Chapter 16 #4
Crispus se levantó con dificultad. —Debéis iros —dijo con voz baja—.
Esta noche. —¿Por qué? —preguntó Tiberius.
—Porque los lictores no queman solo archivos.
Marcellus ha ordenado limpiar los nombres de los antiguos.
Miró a Marcus, y sus ojos se mostraban más jóvenes por un instante.
—Protege lo que tu maestro no pudo. No dejes que su sacrificio se pierda.
—¿Y tú? —Yo pertenezco a este lugar. La historia necesita testigos.
Salieron al patio. El cielo se había vuelto de un rojo intenso.
En la distancia, sobre la colina donde se alzaba la curia, se distinguían columnas de humo y el brillo de las antorchas.
Claudia se volvió hacia la casa.Crispus permanecía en el umbral, sosteniendo la lámpara.El viento hacía flamear su manto, y por un momento, su figura se confundió con las sombras del peristilo.
—¿Volveremos a verlo? —preguntó Tiberius. Marcus no respondió. Sabía que Crispus ya había tomado su decisión. El anciano alzó la lámpara, y la llama pareció dibujar el racimo y la serpiente sobre el aire. —Recordad —dijo—: el fuego destruye, pero también revela. Luego, lentamente, cerró la puerta.
Caminaron por la noche, con el cofre envuelto en telas.El camino de regreso a Nabrissa era una línea oscura entre los viñedos.El aire olía a tierra húmeda y a madera quemada. Marcus, con el cofre bajo el brazo, pensó en las palabras de Vito:
“ No temáis al fuego. Temed al silencio.”
Supo que, a partir de ese momento, la historia de Nabrissa ya no era solo pasado.Era el presente que se abría ante ellos.
Avanzaron despacio entre los puestos del mercado.La gente hablaba bajo, con sonrisas forzadas.Había soldados en cada esquina, y en la fachada del templo de Júpiter colgaban telas nuevas con inscripciones doradas.Una de ellas, extendida sobre el pórtico del foro, decía:
“ Bajo el mandato de Lucius Marcellus Quintianus, Nabrissa renace en la concordia.”
Marcus se detuvo frente a ella. Las letras brillaban con un fulgor casi metálico. —Concordia… —repitió con amargura—. Así llaman ahora al silencio.
Tiberius observó los soldados, todos con el emblema del racimo bordado en los mantos. —Ha cambiado el símbolo —dijo—. Claudia alzó la vista. — Solo lo ha hecho público.
Al llegar a la casa de Remilia, encontraron las puertas abiertas.
Sobre la mesa, alguien había dejado una sola lámpara encendida. La llama era débil, y bajo ella, un pergamino doblado.
Marcus lo abrió.El sello era del nuevo magistrado.El texto, breve:
“ El ordo invita a todos los ciudadanos libres al Festum Concordiae , en honor a la unión de la ciudad y sus dioses protectores. Que el vino nuevo purifique las sombras antiguas. —L. Marcellus Quintianus, magistratus civitatis .”
Claudia lo leyó en voz alta. —El vino nuevo —murmuró—. Igual que en la tablilla de padre. —Y las sombras antiguas son los que recuerdan. —¡Nos está provocando! —dijo Tiberius. — Nos está llamando —respondió Marcus.
Durante los días siguientes, Nabrissa se preparó para el festival.
Las calles se llenaron de flores, los muros se pintaron con guirnaldas y los talleres de cerámica trabajaron sin descanso fabricando ánforas nuevas.
Los pregoneros anunciaban que el nuevo magistrado ofrecería vino y pan a todo el pueblo, “ como muestra de paz”.
El pueblo, cansado de miedo, celebraba la promesa de alegría.
Pero Marcus veía otra cosa. Desde el foro, observó cómo los lictores colocaban antorchas en los pórticos del templo de Baco, el mismo que había sido clausurado años atrás.
El olor a resina era idéntico al del banquete donde murió Valerius.
Y las ánforas, recién llegadas del puerto, llevaban grabadas las mismas letras: D·M.
Julia y Remilia, que los acompañaba, lo notó también. —El ciclo se repite —dijo con voz temblorosa—. Como si la ciudad no pudiera escapar de sí misma. Marcus la miró. —Nabrissa no ha olvidado. Solo finge. —¿Y qué haremos? —Esperar el momento. La verdad no se grita, se revela.
La víspera del festival, Marcellus pronunció un discurso desde la escalinata de la curia.
El foro estaba lleno. Los decuriones, los comerciantes, los campesinos del campo cercano: todos habían acudido atraídos por la promesa de una nueva era.
El magistrado, vestido con una toga blanca y una corona de hiedra, alzó los brazos.
—Ciudadanos de Nabrissa —dijo con voz firme—. Hemos llorado, hemos temido, pero hoy renacemos. El dios que nos fundó, el que alimentó nuestras raíces, no era enemigo, sino protector. Hoy restauramos su memoria, no como rito prohibido, sino como símbolo de unión.
Un murmullo recorrió la multitud. Los sacerdotes alzaron copas de vino. Marcellus sonrió. —Que el vino nuevo corra libre. Que la vid vuelva a florecer sobre la ceniza.
El pueblo aclamó. Pero Marcus, entre la multitud, reconoció el gesto con el que Marcellus levantaba la copa: el mismo movimiento con el que, días atrás, había vertido vino sobre la pira de Valerius. No era un brindis. Era una invocación.
Esa noche, mientras el foro se llenaba de música y risas, observaban desde la distancia, ocultos entre las sombras del templo de Minerva.
El resplandor de las antorchas se reflejaba en los mosaicos, y el vino corría como un río oscuro.
Cada copa, cada cántico, repetía las palabras de Vito: “ El día en que el vino vuelva a mezclarse con la resina del Monte Alcón…”