Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Botín
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Botín

Bjorn el Rojo fue feliz en Išbīliya con una felicidad tan pura que asustaba. La única sombra de aquellos días fue su hermano, que se empeñaba en no serlo.

La ciudad era todo lo que el gallego había prometido y más.

Bjorn iba de casa en casa, de barrio en barrio, y cada puerta que reventaba era un regalo.

En la casa de un mercader de seda encontró fardos de una tela tan suave que parecía agua, de colores que en el norte no existían: un rojo de sangre fresca, un azul de cielo de verano, un verde imposible.

Supo que aquello, en cualquier puerto del mundo, valía su peso en plata tres veces.

En la casa de un perfumista encontró frascos de vidrio sellados con cera, llenos de aceites y de esencias cuyo olor mareaba.

No sabía para qué servían, pero supo que servían, porque nadie guarda con tanto cuidado lo que no vale.

En la judería, ya vacía, en una casa con una estrella de seis puntas tallada en el dintel, encontró bajo las losas del sótano una bolsa de cuero con monedas de oro de un cuño que no conocía.

Y candelabros de plata de siete brazos. Y un cofrecillo con piedras que no eran de adorno barato sino gemas de verdad, talladas, que arrojaban luz de colores cuando las giraba al sol.

Y había más. La mezquita, austera de oro, era rica de bronce: lámparas grandes como ruedas de carro, que se llevaron desmontadas.

Los almacenes del puerto estaban llenos de especias cuyo nombre Bjorn ni sabía pronunciar, pero cuyo olor, supo, valía fortunas en el norte, donde una pizca de aquellos polvos pardos compraba una vaca.

Aceite a tinajas. Grano a montones. Y cautivos.

Los que no habían podido huir, los que se habían quedado escondidos en sótanos y desvanes creyendo que pasaría pronto, y que ahora salían a rastras.

Los jóvenes, las muchachas, los hombres en edad de trabajar, todos los que valían en el mercado de esclavos de cualquier puerto desde Dublín hasta el fin del mundo.

Bjorn los tasaba con el ojo del tratante: este sano, fuerte, vale; esta joven, hermosa, vale mucho; ese viejo, no vale, déjalo.

Era frío en eso, como en todo lo que tocaba el negocio.

Para Bjorn la guerra era un negocio, el más limpio de todos, el que no requiere mentir.

La sombra fue Hrafn, y fue por los cautivos.

Habían cogido a un grupo, una veintena, escondidos en el sótano de una casa grande junto a la mezquita.

Hombres en su mayoría, algunos mayores, un par de ellos heridos en la escaramuza del embarcadero, gente del común, ni rica ni notable.

Y cuando los sacaron a la plaza, atados, Bjorn dio la orden que cualquier jarl del norte habría dado: los sanos al barco, para vender; los heridos y los viejos, que no aguantarían el viaje ni valdrían nada al llegar, al cuchillo, para no gastar comida ni espacio en lo que no rinde.

Hrafn lo paró.

—Al barco van todos —dijo—. Vivos.

Bjorn lo miró sin entender, con uno de los heridos ya de rodillas y un hombre de la hueste con el cuchillo dispuesto.

—Hrafn. Ese tiene una lanzada en el costado, no llega a la barra. Y aquel es viejo. Ocupan sitio, comen, y al llegar no los compra nadie. ¿Para qué cargar muertos que andan?

—Porque no voy a degollar a un hombre atado en una plaza para ahorrarme una ración de grano.

—Hrafn lo dijo en voz baja, pero la plaza entera lo oyó, porque alrededor se había hecho ese silencio que se hace cuando dos jarls discuten—.

Si el herido muere por el camino, morirá; eso es del azar.

Pero no lo mato yo arrodillado. Al barco. Todos.

—Esto es debilidad —dijo Bjorn, y ya no lo dijo en voz baja, porque empezaba a entender que aquellos momentos, delante de la hueste, eran terreno que se gana o se pierde—.

Un jarl que no sabe descartar lo que no rinde no sabe mandar una flota.

Lo sabes tú mejor que nadie. Llevamos veinte años descartando, hermano.

¿Desde cuándo te tiembla la mano por un viejo moro?

Y Hrafn, en mitad de la plaza, con la ciudad ardiendo despacio a su alrededor y la hueste mirando, dijo algo que Bjorn no esperaba, algo que lo descolocó más que cualquier orden.

—Me tiembla desde que no encuentro la razón —dijo—.

Dime la razón, Bjorn. Y no me digas «no rinde».

Esa la sé. Dime por qué un hombre que va a hacerse rico con esta ciudad necesita, además, degollar a un viejo atado.

Dime qué nos da eso. Qué construye. Porque yo llevo un tiempo mirándolo y no veo que nos dé nada salvo la costumbre de hacerlo.

La plaza calló. La hueste no sabía qué hacer con aquello.

No era una discusión de mando, de quién decide, sino algo más raro, una pregunta que ninguno se había hecho nunca en voz alta: ¿por qué?

Bjorn la sintió como un golpe bajo. No porque le diera la razón a Hrafn, sino porque sacaba a la luz, delante de todos, la grieta que él llevaba meses notando en su hermano y que había esperado mantener entre los dos.

Hrafn la estaba abriendo en público. Y eso, en un jarl, era peligroso, porque las preguntas, una vez hechas en voz alta, se quedan en el aire de una hueste como se queda el olor del humo.

—La razón —dijo Bjorn, despacio, recuperándose, eligiendo el terreno— es que somos lo que somos.

Hombres del norte. Lobos. Un lobo no pregunta por qué muerde, hermano.

Muerde porque es lobo. El día que un lobo se pregunta por qué muerde, deja de ser lobo, y entonces o se vuelve perro, que come de la mano de otro, o se muere de hambre mirándose las pezuñas.

—Miró a la hueste, hablándoles ya a ellos tanto como a Hrafn—.

No degollamos al viejo por crueldad. Lo degollamos porque somos los que no preguntan.

Y el día que empecemos a preguntar, hermanos, ese día vendrá uno que no pregunta y nos comerá a nosotros.

Era buena. Bjorn supo que era buena en cuanto la dijo, porque vio a la hueste asentir, porque hablaba la lengua que ellos hablaban, la del depredador.

Y porque cerraba la grieta que Hrafn había abierto devolviéndola a su sitio: nosotros no preguntamos.

Era, a su modo, una filosofía entera, la del norte, dicha en una plaza ardiendo de una ciudad del sur.

Hrafn no respondió enseguida. Miró a Bjorn, miró a la hueste asintiendo, miró al viejo arrodillado esperando el cuchillo. Y luego dijo, sin levantar la voz, una sola cosa:

—Al barco. Todos. Es mi orden, y la doy yo, que mando esta flota. El que quiera discutir el mando, que lo discuta en asamblea, no en una plaza con un cuchillo en la mano.

Y se dio la vuelta y se fue, dejando la plaza tensa.

No había ganado la discusión, pero había impuesto la orden, que en aquel momento era lo único que podía hacer.

Los cautivos fueron al barco, todos, vivos, hasta el viejo y el herido.

Bjorn dejó que fueran, porque tampoco él quería romper la hueste en aquel momento, con la ciudad por vaciar todavía.

Pero se quedó en la plaza, mirando irse a su hermano, y pensó, con una tristeza que en él era rara y por eso más honda, que aquello no era ya la cautela de siempre.

La cautela de Hrafn antes era táctica: no morder antes de tiempo, no perder hombres por nada.

Esto era otra cosa. Esto era un hombre que había empezado a no encontrarle sentido a morder.

Y un hombre así, al mando de una hueste de lobos, era un peligro para todos, para sí mismo el primero.

«Te quiero, hermano», pensó Bjorn, recogiendo del suelo el cofrecillo de las gemas que arrojaban luz de colores al sol.

«Más que a nada vivo. Y por eso, si llega el día, voy a tener que quitarte la hueste antes de que tu pregunta nos mate a todos.

No por ambición. Por amor. Aunque tú, que ya no entiendes nada, lo llamarás traición. »

Guardó el cofrecillo, se echó al hombro un fardo de seda roja como sangre fresca, y volvió a las casas, a reventar puertas, a ser feliz con la felicidad pura y brutal del que no pregunta.

La ciudad era rica, y estaba abierta, y por unos días más sería suya.

Bjorn pensaba disfrutarla entera, mientras durase.

Algo en él, viejo instinto de lobo, le decía que aquella felicidad tan pura y tan fácil no podía durar.

El sur que escupía fuego en Lisboa no iba a regalarles Išbīliya sin cobrársela.

Y cuando llegara la cuenta, más valía haber vivido a fondo cada día de la ciudad de plata.