La casa del escribano
Leifa no buscaba botín cuando entró en aquella casa. Buscaba sombra, un sitio donde escapar un rato del calor y del ruido. Y encontró, sin saberlo, lo que llevaba semanas buscando sin nombre.
Era una casa pequeña en una calleja del barrio alto, lejos del puerto.
La hueste aún no la había vaciado porque no parecía rica: paredes de cal, una puerta de madera vieja, ni columnas ni patio de mármol.
Leifa la abrió de un empujón, más por costumbre que por codicia, y entró con la lanza por delante.
Dentro estaba fresco y en penumbra, y olía a algo que no había olido nunca en una casa: a tinta, a pergamino viejo, a un polvo seco y dulce de libros.
Porque la casa estaba llena de libros.
Leifa se quedó parada en el umbral del cuarto principal, mirando.
No sabía leer. Casi nadie en la hueste sabía, fuera de las runas que se tallaban en una piedra para un muerto.
Y los libros, esos objetos de los del sur llenos de signos negros como hormigas, eran para los hombres del norte solo otra cosa que coger si tenían las tapas adornadas, o quemar si no.
Pero aquella casa estaba llena de ellos.
No de unos pocos con tapas de oro, sino de docenas, de cientos, apilados en estantes de madera que cubrían las paredes del suelo al techo, atados en fardos, abiertos sobre una mesa baja junto a un escritorio.
Allí había plumas, tinteros, un cuchillo fino para cortar las cañas.
Todo ordenado, todo cuidado, como las herramientas de un oficio que Leifa no entendía pero que adivinó, mirando, importante.
Era la casa de alguien que pasaba la vida con signos.
Que ganaba el pan no con el brazo sino con la cabeza y la mano fina.
Que tenía, comprendió Leifa despacio, un oficio.
En el norte un hombre era guerrero, o labrador, o herrero, o remero, cosas del cuerpo.
Aquí había hombres cuyo oficio era saber, escribir, guardar lo que otros decían en signos para que no se perdiera.
Leifa no sabía que eso existiera como una vida entera.
Y de pie en aquel cuarto fresco y oloroso a tinta, rodeada de más palabras escritas de las que oiría en toda su vida, sintió otra vez aquello que había sentido ante los olivos de Cádiz: que el mundo era más ancho de lo que el norte le había dicho.
Que ella había nacido en un rincón estrecho de un mundo enorme y no lo había sabido hasta ahora.
—No hay nada de valor aquí.
La voz la sobresaltó. Venía de un rincón en sombra, y era una voz de mujer vieja, cascada, que hablaba en aquella lengua suave del sur de la que Leifa cogía ya algunas palabras de oírlas estos días.
En el rincón, en un banco bajo, había una anciana sentada muy quieta, con un velo sobre el pelo blanco y las manos en el regazo.
Tenía los ojos abiertos pero fijos, mirando a ninguna parte.
Ciega, comprendió Leifa. Una vieja ciega que no había podido huir, o no había querido, y que se había quedado en la casa de los libros esperando lo que viniera.
Leifa no la mató. Ni se le ocurrió. Bajó la lanza, despacio, aunque la vieja no podía verlo, y se quedó mirándola, a aquella mujer ciega y serena sentada entre los libros que no podía leer.
—No hay oro —repitió la vieja, en su lengua. Y luego, para sorpresa de Leifa, dijo unas palabras torpes, mal pronunciadas, en la lengua del norte, las que debía de haber pescado de oír gritar a los invasores por las calles—: No oro. No matar. Vieja. Nada.
—No vengo a matarte —dijo Leifa, en su lengua, sabiendo que la vieja no la entendería, pero diciéndolo igual, porque le salió—. No vengo a nada.
Se sentó. No supo por qué, pero se sentó en el suelo, frente a la anciana ciega, con la lanza cruzada sobre las rodillas, en la penumbra fresca de la casa de los libros.
Fuera, lejos, seguía el ruido del saqueo, los gritos, el crujido de las puertas, el rumor del fuego que avanzaba despacio por los barrios bajos.
Y por un rato largo, las dos mujeres se quedaron así, calladas, una joven guerrera del norte y una vieja ciega del sur, en una casa llena de palabras que ninguna de las dos podía leer del todo.
—¿De quién es esta casa? —preguntó Leifa al fin, despacio, con las pocas palabras que tenía y mucha seña, señalando los libros aunque la vieja no la viera, repitiendo «casa», «esto», «quién».
La vieja entendió la intención más que las palabras.
—Yusuf —dijo—. El escribano. Yusuf ibn Bishr.
Buen hombre. Escribe para todos, para los moros y para los cristianos y para los judíos, cobra poco a los pobres.
—Movió la mano hacia los libros, un gesto suave, de cariño—.
Se llevó a su madre al campo, a la del hermano.
Creyó que estaría más segura. Yo le dije que no se fuera, que el campo es peor, que las casas están sueltas...
Pero no me hizo caso. A los viejos no nos hacen caso.
—Suspiró—. Espero que estén vivos. Es buen hombre, Yusuf. De los pocos.
Leifa no entendió todas las palabras, pero entendió el nombre, y lo guardó: Yusuf ibn Bishr, el escribano.
Y entendió, sin saber muy bien por qué le importaba, que aquella casa de libros, aquel oficio de signos que la había dejado pasmada, tenía dueño.
Y que el dueño era un hombre bueno que cobraba poco a los pobres y que se había llevado a su madre al campo para protegerla.
Le pareció, sin razón, que conocer ese nombre la obligaba a algo.
Que no se podía entrar en la casa de un hombre, conocer su oficio, sentarse entre sus libros con una vieja ciega que lo quería bien, y luego salir y dejar que la hueste lo arrasara todo como si nada de aquello tuviera nombre.
Se levantó. Cogió de la mesa baja uno de los libros, el más pequeño, encuadernado en cuero gastado.
No por su valor, sino porque cabía bajo la cota y porque quiso quedarse con algo de aquella casa, no como botín sino como recuerdo de una cosa que la había cambiado.
Y antes de irse, hizo algo que no sabría explicar después ni a sí misma: arrancó un trozo de tela roja de su propia capa, una tira, y la ató en el picaporte exterior de la puerta, por fuera, a la vista.
Era la señal que la hueste usaba para marcar una casa ya tomada, ya vaciada, que no merecía la pena volver a entrar.
Una mentira. La casa no estaba vaciada. Pero con la tela roja en el picaporte, ningún hombre del Cuervo perdería el tiempo en entrar, y la vieja ciega y los libros del escribano se salvarían, al menos del saqueo, al menos un día más.
—No salgas —le dijo a la anciana, despacio, con seña, señalando el suelo, repitiendo «aquí», «quieta»—. Aquí. No fuera. Aquí.
La vieja, que entendía más de lo que parecía, asintió con su cara ciega y serena.
—Eres joven —dijo—. Y has dudado. Los que dudan todavía pueden volverse otra cosa. —No sabía Leifa si la vieja decía eso por ella o por todos los del norte o por nadie, pero se le quedó dentro—. Vete con Dios, niña del fin del mundo. O con quien sea que te lleve.
Leifa salió a la calleja, con el librito bajo la cota y la tela roja atada a la puerta a su espalda, y echó a andar hacia el puerto, hacia el ruido y el humo y la hueste.
Y mientras andaba sentía que algo se le había terminado de torcer dentro, una cosa que había empezado a torcerse ante los olivos de Cádiz y que en aquella casa de libros y de viejas ciegas acababa de doblarse del todo.
Ya no era una guerrera que dudaba. Era una mujer joven que había visto otra manera de vivir, una vida de signos y de paciencia y de cobrar poco a los pobres, una vida de construir y no de coger.
Y sabía ahora, con certeza, que esa otra vida existía.
Y que ella, en el rincón estrecho del mundo donde había nacido, no la había conocido nunca.
Llevaba un libro que no sabía leer. Llevaba un nombre, Yusuf ibn Bishr, que no sabía aún que iba a reconocer aquella misma tarde en boca del jarl, hablando de su intérprete cautivo.
Y llevaba, sobre todo, la frase de la vieja ciega, clavada como una astilla: los que dudan todavía pueden volverse otra cosa.
Leifa Thorgilsdóttir quería, por primera vez en su vida, volverse otra cosa. Solo que aún no sabía cuál, ni que muy pronto, en aquella misma tierra, junto al mismo río, iba a tener que elegirla.