Chapter 16 #2
Marcus sintió una incomodidad difícil de nombrar. Todo parecía igual —la luz, el calor, incluso el silencio—, y sin embargo algo no encajaba. Fue en los ojos de Crispus donde lo entendió: los últimos meses se habían deslizado con una rapidez que jamás habría imaginado.
—Bienvenidos a mi casa nuevamente —dijo, abriendo los brazos—. Su voz era pausada, templada como el aire del campo. —No sabéis cuánto me alegra veros con vida.
Claudia sonrió débilmente. —Nabrissa parece tranquila otra vez. Crispus inclinó la cabeza, pero en su mirada había un velo de ironía. —La calma en las ciudades romanas, hija, siempre es el preludio de una nueva intriga.
Mientras caminaban por el peristilo, Marcus notó que todo en la villa olía a tierra y a aceite nuevo.
En los jardines, los esclavos trabajaban en silencio; las fuentes goteaban entre esculturas de ninfas y delfines.
Crispus los condujo hasta el triclinio abierto al patio.
—Aquí vuestro padre solía hablarme de su sueño —dijo, mirando a Remilia—: una Nabrissa libre de superstición y de miedo.
Remilia bajó la vista. Aún le costaba escuchar el nombre de Vito sin buscarlo, por un instante, entre los presentes.
—Y murió viendo cómo el miedo volvía a reinar.
Crispus apoyó el bastón en el suelo. —El miedo es el más antiguo de los dioses. Roma lo adora con otros nombres.
El silencio se hizo pesado. Fuera, el viento agitó las ramas de los cipreses. Por un instante, todos pensaron en el mismo hombre: Marcellus, el nuevo magistrado que desde la curia dominaba la ciudad con voz de paz y alma de fuego.
Marcus, sin apartar la vista del horizonte, murmuró: —La ciudad cree dormir. Pero algunos sueños se despiertan con sangre.
Esa noche, cuando la luna subió sobre los campos, Crispus los condujo a los baños de la villa.
El vapor del agua mezclado con el aroma de las hierbas llenó el aire de una calma extraña.
—Dormid tranquilos —dijo—. Aquí no llega el rumor de la curia.
Pero Marcus, mientras miraba el reflejo de la luna en el estanque, pensó que los rumores del poder siempre encuentran camino, incluso entre el agua y el silencio.
El tiempo en la villa de Sextus Marcius Crispus transcurría lento, bañado por el sol del campo.
Era un lugar hecho de calma: el canto de los grillos al amanecer, el rumor de las fuentes en el peristilo, el olor a aceite y pan caliente.
Los esclavos trabajaban en silencio, como si el aire mismo impusiera una paz que nadie quería romper.Allí el tiempo parecía suspenderse, y por primera vez en semanas, Marcus, Claudia y Tiberius pudieron dormir sin sobresaltos.
Crispus los acogía como si fuesen su propia familia.
Durante las comidas, hablaban de Roma, de los tiempos de Vito, de las reformas que nunca llegaron y de los ideales que se habían perdido entre decretos y guerras.
Su voz era grave, sosegada, pero cada frase llevaba el peso de la experiencia de quien había servido al imperio y había visto envejecer los sueños.
Una mañana, mientras paseaban por los olivares, Crispus señaló las vides jóvenes que se enroscaban en los troncos de los árboles.
—Mira, Marcus —dijo—, la vid y el olivo siempre crecen juntos.
Una busca la altura, la otra la raíz. Pero si cortas una, la otra se marchita.
Marcus asintió. —Como el poder y la sabiduría.
—Exacto —respondió Crispus—. Roma se olvidó de eso.
Cuando la razón deja de enraizarse en la tierra, el poder se vuelve embriaguez.
Claudia lo escuchaba en silencio, fascinada. —Mi padre decía algo parecido —señaló—. “ No hay vino sin tierra, ni palabra sin justicia.” Crispus sonrió. —Vito entendía que el saber debía oler a sudor, no solo a tinta. Por eso fue tan respetado en el liceo. Por eso lo temieron.
Aquella tarde, el sol caía sobre los mosaicos del triclinio, y el reflejo del agua del estanque danzaba sobre las columnas.
Crispus y Marcus bebían vino rebajado con agua.
El anciano observaba el horizonte, donde el humo de Nabrissa se dibujaba como una línea lejana.
—El nuevo magistrado… Marcellus —dijo Crispus, casi en un susurro—.
Le conozco. Compartimos enseñanzas cuando aspiraba a ser filósofo, antes de vestir la toga púrpura.
Marcus lo miró sorprendido. —¿Marcellus, tu compañero?
—Sí. Tenía una mente brillante, pero una voluntad enferma de orden.
Creía que el conocimiento debía doblegar al alma, no liberarla.
—Y ahora gobierna una ciudad. —Y eso lo hace más peligroso.
—Crispus apartó la copa—. Hay hombres que no buscan la verdad, Marcus, sino que la usen los demás como espejo de su poder.
—Entonces su calma… —Es cálculo —interrumpió el anciano—.
La serenidad de quien sabe que todos creen en su máscara.
—¿Y tú? —preguntó Marcus—. ¿Tú también creíste en él?
Crispus sonrió con amargura. —Durante un tiempo.
Hasta que comprendí que sus palabras eran como su vino: dulces en la superficie, amargas en la raíz.
Esa noche, la cena se sirvió bajo el pórtico abierto al jardín.
El cielo estaba cubierto de estrellas y el aroma de los cipreses llenaba el aire.
Remilia hablaba con Crispus sobre los tiempos del liceo, mientras Tiberius escuchaba con atención las historias de los debates que su padre organizaba, cuando la palabra aún era un arma contra la ignorancia.
Claudia, en silencio, dibujaba con el dedo en la mesa el símbolo del racimo.
Marcus la observó. —¿Por qué sigues haciéndolo?
—preguntó. —Porque no sé si es una advertencia o una promesa —respondió ella.
Crispus se giró hacia ellos. —El símbolo de la vid tiene dos rostros —dijo—.
Uno de vida, otro de sacrificio. Los sabios decían que el vino es la sangre de la tierra, y que quien lo domina puede decidir qué memoria bebe el pueblo.
—Como Marcellus —dijo Marcus. —Exactamente —comentó Crispus—.
Ha convertido la razón en una nueva religión.
Y los hombres adoran con más fervor aquello que no entienden.
El silencio se instaló unos segundos. Solo el canto de los grillos llenaba el aire.
Entonces Tiberius rompió el momento: —No podemos quedarnos aquí mientras él se fortalece.
Marcus lo miró con calma. —El poder no se destruye atacándolo.
Primero hay que entenderlo. Crispus asintió.
—Y para entender a Marcellus, debéis recordar lo que vuestra ciudad olvidó.
—¿Qué cosa? —preguntó Claudia. El anciano se levantó con dificultad, apoyándose en su bastón.
—La historia de su fundación —dijo—. La verdadera, no la que cuentan los decuriones.
Todos lo miraron intrigados. —Mañana —añadió Crispus—, os mostraré algo que dormita bajo esta tierra. Vuestro padre lo sabía. Quizá por eso murió.
Aquella noche nadie durmió profundamente.
El viento soplaba entre los cipreses como un murmullo antiguo.
Marcus se levantó y salió al patio. El cielo estaba limpio, la luna alta.
Desde allí vio a Claudia de pie junto a la fuente, con la túnica blanca agitada por la brisa.
—No puedo dejar de pensar en él —dijo ella sin girarse—.
En mi padre… y en Marcellus. Marcus se acercó despacio.
—Uno sembró, el otro cosecha. Pero no todo fruto es bendito.
Claudia lo miró. —¿Y si el dios que fundó Nabrissa no era Liber, sino su sombra?
Marcus bajó la mirada. —Entonces la ciudad entera está construida sobre un altar.
Desde su habitación, Crispus los observaba a través del vano de la puerta.
En su rostro había una mezcla de ternura y preocupación.
Se apartó de la ventana y se acercó a un cofre de madera.
De él extrajo una tablilla antigua, cubierta por una capa de polvo.
En la superficie, apenas visible, se distinguía un símbolo: un racimo rodeado por una serpiente.
—El principio y el fin —afirmó—. Y, al cerrarla, el viento apagó la lámpara.
El nuevo día llegó envuelto en una niebla espesa que se deslizaba entre los cipreses de la villa.
Los gallos aún no habían cantado cuando Crispus llamó a Marcus y a los jóvenes.
Llevaba un manto oscuro y una lámpara de aceite en la mano.
Sus ojos, habitualmente serenos, tenían un brillo diferente, como si el pasado lo acompañara en cada paso.
—Seguidme —dijo simplemente.
Atravesaron el peristilo aún cubierto de rocío, cruzaron los olivares y tomaron un sendero oculto que descendía hacia el norte, entre zarzas y muros antiguos.
El aire olía a tierra húmeda y a musgo. Tras unos minutos de marcha, llegaron a una ladera cubierta por hiedras, donde se alzaban los restos de una construcción semi enterrada.
Crispus apartó unas piedras con las manos y dejó al descubierto una puerta de mármol desgastada, sin inscripciones visibles.
—Aquí comenzó Nabrissa —añadió—. Antes de los decuriones, antes incluso del foro.
Encendió la lámpara y descendió los peldaños.
El aire del interior era más frío, y un silencio espeso los envolvió.
Las paredes, cubiertas de inscripciones borrosas, respiraban con la llama.
Claudia tocó una de las losas. —¿Qué es este lugar?
—Un santuario —respondió Crispus—. Los fundadores de la ciudad lo dedicaron a Liber Pater, cuando aún se creía que el dios del vino protegía la fertilidad y la palabra.
Marcus observó el suelo cubierto de mosaicos ennegrecidos.
—¿Y por qué lo ocultaron? —¿Sabes, Marcus?
Roma ya prohibió esto hace ya dos siglos —dijo Crispus.
El Senado, lleno de miedo y moral fingida, decretó el fin de los ritos báquicos. Decían que eran impuros, que en ellos se mezclaban hombres y mujeres, libres y esclavos, que todo acababa en desenfreno y conspiraciones contra el orden.