Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 16 #3
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Chapter 16 #3

Ordenaron destruir los templos de Liber Pater y ejecutaron a sus sacerdotes. Lo llamaron el Senatus consultum de Bacchanalibus . Creyeron que, con eso, el dios del vino dejaría de reír.

—Y, sin embargo… —dijo Marcus, mirando a la ciudad—, el templo sigue ahí.

—Claro —respondió Crispus, con una sonrisa amarga—. Dos siglos después, aquí en Nabrissa, en Roma misma, siguen vertiendo vino en su altar. Lo llaman de otra forma, lo ocultan entre fiestas de vendimia o sacrificios a Baco, pero todos saben a quién se brinda.

Roma hace siempre lo mismo, Marcus: prohíbe con una mano y bendice con la otra. Fingió que castigaba a Liber, pero nunca lo olvidó. No puede. Porque el dios que libera los cuerpos también libera la verdad y Roma teme ambas cosas.

Marcus lo escuchó en silencio. En el fondo, comprendía. Aquella ciudad podía levantar templos al orden y al deber, pero seguía temblando ante la risa del dios que un día fundó su propia Nabrissa.

Se detuvieron ante una bóveda circular.En el centro, una piedra tallada representaba un racimo de uvas abrazado por una serpiente. El mismo símbolo que Crispus había mostrado la noche anterior.

—Vuestro padre conocía este lugar —continuó—.

Lo estudió, lo dibujó, y comprendió que la historia de Nabrissa era una fusión de culto y poder.

Tiberius frunció el ceño. —¿Quieres decir que los decuriones eran sacerdotes?

—En sus orígenes, sí —respondió Crispus—.

Cada familia del ordo custodiaba un rito de la vendimia, una invocación al dios que alimentaba la tierra.

Pero con el tiempo, la política sustituyó a la fe… y la ambición, al sacrificio.

Claudia miró la serpiente. —¿Y Marcellus? —Marcellus sabe que este símbolo es anterior a Roma —dijo Crispus—. Y eso lo convierte en un arma. Si logra convencer al pueblo de que es heredero del fundador divino, tendrá poder sobre las almas además de sobre las leyes.

Marcus se acercó al altar y lo tocó con la palma. La piedra estaba tibia. —Entonces no busca justicia, sino legitimidad. —Exacto —. La creencia da lo que las armas no pueden: obediencia sin sangre.

A medida que avanzaban por los corredores, la luz de la lámpara iluminaba relieves que mostraban escenas de vendimias y sacrificios: hombres coronados de hiedra vertiendo vino sobre la tierra, mujeres danzando con antorchas, animales sacrificados bajo la luna.

Pero en los muros más antiguos, los rostros se deformaban: el dios del vino ya no sonreía, y en lugar de racimos, de sus manos brotaban llamas.

—¿Lo veis? —dijo Crispus—. Así nació el mito del racimo de fuego.

No era un símbolo de vida, sino de purificación.

Claudia retrocedió un paso. —¿Y eso significa que…

? —Que los que hoy lo utilizan, como Marcellus, no lo hacen por devoción, sino para justificar el miedo.

Convertirán la antigua creencia en una amenaza, y la amenaza en poder.

Marcus caminó hasta una inscripción grabada en un arco. La lámpara reveló letras antiguas, desgastadas pero aún legibles:

“ Liber fundavit civitatem. Sanguine suo fecit pacem.” ( “ Liber fundó la ciudad. Con su sangre hizo la paz.”)

El eco de esas palabras llenó el recinto.

Tiberius habló casi en un susurro. —Entonces…

¿la ciudad fue fundada sobre un sacrificio?

Crispus lo miró con gravedad. —Toda Roma lo fue.

Pero Nabrissa lo convirtió en costumbre.

Cada siglo, alguien debe morir para recordar a los dioses su pacto con los hombres.

El silencio que siguió fue largo, pesado. Solo se oía el goteo del agua desde las grietas del techo. Claudia cerró los ojos. —Y ahora Marcellus quiere renovar ese pacto. Marcus bajó la lámpara. —Sí. Y esta vez, los elegidos no serán dioses, sino hombres.

Al salir, la luz del día los cegó. El sol se alzaba sobre los campos, dorando las hojas de los olivos. Crispus respiró profundamente, como si acabara de despertar de un sueño. —No digáis a nadie lo que habéis visto —dijo con voz grave—. El conocimiento puede ser tan mortal como la ignorancia.

Marcus lo miró con respeto. —¿Por qué nos lo has mostrado? El anciano sonrió apenas. —Porque Vito creyó que la verdad debía heredarse, no esconderse. Y porque sé que pronto no podré protegeros.

Tiberius lo observó. —¿Qué quieres decir? Crispus miró hacia el horizonte. —Marcellus no tolera testigos. En Nabrissa, el silencio empieza siempre en el campo.

La tarde cayó lentamente sobre la villa, tiñendo el cielo de un oro viejo que se mezclaba con el gris del humo lejano.

El viento traía consigo el olor del lago y, apenas perceptible, un rastro de ceniza.

Desde la terraza, Marcus distinguía en el horizonte una línea oscura elevándose sobre Nabrissa.

No era fuego visible, pero sí el eco de algo que ardía en silencio.

Dentro, el ambiente era tranquilo.Los esclavos habían cerrado las puertas, y la lámpara del atrio proyectaba sombras suaves sobre las columnas.Sextus Marcius Crispus colocó el pequeño cofre de madera sobre la mesa de piedra y se sentó frente a Marcus, Claudia y Tiberius.

Sus manos temblaban, no por la edad, sino por el peso de lo que estaba a punto de entregarles.

—Este cofre perteneció a vuestro padre —dijo—. Lo dejó en mi casa poco antes de morir. Me pidió que lo guardara hasta que llegara el momento de entenderlo. Ahora es ese momento sin lugar a dudas, lo que viene no puede esperar y ya no tengo la fuerza de mi juventud.

Marcus pasó la mano por la superficie del cofre. La madera olía a aceite.No tenía cerradura, solo un sello de cera con el símbolo del racimo y una palabra grabada con punzón: Veritas . Con la punta de un cuchillo, rompió el sello.El sonido fue seco, casi ceremonial.

Dentro había varias tablillas, un pergamino enrollado y un objeto envuelto en lino.

—Lee —dijo simplemente.

Marcus tomó el pergamino. La tinta estaba desvaída, pero aún legible. El texto comenzaba con la letra clara y firme de Vito:

“ A quien encuentre estas palabras: Si Nabrissa olvida su origen, recordad que la ciudad fue fundada no sobre la piedra, sino sobre la sangre. El dios Liber fue su padre, pero su sombra fue su dueño. El pacto que mantiene la paz exige memoria. El día en que el vino vuelva a mezclarse con la resina del Monte Alcón, sabréis que el ciclo comienza de nuevo. No temáis al fuego. Temed al silencio.”

Claudia se llevó una mano al pecho. —Padre lo sabía… —susurró—. Sabía lo que estaba ocurriendo. Crispus asintió despacio. —Intentó advertirlos.

Marcus leyó otra de las tablillas. Era una lista de nombres: algunos eran decuriones, otros sacerdotes, otros simples comerciantes.

Al final, escrito con trazo más débil, se distinguía un nombre añadido al margen: Marcellus Quintianus.

—Ya estaba allí —dijo Marcus—. Formaba parte del círculo desde el principio.

—Así es —confirmó Crispus—. Marcellus no ascendió por mérito, sino por sucesión.

El poder de Nabrissa se transmite como un culto: cada generación elige a quien continúe el rito.

—Y Valerius… —Valerius intentó romper el ciclo —interrumpió Crispus—.

Por eso murió. Y Paulus, que lo  ayudó murió con él.

Una quietud espesa llenó la estancia. El fuego de la lámpara crepitaba débilmente, reflejándose en los rostros tensos.

—Entonces Marcellus mató a Valerius para perpetuar la mentira. —Marcellus —dijo Marcus con calma— mató para proteger la creencia de los que temen perder el poder.

Claudia tomó el objeto envuelto en lino.Lo desenvolvió con cuidado.Era una pequeña figura de bronce ennegrecido: un racimo de uvas rodeado por una serpiente.Los ojos del reptil estaban incrustados con fragmentos de vidrio rojo.

Marcus lo sostuvo entre las manos. —La misma imagen que vimos bajo tierra.

Crispus tomó la palabra. —El sello original de Nabrissa.

Era símbolo de vida y conocimiento. Pero cuando el culto degeneró, se convirtió en signo de dominio.

Vuestro padre lo conservó como advertencia.

Claudia lo observó fascinada. —Es hermoso y terrible.

—Así es la verdad —dijo Crispus—. Ninguna luz se sostiene sin sombra.

Marcus apoyó la figura sobre la mesa.La serpiente parecía moverse con el reflejo del fuego.Por un instante, todos guardaron silencio. Afuera, el viento se levantó, y las ventanas vibraron. El olor a humo llegó más intenso, mezclado con un aroma a a pino quemado.