Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Sven y Sancha
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Sven y Sancha

Leifa vio nacer aquello en una alquería del Aljarafe, y le pareció lo único limpio que había visto en muchos días: un muchacho del norte que, por una vez, no cogió.

Habían subido al Aljarafe, la tierra alta de la otra orilla, en una de las correrías que la hueste lanzaba ya casi a diario contra la campiña.

La ciudad estaba exprimida y había que buscar el botín cada vez más lejos.

Era una tierra de olivares, de viñas y de alquerías blancas dispersas, rica.

La gente de allí, a diferencia de la de la ciudad, no había podido huir a Carmona toda.

Muchos se habían quedado, escondidos en los olivares, en los pozos secos, en los desvanes, creyendo que los del norte no subirían tan adentro.

Se equivocaron. Los del norte subieron. Y aquellas correrías del Aljarafe fueron, a su modo, peores que el saqueo de la ciudad, porque eran pequeñas, dispersas, sin testigos.

Un hombre hace cosas en una alquería solitaria que no haría en una plaza.

La alquería era de un viñador. Cuando la partida llegó, la familia había huido al olivar, todos menos una muchacha que se había quedado escondida en el lagar, bajo unas pieles. Quizá porque no le dio tiempo, quizá porque volvió a buscar algo. La encontró Sven.

Sven tenía dieciocho inviernos, era de los más jóvenes de la hueste, un muchacho de pelo casi blanco y cara que aún no había endurecido del todo.

Leifa lo conocía bien, porque habían crecido medio juntos, los dos huérfanos a cargo de la hueste, los dos demasiado jóvenes para los veteranos y demasiado peleones para que nadie los protegiera.

Sven era buen chico. Eso pensaba Leifa, aunque «buen chico» fuera una idea rara en una hueste de saqueadores.

Reía fácil, no era cruel por gusto como Thrand.

Hacía lo que se hacía porque era lo que había visto hacer toda su vida, sin más maldad que la del que no conoce otra cosa.

Sven sacó a la muchacha del lagar a rastras, asustada.

Por un momento Leifa, que llegaba detrás, pensó que iba a pasar lo que pasaba siempre, lo que ella había aprendido a no mirar porque no podía impedirlo y mirarlo sin impedirlo la envilecía.

Pero no pasó. La muchacha, en el suelo, aterrada, hizo algo.

En vez de gritar o de suplicar, se quedó mirando a Sven a los ojos, fijamente, sin bajar la vista, con una especie de dignidad temblorosa, y dijo algo en su lengua, despacio, una sola frase, mirándolo.

Leifa no la entendió. Sven tampoco. Pero algo en aquella mirada, en aquella frase dicha sin súplica, detuvo al muchacho.

Se quedó parado, con la muchacha agarrada por el brazo, mirándola a su vez.

Y Leifa vio cruzar por su cara joven algo parecido a la vergüenza, una vergüenza que el muchacho quizá no sabía que llevaba dentro hasta que aquella mirada se la sacó.

La soltó. La muchacha no echó a correr. Se quedó en el suelo, frotándose el brazo, mirándolo todavía.

Y Sven, torpe, sin saber qué hacer con aquello que le acababa de pasar por dentro, se quitó la capa y se la echó por encima a la muchacha, sobre los hombros, como se cubre algo que se quiere proteger.

Le dijo, en su lengua que ella no entendía, «no» y «quieta» y otras palabras tontas, las únicas que tenía, y se quedó plantado delante de ella, entre la muchacha y los otros hombres de la partida que entraban ya en el patio buscando qué coger.

—Esta es mía —les dijo Sven a los otros, y la voz le tembló un poco, porque era joven y declarar una presa propia delante de hombres mayores no era cosa fácil—. Mía. No la toca nadie.

Los otros se rieron, dijeron alguna grosería, pero lo dejaron.

Entre los del norte la regla era esa: el que coge primero, posee, y nadie discute la presa de otro si el otro la defiende.

Lo dejaron y siguieron a lo suyo, a reventar las tinajas del vino y a cargar lo que valiera.

Y Sven se quedó con la muchacha bajo su capa, sin saber qué había hecho ni por qué, sabiendo solo que no había podido hacer lo otro, lo de siempre.

Leifa lo observó todo desde la puerta del lagar, y sintió algo cálido y extraño, una mezcla de ternura y de envidia que no supo nombrar.

La muchacha se llamaba Sancha. Lo supieron después, cuando volvió con ellos.

Porque eso fue lo más raro: que Sancha, en vez de huir a la primera ocasión, se quedó.

No por amor, claro, al principio no. Se quedó porque era lo más seguro.

Una muchacha sola en una tierra invadida, con la familia huida quién sabía dónde, estaba a merced de cualquier partida de rezagados.

Bajo la capa de Sven, declarada presa suya, al menos un solo hombre la guardaba en vez de muchos amenazarla.

Era un cálculo, el mismo cálculo amargo que hacía Yusuf con Hrafn: agarrarse al captor menos malo para sobrevivir a los demás.

Leifa lo entendía bien. Lo hacía toda la gente sometida en todas las guerras, agarrarse a una mano para protegerse de las otras manos.

Pero pasó algo más, con los días. Sven cuidó a Sancha torpemente, como un muchacho cuida lo primero que ha querido proteger en su vida.

Le buscaba la mejor comida, le cedía su sitio junto al fuego, aprendía de ella palabras del sur y le enseñaba palabras del norte.

Se reían los dos, al principio poco, luego más, de los errores del otro.

Y Sancha, que se había quedado por cálculo, empezó a quedarse por otra cosa.

Leifa lo veía. Veía cómo la muchacha dejaba de mirar a Sven con el miedo del primer día y empezaba a mirarlo con curiosidad.

Y luego con algo más tibio. Dos críos, pensaba Leifa.

Un crío del norte y una cría del sur, que la guerra había puesto uno frente al otro para que el norte cogiera al sur.

Y que en vez de eso habían encontrado, en mitad del horror, esa cosa pequeña y tozuda que crece donde menos se la espera, como una flor en la grieta de una roca.

Una noche, en la isla, Leifa los vio sentados juntos junto a una hoguera, apartados.

Sancha enseñaba a Sven a decir algo en su lengua, una palabra que el muchacho repetía mal y ella corregía riéndose, y Sven se reía de su propio error, y los dos con las cabezas juntas a la luz del fuego.

Y Leifa sintió que se le hacía un nudo en la garganta, ella que no lloraba nunca.

Porque comprendió, mirándolos, que ella no era la única que cambiaba.

Había creído que su duda era cosa suya, una flaqueza solo de ella, una guerrera defectuosa que se enternecía con olivos y con casas de libros.

Y ahora veía que no, que el sur les estaba haciendo lo mismo a otros, a Sven, quizá a más de los que ella sabía.

Aquella tierra de norias y de paciencia y de gente que pacta hasta con el lobo tenía un poder lento, un poder que no estaba en las armas.

Entraba en los hombres del norte sin que se dieran cuenta, por los ojos, por la lengua que se aprendía a medias, por una muchacha que en vez de gritar te miraba a los ojos.

El norte había venido a coger el sur. Y el sur, callado, sin un ejército todavía, había empezado a coger el norte por dentro, de uno en uno, por el camino más viejo y más fuerte de todos: el de no poder ya hacerle daño a quien has empezado a querer.

—Se va a quedar —le dijo Ulf, que se había sentado a su lado y miraba también a los dos críos junto al fuego—. El muchacho. Cuando llegue la hora de irse, si llega, Sven no se va a subir al barco. Lo veo venir.

—¿Y eso es malo? —preguntó Leifa.

Ulf tardó en contestar. El veterano miró el fuego, las dos cabezas juntas, la noche del sur llena de estrellas grandes.

—No lo sé, niña —dijo al fin, y había en su voz vieja una honestidad que Leifa agradeció—.

Hace una semana te habría dicho que sí, que un hombre del norte que se queda por una mujer del sur es un hombre perdido, que reniega de los suyos.

Hoy ya no sé. Miro a esos dos y no veo a nadie perdido.

Veo a dos crías que han encontrado algo.

—Negó con la cabeza—. A lo mejor el perdido soy yo, que llevo cincuenta años creyendo que la única vida de un hombre es coger y volver, y resulta que a un crío de dieciocho años se le ocurre, así, sin más, que igual hay otra.

Leifa no respondió. Se quedó mirando a Sven y a Sancha junto al fuego, la palabra mal dicha y la risa, las cabezas juntas.

Y pensó en la vieja ciega de la casa de los libros: los que dudan todavía pueden volverse otra cosa.

Sven se estaba volviendo otra cosa sin saberlo, por amor, que es la manera más fácil.

Ella se estaba volviendo otra cosa por los olivos y los libros, que es la manera más lenta.

Y en algún sitio de la isla, lo presentía, el jarl Hrafn se estaba volviendo otra cosa por su cuenta, por un camino que ella no veía pero adivinaba.

Tres maneras distintas de dejar de ser lo que se había sido siempre.

Y Leifa, mirando el fuego, se preguntó cuántos más en aquella hueste estarían cambiando en secreto, callados, cada uno por su lado, sin atreverse a decirlo.

Y qué pasaría el día, si llegaba, en que todos esos cambios callados tuvieran que salir a la luz y elegir.