Sal y olivares
Leifa Thorgilsdóttir pisó tierra firme del sur por primera vez en una playa de Cádiz, y lo primero que pensó fue que el suelo le quemaba los pies a través de las botas.
No era el frío lo que esperaba un cuerpo del norte de una orilla nueva.
Era calor. Subía de la arena blanca como sube de una piedra puesta junto al fuego, y el aire mismo estaba lleno de una luz espesa, dorada, que hacía entornar los ojos.
Leifa se quedó un momento quieta, con el escudo a la espalda y la lanza en la mano, dejando que aquel calor le entrara por la planta de los pies y le subiera por las piernas.
Sintió algo que no sabía nombrar, una especie de asombro que le daba vergüenza, porque una guerrera no debe asombrarse de la tierra de los que va a saquear.
Tenía veintidós inviernos y no recordaba un solo año de su vida sin guerra.
Su padre, Thorgils, había muerto remando junto a Hrafn cuando ella tenía nueve, en una incursión a la costa de los frisones, y Hrafn la había recogido en su casa como se recoge la deuda de un compañero caído, sin aspavientos, porque así se hacía.
No la crió como a una hija; la crió como se cría a quien va a tener que defenderse sola.
Le enseñó a sostener un escudo en la pared de escudos, a no romperla nunca, a sentir el peso del hombre de al lado y prestarle el suyo.
Le enseñó que en la primera línea no hay valientes ni cobardes, solo gente que aguanta o gente que cede, y que la que cede mata a tres por la espalda al ceder.
Leifa no había cedido nunca. Tenía una cicatriz blanca que le cruzaba la ceja y media docena más repartidas por los brazos.
Los hombres del Cuervo, que al principio se reían de la mocosa que quería pelear, hacía años que no se reían. La habían visto aguantar.
Así que cuando los barcos tocaron la playa de Cádiz y Bjorn gritó que bajaran a buscar agua y lo que hubiera, Leifa bajó como bajaban todos, dispuesta a lo de siempre. Pero lo de siempre, en el sur, no se parecía a lo de siempre.
Subieron desde la playa por un camino de tierra apisonada, entre matas de un verde grisáceo que olían fuerte cuando las rozabas, una mezcla de resina y de algo dulce. Y al coronar una loma baja, Leifa se paró en seco.
Delante, hasta donde alcanzaba la vista temblando en la luz, había árboles.
Miles. Decenas de miles. Plantados en filas, las copas redondas de un verde plateado, los troncos retorcidos y grises como manos de viejo, y el suelo entre ellos limpio, trabajado, sin una mala hierba.
No era un bosque. Un bosque crece como quiere.
Esto lo había plantado alguien, fila tras fila, ladera tras ladera, con una paciencia que a Leifa le pareció casi divina.
En el norte, la tierra que daba algo cabía en el hueco de un valle y había que arrancársela al granito.
Aquí la tierra daba sin medida. Y la gente la había peinado como se peina el cabello de un hijo.
—Olivos —dijo Ulf a su lado.
El veterano se había parado también, apoyado en su lanza, la barba blanca movida por la brisa caliente. Ulf había estado en el sur de joven, en otra flota, y conocía algunas de las palabras.
—De esto sacan el aceite —siguió—. Lo queman en las lámparas, lo echan en la comida, se untan el pelo. Un árbol de estos vive más que tú y que yo y que tus nietos juntos. Hay quien dice que algunos los plantaron los romanos, hace tanto que ya nadie se acuerda de los romanos.
Leifa no dijo nada. Miraba los olivos y pensaba en una cosa que no se atrevía a decir en voz alta, ni siquiera a Ulf, que era de los pocos que no se reían de ella: pensaba que aquello era hermoso.
No rico, hermoso, que no es lo mismo. La gente que había plantado esos árboles sabía que no vería su sombra.
Los plantaba para hijos y nietos que aún no existían.
Era gente que creía en el día siguiente de una manera que en el norte nadie creía.
En el norte se vivía como se rema en la tempestad: agarrado al instante, porque el siguiente puede no llegar.
Aquí alguien había mirado cien años hacia delante y había clavado un árbol en el suelo.
Leifa no entendía esa manera de vivir, pero la sintió, de pie en la loma, como se siente una música en una lengua que no conoces.
Más allá de los olivares encontraron una alquería: una casa baja de cal blanca con un patio, un pozo, un cobertizo.
Junto a la casa había una rueda grande de madera, una noria, que un asno paciente hacía girar.
Sacaba agua de un canal y la repartía por una huerta de tierra negra y húmeda.
Allí crecían cosas que Leifa no había visto nunca, hojas anchas, frutos colgando, un verde imposible en medio del calor blanco.
La gente de la alquería había huido al ver llegar a los hombres del norte.
Casi toda. Quedaba una vieja, demasiado torpe para correr, sentada en el umbral con las manos en el regazo, mirándolos llegar sin gritar, solo moviendo los labios en una oración baja y continua.
Y quedaba el asno, atado a la noria, que siguió dando vueltas y sacando agua mientras los hombres entraban en la casa.
Reventaron las tinajas buscando plata que no había, se llevaron el grano y un par de gallinas y una manta buena.
Y le prendieron fuego al cobertizo porque sí, porque era lo que se hacía.
Leifa no entró en la casa. Se quedó junto a la noria, mirando al asno dar vueltas, sacar agua, verterla, dar vueltas.
La huerta seguía bebiendo, indiferente a los hombres que la rodeaban, indiferente al humo que empezaba a subir del cobertizo.
Y Leifa pensó, con una claridad que la asustó, que cuando ellos se fueran, esa tarde o al día siguiente, el cobertizo estaría quemado y el grano robado.
Pero el asno seguiría dando vueltas, y la noria seguiría sacando agua, y la huerta seguiría dando fruto, y los olivos seguirían de pie en sus laderas como llevaban de pie cien años.
Ellos, los hombres del norte, los terribles lobos del mar, no habrían dejado en aquella tierra ni una marca.
Ni una que el sur no borrara en una estación.
Habían venido a coger, y la tierra ni se enteraba.
—Niña. —Ulf le puso una mano en el hombro—. ¿Qué miras?
—El agua —dijo Leifa—. No para. Aunque quememos la casa, el agua no para.
Ulf miró la noria, miró el asno, y algo cruzó por su cara vieja, una sombra de comprensión que enseguida se guardó, porque un veterano tampoco dice ciertas cosas en voz alta.
—Es buena tierra —dijo solamente—. La mejor que he visto.
Una tierra así, en el norte, valdría una guerra de cien años entre clanes.
Aquí la tienen de sobra y aun así la cuidan como si les faltara.
—Escupió, no de desprecio sino de pensamiento—.
Hay quien dice que el que tiene mucho cuida más, no menos. Yo no lo entiendo, pero lo he visto.
Volvieron a la playa al caer la tarde, con el grano y las gallinas y la manta buena, y los hombres estaban contentos porque al menos había sido un saqueo fácil, sin fuego que escupiera de vuelta, sin Lisboa.
Bjorn los arengó esa noche junto a las hogueras.
Decía que esto era solo el principio, que esto era la corteza y la miga estaba río arriba, en la ciudad de plata sin murallas.
Y los hombres rugían, y Leifa rugía con ellos porque era de la hueste y la hueste rugía.
Pero cuando se tumbó junto al fuego, envuelta en la manta robada que olía a una casa que ya no existía, Leifa no soñó con plata.
Soñó con un asno que daba vueltas a una rueda, sacando agua sin parar, regando una huerta verde en mitad del calor blanco, y con una vieja en un umbral moviendo los labios, y con olivos plantados por gente que no llegaría a verlos crecer.
Y al despertar, antes del alba, con el cielo del sur aún lleno de estrellas grandes y extrañas, Leifa Thorgilsdóttir se quedó muy quieta bajo la manta.
Por primera vez en su vida de guerra se preguntó, sin saber de dónde le venía la pregunta, si no habría en el mundo otra cosa que coger lo que otros plantan.
No se lo dijo a nadie. Una guerrera no dice esas cosas. Pero la pregunta se le quedó dentro, pequeña y caliente como una brasa bajo la ceniza, esperando un viento.