El dios ajeno
El sacrificio de Ásgeir partió a la hueste por una grieta más vieja que la del oro, la grieta de los dioses. Y Hrafn supo, al negarse, que acababa de hacerse un enemigo peor que Bjorn.
Ásgeir era el goði de la hueste, el sacerdote, el que hablaba con los dioses en nombre de todos.
Era un hombre alto, flaco, de pelo cano trenzado con huesos pequeños y ojos pálidos.
Tenía sobre la hueste un poder distinto del de un jarl: el jarl mandaba los cuerpos, Ásgeir mandaba el miedo de lo que hay más allá de los cuerpos.
Llevaba toda la expedición incómodo, lo sabía Hrafn, porque el sur le erizaba el alma.
Aquella tierra estaba llena de templos de un dios que no era ninguno de los suyos: mezquitas con su torre, iglesias de los cristianos con su hombre clavado en cruz, sinagogas de los judíos.
Todos adoraban, según Ásgeir, a un mismo dios extranjero que no toleraba a Odín ni a Thor ni a Frey.
Para Ásgeir, pisar aquella tierra era pisar el territorio de un dios celoso y poderoso.
Cada día que pasaban en ella sin honrar como era debido a los dioses del norte era un día de peligro, una afrenta que los dioses cobrarían.
Al sexto día del saqueo, cuando ardía ya la mezquita mayor y la hueste se pudría de vino y de hartura, Ásgeir vino a ver a Hrafn con una petición que traía meditada.
—¿Y qué pides? —preguntó Hrafn, aunque lo sabía.
—Un sacrificio. Uno grande, a la altura de lo que hemos tomado.
—Ásgeir bajó la voz, y en ella había el fervor frío de los que creen de verdad—.
Tenemos cautivos de sobra. Los que no valen para el mercado, los viejos, los heridos, esos que tú te empeñaste en subir vivos al barco.
Démoslos a Odín. Ahorquémoslos de los árboles, como manda la antigua usanza, nueve por cada barco, en la arboleda junto al río.
Abrámoslos al águila de sangre a los principales, y quememos la mezquita del dios ajeno como pira.
Que Odín vea que sus hijos, aun en tierra extraña, no lo han olvidado.
Entonces los dioses volverán, y la hueste volverá a ser una hueste, y bajaremos al mar protegidos.
Si no lo hacemos, Hrafn, te lo digo como goði: no saldremos vivos de este río.
La hueste se había ido juntando alrededor, atraída por el tono de Ásgeir, y Hrafn los sintió escuchar.
Y supo que aquello era más peligroso que cualquier discusión con Bjorn.
Bjorn hablaba de oro y de gloria, cosas de este mundo que un jarl puede pesar y contestar.
Pero Ásgeir hablaba de los dioses, del miedo de la noche, de la suerte de la hueste, y contra eso un jarl tiene poco que poner.
Si Hrafn accedía, mandaría matar arrodillados a una veintena de cautivos que había subido vivos a los barcos precisamente para no matarlos arrodillados, traicionando lo único que había hecho en aquella ciudad de lo que no se avergonzaba.
Si se negaba, la hueste lo vería negarse a honrar a los dioses en tierra del dios ajeno, justo cuando todo iba mal.
Y el goði podría decir después, cuando llegara la desgracia que Hrafn sabía que venía, que la desgracia había venido por la impiedad del jarl.
Era una trampa perfecta. Y Hrafn no creía que Ásgeir la hubiera tendido a propósito: el goði creía de verdad. Eso la hacía peor.
Hrafn miró a los cautivos, que habían oído lo bastante para entender, o para intuir, y que se apretaban unos contra otros con el terror mudo de los que han comprendido que se está decidiendo si los cuelgan de un árbol.
Miró a Yusuf, su intérprete, blanco como la cal, que sabía perfectamente lo que se decía y que no podía decir nada.
Y Hrafn, que llevaba toda la expedición callando su grieta por miedo a la hueste, sintió de pronto que aquel era un sitio donde no podía callar.
Aunque le costara el mando, aunque le costara más que el mando.
—No —dijo.
La palabra cayó en el silencio como una piedra en un pozo.
—No vamos a ahorcar cautivos para Odín —siguió Hrafn, despacio, eligiendo cada palabra, porque sabía que cada una pesaba—.
Y voy a deciros por qué, y no es por blandura, goði, aunque tú lo vayas a llamar blandura.
Es esto. —Señaló alrededor, la ciudad ardiendo, la hueste embrutecida—.
Dices que los dioses se han apartado porque no los honramos.
Yo digo otra cosa. Yo digo que un dios que necesita que le cuelguen viejos de los árboles para no soltar a su hueste no es un dios que valga la pena.
Y digo más: si Odín está mirando esta ciudad, si está viendo lo que hemos hecho estos siete días, no es sangre de cautivos lo que le falta.
Le sobra. Lleva siete días bebiendo sangre del sur a chorros.
Si los dioses se han apartado de nosotros, goði, no es por lo poco que les hemos dado.
Es por asco de lo mucho que les hemos hecho ver.
Un murmullo recorrió la hueste, un murmullo de escándalo, porque aquello rozaba la impiedad: un jarl diciendo que los dioses pudieran sentir asco de los suyos. Ásgeir se puso pálido de ira, los ojos pálidos encendidos.
—Eso es blasfemia —siseó—. Los dioses no sienten asco de la guerra.
Los dioses SON la guerra. Hablas como un cristiano, Hrafn.
Hablas como esta tierra te ha enseñado a hablar.
Te ha entrado el dios ajeno por los oídos, en boca de tu esclavo escribano.
—Señaló a Yusuf con un dedo tembloroso—.
Mira al jarl, hueste. Mira cómo le habla el dios del sur por la boca.
Siete días en su tierra y ya defiende a su gente y reniega de Odín. ¿Qué jarl es ese? ¿A quién seguís?
Fue un golpe duro, y Hrafn lo sintió calar. Vio a algunos hombres mirarlo con la duda nueva del que se pregunta si su jefe se ha vuelto, de algún modo, del otro lado. Pero Hrafn no retrocedió. Sabía que si retrocedía ahora, ante el goði, estaba perdido del todo.
—Sigo siendo el que os ha traído vivos hasta aquí y os ha hecho ricos —dijo, con voz firme—.
Y no reniego de Odín. Reniego de matar arrodillados a viejos atados, que es cosa distinta, aunque tú la mezcles.
Odín es el dios de los que mueren peleando, goði, no de los que mueren colgados de una cuerda con las manos atadas.
Eso no es un sacrificio que honre a Odín.
Es una carnicería que nos da asco a nosotros y que disfrazamos de religión para no sentirlo.
—Barrió a la hueste con la mirada—. Si queréis honrar a los dioses de verdad, hermanos, hay una manera, una sola: bajar de este río vivos, con la cabeza alta, sin que el sur nos cuelgue a nosotros de sus árboles.
Eso le gustará a Odín más que veinte viejos ahorcados.
Sobrevivir. Volver a contar. Esa es la ofrenda del norte.
Lo demás es carnicería de cobardes que tienen miedo de la noche.
No los convenció a todos. A los que ya estaban con él, los reafirmó.
A los que estaban con Ásgeir, los enfureció.
Y a los del medio, los dejó dudando, que era lo más que podía esperar.
Los cautivos no fueron ahorcados aquella tarde.
Esa fue la victoria, la única que importaba de verdad.
Pero Hrafn supo, viendo a Ásgeir alejarse rígido de ira, con el corazón lleno de la certeza del fanático ofendido, que se había hecho un enemigo distinto de Bjorn y peor.
Bjorn quería el mando, y eso un jarl lo entiende y lo pelea.
Ásgeir quería los dioses, y el que pelea en nombre de los dioses no negocia, no se cansa, no perdona.
Desde aquella tarde, cuando viniera la desgracia, y Hrafn sabía que venía, Ásgeir tendría su explicación lista, su culpable señalado: el jarl que renegó de Odín en la tierra del dios ajeno.
Y una hueste asustada, golpeada, busca siempre a quién culpar, y el goði se lo iba a poner fácil.
Aquella noche, Yusuf se le acercó en voz muy baja, temblando todavía.
—Me habéis salvado a mí también —dijo—. Sin nombrarme. Si los hubierais ahorcado, yo habría sido el siguiente. Soy de los que no valen para el remo y sí para una cuerda.
—Te necesito vivo, escribano —dijo Hrafn—.
Eres lo único en esta isla con quien puedo hablar como con un hombre.
—Miró el fuego—. Y no, no me ha entrado tu dios por los oídos, digan lo que digan.
No tengo dios. Hace tiempo que no tengo ninguno.
Lo que tengo es asco, y el asco no es un dios, escribano.
Es solo lo que le queda a un hombre cuando los dioses ya no le sirven y todavía no ha encontrado con qué cambiarlos.