Chapter 18 #3
Desde allí vieron el resplandor de la curia como un corazón enfermo.
Crispus llegó con paso lento; llevaba una jarrita de vino claro.
—He brindado por vosotros —dijo, y bebió un sorbo mínimo—.
Hecho está: en el foro se dice que mañana habrá un sacramentum .
—¿Quién lo anunció? —preguntó Marcus. —No quien manda, sino quien cree: Lucanus.
—Marcellus calla —dijo Tiberius. —Los viejos —respondió Crispus— callan cuando los que vienen detrás gritan como dioses.
Crispus dejó la jarra sobre el pretil. Sus manos temblaban más de lo habitual.
—¿Estás bien? —preguntó Claudia, que acababa de llegar.
—Bien como un hombre que ha vivido demasiado —sonrió él—.
Solo una cosa temo: que la verdad llegue demasiado tarde para quienes la necesitan.
Miró a Tiberius con una ternura que solo se otorga a un heredero.
—Si caigo, hijo, recuerda: los números no hacen justicia; la memoria sí.
—No caerás —dijo Claudia, apretándole la mano—.
—Todos caemos —respondió él—. La pregunta es dónde. Yo prefiero caer sobre palabras.
El tercer canto lo trajo el viento del lago. En la orilla, a oscuras, el barquero soltó amarras. Remilia subió sin volver la cabeza, como hacen los que comprenden tarde su propio valor.
—Id con los dioses domésticos —susurró, sin voz pensando en sus seres queridos a los que había dejado atrás. El barco se deslizó hacia el centro negro del agua.La luna, cómplice o testigo, abrió una senda pálida hacia Hispalis.
Mientras tanto Crispus empezó a sentirse contrariado. Dejó caer la jarra con torpeza. Se hizo añicos contra el suelo, y el olor del vino llenó el aire con una dulzura insoportable.
Claudia lo sostuvo por los hombros. —Crispus… Él la miró con ojos claros, vivos. —No te asustes. Es solo la edad… o la prisa de otros. Apretó su mano con fuerza.
Marcus y Tiberius se acercaron, Crispus ya respiraba poco.Y expiró con la dignidad de quien ha perdido todo salvo el pensamiento.
Marcus cerró sus ojos.Tiberius, inmóvil, apretó los labios hasta hacerse daño.
El cuerpo de Crispus fue dispuesto con cuidado, envuelto en un paño oscuro, tal como mandaba la costumbre.
Ninguno de ellos habló mientras los esclavos preparaban el carro.
El sonido de las ruedas al colocarse sobre el empedrado parecía llenar todo el atrio.
A través del portón abierto se veía el camino que conducía hacia las afueras, donde se alzaba su villa entre viñedos y olivos. Allí lo llevarían, como él mismo había pedido, para reposar junto a los suyos.
Julia bajó la mirada y Marcus, con gesto grave, ordenó que encendieran una lámpara en su memoria. Cuando el carro partió, el aire arrastró el olor del vino derramado sobre la piedra, y durante un instante, todo quedó en silencio.
Entonces Marcus habló, apenas un susurro: —Que los dioses lo reciban con la luz.
Nadie respondió. Los cascos de las mulas se perdieron en la distancia, y los cuatro emprendieron el camino hacia el foro, donde la ciudad, ajena aún a la muerte, seguía su curso entre pregones y rumores.
Los sonidos de la curia llamaron al pueblo. Lucanus bajó a la plaza vestido con manto blanco, corona de hiedra discreta, el racimo de bronce al pecho. Su voz llenó el aire como si la piedra hablara por él.
—Nabrissa —dijo—, hoy el dios camina entre nosotros. No pide sangre: pide memoria.Que cada uno traiga su copa.Que el vino nos haga una sola boca.
En lo alto, desde la litera, Marcellus observó con la mirada de quien, a su pesar, ya no manda. Sus dedos, sin embargo, martilleaban el bastón con un ritmo ancestral: tres golpes, pausa, tres golpes. El cálculo que Tiberius había trazado en cera sonó en madera.
Marcus apretó el rollo contra el pecho. —Hoy empezará el fuego —dijo. —Y Roma oirá el crepitar —añadió Tiberius. Claudia miró al cielo: la luna, todavía incompleta, parecía una boca que se contuviera.
El pueblo avanzó hacia el atrio. Las ánforas, juntas más de lo razonable, exhalaban un perfume resbaladizo.
Una mecha, mal sujeta, dejó caer una lágrima de fuego sobre el charco de resina que rodeaba la mesa de piedra.
La llama no prendió aún: se quedó lamiendo el borde, como un animal que reconoce su jaula.
Lucanus abrió los brazos. —Que la Concordia descienda —proclamó—. Que el vino nos recuerde.
El viento del lago soplaba; la ciudad contenida, expectante, como si aguardara una orden divina o una sentencia humana.
El barco hacia Hispalis se deslizaba sobre un agua lisa como bronce.Remilia iba a bordo, el cesto vacío entre las manos, el manto apretado contra el pecho.El barquero no hablaba.
Remaba con ritmo constante, mirando hacia el sol que aún no había roto la neblina.Al alejarse,Nabrissa se fue haciendo pequeña, una silueta de piedra .
Remilia pensó en lo que dejaba atrás:en las tardes de estudio bajo las columnas, en las risas que aún resonaban en la casas del lago.
Se tocó el pecho, sintiendo bajo la tela el rollo que llevaba oculto.