Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) El intérprete
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El intérprete

A Yusuf lo cogieron en la alquería de su tío, en el Aljarafe.

Había llevado allí a su madre creyendo que estaría más segura en el campo que en la ciudad sin murallas.

Se equivocó. La ciudad, al menos, era grande y se podía uno esconder en ella.

El campo era una sucesión de casas blancas separadas.

Y los hombres del norte, que habían empezado a subir en partidas a reconocer la tierra, caían sobre ellas una a una.

Cayeron sobre la de su tío al amanecer del quinto día.

Yusuf oyó los gritos, oyó el chillido de las mujeres.

Cogió a Riquilda del brazo para huir por la parte de atrás, hacia los olivares.

Pero su madre no podía correr y él no la iba a soltar, y así, sin correr, los alcanzaron.

Un gigante de pelo color paja lo derribó de un empujón, le puso una bota en el pecho y levantó el hacha.

Yusuf, en el suelo, con el filo sobre la cara, hizo lo único que se le ocurrió: gritó, en la lengua áspera de su madre, las palabras del norte que ella le había cantado de niño.

No sabía bien lo que decían. Algo de un barco, de un río, de la madre.

Pero el gigante se detuvo, con el hacha en alto.

Lo miró como se mira a un perro que de pronto habla.

Eso le salvó la vida. Un hombre del norte que entiende la lengua del norte, en aquella tierra, valía más vivo que muerto. No lo mataron, no lo vendieron allí mismo. Lo ataron, lo metieron en una barca con otros cautivos y lo llevaron río abajo, a la isla de fango, ante el jarl.

A Riquilda la dejaron. Era vieja y no valía nada en el mercado, igual que ella misma había predicho, y por una vez en su vida eso fue una suerte.

Yusuf la vio quedarse en el umbral de la casa de su tío.

Una sombra pequeña que se hacía más pequeña según la barca se alejaba.

No supo si volvería a verla, y ese pensamiento le dolió más que las cuerdas que le mordían las muñecas.

Llegó a la isla al atardecer. Lo subieron por un sendero de troncos sobre el fango hasta un claro entre tarajes.

Ardían hogueras de humo verde y olía a carne asada y a tierra podrida.

Cientos de hombres de pelo claro lo miraron pasar con la curiosidad ociosa de los depredadores hartos.

Lo llevaron ante un hombre que estaba sentado en un tronco, limpiando una hoja con un trapo, sin prisa.

No era el más grande ni el más fiero de los que Yusuf había visto.

Era de estatura media, enjuto, con el pelo castaño veteado de gris recogido atrás y una barba corta.

Tenía unos ojos grises, tranquilos, que se levantaron de la hoja y se posaron en Yusuf con una atención que no era de cazador sino de otra cosa.

De juez, pensó Yusuf. O de hombre cansado que ha dejado de disfrutar lo que hace.

—Dicen que hablas la lengua —dijo el hombre. Lo dijo despacio, marcando las palabras, y Yusuf, para su sorpresa, lo entendió casi entero.

—Algunas palabras, señor —respondió Yusuf, buscando en la memoria las canciones de su madre, juntando lo que podía—. Mi madre... del norte. No del vuestro norte. De otro. De los francos. Me cantaba.

El hombre lo estudió un momento.

—¿Cómo te llamas?

—Yusuf. Yusuf ibn Bishr. Soy de la ciudad. Išbīliya.

—Yo soy Hrafn. —El hombre dejó la hoja a un lado—. Significa cuervo. ¿Sabes lo que es un cuervo?

—Un pájaro negro. Come muertos.

Algo se movió en la cara del jarl, un asomo de algo que no llegó a sonrisa.

—Sí. Come muertos. —Volvió a estudiarlo—.

Necesito a alguien que hable las dos lenguas, Yusuf ibn Bishr.

Alguien que me diga lo que dicen los de tu tierra cuando les hablo, y que les diga a los de tu tierra lo que yo quiero.

Un hombre así no es un esclavo cualquiera. Un hombre así me sirve. ¿Me entiendes?

Yusuf lo entendía perfectamente, y entendía también el cálculo frío que había debajo.

Era útil, luego viviría, mientras fuera útil.

El día que dejara de serlo, volvería a ser un esclavo como los otros.

Atado a la borda, camino de un mercado en el fin del mundo.

Lo entendía, y aun así, en mitad del terror, sintió un hilo de algo a lo que agarrarse.

—Os entiendo, señor.

—Bien. —Hrafn se inclinó hacia delante, los codos en las rodillas—. Entonces empieza ahora. Dime una cosa, y dímela verdadera, porque sabré si mientes. La ciudad. Išbīliya. ¿Por qué no tiene murallas?

Yusuf dudó. Decir la verdad era traicionar a su ciudad.

Pero mentir, y que el jarl lo descubriera, era morir, y morir no salvaría a Išbīliya de nada.

Y había algo más, algo que apenas se atrevía a pensar.

Aquel hombre de ojos grises no preguntaba como pregunta el que quiere saber por dónde clavar el cuchillo. Preguntaba como el que quiere entender.

—El emir las mandó echar abajo, señor —dijo al fin—.

Hace años. No por miedo a vosotros. Por miedo a nosotros.

La ciudad es levantisca, se rebela contra Córdoba, y un emir no deja murallas en pie a un súbdito que muerde.

—Tragó saliva—. Las quitaron para que la ciudad no pudiera defenderse...

de su propio rey. Nadie pensó que vendría un enemigo del río.

Hrafn lo miró un largo rato, en silencio, y Yusuf no supo leer lo que pasaba detrás de aquellos ojos grises. Luego el jarl asintió, despacio.

—Así que la dejaron desnuda para poder pegarle ellos mismos —dijo—, y vino otro y se la encontró desnuda.

—Algo en su voz era casi de tristeza—. En mi tierra hacemos lo mismo, escribano.

Los clanes se debilitan unos a otros peleándose por una roca, y mientras se pelean, llega el invierno y se los lleva a todos.

Los hombres somos iguales en todas partes.

Nos quitamos las murallas unos a otros y luego nos extrañamos del lobo.

Yusuf no respondió. No esperaba filosofía de un saqueador. Esperaba avaricia, crueldad, preguntas sobre el oro. Y aquel hombre le hablaba de murallas y de inviernos y de lo iguales que son los hombres, mirando el fuego. En su voz baja había más fatiga que furia.

—Te quedarás conmigo —dijo Hrafn, levantándose—. Comerás lo que como yo. No te ataré las manos si me das tu palabra de que no huirás, y la verdad es que no tienes adónde huir: si sales de esta isla solo, te traga el fango. ¿Tengo tu palabra?

—La tenéis —dijo Yusuf, porque era verdad que no tenía adónde ir, y porque, contra toda razón, empezaba a preferir la cercanía de aquel hombre extraño a la suerte de los cautivos atados a la borda.

—Una cosa más. —Hrafn se detuvo—. En la alquería donde te cogieron había una mujer vieja. La dejaron. ¿Era tuya?

A Yusuf se le cerró la garganta.

—Mi madre.

Hrafn lo miró, y por un instante Yusuf creyó ver, en aquellos ojos grises de saqueador, algo que reconoció porque lo llevaba él mismo dentro: el reflejo de una pérdida vieja, de un sitio frío que ninguna hoguera calienta.

—Una madre vieja a la que se deja atrás —dijo el jarl, casi para sí—. Sí. —Y luego, más alto, volviendo a ser el que mandaba—: Sírveme bien, escribano, y veremos qué se puede hacer con tu madre. Un hombre que tiene a quién volver trabaja mejor que un hombre que no tiene nada. Lo sé por experiencia.

Se alejó hacia las hogueras, dejando a Yusuf solo en el claro, con las manos todavía atadas pero el corazón confuso.

Acababa de ser hecho esclavo. Había dejado a su madre en un umbral sin saber si vivía.

Estaba en una isla de fango en mitad de las marismas, rodeado de hombres que esa misma semana iban a quemar su ciudad.

Y sin embargo, mirando alejarse a aquel jarl de ojos grises que hablaba de inviernos y preguntaba por una madre vieja, Yusuf ibn Bishr sintió, por primera vez desde el amanecer, que tal vez, solo tal vez, no todo estuviera perdido.

Que en mitad del lobo había encontrado a un hombre.

Y que de los hombres, a diferencia de los lobos, se puede esperar algo.