Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Siete días de fuego
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Siete días de fuego

El saqueo de Išbīliya duró siete días. En cada uno de ellos Hrafn mandó menos sobre su hueste, hasta que comprendió que ya no la mandaba. Solo la acompañaba mientras se devoraba a sí misma.

Los primeros días aún hubo orden, o algo parecido.

Hrafn fijó reglas, y al principio se cumplían porque convenían: no quemar antes de vaciar, llevar el botín a la plaza para repartirlo justo, guardar los barcos, mantener una parte de la hueste reunida y sobria por turnos, por si venía el sur.

Eran reglas sensatas, reglas de jarl. Mientras hubo casas nuevas que reventar, casas llenas, la hueste las siguió.

La codicia ordenada rinde más que la codicia caótica, y eso hasta un lobo lo entiende.

Pero al cuarto día empezaron a escasear las casas nuevas.

Lo gordo estaba cogido. Quedaban los rincones, los barrios pobres donde no había plata, las casas ya reventadas que algún rezagado volvía a registrar por si acaso.

Y cuando a una hueste de seiscientos hombres se le acaba lo que coger pero le sobran los días y el vino, lo que queda no es codicia.

Es otra cosa, más fea, más honda, que Hrafn había visto antes y que temía más que a cualquier ejército.

Queda el aburrimiento del depredador harto.

Y el depredador harto, que ya no mata por hambre, mata por matar.

Empezó con el vino. Hallaron las bodegas, tinajas enormes enterradas hasta el cuello en los patios, llenas de aquel tinto denso del sur, y la hueste se entregó a él.

Un hombre del norte borracho de aguamiel es ruidoso pero manso.

Un hombre del norte borracho de aquel vino fuerte y desconocido era otra cosa.

Las peleas entre ellos mismos se multiplicaron, por una mujer cautiva, por un reparto, por una palabra.

Hubo un muerto el quinto día: un hombre del Cuervo apuñalado por otro en una disputa de borrachos por un cofre.

Hrafn tuvo que mediar un duelo formal para que la cosa no prendiera entre dos grupos.

Y mientras lo mediaba pensaba que aquello, que su hueste empezara a matarse entre sí, era el signo seguro de que el saqueo había durado demasiado.

Y empezaron los fuegos que no se podían apagar.

Ya no por descuido. Por placer. Hrafn vio a hombres prender casas vacías, casas pobres donde no había nada que coger, solo por ver arder, por el gusto sucio de destruir lo que no se puede tener.

La orden de no quemar hasta vaciar se deshizo, porque ya no había nada que vaciar.

La ciudad empezó a arder de verdad, barrio a barrio, no en el incendio lento de los primeros días sino en columnas gordas de humo negro que se alzaban por todas partes.

De noche Išbīliya era un resplandor rojo bajo un cielo de chispas, hermosa y atroz.

Los hombres bailaban borrachos a la luz de los incendios, cantando las canciones del norte sobre el hielo y los dioses, en mitad del calor del sur, entre las ruinas de una ciudad que no les había hecho nada.

Hrafn recorría aquello cada día con Yusuf a su lado, intentando aún poner diques, salvar lo que se pudiera.

Y cada día salvaba menos. Mandó proteger la mezquita mayor, no por respeto al dios del sur sino porque era de piedra y servía de almacén para el botín reunido.

La mezquita ardió igual al sexto día, prendida por unos borrachos a los que nadie pudo parar, y con ella ardió parte del botín que tanto trabajo había costado juntar.

Hrafn, viendo arder su propio premio por la mano de sus propios hombres, sintió una rabia fría.

No era contra el sur, sino contra el norte, contra su gente, contra lo que su gente era cuando se la dejaba ser del todo.

—No los mandas —le dijo Bjorn una de aquellas noches, encontrándolo de pie ante un incendio que no se podía apagar—. Nadie los manda. Una hueste en una ciudad tomada no se manda, hermano. Se desata. Siempre ha sido así. Lo sabes desde que tenías la edad de Leifa.

—Antes se mandaba —dijo Hrafn—. Antes parábamos antes de esto. Cargábamos los barcos y nos íbamos cuando aún quedaba qué llevar, no nos quedábamos a quemar las cenizas.

—Antes había a quién temer. —Bjorn miró el fuego, y a la luz roja su cara parecía tallada en cobre—.

En Inglaterra parábamos porque llegaba el ealdorman con su hueste y había que correr.

Aquí no llega nadie. Llevamos siete días y no ha llegado nadie.

Por eso no paran, hermano. No es que tú mandes menos.

Es que no hay miedo. Una hueste sin miedo encima no para hasta que se le acaba todo, y a esta no se le acaba, porque tu ciudad de plata era de verdad de plata.

—Se encogió de hombros—. Disfrútalo. Es lo más rico que vamos a ver en la vida.

Y ahí, en aquella frase de Bjorn, dicha sin malicia, casi con razón, Hrafn vio de pronto lo que llevaba siete días sin querer ver del todo.

«No ha llegado nadie.» Era verdad. Siete días saqueando una ciudad importante del emir de Córdoba.

Siete días de humo visible a leguas, de columnas de gente huida llevando la noticia a Carmona y a Córdoba.

Y no había llegado nadie. Bjorn lo decía como una bendición.

Hrafn lo oyó como lo que era: una amenaza.

El sur no era débil. Lo había visto en Lisboa, con su fuego que no se apaga.

El sur tenía un rey grande en Qurtuba con un ejército grande.

Que no hubiera llegado nadie en siete días no quería decir que nadie viniera.

Quería decir que el que venía era lo bastante grande y lo bastante metódico como para no tener prisa.

Se estaba tomando su tiempo. Reuniendo. Preparando.

Y mientras tanto, dejaba que los lobos del norte se emborracharan, se mataran entre sí, quemaran su propio botín y se pudrieran de hartura en una ciudad en ruinas.

Se ablandaban día a día, perdían el filo, mientras el ejército de verdad se acercaba sin humo, sin prisa, por los caminos secos del este.

—Hay que irse —dijo Hrafn, en voz baja, más para sí que para Bjorn—. Mañana. Cargar lo que queda y bajar al mar antes de que sea tarde.

—¿Irse? —Bjorn se rió—. ¿Con la ciudad medio sin registrar todavía, con los almacenes del puerto a medio vaciar?

Los hombres no se irán, hermano. Diles ahora que dejen el vino y la presa y suban a los barcos, y verás a quién obedecen.

—Le puso una mano en el hombro, casi con lástima—.

Esto no se para cuando el jarl quiere. Se para cuando se acaba, o cuando llega el miedo. Y aquí no ha llegado el miedo todavía.

Tenía razón, y eso era lo peor. Hrafn miró su ciudad ardiendo, su hueste desatada, su botín quemándose, y supo que Bjorn había puesto el dedo en la verdad más amarga del mando.

Un jarl manda a una hueste solo mientras la hueste quiere lo mismo que él.

En el momento en que él quería irse y ellos querían quedarse, su mando no valía nada, era una palabra en el viento.

No podía sacarlos. No con la fuerza, porque eran seiscientos y él uno.

No con la razón, porque la razón habla de peligros futuros y la hueste vivía el presente del vino y el fuego.

Solo el miedo los movería. Y el miedo, cuando llegara, llegaría con el ejército del emir, y entonces sería tarde para los barcos.

Esa noche, la del sexto día, Hrafn no durmió.

Subió al embarcadero, donde Gorm guardaba los barcos con un puñado de hombres sobrios, los pocos que le quedaban leales a la cautela.

Se quedó mirando río arriba, hacia donde la ciudad ardía y, más allá, hacia donde el río se perdía en la oscuridad camino de Córdoba.

—¿Tú también lo hueles, viejo? —le preguntó a Gorm.

—Llevo dos días oliéndolo —dijo el timonel—. Demasiado silencio río arriba. Demasiada calma. El sur no nos ha dejado en paz, jarl. Nos está dejando engordar. —Escupió al agua negra—. Yo, si mandara, cargaría esta noche lo que cupiera y a la barra antes del alba.

—Si yo mandara —dijo Hrafn, y la amargura de la frase lo sorprendió a él mismo—, ya estaríamos en el mar.

Gorm lo miró de reojo, y no dijo nada, porque no había nada que decir.

Los dos viejos zorros, el jarl y el timonel, sabían lo mismo.

La trampa estaba puesta. El cebo era la facilidad.

La hueste lo había mordido entero. Ya solo quedaba esperar a ver cuándo se cerraban las fauces, y rezar a unos dioses que aquella noche, en el calor del sur, bajo unas estrellas que no eran las suyas, parecían más lejos que nunca.