Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 17
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Chapter 17

CAPÍTULO XVI — Festum Concordiae

El sol de los primeros días del otoño ascendía lento sobre Nabrissa Veneria, cubriendo con un resplandor dorado las columnas del foro y las losas aún húmedas del rocío.

El humo del incienso ascendía en espirales finas, mezclándose con el olor a vino nuevo y a resina de pino.

El aire tenía una pureza engañosa, como si la ciudad entera hubiese sido lavada para recibir algo sagrado.

Esa mañana, nadie trabajaba. Las tabernas cerraron, los hornos apagaron sus fuegos, y los talleres de los alfareros quedaron vacíos.

Era el día del Festum Concordiae, la fiesta que el nuevo magistrado, Lucius Marcellus Quintianus, había instituido en honor a la paz restablecida.

El pueblo creía asistir a un acto cívico; los ancianos, sin embargo, percibían algo distinto en el aire.

Demasiado incienso. Demasiado silencio entre los pregones.

Las calles estaban adornadas con guirnaldas de hiedra, símbolo de unión y de vida.

En cada fachada colgaba un estandarte con el nuevo emblema de la ciudad: un racimo de uvas envuelto en una llama roja, el signo que ya todos llamaban el racimo de fuego .

El mismo símbolo que siglos atrás había pertenecido a los antiguos ritos de Liber, el dios fundador.

Ahora, el pueblo lo vitoreaba sin saber que el antiguo dios, expulsado de los templos, regresaba oculto bajo la toga del magistrado.

Marcus, Claudia y Tiberius llegaron temprano al foro, envueltos en mantos sencillos para no destacar.

El cofre de Vito permanecía oculto en la casa de Remilia, temiendo que el contenido —aquellos escritos que revelaban la verdad sobre los ritos fundacionales— fuera suficiente para condenarlos a todos.

Habían decidido observar. Nada más. Porque en Nabrissa, el que actúa sin comprender, muere sin ser recordado.

El foro brillaba. El mármol blanco de la curia reflejaba el sol como un espejo, y sobre la escalinata se alzaba un estrado cubierto con telas doradas.

Delante, una mesa de piedra nueva, erigida solo para ese día, con tres copas y una jarra sellada con cera blanca.

A su alrededor, los lictores montaban guardia, con las fasces limpias y los rostros tensos.

Todo estaba en su sitio, como una obra ensayada.

A un lado del foro, Remilia coordinaba a las jóvenes que tejían coronas de flores para los niños de las escuelas.

Era una labor sencilla, pero su mirada vigilaba algo más.

Había aprendido, tras los años, que el mal no siempre llega armado: a veces se presenta con olor a romero.

Julia, cerca de ella, repartía guirnaldas entre los comerciantes, pero observaba los movimientos de los soldados que cargaban las ánforas del vino oficial.

Reconocía el sello —D·M.— grabado sobre el barro aún fresco.

Era el mismo de los lotes requisados después del asesinato de Valerius.

Cuando Marcus pasó junto a ella, Julia fingió entregarle una flor. —El vino viene del puerto —contestó sin mirarlo—. El sello es el mismo. —¿Resina? —preguntó él. —Y de la mejor —respondió—. Del Monte Alcón.

El olor del bosque de Alcon, aquel que servía para las libaciones del dios Liber, volvía a flotar sobre la ciudad.El ciclo se estaba cerrando.

A media mañana, el pueblo llenaba ya el foro.

Hombres, mujeres y niños aguardaban el discurso del magistrado.

Los pregoneros repartían pan caliente y vino ligero; los músicos afinaban sus flautas; los sacerdotes del templo de Júpiter recitaban oraciones breves.

El ambiente era de fiesta, pero en los ojos de muchos había algo más que alegría: había creencia inquebrantable.

Y eso, pensó Marcus, siempre es más peligroso que el miedo.

Claudia miró alrededor. —Parece un teatro —dijo en voz baja—. —Lo es —respondió Marcus—. Pero hoy el actor cree que interpreta a un dios.

En ese momento, un niño pasó corriendo entre ellos.

Llevaba una corona de hiedra y una tablilla de madera colgada del cuello.

Al chocar con Marcus, la tablilla se giró, y él vio grabado un dibujo infantil: un racimo de uvas rodeado por una llama.

El niño rió, sin miedo, y siguió su carrera hacia el centro del foro. Claudia lo miró alejarse, inquieta.

El sonido de trompetas anunció la llegada del magistrado.

Lucius Marcellus Quintianus apareció en lo alto de la escalinata, rodeado de lictores.

Vestía una toga blanca, sin bordes púrpura, y llevaba en la cabeza una corona de hiedra.

Parecía un sacerdote más que un político.

El pueblo estalló en vítores, y las flautas comenzaron a sonar con una melodía suave, casi sagrada.

Marcellus levantó las manos y el silencio descendió como un manto. Su voz, clara y modulada, llegó hasta el último rincón de la plaza.

—Ciudadanos de Nabrissa —dijo—, Roma nos ha mirado, y ha visto que la paz ha vuelto a nuestras calles.

Hace poco lloramos la pérdida de nuestro magistrado, de nuestros hermanos.

Pero el dolor debe transformarse en concordia, y la concordia, en fuerza.

Se detuvo, dejando que el silencio pesara.

Luego, prosiguió: —Hoy no honramos a un hombre, sino a la ciudad misma.

Nabrissa renace. Y este vino que veis sobre la mesa será su nueva sangre.

Un murmullo recorrió el foro. Marcellus tomó la jarra sellada y rompió la cera con un cuchillo de plata. Un aroma espeso y dulce se elevó en el aire. El magistrado vertió unas gotas sobre la mesa de piedra.

—Que la vid que nos alimenta vuelva a florecer —dijo con solemnidad—. Que la palabra se haga raíz. Que la paz beba de su propio fruto.

Marcus cerró los ojos. Reconoció las fórmulas.

No eran suyas. Eran de Lucius Varro, el fundador mítico, las mismas que Vito había transcrito en sus tablillas como parte del “ pacto de la sangre”.

Marcellus no improvisaba. Estaba repitiendo el rito, paso por paso, ante todo el pueblo.

Los músicos callaron. El magistrado hizo una señal, y tres niños de las escuelas, elegidos por su pureza, subieron a la tarima para recitar un canto.

Entre ellos estaba el pequeño de la tablilla, sonriente, coronado de flores. El pueblo aplaudió con ternura.

Nadie vio —salvo Marcus y Julia— el gesto rápido con que un lictor marcó con cera roja el hombro del niño al situarlo en su sitio. Un sello. Un signo.

—Ha sido elegido —susurró Julia. Remilia apretó el brazo de Marcus con fuerza.

El canto de los niños comenzó, puro y agudo, elevándose sobre la plaza como una plegaria. El magistrado sonrió, satisfecho. El racimo de fuego, bordado en los estandartes, parecía arder con la luz del mediodía.

Marcus sintió un frío que no venía del aire. Miró el rostro del niño, tan luminoso, tan confiado, y recordó las palabras del pergamino de Vito:

“ El día en que el vino vuelva a mezclarse con la resina del Monte Alcón, el pacto será renovado. No temáis al fuego. Temed al silencio.”

El festival acababa de comenzar. Y con él, el silencio.

La tarde cayó sobre Nabrissa envuelta en un resplandor cobrizo.

El aire olía a vino, a cera y a fuego bajo.

El foro, que al amanecer había sido un templo de solemnidad, se había transformado ahora en una feria sagrada: los músicos tocaban en las esquinas, los niños corrían con coronas de hiedra, las mujeres ofrecían pan y frutas en los altares improvisados.

Los lictores patrullaban entre la multitud con una calma ensayada.

En orden, pero bajo ese orden palpitaba algo que Marcus reconocía demasiado bien: la tensión previa al sacrificio.

Desde la escalinata de la curia, Marcellus observaba la escena con una sonrisa serena.

La toga blanca se había manchado ligeramente de vino, pero no le importaba.

Cada gesto suyo era estudiado: el movimiento de las manos, la inclinación leve de la cabeza, el tono amable con que respondía a los saludos.

Era el rostro público de un poder que ya no necesitaba esconderse.

A su lado, Lucanus, junto a los decuriones de más edad  bebían y reían, aliviados de pertenecer a un tiempo sin conflictos. Los ciudadanos comunes repetían su nombre con respeto. Y, entre ellos, Marcus, Julia, Remilia y los hijos de Vito se movían como sombras que escuchan detrás del telón.

Cuando el sol comenzó a hundirse, una trompeta anunció el segundo discurso.

El pueblo se reunió de nuevo frente a la curia.

El aire era tibio, y las antorchas encendidas iluminaban el mármol con reflejos de miel.

Marcellus subió los escalones despacio, acompañado solo por dos lictores.

Llevaba en la mano un rollo de pergamino, pero no lo abrió.

Su voz, cuando habló, era grave y cercana.

—Ciudadanos —comenzó—, hoy he visto la sonrisa de nuestros hijos. He visto cómo Nabrissa, después del miedo y la sangre, vuelve a respirar. He recordado a nuestros padres, a los fundadores, a los que levantaron estas piedras no para el comercio, sino para la eternidad.

El público lo escuchaba en silencio. Sus palabras eran suaves, pero su ritmo tenía la cadencia de una liturgia. Marcus lo sabía: no hablaba como magistrado.

—Roma nos dio leyes —continuó Marcellus—, pero fue nuestra tierra quien nos dio vino, palabra y raíz. Por eso hoy invocamos a la Concordia, no solo como virtud, sino como sangre común. La paz no nace del decreto, sino del sacrificio que el hombre hace por el bien de todos.

Marcus se tensó. Esa palabra — sacrificio — no había sido pronunciada en Nabrissa desde hacía generaciones.

—Los antiguos lo sabían —prosiguió Marcellus, levantando la copa—: que el fruto no madura sin poda, y la ciudad no renace sin ofrenda. Hoy no derramaremos sangre —dijo, y la multitud exhaló aliviada—. Hoy bastará con que cada corazón recuerde quiénes somos y por qué existimos.