El día sin murallas
Tomaron Išbīliya en una mañana, y a Hrafn lo desconcertó la facilidad como nunca lo había desconcertado una dificultad.
Subieron al alba, los doce barcos en fila por el centro del río, con la marea entrando a favor.
Y la ciudad los vio venir. Eso sí lo vio: desde el agua, según se acercaban, Hrafn alcanzó a distinguir el alboroto en la orilla, las figuras pequeñas que corrían por el embarcadero, los gritos que llegaban deshilachados sobre el agua.
Las primeras columnas de gente ya salían de la ciudad por el lado de tierra, en riadas, cargando lo que podían, hacia los montes y los caminos del este.
Išbīliya no se quedó a esperarlos dormida como aquella noche. Despertó, y al despertar, huyó.
Porque no había otra cosa que hacer. Hrafn lo entendió mientras los barcos tocaban el embarcadero y los hombres saltaban a tierra con un rugido.
No había muralla donde hacerse fuerte, no había una puerta que cerrar, no había casi guarnición.
Los pocos soldados que quedaban, un puñado, hicieron lo único sensato: no morir por una ciudad que no se podía defender.
Hubo una escaramuza breve en el embarcadero, una línea floja de lanzas que la primera carga del Cuervo deshizo en un instante.
Tres o cuatro hombres del sur quedaron muertos sobre las tablas, y luego nada.
Los soldados que quedaron vivos tiraron las lanzas y corrieron.
La ciudad quedó abierta. Como queda abierta una casa cuyo dueño ha huido por la puerta de atrás dejando la de delante de par en par.
Hrafn entró por las calles de Išbīliya a la cabeza de su hueste, y aquello no se parecía a ningún saqueo que recordara.
En el norte, en Inglaterra, en las costas francas, tomar una ciudad o un monasterio era una pelea.
Había muros, había hombres defendiendo, había que ganar cada calle, cada puerta, pagando con sangre.
La sangre era el precio, y el botín, el premio, y la una daba sentido al otro.
Pero aquí no había precio. La hueste avanzaba por callejas blancas, estrechas, frescas a la sombra de las paredes encaladas, entre casas con las puertas reventadas a patadas y vacías.
Vacías casi todas, porque la gente había huido.
Y los hombres del norte entraban en ellas y cogían lo que encontraban sin que nadie se lo disputara.
Era como saquear un sueño. Como coger fruta de un árbol que nadie guarda.
Hrafn esperaba el fragor de un asalto. Aquel silencio, lleno solo de los gritos de su propia gente y del crujido de las puertas reventadas, le pareció, sin que pudiera evitarlo, indecente.
Bjorn no lo veía así. Bjorn iba delante, en su elemento, y para él la facilidad no era indecente sino justa, el premio merecido de los fuertes.
Reventó la primera casa rica que encontró, una de patio con columnas y una fuente en el centro que aún manaba agua.
Salió con los brazos cargados de paño y un cofre, riendo, gritando a los hombres que aquello era solo el principio, que la ciudad entera estaba así, llena y abierta, esperándolos.
Y los hombres rugían y se desparramaban por las calles como agua que rompe un dique, en grupos, cada cual buscando su casa que reventar, su botín que coger.
La disciplina de la hueste, que en la batalla era de hierro, se deshizo en cuanto no hubo batalla.
Nada deshace una hueste como la presa fácil.
Hrafn intentó, de entrada, poner orden. Era su instinto de jarl: una hueste desparramada es una hueste vulnerable.
Y aunque la ciudad estuviera abierta, Hrafn no olvidaba lo de Lisboa, ni el jinete que algún día vendría de Córdoba.
Mandó a Gorm que apostara hombres en el embarcadero, guardando los barcos.
Mandó a Ulf que mantuviera reunida a una parte de la hueste, por si acaso, mientras la otra saqueaba.
Mandó que el botín se llevara a un punto, a la plaza junto a la mezquita, para repartirlo después con orden y no que cada cual escondiera lo suyo.
Dio las órdenes. Las primeras se cumplieron, y las demás se las llevó el viento.
A un hombre que tiene las manos en el oro no hay jarl que le hable de orden.
Caminó por la ciudad tomada con Yusuf a su lado, el escribano callado, pálido, mirando su ciudad reventarse alrededor con una cara que Hrafn no quiso mirar mucho.
Llegaron a la plaza de la mezquita. La torre cuadrada se alzaba serena sobre el caos.
Dentro del templo, supo Hrafn por los gritos, ya había hombres del norte arrancando las lámparas de bronce y buscando bajo las losas un oro que la mezquita, austera, no tenía.
En la plaza empezaban a amontonarse las primeras casas del botín: fardos de seda y de lino, vajilla de cobre y de plata, sacos de especias.
El olor de las especias, intenso, extraño, dulce y picante a la vez, se mezclaba con el olor a humo de las primeras casas que ya ardían.
No ardían por necesidad sino por costumbre.
Un hombre del norte que entra en una casa y no encuentra nada que coger le prende fuego, para que el dueño que huyó no la encuentre entera al volver.
—Diles que paren con el fuego —dijo Yusuf, de pronto, con la voz quebrada—. Señor. Os lo ruego. Si arde una casa arde el barrio entero, las casas se tocan, no hay piedra entre ellas... Arderá la ciudad. Toda. Lo que queréis llevaros arderá con ella.
Y eso, el cálculo, no la piedad, fue lo que Hrafn pudo usar.
—Tiene razón el escribano —le dijo a Eystein, que pasaba con una tea—.
Una ciudad quemada no se puede saquear dos veces.
Apaga eso, y pasa la orden: no se prende fuego a una casa hasta haberla vaciado, y no se prende fuego a ninguna que esté pegada a otra que no hayamos vaciado todavía.
El que queme antes de tiempo me quema a mí el botín, y conmigo se las verá.
La orden corrió, y a medias se cumplió, porque al menos esa tenía sentido para la hueste: nadie quería ver arder el oro.
Apagaron los primeros fuegos. Pero Hrafn sabía que era cuestión de tiempo.
Una ciudad entregada al saqueo acaba ardiendo siempre, antes o después, por un descuido, por un borracho, por puro placer destructor cuando ya no queda nada que coger.
Solo había ganado días. Y mientras daba la orden, miró de reojo a Yusuf, y vio que el escribano lo miraba a él con una mezcla de gratitud y de horror que se le clavó: gratitud porque había salvado, de momento, la ciudad del fuego.
Horror porque era el jefe de los que la estaban deshaciendo.
—¿Por qué? —le preguntó Yusuf, en voz baja, cuando Eystein se hubo ido—. ¿Por qué la salváis del fuego, si la habéis venido a destruir?
Hrafn miró la plaza, el botín que se amontonaba, el humo que empezaba a ralear, su hueste desparramada por una ciudad que apenas se había defendido.
—No la salvo —dijo—. Solo le doy unos días más.
—Y luego, porque el escribano era el único en aquella tierra y en aquella hueste con quien podía hablar sin que le costara el mando, añadió algo que no le habría dicho a Bjorn ni borracho—: ¿Sabes qué es lo peor de esto, escribano?
No la sangre. La sangre la entiendo, llevo toda mi vida en ella.
Lo peor es la facilidad. He venido a robar un esfuerzo que no es mío, una ciudad que otros levantaron piedra a piedra durante siglos, y la cojo en una mañana, sin pagar nada, sin merecer nada.
Y cuando me vaya, dentro de una semana, no quedará de mí más que ceniza y huecos.
—Negó con la cabeza, despacio—. Toda mi vida he creído que era fuerte porque podía coger lo que quería.
Hoy, en tu ciudad abierta, empiezo a pensar que el fuerte de verdad es el que la construyó, no el que la coge.
Y que yo, escribano, no he construido nada en treinta y ocho inviernos. Nada.
Yusuf lo miró sin saber qué decir. Era el conquistador de su ciudad hablándole de su propio vacío en mitad del saqueo.
No tenía sentido, y lo tenía todo. Y Yusuf, que esa mañana había visto huir a su gente y reventarse las puertas de las casas donde había crecido, sintió, contra toda razón, que entendía a aquel hombre extraño.
Lo entendía mejor de lo que entendía a los suyos que rezaban esperando un milagro.
—En mi lengua —dijo al fin Yusuf, despacio— hay una palabra para lo que decís. La aprendí de los libros. Los antiguos la llamaban vanitas . Lo que es vapor. Lo que parece y no pesa. Todo lo que un hombre coge y no le queda.
—Vanitas —repitió Hrafn, probando la palabra ajena en la boca, como había probado el vino del sur—. Sí. Eso. —Miró arder un último resto de fuego en lo alto de un tejado, una llama pequeña que Eystein no había alcanzado—. Mi vida entera, escribano. Vanitas.
Y mientras lo decía, en algún lugar de la ciudad, una casa que nadie había vaciado del todo prendió por descuido.
El fuego saltó al tejado vecino, y al siguiente, y empezó a correr por una calleja como había temido Yusuf, lento, inevitable, comiéndose Išbīliya barrio a barrio.
Y abajo, los hombres del norte seguían llenando sacos, ciegos al humo, ricos y satisfechos.