

Si Hrafn insistía en salvar a los cautivos por su autoridad, sería el jarl que pisa la ley de la asamblea por capricho.

Si lo sometía a votación, perdería, porque Bjorn había contado los votos antes de hablar.

De cualquier modo, Bjorn ganaba: o Hrafn quedaba como tirano, o Hrafn quedaba como derrotado.

Era el mismo cepo que había tendido Ásgeir con los dioses, pero esta vez con la ley de los hombres.

Hrafn miró a su hermano un largo instante, y Bjorn le sostuvo la mirada sin malicia visible, casi con afecto, como diciéndole: «te aviso, hermano, esto es lo que hay, no me obligues a humillarte». Y Hrafn comprendió, por la cara de la hueste, que Bjorn no fanfarroneaba. Que tenía los votos.

—Tienes razón en una cosa, Bjorn —dijo Hrafn al fin, despacio, y la hueste se tensó, porque nadie esperaba que empezara dándole la razón—.

La hueste decide. Esa es la ley, y la ley está por encima del jarl, hasta de mí.

Si la hueste quiere votar la suerte de los cautivos, se vota.

—Hizo una pausa, y luego, antes de que Bjorn pudiera saborear la victoria, cambió el terreno—.

Pero votemos bien, hermanos. No votemos solo lo que Bjorn pregunta.

Votemos la pregunta entera. Porque la pregunta no es solo qué hacemos con veinte viejos.

La pregunta es qué clase de hueste somos.

—Barrió el claro con la mirada—. Llevamos ocho días en una ciudad.

La hemos vaciado. Somos más ricos de lo que ninguno soñó.

Y os pregunto: ¿queremos bajar al mar con ese oro y volver a casa a contarlo, o queremos quedarnos a degollar viejos para ahorrarnos grano mientras un ejército que no vemos se acerca por el este?

Porque eso es lo que de verdad se vota hoy.

No la suerte de veinte cautivos. La nuestra.

El que vote matar a los viejos por una ración de grano está votando quedarse.

Y el que vota quedarse, en esta tierra, a estas alturas, está votando morir.

Eso es lo que yo pongo en la balanza, Bjorn, frente a tus veinte bocas: seiscientas. Las nuestras.

Se hizo un silencio espeso. Bjorn sintió, con un fastidio frío, que su hermano le había dado la vuelta al cepo.

Había venido a votar la suerte de los cautivos y de pronto se votaba quedarse o irse, que era otra cosa, una cosa en la que muchos de los que querían matar viejos no querían, sin embargo, morir.

Hrafn había unido las dos preguntas con un hilo, y el hilo aguantaba.

Pero Bjorn era buen luchador, y un buen luchador no se desploma porque el otro le devuelva un golpe.

—Bonito —dijo, y sonrió, abriendo los brazos a la hueste—.

Mi hermano siempre fue el de las palabras bonitas.

Pero fijaos en lo que ha hecho, hermanos: yo pregunto una cosa pequeña y clara, qué hacemos con veinte bocas inútiles, y él la convierte en una cosa grande y oscura para no contestarla, «¿qué clase de hueste somos?

». Esa es su manera. Cuando no quiere decidir, hace una pregunta tan grande que ya no se puede decidir nada.

—Algunos rieron, y Bjorn supo que recuperaba terreno—.

Yo os hago la pregunta pequeña, que es la honrada.

Y de paso os digo lo que él no os dice: que sí, que hay que bajar al mar, en eso tiene razón, pero no con las manos a medio llenar.

Una correría más, la grande, río arriba, donde están las alquerías que aún no hemos tocado, los rebaños, los graneros llenos.

Una semana más. Y entonces bajamos, ricos del todo, no a medias.

Lo de los viejos es solo aligerar la carga para esa semana.

Eso es lo que yo propongo. No morir, hermano. Llenarnos del todo antes de irnos.

Y ahí la balanza tembló otra vez. «Una correría más, la grande» era exactamente lo que una hueste rica y envalentonada quería oír, y «bajar al mar a medias» era lo que ningún lobo quiere hacer.

Hrafn vio a la hueste inclinarse de nuevo hacia Bjorn, hacia la promesa de más, contra su propia advertencia de peligro.

El peligro era invisible y el oro era de oro.

No se votó la suerte de los cautivos aquel día.

No hizo falta. Bjorn había conseguido algo mejor que veinte viejos muertos: había sembrado en la hueste la idea de «una correría más, la grande».

Y había conseguido que la hueste viera, con sus ojos, a las dos cabezas enfrentarse de igual a igual en el claro sagrado del reparto, el jarl y su segundo, midiéndose.

Ya no jarl y segundo, sino dos hombres que querían cosas distintas y arrastraban cada uno a su mitad.

El reparto siguió, los lotes se entregaron, el oro cambió de manos.

Pero todos se fueron de aquel claro sabiendo que algo se había roto, que la hueste tenía ya dos voluntades, y que tarde o temprano, como dos ríos que corren juntos pero hacia distinto mar, tendrían que separarse.

Bjorn recogió su parte, generosa, y la repartió esa noche entre los suyos, atándolos más.

Y antes de dormir, miró hacia la hoguera de su hermano, donde Hrafn hablaba en voz baja con el escribano y la vieja ciega y la guerrera, su pequeña corte de blandos.

Sintió, mezclados, el amor de toda una vida y la certeza fría de que ese amor no iba a bastar.

«Una correría más, hermano», pensó. «Y luego, pase lo que pase, ya no seremos uno.

Lo hemos sido treinta años. Y se acaba. Y me duele más a mí que a ti, que tú ya estás en otro sitio y yo todavía no me he movido de donde siempre estuvimos los dos. »