Chapter 17 #2
El alivio fue instantáneo. Los aplausos, sinceros. Pero Marcus, Julia y Remilia comprendieron lo que el pueblo no: la ofrenda no era sangre pública, sino inocencia preparada.
Cuando el discurso terminó, Marcellus bajó de la escalinata y desapareció entre los corredores de la curia. Solo los lictores lo siguieron. El pueblo, excitado y borracho, llenó las calles con música. El festival continuó como una marejada.
Julia aprovechó el tumulto para deslizarse hacia los almacenes del foro. Remilia la siguió, con el manto cubriéndole la cabeza. Sabían adónde ir: al horreum, donde se guardaban las ánforas consagradas.
El interior olía a vino y a madera. Entre las sombras, la luz de una lámpara temblaba. Un escriba contaba las ánforas en voz baja, con una tablilla de cera. Julia reconoció el sello del ordo: DM en relieve.
—Mira —susurró—. Todas las ánforas están numeradas. Remilia acercó la lámpara. —Y algunas tienen marca roja.
Eran diez ánforas, alineadas en el fondo. El sello no era de cera blanca, sino roja, con la impresión del racimo de fuego. En el tapón, grabado a punzón, un solo nombre: Infantia.
Julia sintió un escalofrío. —Infancia… —repitió—. No es un vino. Es una dedicación. Remilia la miró horrorizada. —Son las ánforas del sacrificio. —Y se servirán esta noche.
Un ruido detrás de ellas las hizo girarse. Un guardia apareció en el umbral. Julia apagó la lámpara con un soplo y arrastró a Remilia entre los toneles. El guardia entró, inspeccionó el lugar, y tras unos segundos salió de nuevo. El silencio volvió.
Julia apretó los dientes. —Tenemos que advertirlos. —¿A quién? —preguntó Remilia—. ¿A un pueblo que quiere creer que la paz tiene aroma de vino?
Julia no respondió. Sabía que tenía razón. Pero en su mente ya estaba tomando forma una idea peligrosa: entrar en la curia.
Mientras tanto, Marcus y los hijos de Vito seguían en la plaza, observando.
El niño de la tablilla corría entre los músicos, feliz, ajeno a todo.
Su madre, una mujer de rostro cansado, lo observaba desde la fuente.
Tiberius la reconoció: era la viuda de un legionario muerto en la frontera, una mujer que sobrevivía vendiendo pan en los mercados.
No había nadie más puro para los ojos del ordo.
Marcus la miró con una mezcla de compasión y rabia. El destino había elegido, una vez más, al que no sabía defenderse.
—El sacrificio perfecto —reconoció—: inocencia, pobreza y esperanza. Claudia lo miró, sin comprender. —¿Qué dices? Marcus se giró hacia ella. —Que los dioses falsos no matan por odio, sino por equilibrio. Y esta ciudad está hambrienta de equilibrio.
Las antorchas se encendieron en los pórticos, y el reflejo del fuego tiñó de rojo las columnas del foro. El vino seguía corriendo, la música no cesaba, pero el aire había cambiado. Había una tensión inapreciable, una calma que no era paz.
Julia y Remilia, de regreso del horreum, cruzaron la plaza con rapidez. Encontraron a Marcus y lo arrastraron hacia una esquina oscura. Julia habló sin preámbulos: —Las ánforas marcadas están listas. Las llaman Infantia . Remilia añadió: —Son para el acto de gratitud.
Marcus palideció. —Entonces el sacrificio será simbólico… o no. —¿Y si lo fuera? —preguntó Claudia—. —Entonces hoy Nabrissa recordará a sus dioses —respondió Marcus—. Y nosotros seremos testigos de su regreso.
A lo lejos, sonaron las trompetas. Era la señal del tercer acto del festival: el banquete de Concordia, que se celebraría en el foro al caer la noche. Las trompetas se escucharon tres veces. Las ánforas comenzaron a salir del almacén, transportadas por esclavos. Entre ellas, las de sello rojo.
Marcus observó el desfile de vino con el presentimiento de quien ve pasar a los condenados. La jarra del sacrificio estaba en marcha, y con ella el destino del niño. El festival no había terminado, apenas empezaba su verdadero rostro.
Las antorchas ardían en los pórticos, y la música de las flautas, acompañada por tamborines, se expandía como una respiración que contagiaba a todos.
El aire olía a vino, a resina y a algo más, indefinible, que se pegaba a la piel: una expectación antigua.
El Festum Concordiae alcanzaba su apogeo, y el pueblo —ajeno a todo peligro— bailaba como si el mundo hubiera sido perdonado.
En lo alto de la curia, las ventanas dejaban escapar líneas de luz.
Allí dentro, Marcellus presidía el banquete de los decuriones.
Desde la plaza se oían los coros, pero dentro reinaba un silencio solemne.
Los lictores custodiaban la puerta principal, impidiendo la entrada a cualquiera.
Solo los invitados del ordo podían asistir a la cena del vino nuevo .
A un costado del foro, Julia y Remilia aguardaban la señal.
Vestían túnicas oscuras, sin adornos. Habían memorizado los movimientos de los guardias, el cambio de turno, las rutas de patrulla.
Cuando el sonido de las flautas se hizo más fuerte, se deslizaron por el callejón lateral que conducía a la entrada trasera de la curia. Nadie las vio.
El interior olía a piedra húmeda y a polvo. Una lámpara colgaba del techo, iluminando un corredor estrecho con inscripciones casi borradas. Remilia pasó los dedos por una de ellas. La cal desprendida dejó al descubierto una palabra: LIBER. Debajo, apenas visible, otra: PATER.
Julia levantó la lámpara. —No lo borraron todo —dijo—. Solo lo cubrieron con yeso. Remilia la miró con horror. —Aquí estuvo su templo. —No, Remilia —corrigió Julia—. Aquí sigue estando. Solo lo disfrazaron de administración.
Avanzaron por el corredor. En el muro final, entre grietas, apareció un mosaico cubierto por polvo.
Al limpiarlo, la imagen emergió como si despertara de un sueño: Un hombre coronado de hiedra, con un racimo en una mano y una copa en la otra; a sus pies, niños coronados bailaban en círculo mientras el vino caía sobre ellos como lluvia.
Remilia retrocedió un paso. —Dioses… Julia sostuvo la lámpara más alto. En el borde del mosaico había una inscripción en latín arcaico:
“ Con su sangre florece la vid, con su vino se calma el mundo.” Y más abajo, en letras pequeñas: Lucius Varro, sacerdote del primer pacto.
Julia comprendió. El dios no había desaparecido: había sido bautizado con un nombre humano.
—Marcellus no ha inventado nada —dijo—. Solo lo ha restaurado. —¿Y el niño? —preguntó Remilia. —El niño es el fruto. El vino necesita su semilla.
La lámpara parpadeó. Un ruido las hizo volver la cabeza: pasos en el pasillo.
Apagaron la llama y se ocultaron tras una columna.
Dos lictores pasaron, hablando bajo. No iban armados; llevaban copas y un cuenco cubierto.
—Para el sacrificio de medianoche —dijo uno.
—Así es el rito del fundador —respondió el otro—. La Concordia se sella con inocencia.
Julia contuvo el aliento. Esperó a que se alejaran y, cuando el silencio volvió, murmuró: —Medianoche. —Entonces aún tenemos tiempo —dijo Remilia—. —Tenemos miedo, y eso es distinto—respondió Julia—.
En la plaza, el bullicio seguía creciendo.
Marcus y Claudia estaban junto a la fuente, observando el banquete.
El niño de la tablilla ya no estaba con los músicos.
Marcus buscó con la mirada a su madre, pero tampoco la encontró.
El banco donde se había sentado estaba vacío, las flores tiradas en el suelo.
—¿Dónde está? —preguntó Claudia. Marcus no contestó. Su pecho ardía como si hubiera bebido resina. Miró al cielo, y vio que la luna se había vuelto de un color amarillento, velada por el humo de las antorchas.
En ese instante, los músicos cambiaron el ritmo: de las flautas brotó una melodía más lenta, casi hipnótica. El pueblo comenzó a balancearse, y el vino corría de copa en copa sin descanso. Los lictores no lo impedían; lo fomentaban. Era como si toda la ciudad hubiera sido invitada a olvidar.
Marcus sintió el impulso de hablar, de advertirlos, pero una mano lo detuvo: Crispus, que había aparecido entre la multitud.
El viejo maestro tenía los ojos encendidos.
—Calla —le dijo—. No puedes detener un rito cuando el dios ya ha sido invocado.
—¿Y tú lo aceptas? —Yo lo observo —respondió Crispus—.
Como se observa la tormenta desde la colina. —Van a sacrificar a un niño.
—El dios siempre vuelve a nacer de su propio cuerpo. Eso es lo que no comprendió Roma.
Marcus sintió una náusea profunda. —¿Liber?
¿Hablas de Liber Pater? —No solo de él —dijo Crispus—.
De todos los dioses que nacen del miedo.
Miró el foro, las luces, la música. —Marcellus no ha traído el culto de Baco.
Lo ha destilado. Ha convertido la embriaguez en instrumento y el desorden en obediencia. Ha dejado solo el sacrificio.
—Ha matado al dios para quedarse con su mecanismo. Crispus lo miró con una mueca triste. —Eso hacen los hombres cuando creen servir a la razón.
Desde la curia, el sonido de un cuerno marcó la llegada del banquete nocturno.
Los decuriones bajaron por la escalinata, portando copas encendidas con vino en llamas.
El reflejo rojo se extendió sobre el foro, y por un instante pareció que el racimo de fuego bordado en los estandartes vivía de verdad.
La multitud aclamó, ebria y feliz. Marcus vio a Marcellus alzando su copa.
En su rostro no había euforia: había calma.
La música cambió de nuevo. Un canto grave, antiguo, subió desde el templo de Júpiter. Era un himno que Marcus reconoció de las tablillas de su maestro.
“ Io Liber! Que el vino nos una, que la palabra nos lave, que la sangre nos recuerde.”
El corazón de Marcus golpeó con fuerza. Baco había regresado. Pero no como dios de libertad, sino como amo del orden.