Chapter 18 #2
Claudia interrumpió con determinación: —Yo puedo llevarlo. Nadie sospecha de una mujer en el foro. —No —dijo Remilia con firmeza—. Si alguien va, seré yo. —Madre… —Conozco los caminos y los hombres que pueden pasar los sellos sin ser vistos. Si debo arriesgarme, lo haré.
Marcus la observó con un respeto que rozaba la devoción. —Haré dos copias —dijo al fin—. Una para Roma y otra para el futuro.
Esa noche, mientras los demás dormían, Marcus se quedó escribiendo.
La vela chisporroteaba sobre el bronce del tintero.
En el exterior, el viento del sur soplaba desde el lago, trayendo consigo el olor agrio de las ánforas abiertas y el rumor lejano de cantos rituales.
El sonido era hipnótico, casi humano, como si la ciudad respirara a través de las bóvedas subterráneas.
Claudia entró descalza, envuelta en un manto. —No vas a dormir, ¿verdad? Marcus sonrió cansado. —No puedo. —¿Tienes miedo? —Sí. Pero más miedo me da que la historia la escriban ellos.
Ella se sentó frente a él, y durante un instante, el silencio fue un pacto. Marcus la miró y vio en su rostro la mezcla de juventud y coraje que Roma había perdido hacía tiempo. —Cuando todo termine —dijo ella—, ¿crees que Nabrissa volverá a ser lo que era?
Será algo distinto.Y quizá, por primera vez, algo justo—respondió él—.
En la curia, mientras tanto, Lucanus había reunido en secreto a cuatro decuriones.El fuego de las lámparas reflejaba su mirada exaltada.
—El Pontifex duda —dijo con voz baja—. Pero el dios no. Mañana comenzaremos los preparativos. La purificación no esperará a la luna. El sacrificio traerá la concordia. El vino y la sangre volverán a mezclarse. Nabrissa renacerá en el fuego durante un nuevo siglo. Los hombres asintieron.
Fuera, el viento sopló con un gemido que pareció surgir de las entrañas del templo. Lucanus alzó la copa ritual, y el reflejo del vino encendido tembló sobre las paredes, como una llama viva.
El dios había sido invocado de nuevo.Ya no habría marcha atrás.
La ciudad llevaba dos noches sin dormir .
El viento del sur, cargado de humedad del lago, rozaba los toldos como una mano inquieta.En las tabernas se hablaba en voz baja, como si las palabras pudieran encender por sí solas las lámparas del foro.
En la casa del lago, Marcus cerró por fin el rollo con cera caliente y estampó en la tapa su sello de viajero —una vid sin racimo, austera, casi tosca—.
Veritas no era una arenga: era un inventario.
Fechas, nombres, sellos, fórmulas, distancias entre lunas, edictos, y los tres sacrificios anotados con una frialdad de escriba que hacía daño, incluía también los asesinatos previos y los símbolos.
Al final, en pocas líneas, su firma y la de Sextus Marcius Crispus como testigos.
—No es hermoso —dijo Marcus, con la voz ronca—. Es verdadero. Crispus se mostraba encorvado sobre el bastón. —La verdad rara vez es hermosa al nacer —respondió—. Pero aprende deprisa.
Tiberius colocó junto al rollo una tablilla de cera con su cálculo: los intervalos que el ordo había seguido durante siglos y el error que Lucanus estaba a punto de cometer. Doce líneas, tres columnas, un centro.
—Si adelantan el ritual tres días —dijo Tiberius, señalando la tablilla—, coincidirá con el viento del sur.
—¿Y eso qué cambia? —preguntó Claudia. —Todo.
El aire será seco, y las ánforas aún guardan vapores de resina y vino.
Si encienden las lámparas bajo el atrio, el fuego no subirá como llama: se extenderá como un soplo.
Bastará una chispa para que ardan las paredes impregnadas.
Marcus dudaba. —¿Un accidente? —No —respondió Tiberius—. Un designio torpe. Quieren honrar al dios, pero lo que invocarán será el fuego. El calendario no perdona los caprichos humanos.
Remilia tomó el rollo y lo envolvió en lino. —Iré yo —dijo—. — Nadie mira a una mujer que lleva pan. Abrió un cesto; encima, hogazas tibias; debajo, el documento. —Si me paran, olerán solo harina.
Crispus sonrió con tristeza. —Que Minerva te oculte con su sombra. —Y Liber con su indolencia —respondió ella, con ironía que no conocía el miedo.
Cayó la tarde.En la curia, Lucanus supervisaba la llegada de las ánforas marcadas con sello rojo .
Los esclavos las colocaban siguiendo un diagrama dibujado sobre el suelo con polvo de ladrillo: tres filas convergentes hacia la mesa de piedra.
—Más juntas —ordenó—. —Señor, el calor… —Más juntas —repitió, y su voz no admitía mundo sin obediencia.
Desde la litera, Marcellus contemplaba la operación con el ceño fruncido.
—No quieres un rito —admitió—. Quieres una señal.
Lucanus no apartó la vista del plano. —El pueblo necesita ver que el dios camina.
—Y tú, viejo maestro, necesitas creer que el orden basta.
Marcellus guardó silencio. El crepitar de las mechas en las lámparas de resina parecía responder por él.
En el puerto, el muelle de madera crujía con voz de barco viejo. Remilia avanzó con paso sereno, el cesto al brazo, el manto oscuro. A su lado, sin hacerse notar, Claudia. —Solo hasta la rampa —susurró la joven—. —Solo hasta la rampa —repitió la madre—. Y luego vuelves con Marcus.
El barquero, un hispalense de barba cana, las reconoció con un gesto casi imperceptible. —Marea buena —dijo, como contraseña olvidada. Remilia le tendió el cesto. Él palpó el pan, sintió la dureza del cilindro oculto, no preguntó. —Salimos con la luna —añadió—. Antes del tercer canto.
Un escalofrío les recorrió la espalda cuando una pareja de lictores apareció en el extremo del muelle.
Claudia se giró con naturalidad y alzó otra cesta, vacía.
—Pan para el viaje —dijo al pasar junto a ellos—.
El Pontifex quiere ofrendas al amanecer.
Los hombres olieron harina.Y dejaron que el río tragara el secreto.
Esa noche, Marcus y Tiberius subieron a la azotea.El cielo estaba limpio, y la luna —no llena, todavía— parecía un cuenco de plata sin colmar. —No tolerará el adelanto —dijo Tiberius—. —¿La luna? —La ciudad.