Coria
Llevaba cinco días en la isla de fango viendo a su hermano repartir higos del enemigo, hablar con un escribano cautivo de murallas y de inviernos, mandar barcos a mirar en lugar de barcos a coger.
Cinco días viendo a la hueste amansarse, ablandarse en el calor del sur como se ablanda la cera junto al fuego.
Y Bjorn sabía, con la certeza que tienen los hombres como él, que una hueste ablandada es una hueste que empieza a morir.
El día que de verdad haya que pelear, los brazos que llevan cinco días comiendo higos y bebiendo vino dulce no responden igual.
No responden como los brazos que se mantienen calientes con sangre fresca.
Así que la noche del quinto día reunió a los suyos. No a toda la hueste: a los suyos, a los que sabía que arderían con una palabra. Treinta, cuarenta hombres, con Thrand a la cabeza, los jóvenes hambrientos de gloria y los veteranos que no se habían dejado domesticar.
—¿Y si el jarl se enfada? —preguntó uno, un muchacho.
—El jarl —dijo Bjorn, y dejó que la palabra cayera con un peso que no tenía nada de respeto— se ha olvidado de para qué vinimos.
Yo no. Vinimos a ser hombres del norte, no pastores de moros.
¿Vinisteis a comer higos o vinisteis a coger oro?
—Los miró uno a uno, a la luz roja del fuego—.
Esto no es traición. Esto es recordarle a la hueste, y recordarme a mí, y recordaros a vosotros, quiénes somos.
Porque os juro por Thor que llevo cinco días empezando a no saberlo.
Subieron antes del alba, en tres barcas, remando callados por los canales que ya conocían.
Coria estaba en la otra orilla, una aldea grande, casi un pueblo, con su embarcadero, sus almacenes de grano junto al agua, sus casas de cal trepando por una loma.
No esperaba nada. La gente del sur había sabido de los barcos en la isla, sí, pero los creían quietos, comprando higos a las aldeas.
Y Coria estaba al otro lado, lejos, confiada.
Cuando los hombres de Bjorn saltaron del agua en la oscuridad gris de antes del sol, no encontraron resistencia.
Encontraron lo que Bjorn quería encontrar: presas dormidas.
Y Bjorn se dejó ir.
No fue un combate. Fue una cosecha. Reventaron las puertas de los almacenes y estaban llenos de grano, de aceite en tinajas grandes como hombres, de pieles, de fardos de lana.
Reventaron las casas de los pudientes y había plata.
No la plata de leyenda de la ciudad, pero plata de verdad: cubiertos, una cruz, un cinturón con tachones, monedas en un puchero enterrado que el dueño confesó a gritos con un cuchillo en el cuello.
Cogieron cautivos, los jóvenes, las mujeres, los que valían en el mercado.
A los viejos y a los que se resistieron los mataron.
No por crueldad calculada, sino por la prisa y el ardor de la cosa.
Es como mata casi siempre un hombre del norte, sin pensarlo, como se aparta una rama del camino.
Y mientras la luz crecía sobre Coria y el humo empezaba a subir de los techos prendidos, Bjorn el Rojo sintió que volvía a ser él.
Estaba de pie en el embarcadero, con el hacha goteando y un saco de plata al hombro.
Sintió correr la sangre caliente, sintió el ruido y el fuego y el miedo de los otros.
Y todo aquello le devolvió algo que en la isla de fango había empezado a perder: la certeza de existir.
Un hombre del norte sabe que está vivo cuando reparte muerte.
No es bonito, Bjorn no se lo decía con palabras bonitas, pero era verdad, y la verdad no necesita ser bonita.
Llevaba cinco días medio muerto comiendo higos.
Aquella mañana, en Coria, volvió a estar vivo.
Volvieron a la isla con las barcas hundidas de botín y de cautivos, cuando el sol ya estaba alto, y el regreso fue un triunfo.
La hueste los recibió en la orilla. Al ver el grano y el aceite y la plata y los cautivos, los que se habían quedado en la isla comiendo higos sintieron de pronto el aguijón de la envidia y de la vergüenza, que era exactamente lo que Bjorn buscaba.
Mientras ellos dormían como pastores, los suyos habían cogido.
La hueste rugía el nombre de Bjorn, y Bjorn se bañaba en aquel rugido.
Buscó con la mirada a Hrafn entre la multitud para que viera lo que un lobo de verdad trae a casa cuando un cuervo lo deja ir.
Hrafn estaba en lo alto del sendero de troncos, con el escribano sevillano a su lado, y no rugía. Miraba el botín, miraba a los cautivos, miraba a su hermano triunfante, y tenía la cara cerrada como una puerta.
Bjorn subió hasta él, todavía sucio de la mañana, y le plantó delante el saco de plata.
—Coria —dijo—. Sin perder un hombre. ¿Ves, hermano? Así se hace. No se mira la presa tres días. Se coge.
Hrafn no miró el saco. Miró a Bjorn a los ojos.
—Te dije que la hueste no subía hasta saber qué había río arriba.
—Y yo no subí la hueste. Subí a los míos. —Bjorn sonreía, pero el desafío estaba entero debajo—. Treinta hombres, una correría. ¿O es que ahora un hombre del Cuervo no puede ni respirar sin tu permiso?
Se sostuvieron la mirada. Alrededor, la hueste había callado, porque notaba lo que pasaba, ese olor en el aire que precede a las cosas graves.
Yusuf, el escribano, miraba al suelo, sabiendo que no debía estar viendo aquello.
Y Hrafn, por un instante, estuvo a punto.
Bjorn lo vio. Estuvo a punto de decir algo, de hacer algo, de plantar cara delante de todos a la insubordinación de su hermano, que era lo que un jarl debía hacer si quería seguir siéndolo.
Pero no lo hizo. Bajó la voz, y lo que dijo lo dijo solo para Bjorn.
—Has traído fuego a una tierra que ya nos miraba —dijo—. Coria avisará a la ciudad, y la ciudad a Córdoba. Acabas de decirle al sur que estamos aquí y que mordemos. Has cambiado cinco días de ventaja por un saco de plata.
—He cambiado cinco días de morirme por una mañana de estar vivo —respondió Bjorn—. Y los hombres conmigo. Mira sus caras, hermano. Míralas. Eso no lo dan los higos.
Hrafn miró las caras de la hueste. Y Bjorn, que conocía a su hermano como se conoce la propia mano, vio en los ojos grises de Hrafn que había ganado.
No la discusión, sino algo más hondo. Vio que Hrafn sabía que tenía razón en lo del fuego y el aviso a Córdoba.
Y que sabía también que la hueste no quería oírlo, que la hueste quería más mañanas de Coria y menos tardes de higos, y que un jarl que rema contra lo que su hueste quiere acaba sin hueste.
Hrafn calló. No castigó la insubordinación.
La tragó. Y Bjorn supo, mirándolo callar, dos cosas a la vez: que había ganado terreno, y que su hermano lo había dejado ganarlo a propósito.
Eligió no romper la hueste por un saco de plata.
Lo cual era, a su modo torcido, otra forma de mando que Bjorn no entendía y que por eso le daba rabia.
—Reparte el botín —dijo Hrafn al fin, en voz alta, para todos, recuperando el tono del que manda—.
Y que cada hombre sepa esto: Coria fue la última correría que sube sin mi orden.
La próxima vez que alguien encienda un fuego en esta tierra sin que yo lo mande, lo apago yo, y no con agua. ¿Está claro?
Estaba claro, y no estaba claro nada. La hueste rugió un sí, pero todos habían visto que el Rojo había desobedecido y había vuelto cargado de plata y de gloria, y que el Cuervo lo había dejado pasar.
Y en una hueste, lo que se ve pesa más que lo que se dice.
Bjorn bajó a repartir el botín entre vítores.
Y mientras repartía sentía la balanza moverse, despacio, bajo sus pies, hacia su lado.
No tenía prisa. Las cosas grandes, había aprendido, no se cogen como Coria, de un golpe al alba.
Se cogen como un río se come una orilla: poco a poco, sin que nadie lo vea, hasta que un día la orilla cae entera y el río sigue su camino como si nada.