Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 17 #3
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Chapter 17 #3

En ese momento, Julia y Remilia salieron al foro desde la puerta lateral de la curia.

Se abrieron paso entre la gente hasta llegar a Marcus.

Julia habló rápido, sin aliento. —El rito es báquico —dijo—.

Han ocultado a Liber bajo el nombre de Concordia.

Remilia añadió: —Medianoche. Marcus comprendió.

—Y el niño… —Ya está dentro —dijo Julia—. Lo vimos. Lo llevaron al vestíbulo.

El sonido del cuerno resonó de nuevo. La multitud se volvió hacia la curia, donde las antorchas formaban un corredor de fuego.

Marcellus avanzó con el paso solemne de un pontífice.

En sus manos llevaba un racimo real, dorado con polvo de oro.

Detrás de él, los lictores abrían el paso.

Y en el centro del atrio, iluminado por las llamas, el niño esperaba, coronado de hiedra, vestido de lino blanco, con una pequeña máscara sobre el rostro.

—No… —susurró Claudia. Marcus apretó su brazo. —Dime que puedo detenerlo. Negó con la cabeza.

La multitud aplaudía, ebria de vino. Marcellus levantó el racimo dorado, y el resplandor se reflejó en la máscara del niño.

La música cesó.El silencio cayó sobre Nabrissa, expectante. El Festum Concordiae había dejado de ser fiesta. Era ya un ritual público.

La luna, alta sobre el foro, tenía un brillo lechoso que hacía parecer a Nabrissa una pintura antigua.

Las sombras de las columnas se extendían sobre el mármol como raíces.

El murmullo del pueblo había cesado: solo quedaban las flautas, con un tono más grave, profundo, que parecía salir de las entrañas de la tierra.

La noche respiraba al compás de aquel sonido.

A los pies de la escalinata de la curia, Marcellus aguardaba inmóvil.

A su espalda, los decuriones se alineaban en silencio, con las manos cubiertas por mantos blancos.

A su lado, los lictores portaban antorchas encendidas con resina del Monte Alcón: el olor, fuerte y dulce, impregnaba toda la plaza.

En el centro, sobre una mesa de piedra, reposaba la jarra de vino marcada con el sello rojo, y junto a ella una pequeña copa de plata, nueva, sin usar.

El niño, coronado de hiedra, permanecía de pie frente a la mesa. Marcus, oculto entre los pilares del pórtico, observaba con el corazón helado. A su lado, Claudia contenía las lágrimas; Julia y Remilia sabían que no podían detener un rito, pero sí romper su sentido.

Marcellus alzó la mano. El sonido cesó. Solo el fuego habló con su crepitar.

—Pueblo de Nabrissa —dijo—, la Concordia no es un don, es un pacto. Nuestros antepasados lo sabían. Cuando la vid sangra, la ciudad vive. Cuando el vino fluye, el miedo se disuelve.

Una brisa leve agitó los estandartes. Las palabras resonaron en el mármol, cargadas de un eco arcaico.

—Esta noche, —continuó Marcellus— no invocamos a un dios extranjero. Invocamos a Liber, al que fundó nuestra tierra, al que enseñó al hombre a hablar y a beber sin perder la razón. Bajo su nombre, Nabrissa fue creada; y bajo su memoria, Nabrissa se mantendrá.

Marcus cerró los ojos y Tiberius miraba y analizaba todo con serenidad.

El magistrado lo había dicho abiertamente: Liber Pater.Baco.

El dios del vino, de la palabra y del delirio.

El mismo al que Roma había prohibido siglos atrás, cuando las bacanales amenazaban al Senado. Y ahora regresaba, vestido de “ paz”.

Marcellus hizo una señal. Dos lictores avanzaron con el cuenco cubierto.

Lo depositaron sobre la mesa y retiraron el paño.

Dentro, una mezcla oscura de vino y resina chispeante.

El olor a bosque ardiente se mezcló con el del metal caliente.

El magistrado tomó el racimo dorado con ambas manos.

Su voz cambió: ya no era discurso, era conjuro.

“ Io Liber, pater vite et concordiae, suscipe sanguinem fructus, custodi civitatem tuam.” (Oh Liber, padre de la vid y de la concordia, recibe la sangre del fruto y protege tu ciudad.)”

Después, derramó el contenido del cuenco sobre el altar de piedra.

El vino cayó  y al tocar la superficie chispeó con un destello rojizo.

El pueblo contuvo el aliento. El olor era intenso, embriagador.

El niño fue llevado hacia el altar. Sus pasos eran cortos, obedientes, como si caminara dentro de un sueño.

Uno de los lictores colocó una pequeña copa en sus manos.

Marcellus sonrió con calma. —Bebe, hijo de Nabrissa —dijo—.

Que tu inocencia sea la paz de los hombres.

El niño obedeció.Bebió un sorbo del vino oscuro. Luego otro. Después, su rostro se contrajo, y la copa cayó al suelo. El sonido metálico retumbó en la plaza. El pequeño se tambaleó.

Marcus corrió hacia el estrado, pero los lictores lo detuvieron. Julia y Remilia se abrieron paso entre la multitud.

Durante un instante, los ojos de Marcellus vacilaron apenas un segundo.

Fue un gesto tan breve que nadie pareció advertirlo.

Nadie salvo Marcus. Después, el magistrado recuperó la serenidad, como quien vuelve a ponerse una máscara demasiado conocida.

—¡Basta! —gritó Julia—. ¡Lo habéis convertido en sacrificio!

Marcellus no se movió. La miró con una serenidad que helaba.

—No hay sacrificio —respondió—. Solo símbolo.

El niño será honrado como puer concordiae .

Su pureza alimentará la paz. —¡Ha bebido veneno!

—gritó Claudia. —Ha bebido vino —corrigió él—, el mismo que bebemos todos.

Pero no todos lo merecen. El cuerpo del niño fue retirado por dos lictores.

El pueblo, confuso, creyó que dormía. Solo los cercanos vieron cómo su piel adquiría un tono pálido, y un hilo de vino —o de sangre— resbalaba por su comisura.

Marcus cayó de rodillas. —Liber no pedía esto —susurró.

Marcellus lo miró desde lo alto, con una mezcla de compasión y desprecio.

—Liber no pide. Exige. Y tú, Marcus, deberías entenderlo: tu maestro, Vito, conocía bien las leyes del racimo.

—Mi padre las denunció. —Tu padre las comprendió.

Guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras más graves: —Los hombres libres necesitan creer que su paz tiene un precio. Yo solo lo cobro a su nombre.

Julia intentó subir los escalones, pero Remilia la detuvo. —No —le dijo—. No mueras por un muerto. Julia la miró, con lágrimas y furia. —Nadie muere por los muertos, Remilia. Se muere para que el olvido no tenga razón.

Entonces el sonido de los tambores volvió.

El pueblo, enloquecido por el vino y la sugestión, empezó a aclamar el nombre del magistrado.

¡“ Marcellus! ¡Marcellus! ¡Concordia!” Las voces resonaban como un trueno, sin ser conscientes de lo que acaba de ocurrir.

El fuego de las antorchas crecía, y las sombras del foro danzaban como serpientes.

En lo alto, Marcellus levantó la copa que el niño había dejado caer. Estaba vacía. La alzó al cielo y pronunció la frase que cerró el rito:

“ Con su sangre florece la vid.”

La multitud repitió las palabras sin entenderlas, como un eco sagrado. Marcus, en el suelo, sintió que el mármol vibraba bajo sus rodillas. La historia de Nabrissa acababa de repetirse. Liber había sido alimentado.

Esa noche, el vino corrió por las calles como un río. El pueblo cantaba, ajeno. Las antorchas ardían sin apagarse y sobre la curia, el emblema del racimo de fuego brillaba contra la luna.

Julia, Remilia, Marcus y Claudia se apartaron hacia el templo de Minerva, temblando.

Sabían que no era solo un crimen: era el renacimiento de una fe.

Cuando Julia miró el foro, vio a Marcellus descender los escalones con paso sereno, envuelto en la hiedra, como un sacerdote que acaba de sellar su pacto con los dioses.

El Festum Concordiae había concluido. Pero el dios, una vez más, había despertado.

En las calles, cuerpos dormidos de ciudadanos ebrios yacían envueltos en mantos, mientras los perros olfateaban restos de pan y fruta. La ciudad parecía haber despertado de un sueño colectivo. Solo los muros recordaban lo que había pasado.

En el templo de Minerva, todos se habían refugiado al amanecer. Crispus había llegado poco antes del sacrificio, incapaz de permanecer ajeno a los acontecimientos.

Claudia apartó un mechón oscuro de su frente y alzó la vista hacia el pequeño templo.

Desde niña, había sentido una devoción silenciosa por aquella diosa que los griegos llamaban Atenea: Protectora de la sabiduría, de las artes y de la razón frente al caos.

En secreto, Claudia había memorizado sus historias. La Atenea que nació armada de la cabeza de Zeus; la diosa que no imponía con la fuerza, sino que vencía con inteligencia.

A veces, cuando observaba la ciudad desde lo alto del foro, pensaba que quería parecerse a ella: ser luz en los días oscuros, ser calma cuando el mundo ardiera.

En su pecho, más que fe, había algo distinto: admiración por la claridad, búsqueda de verdad.

Y aunque nadie lo sabía, cuando el miedo la rozaba, Claudia no pedía ayuda a los dioses del vino ni a los de la guerra—sino a aquella figura serena que siempre imaginaba con un búho al lado, guardiana de la razón y del destino justo.

—Protégelos, Atenea —susurró—.

Por primera vez no pidió protección para ella. Comprendió que crecer significaba empezar a temer más por quienes amaba que por su propia vida

—Hazme fuerte para ver la verdad y no temerla.

El interior estaba frío. Una estatua de la diosa los observaba desde la penumbra, la lanza apuntando al vacío, como si supiera que la razón había sido derrotada otra vez por la fe.

—Murió anoche —dijo Remilia con voz quebrada—. Lo supe antes de que lo retiraran. Marcus se mantuvo en silencio. El niño, el pequeño del racimo, ya no existía. Nadie pronunciaría su nombre. En los registros del ordo quedaría como puer concordiae , símbolo de renovación, no de pérdida.