Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1) La lengua de los cautivos
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La lengua de los cautivos

A Bjorn el Rojo le gustaban los cautivos por una razón que pocos entendían: hablaban.

No de las cosas que decían bajo el cuchillo, dónde está el oro, quién es rico en este valle.

Esas las soltaba cualquiera y casi nunca valían nada.

Le gustaba lo otro, lo que contaban cuando se les pasaba el primer miedo y empezaban a creer que iban a vivir.

Las historias que llevaban dentro como llevan las nueces el fruto.

Un cautivo asustado mentía. Un cautivo resignado contaba el mundo.

Y Bjorn quería el mundo, todo entero, para repartirlo a hachazos.

Llevaba tres días sentándose junto al gallego.

Lo habían cogido en una playa al norte, en una tierra de lluvia y peñascos donde los reyes pequeños tenían más santos que soldados.

Era un hombre flaco de manos finas, ni guerrero ni labrador, una especie de mercader o de clérigo a medias que chapurreaba la lengua del norte porque, según decía, había tratado con frisones en los puertos.

Se llamaba Toribio. Tenía los dientes podridos y una manera de mirar de reojo, calculando.

A Bjorn le recordaba a un zorro en una trampa pensando ya en el día siguiente.

Le caía bien por eso. Un hombre que planea sobrevivir es un hombre que conoce el precio de las cosas.

—Otra vez la ciudad de plata —le dijo Bjorn, acuclillándose frente a él con un trozo de queso duro que partió en dos y le tendió la mitad—. Cuéntamela otra vez. Y no me mientas, gallego, que ya me la sé y noto las costuras.

Toribio cogió el queso con las dos manos atadas, mordió, masticó despacio para alargar el momento, que era lo único que tenía suyo.

—Išbīliya —dijo, y la palabra le salió blanda, llena de aire—. Así la llaman los moros. Está río arriba, en una llanura grande, junto a un río que ellos llaman el Grande, el Wadi al-Kabir . Yo no la he visto con estos ojos, señor, pero he visto a quien la ha visto, y todos cuentan lo mismo.

—Todos cuentan lo mismo cuando todos mienten igual.

—O cuando es verdad. —El gallego sonrió con su boca rota—.

Dicen que tiene mercados donde se vende seda de un país que está al otro lado del mundo, y especias que valen su peso en plata, y esclavos de todos los colores.

Dicen que las casas de los ricos tienen agua corriendo por dentro, traída de los montes en canales, y patios con árboles que dan fruta todo el año.

Dicen que el que manda en esas tierras, el emir de Qurtuba, tiene un palacio donde el suelo es de mármol y come en platos de oro que después regala a sus poetas.

Bjorn masticaba su queso y escuchaba con los ojos entornados, y por dentro la sangre se le movía como se le movía antes de una pelea.

Platos de oro que se regalan. Eso era riqueza de verdad, la que ni siquiera cuenta lo que tiene.

En el norte, un hombre que tuviera un solo plato de oro lo enterraría con él para que se lo llevara al otro mundo.

Y aun así lo desenterrarían sus nietos en la primera hambruna.

—¿Y guerreros? —preguntó—. ¿Cuántos guerreros guardan tanta plata?

Toribio se encogió de hombros, y las cuerdas le mordieron las muñecas.

—Esa es la cosa, señor. Dicen que la ciudad no tiene murallas.

Que las tuvo, hace tiempo, pero que el emir mandó echarlas abajo porque la gente de allí se le rebelaba y no quería que se hicieran fuertes contra él.

—Bajó la voz, como si la confidencia valiera otro pedazo de queso—.

Una ciudad rica sin murallas, señor. Como una mujer hermosa que sale al camino sin velo.

Bjorn se rió. Se rió fuerte, echando la cabeza atrás, y los hombres que remaban cerca levantaron la vista y algunos se rieron también sin saber por qué, contagiados.

Una ciudad rica sin murallas. Si el gallego decía la verdad, era el regalo más limpio que los dioses le habían puesto delante en toda su vida.

Y los dioses, pensó Bjorn, no ponen regalos así delante de los hombres tibios.

Los ponen delante de los que tienen el valor de cogerlos.

Se levantó, dejándole al gallego la otra mitad del queso, y caminó hacia el centro de la cubierta donde el sol pegaba más fuerte.

El día estaba alto y limpio, el mar de un azul que en el norte no se veía nunca.

La costa por estribor era ya una tierra distinta: acantilados rojizos, pinos retorcidos por el viento, y de cuando en cuando una torre cuadrada de piedra clara.

Desde ella, lo sabía, los del sur vigilaban el mar.

Encendían fuegos para avisarse unos a otros de que los lobos habían llegado.

Que vigilaran. Un fuego no detiene a una flota.

—¡Hombres del Cuervo! —gritó, y su voz cortó el rumor de la cubierta como una proa corta el agua. Le gustaba esa sensación, sentir cómo seiscientos hombres, aunque solo lo oyeran cincuenta, se ponían de pronto a escuchar—. ¡Os han prometido el sur y os han traído al sur! ¿Y qué hay en el sur?

—¡Oro! —rugió Kalf, que se había puesto sobre el pecho la cruz de plata robada y todavía no se la había quitado.

—¡Oro, dice el niño! —Bjorn abrió los brazos—.

¡Oro hay, sí! Pero yo os digo más. Río arriba, en estas tierras, hay una ciudad llena de plata que no tiene murallas.

Sin murallas, hermanos. Una puerta abierta.

Y dentro, seda, y especias, y mujeres de piel oscura, y platos de oro que el rey regala porque le sobran.

—Dejó que la imagen prendiera, que la vieran, porque Bjorn sabía que a un hombre no lo mueve un hecho sino una imagen—.

¡Veinte años he remado con muchos de vosotros por costas pobres!

¡Esta es la costa rica! ¡Esta es por la que rema un hombre toda su vida para poder contarla de viejo!

El rugido que le respondió hizo vibrar las tablas.

Golpeaban los escudos contra la borda, golpeaban los pies, gritaban su nombre y el del jarl, y Bjorn se bañó en aquel ruido como en agua caliente.

Esto era ser un hombre del norte. Esto. No el silencio de Hrafn junto al mástil mirando un humo que ya no estaba, sino esto: la sangre encendida, la hueste de pie, la promesa de la ciudad abierta corriendo de boca en boca.

Buscó a Hrafn con la mirada. Estaba a popa, junto a Gorm, y no gritaba, claro que no gritaba, pero tenía los ojos puestos en él.

Bjorn creyó leer en esos ojos lo de siempre, la cautela, el cálculo, el «espera, hermano, no corras».

Llevaba un año leyéndole eso. Llevaba un año notando que algo en Hrafn se había apagado, desde lo de Gunnhild y el crío, una luz que antes ardía y ahora solo humeaba.

Bjorn lo quería como se quiere a un hermano, más que a nadie vivo.

Y precisamente por eso le dolía verlo así, parado, frío, mirando hacia atrás cuando un hombre debe mirar hacia delante.

«Yo te lo voy a devolver, hermano», pensó, sosteniéndole la mirada por encima de las cabezas de la hueste rugiente.

«Te voy a llevar a esa ciudad de plata y te voy a poner el oro en las manos hasta que se te derrame, y volverás a ser el que eras.

Esto es lo que cura a un hombre del norte. No el llanto, no el túmulo. Esto.»

Hrafn no le devolvió ni una sonrisa. Inclinó apenas la cabeza, un gesto que podía ser de aprobación o solo de cansancio, y volvió la cara al sur.

Bjorn bajó del centro de la cubierta entre palmadas y manos que le buscaban el hombro, y se sentó otra vez junto al gallego, que había guardado para el final la corteza más dura del queso y la roía como una rata feliz.

—Río arriba, has dicho —le dijo Bjorn, en voz baja ahora, solo para él—. ¿Cuántos días de remo desde el mar?

—Dos, tres. El río es manso, señor, y ancho. Sube la marea por él tierra adentro, dicen, y empuja a los barcos sin remos casi hasta las puertas de la ciudad. —Toribio lo miró de reojo, con su mirada de zorro—. Es como si el río mismo os quisiera llevar.

—El río nos querrá —dijo Bjorn, y sonrió—. Todo el mundo nos quiere, gallego. Hasta los que no lo saben todavía.

Y mirando el agua que corría a lo largo del casco, azul y caliente y tan distinta del mar de hierro del norte, Bjorn el Rojo sintió que por una vez en su vida los dioses y el viento y la marea estaban todos del mismo lado, el suyo, empujándolo hacia una ciudad de plata sin murallas.

No se le ocurrió, porque no era hombre de ocurrírsele, que el río que te lleva con tanta facilidad hacia dentro es el mismo que un día tendrá que sacarte, y que entonces puede no estar de tu parte.