Hijos del Guadalquivir (El hacha y el arado 1)
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Humo a popa
El humo se quedaba atrás como una promesa cumplida, y Hrafn Sigurdsson no sentía nada.
Estaba de pie junto al mástil, una mano en la driza áspera de cuero de morsa, mirando la costa franca que se hundía despacio bajo la línea del mar.
De allí salía aún una columna negra, ancha en la base, deshilachada arriba.
El viento la cogía y la repartía sobre el agua gris.
Era una aldea. Había tenido un nombre que ninguno de ellos sabría pronunciar nunca, un campanario, un puñado de casas de adobe y madera junto a un vado.
Ahora era solo aquello: una mancha que ensuciaba el cielo del amanecer.
Sus hombres la habían tomado en menos tiempo del que tardaba en hervir un caldero.
A su alrededor, en la cubierta abierta del Cuervo del Mar , los guerreros celebraban.
Eystein había sacado un cuerno de aguamiel salvado del saqueo, dulce y caliente, y se lo pasaban de mano en mano entre risas.
Kalf se había colgado del cuello una cruz de plata más grande que su puño, arrancada de algún altar, y bailaba con ella balanceándose como una mujer enjoyada.
Los demás aullaban. Había rollos de paño teñido, un cofre de monedas que aún no habían contado, sacos de grano, tres cautivos jóvenes atados a la borda con la cabeza baja.
Buen botín para una sola mañana. Los hombres estaban contentos, y tenían razón para estarlo.
Hrafn los miraba como se mira a unos niños desde una orilla a la que ellos todavía no han llegado.
Había hecho esto durante veinte años. Había prendido fuego a más techos de los que podía recordar.
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el olor de la madera quemada le encendía algo en el pecho, una especie de hambre satisfecha.
Ahora solo olía a humo. El humo le picaba en la garganta y le recordaba que tenía sed, y eso era todo.
—Treinta y dos monedas de oro, jarl, y eso sin pesar la plata.
Gorm se había acercado por la espalda con el sigilo de los viejos timoneles, que aprenden a moverse por una cubierta sin hacerla cabecear. Tenía la barba blanca pegada a la cara por la espuma y los ojos pequeños, hundidos, siempre entornados como si leyera algo escrito en el horizonte.
—Bien —dijo Hrafn.
—Bien, dice. —Gorm escupió por la borda—. Los hombres llevan tres lunas remando por una costa que llueve sal y obispos pobres. Esto es lo primero que brilla de verdad. Podrías sonreír un poco. Les sienta bien ver sonreír al que manda.
Hrafn no apartó la vista del humo.
—¿Para dónde nos lleva el viento, Gorm?
—Al sur, si lo dejas. Lleva al sur desde hace una semana, como si quisiera algo.
—Entonces vamos al sur.
El viejo lo miró de lado, un instante demasiado largo, y luego volvió a su puesto en la popa sin decir nada más. Gorm sabía cuándo callar. Era una de las pocas virtudes que Hrafn valoraba ya sin reservas en un hombre.
Hacia el sur. La palabra le rodaba en la boca como un guijarro.
En el norte, de donde venían, el mundo era una cosa que se entendía: roca y hielo y un mar que mataba, fiordos estrechos donde la tierra buena cabía en el hueco de una mano.
Había que pelear por ella con el vecino, con el hermano, con el hambre del invierno.
Allí un hombre era lo que su brazo arrancaba.
No había otra ley, ni hacía falta. Hrafn había crecido en esa ley, la había servido, la había impuesto a otros con el hierro, y durante mucho tiempo le pareció la única que el mundo conocía.
Después había muerto Gunnhild.
No en la guerra. Eso habría tenido sentido, lo que tienen de sentido las cosas del norte: una incursión, una flecha, el fuego, una muerte de pie.
Gunnhild había muerto en la cama, ardiendo de fiebre, con el pequeño Eirík ardiendo a su lado.
Los dos en tres días, mientras él estaba en el mar robándole a otra gente cosas que después no le sirvieron de nada.
Volvió a una casa que olía a enfermedad y a cal apagada.
Enterró a su mujer y a su hijo bajo el mismo túmulo de piedras.
Desde entonces había en él un sitio frío que ninguna hoguera calentaba.
Tenía treinta y ocho inviernos. Le quedaban, si los dioses eran generosos, otros diez o doce de remo y de hacha, y luego sería un viejo junto a un fuego ajeno, contando a unos niños que no eran suyos las cosas que había quemado.
Esa era la herencia de un hombre del norte que no muere joven. Esa, y un túmulo.
—Otra vez mirando el humo. —La voz era de Bjorn.
Su hermano de juramento subió la cubierta a grandes zancadas, descalzo sobre las tablas mojadas, la melena roja todavía oscurecida de sangre seca en una punta, y se plantó a su lado con esa manera suya de ocupar el espacio que tenía desde niños.
Bjorn no estaba simplemente en un sitio: lo tomaba.
De crío era igual. Se metían los dos en el agua helada del fiordo a ver quién aguantaba más.
Hrafn aguantaba siempre un poco más, pero era Bjorn el que salía riendo y el que todos recordaban.
—Miro la costa —dijo Hrafn.
—Miras lo que dejamos. Yo miro lo que viene.
—Bjorn le dio una palmada en el hombro, fuerte, cariñosa, una palmada que en otro habría sido un golpe—.
Y lo que viene es mejor, hermano. Lo huelo.
Esto de aquí —señaló la columna de humo con la barbilla, despectivo—, esto son obispos flacos y campesinos que rezan a un dios clavado.
Calderilla. Hay tierras más abajo donde las ciudades son de plata y los reyes se untan las barbas de aceite. Lo dicen todos los que han ido.
—Lo dicen los que vuelven —dijo Hrafn—. De los que no vuelven no sabemos qué dicen.
Bjorn se rió, una carcajada abierta que hizo que dos de los hombres levantaran la cabeza y sonrieran sin saber de qué. Esa era otra cosa que tenía: la risa se le contagiaba a la hueste como la fiebre, pero al revés, una fiebre que daba fuerzas.
—Siempre tan alegre, tú —dijo Bjorn—. Ese es tu don, hermano. Yo enciendo a los hombres y tú los enfrías para que no se quemen solos. Por eso ninguno de los dos manda bien sin el otro.
Era verdad, y los dos lo sabían, y por eso lo decían en voz alta sin que costara.
Veinte años de remo en el mismo casco. Bjorn le había sacado a Hrafn una lanza del muslo con los dientes en una playa de Frisia mientras los sajones cargaban.
Hrafn le había roto a un hombre la espalda con un remo por encima de la cabeza de Bjorn caído.
Se debían la vida tantas veces que ya no llevaban la cuenta.
La hermandad de juramento era más vieja que cualquier otra cosa que Hrafn tuviera.
Más vieja que su matrimonio, más vieja que su nombre de jarl.
Pensaba a veces que era lo único que el túmulo del norte no le había quitado.
—¿Y qué sabes tú de esas tierras del sur? —le preguntó.
—Sé que el sol calienta y que hay oro. —Bjorn se encogió de hombros—. ¿Qué más hace falta saber?
Hrafn no respondió. Volvió la cara al sur, hacia donde el horizonte se abría limpio, sin humo todavía, una raya temblorosa entre dos azules.
El viento empujaba constante por la aleta de babor, y el Cuervo del Mar corría suave, casi sin esfuerzo de los remos, con la vela cuadrada hinchada como el vientre de una preñada.
Detrás venían los otros once barcos de la flota, las velas a rayas rojas y blancas repartidas sobre el agua como un rebaño que sigue a su pastor sin saber adónde.
Casi seiscientos hombres. Era una hueste para hacer temblar a un rey.
Y la mandaba un hombre que ya no recordaba qué quería de la guerra.
Eso no podía decírselo a Bjorn. No había en la lengua del norte palabras para decirlo sin que sonara a debilidad, y la debilidad, en un jarl, era un olor que la hueste percibía antes de que nadie la nombrara.
Así que Hrafn callaba, como callaba desde hacía un año, y dejaba que el viento decidiera. El viento al menos no le pedía cuentas.
—Reúne a los timoneles esta noche —dijo al fin—. Si vamos al sur, iremos en orden. No quiero la flota desperdigada por una costa que no conocemos.
—Vamos al sur. —Bjorn lo dijo como quien cierra una puerta, satisfecho, y le apretó otra vez el hombro antes de bajar entre los hombres, que lo recibieron con un rugido de bienvenida, como si volviera de un viaje largo y no de tres pasos por la cubierta.
Hrafn se quedó solo junto al mástil. A popa, la columna de humo se había hecho fina, una pluma gris que el viento del sur deshacía. Pronto no quedaría nada de aquella aldea sin nombre, ni en el cielo ni en su memoria. Otros nombres la cubrirían, otras aldeas, otro humo. Así había sido siempre.
Cerró los ojos y dejó que el sol del amanecer, todavía tibio, le diera en la cara.
Hacia el sur el mundo se calentaba. No sabía nada más, igual que Bjorn, pero a diferencia de su hermano no le bastaba con eso.
Había en él una pregunta que no sabía formular.
Una sed que el aguamiel no apagaba y el oro no llenaba.
La llevaba al sur como un hombre lleva una herida vieja: sin esperar ya que cierre, solo acostumbrado a su latido.
El Cuervo del Mar clavó la proa en una ola larga y la cortó limpia, y la espuma saltó por encima de la cabeza tallada del mascarón, el pájaro negro de pico abierto que daba nombre al barco.
Hacia el sur. El viento llevaba al sur desde hacía una semana, pensó Hrafn, como si quisiera algo.
Quizá lo quisiera. Quizá el viento, igual que él, buscaba una orilla donde por fin parar.