Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Lo que se ve desde el agua
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Lo que se ve desde el agua

La noche antes de subir a la ciudad, Hrafn cogió un esquife y remó solo, río arriba, para ver Išbīliya dormida.

No se lo dijo a nadie salvo a Gorm. El viejo le guardó el secreto como guardaba todos.

Solo le pidió que volviera antes del alba y que no se acercara tanto que lo vieran.

Hrafn necesitaba aquello. Necesitaba ver con sus propios ojos lo que iban a hacer, sin la hueste alrededor, sin la voz de Bjorn empujando.

Un jarl que manda matar a una ciudad, pensaba, debería al menos mirarla a la cara una vez antes, a solas, como se mira a un hombre antes de batirse con él.

Remó despacio, pegado a la orilla, entre los cañaverales que susurraban en la oscuridad.

La marea estaba parada. Era ese momento muerto entre el flujo y el reflujo en que el río descansa, y el agua era un espejo negro sembrado de estrellas.

Las estrellas del sur. Hrafn las había mirado muchas noches desde la isla, y le seguían pareciendo ajenas, más grandes, en figuras que no eran las del norte.

Bajo el cielo del norte un hombre sabía dónde estaba.

Bajo aquel, no. Aquel cielo no era el suyo.

Y sin embargo, remando solo en el silencio caliente, Hrafn sintió que no le disgustaba.

Había una paz en aquella noche del sur, ancha y tibia, que el norte no daba nunca.

Subió un buen rato, hasta que el río dibujó una última curva. Al doblarla, la vio.

Išbīliya dormía.

Se extendía en la orilla derecha, sobre una loma suave.

Era una masa de tejados pálidos a la luz de las estrellas, salpicada de las copas negras de las palmeras y de las higueras de los huertos.

Aquí y allá brillaba un punto de luz, una lámpara en una ventana, alguien que velaba un enfermo o rezaba o amaba.

Sobre todo se alzaba la torre cuadrada de la mezquita mayor, sólida, serena.

Y desde el agua, en la oscuridad, llegaba el rumor de la ciudad dormida.

Era un rumor hecho de nada y de todo: un perro que ladraba a lo lejos, el chirrido de una noria que alguien movía aún en la noche, una voz, el llanto breve de un niño que enseguida callaba, consolado.

Una ciudad. Miles de personas durmiendo, confiadas, en una ciudad sin murallas.

Sin saber que en una isla de fango, a un día de remo, seiscientos lobos del norte afilaban las hachas.

Hrafn dejó de remar y se quedó quieto, dejando que el esquife se meciera, mirando.

Y comprendió, con una claridad fría que le caló hasta los huesos, que iban a tomarla sin esfuerzo.

No había murallas. La guarnición, le había dicho el escribano, no llegaba a doscientos hombres, y la mitad andaba por la campiña.

Cuando subieran al alba, con seiscientos, con doce barcos, la ciudad no podría hacer nada.

Huirían los que pudieran, hacia los montes, hacia Carmona.

Los demás morirían o serían cogidos. La hueste entraría como un cuchillo entra en el pan.

Y durante días aquella masa de tejados pálidos sería suya: para quemarla, vaciarla, llenar los barcos con todo lo que valiera.

Sería el saqueo más fácil y más rico de la vida de Hrafn.

La cumbre de su oficio. Aquello por lo que un hombre del norte rema toda su vida, como había dicho Bjorn.

Y mirándola dormir, indefensa, confiada, oyendo el llanto del niño que se consolaba, Hrafn no sintió hambre. No sintió la sed del depredador ante la presa fácil. Sintió, para su propio espanto, algo que se parecía a la pena.

Pensó en el viejo de la barba gris que había venido a comprarle la paz con higos.

Pensó en el escribano, Yusuf, que hablaba de murallas y de inviernos y preguntaba por su madre.

Pensó en la mujer vieja dejada en un umbral.

Pensó en la gente que había plantado los olivos que Leifa miraba.

Gente que creía en el día siguiente, que regaba huertas con norias y traía agua de los montes por canales.

Gente que vivía, a su manera, una vida que en el norte nadie vivía: una vida hecha no de coger sino de construir.

Y pensó que al alba iba a mandar a seiscientos hombres a deshacer todo eso.

No porque lo odiara, no porque le hubieran hecho nada.

Lo haría porque era rico y estaba abierto y porque eso era lo que se hacía.

¿Y qué construía él? Esa era la pregunta sin nombre que llevaba un año removiéndosele dentro.

Aquella noche, solo en el agua frente a la ciudad dormida, por fin tomó forma.

Llevaba veinte años cogiendo. Había cogido oro, plata, ganado, gente, vidas.

¿Y qué tenía? Un túmulo de piedras en el norte con una mujer y un hijo debajo.

Un sitio frío en el pecho. Una hueste que lo seguía mientras les diera presas y que el día que dejara de dárselas seguiría a Bjorn.

No tenía olivos. No tenía nada plantado en ninguna parte que fuera a darle sombra de viejo.

Había pasado por el mundo como pasaba el humo de las aldeas que quemaba: ancho un instante, deshecho por el viento, sin dejar marca.

Y ahora tenía treinta y ocho inviernos. Miraba una ciudad que sí había construido algo, que llevaba siglos construyendo, y que él iba a deshacer en una semana.

Y por primera vez en su vida la cosa no le pareció terrible, que un hombre del norte no piensa que el saqueo sea terrible.

Le pareció algo peor: le pareció vacía. Inútil.

Un gran esfuerzo de hombres fuertes para no dejar nada.

No podía decírselo a nadie. No había en la lengua del norte palabras para decir aquello sin que sonara a cobardía.

Y un jarl que suena a cobarde la noche antes de un saqueo es un jarl muerto.

Bjorn, que olía la debilidad como un perro la sangre, lo destrozaría.

La hueste lo abandonaría. Tenía que callar.

Tenía que subir al alba, mandar el ataque, dirigir el saqueo, hacer su oficio.

Pero por primera vez supo, con certeza, allí en el agua negra frente a la ciudad dormida, que ya no quería su oficio.

En algún momento del último año, sin darse cuenta, había dejado de ser un hombre del norte por dentro.

Por fuera seguía mandando una hueste del norte.

Y esa grieta entre lo que era por fuera y lo que era por dentro solo podía crecer. Un día, de un modo u otro, lo partiría.

El niño volvió a llorar en la ciudad, y volvió a callar, consolado. Hrafn cogió los remos.

Dio media vuelta al esquife, despacio, y remó río abajo, hacia la isla de fango.

Dejaba atrás Išbīliya dormida en su loma, sus tejados pálidos, su torre serena, sus lámparas, su última noche de paz.

La marea había empezado a bajar y lo ayudaba ahora.

Lo llevaba hacia el sur sin esfuerzo, igual que lo había llevado hacia el norte la otra.

El río daba y quitaba con la misma indiferencia.

Y Hrafn, remando en la oscuridad caliente bajo las estrellas ajenas, supo que al día siguiente haría lo que tenía que hacer.

Lo haría porque no sabía aún cómo no hacerlo.

Porque para dejar de coger un hombre necesita primero saber qué otra cosa hacer con las manos, y él no lo sabía todavía.

Pero supo también que algo, dentro de él, había cruzado esa noche una orilla que no se vuelve a cruzar de vuelta.

Subió por última vez al esquife con la cabeza de un saqueador.

Bajaría el resto del río, el resto de su vida, con otra cosa dentro, todavía sin nombre, que la ciudad dormida acababa de despertarle.

Cuando llegó a la isla, antes del alba, Gorm lo esperaba en la orilla, una sombra entre los tarajes.

—¿La has visto? —preguntó el viejo.

—La he visto.

—¿Y?

Hrafn varó el esquife en el fango y se quedó un momento mirando hacia el norte, hacia la ciudad que no se veía ya, perdida tras las curvas del río.

—Y mañana la tomamos —dijo—. Despierta a los timoneles.

Pero Gorm llevaba sesenta años leyendo el agua y casi otros tantos leyendo a los hombres. Oyó en la voz de su jarl algo que no estaba antes, y no dijo nada. Fue a despertar a los timoneles pensando que su jarl había salido a mirar una ciudad y había vuelto con la mirada de otro hombre.