Carmona
El qādī de Išbīliya organizó la huida con la misma calma con que un buen comerciante cierra el almacén ante una tormenta. Y Yusuf, que iba entre los que huían, pensó que aquella calma salvaría más vidas que cualquier ejército.
No fue Yusuf, claro, quien huyó con el qādī.
Yusuf estaba ya cautivo en la isla cuando la ciudad cayó.
Pero la huida la conoció después, contada y recontada por los que la vivieron, hasta que se le hizo tan vívida como un recuerdo propio.
Y entre todas las cosas de aquellos días, fue la que más le pesó, porque en ella estaba la imagen que no lo dejaría dormir en mucho tiempo: su madre en un umbral, y él alejándose.
Pero no toda la ciudad pudo salir.
Los que no podían caminar se quedaron. Los enfermos que nadie cargó.
Los viejos sin familia. Los obstinados que no creían que el peligro fuera tan grande, que se quedaron a guardar la casa convencidos de que aquello pasaría en dos días.
Y los que, teniendo a alguien que no podía caminar, tuvieron que elegir: cargar con ellos al paso de tortuga del que apenas se tiene en pie, arriesgándose a que los alcanzaran a todos, o dejarlos y salvarse.
Esa elección, supo Yusuf, la tuvieron que hacer muchos aquella mañana, en los umbrales de Išbīliya.
Los gritos de los del norte empezaban a oírse ya en los barrios bajos.
Su tío la había hecho con Riquilda, días antes, en la alquería del Aljarafe. Y Yusuf, atado en la barca, alejándose por el río, la había visto hacer.
Volvía a verla cada noche. Su madre en el umbral de la casa del tío, una sombra pequeña, encorvada, que no corría porque no podía correr.
Y él en la barca, tirando de las cuerdas hasta hacerse sangre en las muñecas, gritando su nombre.
La sombra se hacía más pequeña. La voz de su madre, serena hasta el final, sin un reproche, le gritaba algo que el agua y la distancia deshacían.
Pero Yusuf sabía lo que era, porque se lo había dicho la noche anterior: «a ti te cogerán, a mí me dejarán, y por una vez eso es una suerte».
Riquilda no había llorado. Le había dicho que se salvara, que la vejez la hacía a ella inútil para el mercado de esclavos y por tanto, por una vez, libre.
Y se había quedado en el umbral, pequeña, mirándolo ir.
Una mujer que de niña había bajado por los ríos de su tierra como cautiva de los del norte, y que de vieja veía a su hijo subir por otro río como cautivo de los mismos.
El círculo entero de una vida cerrándose ante sus ojos viejos sin que ella pudiera hacer nada salvo decirle que se salvara.
Yusuf no sabía si vivía. Esa era la herida.
No saber. La habían dejado, sí, pero «dejar» a una vieja en una tierra invadida no es salvarla: es abandonarla a un azar más lento.
Podía haber muerto de hambre. Podían haberla matado unos rezagados por diversión, o por nada.
Podía estar viva, sola, en la alquería vacía del Aljarafe, esperando a un hijo que era esclavo en una isla de fango.
Yusuf no lo sabía. Y el no saberlo le carcomía las entrañas mientras servía de lengua al hombre que mandaba a los que la habían dejado allí.
Porque esa era la otra cosa, la que hacía todo más difícil: que Hrafn no era el monstruo que Yusuf necesitaba que fuera para odiarlo limpiamente.
Habría sido más fácil servir a una bestia.
A un Bjorn, a un Thrand, a uno de esos que mataban y reían y no preguntaban por la madre de nadie.
A esos se los odia y se acabó, y el odio es un fuego que calienta y da fuerzas.
Pero Hrafn preguntaba por su madre. Hrafn había salvado, de momento, la ciudad del fuego.
Hrafn le hablaba de murallas, de inviernos, del vacío de su propia vida, de una palabra latina que significaba vapor.
Hrafn era el jefe de los que habían deshecho el mundo de Yusuf, y al mismo tiempo era el único hombre en aquella isla que lo trataba como a una persona, que comía con él, que lo escuchaba.
Y un cautivo no puede permitirse odiar al único que lo trata como a una persona.
Ese hilo, esa cercanía, es lo único que lo separa de la borda y del mercado.
Así que Yusuf no odiaba a Hrafn. Lo necesitaba.
Y se odiaba a sí mismo por necesitarlo. En las noches de la isla, mirando hacia el norte donde ardía despacio el resplandor de su ciudad sobre las marismas, se preguntaba qué clase de hombre se vuelve uno cuando aprende a depender de su captor para sobrevivir.
«Carmona», pensaba, mirando ese resplandor.
Allí estaría a salvo la mitad de Išbīliya, tras las murallas que esta ciudad no tuvo.
Allí estaría el qādī, viejo y gordo y sabio, esperando a que el desastre pasara y planeando ya, seguramente, cómo reconstruir.
Allí, quizá, se habrían refugiado vecinos suyos, gente que reconocería el nombre de Yusuf ibn Bishr el escribano.
Y desde Carmona, lo sabía Yusuf, alguien habría salido ya a caballo hacia el este, hacia Córdoba, hacia el emir Abd al-Rahman, a llevar la noticia: los al-majūs han tomado Išbīliya, la queman, la saquean, se han hecho fuertes en una isla del río.
Y el emir era poderoso, y no podía permitir que se supiera que unos paganos del fin del mundo le habían tomado una ciudad sin castigo.
Se movería. Tarde o temprano, se movería.
Eso era lo único que sostenía a Yusuf en la isla: saber que Carmona aguantaba, que el qādī planeaba, que Córdoba se enteraría.
Saber que el mundo del que lo habían arrancado no había desaparecido, solo se había retirado tras una muralla a esperar.
La ciudad ardía despacio sobre las marismas, sí.
Pero la ciudad no era las casas. La ciudad era la gente, y la gente caminaba en aquel momento, ordenada y en silencio bajo el sol de octubre, hacia Carmona, hacia las murallas, hacia el día en que pudieran volver.
Y Yusuf, esclavo en una isla, se agarraba a esa idea como un náufrago a un madero.
Las casas se rehacen. El fuego no quema a un pueblo entero si el pueblo ha sabido caminar a tiempo.
Y algún día, de algún modo, él volvería a recorrer las callejas blancas de su ciudad, aunque fuera para reconstruirlas sobre la ceniza.
Con su madre otra vez a su lado, si Dios y la suerte de la vejez la habían guardado.
Esa noche, en la isla, Hrafn lo encontró mirando el resplandor lejano de Išbīliya.
Se quedó un momento a su lado, sin decir nada, mirando también.
Dos hombres frente al mismo fuego, uno que lo había encendido y otro a quien le quemaba la casa, callados los dos.
Y al cabo de un rato, Hrafn dijo, en voz baja, casi para sí:
—Tu gente que huyó a tiempo. La que caminó. Esos son los listos, escribano. Los que entienden que una casa se rehace y una vida no. En el norte nos quedamos siempre a defender la roca, y morimos sobre la roca, y la roca sigue ahí, vacía. Tu gente sabe algo que la mía no sabe.
Yusuf no respondió. Pero esa noche, por primera vez desde que lo cogieron, durmió un poco, agarrado a la idea de Carmona y de las murallas y del qādī viejo que planeaba.
Y agarrado también a una frase de su captor que, sin pretenderlo, le había dado lo único que necesitaba para aguantar: la confirmación de que su gente, al huir, había sido sabia, y no cobarde, y que volvería.