Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Rehén
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Rehén

Yusuf reunió valor durante tres días antes de pedírselo. Y cuando por fin lo hizo, descubrió que el jarl ya había pensado en ello, lo cual lo asustó más que un no.

La idea era sencilla y desesperada: ir a buscar a su madre.

Riquilda había quedado en la alquería del tío, en el Aljarafe, el día que cogieron a Yusuf.

De eso hacía ya casi dos semanas. La hueste subía a diario al Aljarafe en sus correrías, arrasando alquerías una a una.

Era cuestión de tiempo, si no había pasado ya, que una de aquellas partidas llegara a la del tío.

Y entonces a una vieja sola, ciega o no del miedo, encontrada en una casa, le esperaba lo que les esperaba a los viejos: nada bueno.

Si Yusuf no iba pronto, no iría nunca. Pero un esclavo no va a ninguna parte sin permiso.

Y pedir permiso para alejarse de la isla, donde lo retenían precisamente porque era útil y porque no podía huir, era pedir mucho.

Lo pidió al fin una noche, junto al fuego del jarl, eligiendo las palabras como quien elige dónde pisa en un vado.

—Señor —dijo—. Habéis preguntado dos veces por mi madre.

La que dejaron en la alquería. —Tragó saliva—.

Está en el Aljarafe, en la casa del hermano de mi padre, sola.

Vuestros hombres suben allí cada día. Si no voy pronto a buscarla, no habrá a quién buscar.

Os lo pido. Dejadme ir por ella. Volveré.

Tenéis mi palabra, y tenéis algo mejor que mi palabra: no tengo adónde huir, lo dijisteis vos.

Y mi madre, una vez aquí, será la prueba de que vuelvo, porque un hombre no abandona a su madre dos veces.

Hrafn lo escuchó sin interrumpir, mirando el fuego. Cuando Yusuf terminó, tardó en hablar.

—Ya lo había pensado —dijo al fin—. Mandar por ella.

—Yusuf sintió un vuelco, mitad esperanza, mitad miedo de aquel hombre que se le adelantaba en los pensamientos—.

No por bondad, escribano, no te confundas.

Por cálculo, como casi todo lo que hago.

Un hombre que tiene a quién volver sirve mejor que un hombre que no tiene nada.

Si traigo aquí a tu madre, te tengo a ti del todo: serás mi lengua porque tu madre estará bajo mi techo, y un hombre cuya madre está bajo el techo de otro no traiciona a ese otro.

Te ato con ella mejor que con cualquier cuerda.

—Lo miró a los ojos, sin disimular el cálculo—.

¿Lo entiendes? Lo que te ofrezco no es un regalo.

Es una jaula con tu madre dentro para que tú entres detrás por tu propia voluntad.

A Yusuf le dolió la honestidad, pero también la agradeció, porque era preferible un captor que decía la verdad de su crueldad a uno que la disfrazaba de clemencia.

—Lo entiendo, señor —dijo—. Y acepto la jaula. Acepto cualquier jaula que tenga a mi madre dentro.

Algo cruzó por la cara de Hrafn, una sombra rápida.

Y Yusuf comprendió, sin que el jarl lo dijera, que había tocado sin querer la herida del otro.

Hrafn había hablado de una madre, pero había pensado en una mujer y un hijo bajo un túmulo de piedras en el norte.

En alguien por quien él daría cualquier cosa por poder hacer lo que Yusuf iba a hacer, ir a buscarlos.

Y no podía, porque estaban muertos y no hay correría que rescate a los muertos.

—Iremos mañana —dijo Hrafn, levantándose—. Iremos. Yo voy contigo.

—¿Vos, señor?

—Yo. —Hrafn miró hacia el Aljarafe, oscuro al otro lado del río—.

Porque si mando a una partida cualquiera a una alquería a buscar a una vieja, esa partida hará en el camino lo que hacen las partidas, y a tu madre, si la encuentran, la tratarán como tratan a los viejos.

Si voy yo, no. Conmigo no se atreverán. —Y luego, en voz más baja, casi para sí—: Y porque hace mucho que no hago nada en esta tierra que pueda contarme a mí mismo sin asco, escribano.

Sacar a una vieja del fuego que yo mismo encendí no me limpia de nada.

Pero al menos será una cosa, una sola, que no sea coger.

Salieron al amanecer, una partida pequeña, doce hombres de los de confianza de Hrafn, con Leifa entre ellos, río arriba y luego a pie por los olivares del Aljarafe.

Yusuf guiaba. Reconocía cada vuelta del camino, cada alquería, y cada alquería que reconocía estaba quemada, reventada, vacía, los olivos pisoteados, los pozos con cosas dentro que Yusuf no quiso mirar.

Su tierra. La tierra rica del Aljarafe, la de las viñas y los olivos y las casas blancas, convertida en una sucesión de ruinas humeantes en dos semanas.

Caminaba entre aquello con el corazón en un puño, rezando en silencio, en árabe y en latín, las dos lenguas de sus dos linajes, por encontrar la casa del tío en pie y a su madre dentro.

La casa del tío estaba medio quemada. El cobertizo, ardido.

La casa, con la puerta reventada, el interior revuelto, saqueado.

Yusuf entró corriendo, gritando «¡madre!

», y no había nadie. Revolvió las habitaciones, el patio, el corral, gritando, y la casa devolvía solo el eco y el olor a ceniza fría.

Se le cayó el alma a los pies. Habían llegado tarde.

Una partida había estado allí, días atrás, y de su madre no quedaba rastro.

Fue Leifa quien la encontró.

La guerrera, que registraba el olivar de atrás por si había gente escondida, llamó a Yusuf con un grito.

Yusuf corrió. Y allí, en una cueva baja del terreno, una antigua era cubierta de matas, donde se guardaba la paja, estaba Riquilda.

Viva. Flaca, sucia, casi sin fuerzas, pero viva.

Se había escondido allí el día de la razzia, según pudo contar después, arrastrándose, y allí había aguantado dos semanas.

Comía lo que una vecina, otra vieja escondida en otra cueva, le acercaba de noche, y bebía de un hilo de agua de la era.

Una vieja ciega de un ojo y casi del otro, sola, escondida en un agujero, sobreviviendo por pura tozudez a la espera de que su hijo, vivo o muerto, volviera.

—Sabía que vendrías —fue lo primero que dijo Riquilda, cuando Yusuf la abrazó, su cuerpo de pájaro viejo temblando entre sus brazos—. Le dije a la Fátima, no me muero hasta que venga el niño. Y aquí estoy. Tozuda. Como un olivo.

Yusuf no podía hablar. La abrazaba y lloraba, él que llevaba dos semanas sin permitirse llorar para no enloquecer.

Lloraba ahora todo junto, el miedo, la culpa, el alivio, mientras los hombres del norte miraban en silencio, incómodos ante un dolor y una alegría que no eran los suyos pero que un hombre reconoce en cualquier lengua.

Hrafn se acercó. Miró a la vieja flaca y sucia en brazos de su hijo, y a Yusuf llorando.

Y Yusuf, por encima del hombro de su madre, vio la cara del jarl, y vio en ella algo que no olvidaría: una envidia limpia, sin maldad, la envidia desnuda de un hombre que mira a otro reunirse con su madre y piensa en los suyos bajo un túmulo.

Hrafn no dijo nada. Hizo una seña a sus hombres, una capa para envolver a la vieja, agua, que la cargaran con cuidado.

Y mientras volvían, despacio, al paso lento que Riquilda imponía, por los olivares quemados del Aljarafe hacia el río, Hrafn caminó un rato al lado de Yusuf, y le dijo, en voz baja, una sola cosa:

—Guárdala bien, escribano. Mientras puedas guardarla, guárdala.

Es lo único que de verdad se posee en esta vida, lo único que el fuego no convierte en vapor: la gente a la que uno puede todavía abrazar.

El oro es vanitas. Las ciudades son vanitas.

Esto no. —Señaló con la barbilla a la vieja envuelta en la capa—.

Esto es lo único que no lo es. Y yo lo aprendí demasiado tarde, cuando ya tenía a los míos debajo de las piedras.

Llevaron a Riquilda a la isla. Hrafn cumplió su palabra, su cálculo: le dio a la vieja un sitio seco bajo un toldo, comida, y la dejó vivir.

Y con ella ató a Yusuf a la isla más fuerte que con ninguna cuerda, tal como había anunciado.

Yusuf lo sabía. Sabía que su madre era ahora una rehén, que mientras ella estuviera bajo el techo del jarl él serviría sin pensar en huir, que aquello era una jaula.

Pero su madre estaba viva, y estaba a su lado.

Y a Yusuf, que hacía dos semanas la había visto hacerse pequeña en un umbral creyéndola perdida, la jaula con su madre dentro le pareció, contra toda lógica, lo más cerca de la libertad que había estado en mucho tiempo.

Esa noche, Riquilda, ya algo repuesta, comiendo despacio del cuenco que su hijo le sostenía, volvió la cara ciega hacia donde sonaba la voz del jarl, que hablaba con sus hombres junto a otra hoguera.

—Ese de la voz cansada —dijo—. El que manda. El que ha venido por mí. —Mojó el pan, pensativa—. No es como los otros, ¿verdad, hijo.

—No, madre. No es como los otros.

—Lo noté en la voz. —Riquilda masticó, despacio—. Hay hombres a los que la guerra les ha gustado, y se les oye. Y hay hombres a los que la guerra les pesa, y a esos también se les oye, pero hay que saber. Ese pesa. Ese carga algo. —Suspiró—. Ten cuidado con quererlo, hijo.

—No lo quiero, madre. Es mi captor.

—Ya. —La vieja sonrió en la oscuridad, una sonrisa antigua, la de quien ha visto muchas cosas—.

Eso decía yo de Bishr, tu padre, el primer año.

«Es mi amo.» Y mira. —Le buscó la mano y se la apretó con sus dedos de pájaro—.

La vida es larga y rara, hijo. Ten cuidado con a quién decides que no quieres.

A veces es solo la palabra «todavía» la que falta.