Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) Trece días frente a Lisboa
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Trece días frente a Lisboa

Lo primero que aprendió Hrafn de las tierras del sur fue que mordían.

Llegaron frente a Lisboa al octavo día de bajar la costa, con la flota entera, doce velas a rayas entrando en la boca ancha de un río que los del lugar llamaban Tejo.

Era una ciudad encaramada a unas colinas, blanca de cal, con un castillo de torres cuadradas en lo alto y un caserío que bajaba hasta el agua como un rebaño que va a beber.

Hrafn la miró desde la proa y pensó que el gallego no había mentido del todo: aquello no era el norte.

Las casas tenían tejados rojos, no de turba ni de madera ennegrecida.

Entre ellas se levantaban torres delgadas.

Al rato de aparecer la flota, de ellas empezó a subir un canto largo, agudo, de muchas voces, que ningún hombre del Cuervo había oído jamás.

Llamaban a su dios, supo después. Pero entonces a Hrafn le pareció que la ciudad entera cantaba para verlos llegar, y sintió un frío en la nuca que no supo explicar.

Bjorn quiso entrar a saco esa misma tarde. Hrafn lo frenó.

—No conocemos el fondo del río ni la corriente —dijo—. Ni cuántos hombres guarda esa muralla. Entramos a ciegas y nos clavan contra la orilla. Esperamos. Miramos. Mañana sabremos más que hoy.

Bjorn refunfuñó, pero cedió, porque ese era el trato no escrito entre ellos: en la batalla mandaba el furor de Bjorn, pero en el acercamiento mandaba la cautela de Hrafn. La hueste, que llevaba veinte años viva gracias a ese reparto, lo respetaba sin necesidad de que nadie lo dijera.

Mañana supieron más, y lo que supieron no les gustó.

Los de Lisboa no huyeron. Esa fue la primera sorpresa, y la peor.

En el norte, y en las costas francas, y en Inglaterra, cuando aparecían las velas de los dragones la gente corría: tierra adentro, a los bosques, a las iglesias de piedra creyendo que su dios clavado los defendería.

Los hombres del Cuervo estaban hechos a saquear el miedo, a entrar en aldeas vacías donde solo quedaban los viejos que no podían correr y los tontos que no entendían.

Pero los de Lisboa no corrieron. Cerraron las puertas, llenaron las murallas de hombres, y al segundo día sacaron unas barcas largas y bajas, llenas de soldados con turbante y lanza.

Se acercaron a la flota remando rápido y disciplinado, en orden, como si supieran exactamente lo que hacían.

Y entonces vino la segunda sorpresa, la que mató a Hauk el Joven.

Desde una de las barcas, y desde una torre de la orilla, los del sur lanzaron fuego.

No flechas con estopa ardiendo, eso lo conocía Hrafn, eso se apagaba con agua o con un cuero mojado.

Esto era otra cosa. Salía de unos tubos y de unas ollas de barro que se rompían al caer, y era un fuego que se pegaba a la madera, a la vela, a la carne.

Cuanta más agua le echaban, más ardía, como si el agua misma alimentara la llama.

Una olla cayó en la cubierta del barco de Eystein y se hizo pedazos.

De pronto tres hombres ardían y la vela ardía y el fuego corría por las tablas embreadas como corre por la hierba seca.

Hauk, que tenía diecinueve inviernos y era el más rápido de la hueste, saltó al agua para apagarse y salió ardiendo igual, gritando, y se hundió ardiendo, y el mar no lo apagó.

Hrafn vio aquello desde la proa del Cuervo y sintió por primera vez en mucho tiempo algo parecido al miedo.

No por su vida; eso lo tenía gastado. Por la hueste.

Porque comprendió en un instante que aquellos hombres del sur no eran campesinos asustados ni monjes inermes.

Eran soldados de un poder grande, organizado, que tenía armas que los del norte no entendían.

Y que no pensaban entregar su tierra como un cordero entrega el cuello.

—¡Atrás! —gritó—. ¡Sacad los barcos del alcance de las ollas! ¡Atrás, remad atrás!

Bjorn quería cargar. Lo vio en la cubierta de su barco, de pie sobre la borda, rugiendo a sus hombres que avanzaran, que un hombre del norte no retrocede ante el fuego de unos moros.

Y por un momento Hrafn pensó que iba a hacerlo, que iba a llevar a doscientos hombres contra aquellas barcas y aquellas torres, y que ardería medio Cuervo del Mar por orgullo.

—¡Bjorn! —Hrafn puso en el grito todo el peso de su nombre de jarl, todo el mando que tenía y que rara vez usaba con su hermano—. ¡Atrás he dicho! ¡No es el día! ¡No es el sitio!

Y Bjorn, con la cara roja de furia, los ojos llenos de Hauk ardiendo, obedeció.

Apretó los dientes, escupió una maldición a los dioses del sur, y mandó remar atrás.

Esa fue la única vez en muchos meses que Hrafn lo vio doblegarse, y supo que se lo cobraría tarde o temprano, porque a un hombre como Bjorn la cautela le sabe a humillación.

Trece días estuvieron frente a Lisboa.

No por terquedad, sino por aprendizaje. Hrafn no quería irse hasta entender a aquel enemigo nuevo.

Hizo que los barcos se mantuvieran a distancia, fuera del alcance del fuego, y desde allí observó.

Observó cómo se movían las barcas del sur, cómo se relevaban en las murallas, a qué hora bajaba la marea y dejaba al descubierto los bancos de fango donde una nave podía encallar.

Mandó a Gorm y a otros dos en un esquife pequeño, de noche, a sondar el fondo del río con una cuerda y un plomo.

Aprendió por dónde se entraba y por dónde no.

Cada día sabía un poco más, y cada día perdía un poco menos de respeto a aquel sur que mordía.

Pero también, cada día, sentía crecer en la hueste un humor extraño.

No era miedo, los hombres del norte no se asustan así.

Era algo peor para una hueste: era duda.

Habían venido por una ciudad de plata sin murallas y se habían dado de bruces con una ciudad de murallas que escupía fuego.

Murmuraban. ¿Y si el gallego mentía? ¿Y si todo el sur era así, erizado de torres y de fuego, y el oro de las historias era solo eso, historias?

Por las noches, junto a los fuegos de la orilla donde no se atrevían a desembarcar del todo, Hrafn oía esos murmullos y los dejaba correr, porque sabía que una hueste que no murmura es una hueste muerta. Pero los pesaba.

Al decimotercer día, al amanecer, Hrafn reunió a los timoneles en la cubierta del Cuervo, con la niebla aún sobre el río y Lisboa borrosa en sus colinas.

—Esta ciudad no es para nosotros —dijo—.

Tiene dientes y los sabe usar. Pero el gallego no miente del todo: si Lisboa es así de rica para tener fuego que defenderla, lo que hay más al sur lo es más.

Solo que no entraremos por la puerta que nos esperan.

Bajaremos. Buscaremos el río grande, ese del que habla el cautivo, el que no tiene murallas en su ciudad.

Y entraremos por donde el sur no nos mire.

—Huyendo —dijo Bjorn. Lo dijo bajo, pero lo dijo, y los timoneles lo oyeron.

—Eligiendo —respondió Hrafn, y le sostuvo la mirada—. Un lobo que carga contra el fuego no es valiente, hermano. Es tonto, y se muere, y deja a su manada sin caza. Bajaremos al río grande.

Bjorn no respondió. Apretó los dientes, como ante Lisboa, y asintió, una sola vez, seco.

Pero Hrafn vio en sus ojos que la cuenta seguía abierta, y que a la deuda de Hauk se sumaba ahora esta, la de haberlo hecho doblar el cuello dos veces ante los hombres.

Las deudas, entre hermanos del norte, no se olvidan. Se guardan. Y un día se cobran.

La flota viró al sur con la marea baja, dejando atrás Lisboa y su canto de muchas voces que subía otra vez de las torres delgadas, despidiéndolos o maldiciéndolos, Hrafn no lo sabía.

En la cubierta, envuelto en su capa, miraba el agua correr y pensaba en Hauk ardiendo, en el fuego que no se apaga con agua, en un sur que era mucho más de lo que Bjorn creía y mucho menos de lo que la hueste soñaba.

Hacia allá iban, de todas formas. Hacia el río grande.

Hacia la ciudad sin murallas que, si los dioses no mentían más que los hombres, los esperaba abierta como una mano tendida o como una trampa, que a veces, pensó Hrafn, son la misma cosa vista desde dos orillas.