Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 18
78%

Chapter 18

CAPÍTULO XVII — La Vid y la Sangre.

El aire cambió: olía a piedra fría y a vino derramado hace siglos.

En los muros de la curia, lámparas de aceite titilaban, proyectando sombras que parecían moverse solas.

Los pasos de los hombres resonaban en el túnel abovedado.

Llegaron a una puerta de bronce adornada con hojas de vid y racimos.

Lucanus la abrió con una llave larga. Era una cripta pequeña, circular, con un altar en el centro.

En torno al muro, nichos tallados en la roca guardaban urnas antiguas con inscripciones apenas legibles.Una de ellas decía:

Lucius Varro, primer sacerdote del pacto.

Lucanus habló en voz baja: —Que el niño duerma entre los fundadores. Uno de los hombres respondió: —Así el pacto se renueva.

Depositó la camilla sobre el altar. El paño se movió levemente, quizá por la respiración. El decurión tomó un cuenco con vino y derramó unas gotas sobre la tela blanca. Luego pronunció la fórmula:

“ Con su pureza sellamos la paz.”

Y  salieron sin volver la vista.

“ Sanguine concordia renovatur.” ( Con la sangre se renueva la concordia. )

El foro despertaba lentamente, en la curia ya se oían voces de decuriones preparando un nuevo edicto: el decreto de la Concordia Restituta .

Nada en la ciudad hablaba de muerte, aunque el silencio entre los edificios seguía siendo más hondo de lo habitual.

Desde lo alto del pórtico del teatro, Tiberius y Claudia observaban la plaza. Ella, con la trenza negra cayendo sobre el hombro; él, con un rollo de tablillas y el gesto absorto de quien intenta ordenar el caos.

—Parece que todo ha vuelto a ser como antes —dijo Claudia. —Nada vuelve a ser como antes —respondió él, sin apartar la vista del foro.

Había dibujado en las tablillas una serie de círculos concéntricos. Cada uno representaba una fecha, un símbolo del calendario cívico, una fiesta o un eclipse. Los unía con líneas que convergían en el mismo punto: el día del Festum Concordiae .

—Mira —dijo señalando las marcas—. Cada sacrificio ocurrió siguiendo el mismo intervalo. Exactamente tres lunas y media. No es fe, es cálculo. Los decuriones no siguen a un dios, siguen una secuencia.

Claudia estaba inquieta. —¿Cálculo para qué? —Para mantener el control. El miedo tiene su calendario. Si lo repiten con exactitud, el pueblo siempre creerá que el dios habla.

Ella lo miró, entre fascinada y aterrada.

—Debemos  mirar las proporciones —dijo él—. Un dios sin proporción no es dios, es locura. Pero esto… esto está construido con una precisión pitagórica.

Tiberius apoyó la tablilla en el muro. —El símbolo del racimo de fuego no es una imagen. Es una fórmula. Tres círculos, doce llamas, un centro. Doce lunas, tres sacrificios, un pacto. El ordo convirtió el calendario agrícola en liturgia.

Claudia sonrió con incredulidad. —¿Y todo esto lo ves solo mirando el foro? —Y los mosaicos, y los decretos, y las fechas grabadas en el mármol. Todo está medido, Claudia. Hasta la muerte.

Unos pasos los interrumpieron.

Marcus se acercaba desde la escalinata, con su toga gastada y el rostro más sereno que en días anteriores. Parecía cansado, pero en su mirada había una calma nueva, resignada.

Tiberius le mostró la tablilla. —Esto no es religión, Marcus. Es un algoritmo cívico. Una secuencia que regula la obediencia. Los días del vino, los días de mercado, los ritos de la cosecha… todo se alinea con los sacrificios. No se trata de creencias, sino de manipulación.

Marcus tomó la tablilla entre sus manos. Las líneas y los números parecían formar un laberinto. —¿Y si esto llega a Roma? —preguntó en voz baja. —Entonces Roma sabrá que no hay dioses —dijo Tiberius—. Solo hombres que saben contar.

Claudia añadió: —Y quizá entonces Roma elija creer en los hombres correctos.

El sonido de un cuerno los sobresaltó. Era el aviso del ordo: Marcellus convocaba una nueva asamblea en la curia. Los tres se miraron sin hablar. El aire volvió a oler a resina.

—Empieza de nuevo —dijo Marcus. —Sí —contestó Tiberius—,pero esta vez sabemos cuándo.

—Entonces calculadlo todo, medidlo todo —dijo—. Si un dios puede ser medido, puede ser vencido.

Los tres descendieron juntos las escalinatas del teatro.El sol, al reflejarse en las columnas, dibujó sobre el suelo las mismas doce franjas de luz que Tiberius había marcado en su tablilla.

Claudia las miró sonriendo. —Hasta el sol parece cómplice —susurró.

Tiberius respondió: —El sol solo obedece a su órbita.

Nosotros somos los que olvidamos la nuestra.

Marcus los observó avanzar entre la multitud y pensó que quizá el futuro no necesitaría héroes, sino mentes despiertas.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió que la ciudad podía volver a tener esperanza.

En la casa de Julia, Marcus desplegó las tablillas que Tiberius había copiado la noche anterior. Crispus, sentado a su lado, bebía lentamente un vino pálido. Claudia repasaba los sellos grabados en cera: cada uno con un símbolo distinto, una vid, una serpiente, un racimo de fuego. Nueve en total.

—Faltan dos —dijo Tiberius—. Uno de Marcellus y otro de… —miró el décimo sello, apenas legible— Lucius Annaeus Lucanus .

Crispus levantó la vista. —Lucanus. —¿Qué piensas de él? —preguntó Marcus. — Era el alumno predilecto de Marcellus.El maestro le enseñó a leer los ritos, y el discípulo aprendió demasiado bien.

Marcus pasó el dedo sobre el sello, una hiedra trenzada en espiral. —Este hombre cree —dijo en voz baja—. Y eso lo hace más peligroso que el propio Marcellus.

A media mañana, las campanas de la curia sonaron con tono grave. Un edicto se anunciaba en la plaza. Los ciudadanos, inquietos, se agruparon bajo los soportales. El propio Lucanus fue quien descendió las escalinatas para leerlo.

Su toga blanca contrastaba con la oscuridad de sus ojos. Tenía la voz grave, modulada, casi sacerdotal.

—Por decreto del Pontifex Concordiae , —leyó— se convoca al pueblo a un nuevo acto de purificación. Será celebrado en la víspera de la luna creciente. Todos los talleres y tiendas cerrarán al anochecer. Nabrissa volverá a honrar al dios que nos dio el vino, la tierra y el orden.

Al fondo, Marcellus, observaba desde su litera. No habló; su mirada no se cruzó con la de Lucanus.

—No aprueba este nuevo rito —dijo Crispus esa noche, mientras cenaban junto al puerto—. El viejo Marcellus teme que se pierda el control. Lucanus lo está arrastrando hacia un fervor que no entiende.

Marcus meditó. —El discípulo ha superado al maestro —susurró—. Y eso en Roma siempre acaba en sangre.

Tiberius había extendido sobre la mesa el nuevo calendario.

Marcaba con una aguja los días exactos entre cada sacrificio.

—Mira —dijo señalando las columnas de números—.

Si cumplen lo que anuncia el edicto, el ciclo se adelantará tres días.

Eso rompe la proporción solar. —¿Y qué significa?

—preguntó Claudia. —Que el equilibrio se quebrará —respondió Tiberius—.

Y cuando el equilibrio se rompe, incluso los dioses enmudecen.

Esa noche, desde la colina del templo, Tiberius observó el firmamento. Las estrellas se reflejaban en el lago como brasas dispersas. —Tres días —. Solo tres días para que el cálculo se cumpla.

Claudia se acercó en silencio y apoyó la mano en su hombro. —¿Y si nos equivocamos? —Entonces el dios existirá —respondió él—. Y si no… caerá con ellos.

En la distancia, las antorchas del foro dibujaban un resplandor rojizo. El murmullo de las fuentes había cambiado. El agua caía turbia, teñida por las lluvias recientes, y los pájaros que anidaban entre los pórticos del foro ya no cantaban al alba.

En la curia, Lucius Marcellus Quintianus escuchaba en silencio.Su rostro, ajado por la edad, parecía una máscara de cera a la luz del fuego. A su alrededor, los decuriones discutían en voz contenida. El humo de las antorchas dibujaba espirales sobre el techo de madera.

—El pueblo espera el rito —decía Lucanus, de pie frente al estrado—. Si no lo celebramos, creerán que el dios nos ha abandonado, llegará la sequía.Ya han pasado las tres lunas. La sangre se enfría.

—El calendario no está completo —replicó Marcellus, con voz grave—. El ciclo debe cerrarse con la luna plena, no antes.

Lucanus sonrió, ladeando la cabeza. —Tú miras las estrellas, yo miro los hombres. Ellos no entienden de lunas, sino de señales.Y el dios necesita ser visto.

Marcellus golpeó la mesa con el bastón. —¡El dios necesita orden! ¡Y el orden soy yo mientras respire!

El silencio se extendió como una sombra. Solo se oía el crepitar de las antorchas. Lucanus bajó la mirada, pero en sus ojos brillaba algo distinto a la obediencia.S e inclinó con aparente respeto.

—Entonces respira rápido, Pontifex —dijo con suavidad—. El pueblo no esperará a que tus pulmones decidan la voluntad divina.

Esa tarde, en la casa de Remilia, Marcus se reunió con Tiberius, Claudia y Crispus.

La luz del atardecer atravesaba los ventanales e iluminaba el polvo suspendido en el aire, como si el tiempo mismo flotara entre ellos.

Sobre la mesa, una tablilla de cera mostraba la lista de los decuriones y los sellos de sus firmas.

Junto a ella, un mapa de la ciudad con líneas trazadas con carbón: túneles, pasadizos, accesos al templo.

—Lucanus adelanta el rito —dijo Tiberius sin apartar la vista de las cifras—. Y si lo hace, el ciclo se romperá. —¿Qué significa eso exactamente? —preguntó Remilia. —Que el fuego ya no será símbolo —respondió él—. Será fuego real.

Marcus se pasó la mano por la frente. —¿Cuánto tiempo tenemos? —Tres días. —Suficiente para seguir escribiendo —dijo Marcus, con decisión.

Crispus lo miró en silencio, comprendiendo. —¿Escribir o denunciar? —Ambas cosas. Roma no actuará por rumores, pero sí por testimonio. Si este relato llega a Hispalis, el legado imperial sabrá lo que ocurre.