Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 16
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Chapter 16

CAPÍTULO XV — Las cenizas del magistrado

Desde las primeras horas, las calles del foro se llenaron de ciudadanos en silencio, vestidos con túnicas oscuras. El rumor de la muerte del magistrado había dejado de ser miedo para convertirse en ceremonia.

El cuerpo de Valerius fue expuesto en el atrio de la curia, envuelto en su toga pretexta con la franja púrpura de su rango.

A su lado, dos lictores mantenían las fasces cruzadas sobre el pecho, símbolo de autoridad aún en la muerte.

El rostro del difunto había sido cubierto con una máscara de cera moldeada en su imagen, según la costumbre de los magistrados romanos, para preservar su memoria ante los dioses.

Los ancianos del ordo formaban en fila, sosteniendo antorchas.

Detrás, las familias nobles portaban las máscaras de sus antepasados, que desfilaban ante la multitud como un ejército de sombras.

Cada rostro representaba un linaje; cada paso, un recordatorio de que la muerte no rompía el orden, sino que lo perpetuaba.

El nuevo magistrado, Lucius Marcellus Quintianus, encabezaba la procesión.

Vestía una toga negra, sin adornos, pero llevaba en la mano derecha el bastón de marfil del poder local.

Su rostro estaba sereno, solemne, apenas emocionado.

Detrás de él caminaban los escribas, los sacerdotes y los flautistas que entonaban un canto grave, casi monótono, que hacía vibrar el aire entre las columnas.

La procesión descendió desde la curia hacia la Vía Sepulcral, que conducía fuera de las murallas. Los niños se apartaban, las mujeres se inclinaban y los hombres mostraban respeto al paso del cortejo. El sonido de los pasos sobre la piedra formaba un ritmo constante, hipnótico.

Marcus, Claudia, Tiberius y Remilia observaban desde el pórtico del foro.

No participaban del cortejo, pero la solemnidad los mantenía en silencio.

Claudia, con los ojos fijos en la máscara de Valerius, susurró: —Parece que incluso muerto sigue juzgando.

Marcus inclinó levemente la cabeza. —En Roma la muerte también tiene rango. No todos mueren del mismo modo.

A medida que la procesión se alejaba, el paisaje se abría hacia los campos.

Las vides, ya desnudas tras la vendimia, se extendían hasta el horizonte.

En una pequeña explanada, junto al columbario municipal, se había levantado la pira funeraria: un lecho de madera de olivo, coronado por guirnaldas de romero y laurel.

Los lictores depositaron el cuerpo sobre el túmulo.Los sacerdotes vertieron vino y miel en el fuego.

El humo comenzó a elevarse lentamente, gris azulado.Un murmullo recorrió a los asistentes.

Marcellus dio un paso al frente. Su voz sonó firme, modulada, perfecta para el eco de las colinas.

—Ciudadanos de Nabrissa —dijo—, Valerius sirvió a esta ciudad con la fuerza del deber y el peso de la ley.

Sus ojos recorrieron a la multitud—. Roma no se detiene ante la muerte; la ley vive en quien la recuerda.

Guardó silencio, luego arrojó al fuego un pequeño racimo de uvas secas. —Que el fruto de la vid purifique su tránsito. Que su memoria sea raíz de orden y no de discordia.

El fuego crepitó con un sonido extraño, como un suspiro. Claudia lo notó. —¿Lo has oído? —preguntó.

—El fuego siempre reconoce a sus hijos.

La ceremonia continuó hasta el mediodía.

Cuando las llamas se extinguieron, los sacerdotes recogieron las cenizas con cucharas de bronce y las depositaron en una urna de terracota decorada con motivos de hiedra y racimos.

La urna fue llevada al columbario de los magistrados, excavado en la roca, junto al camino del lago.

En el dintel, una inscripción nueva fue grabada ese mismo día:

Gaius Valerius Severianus, defensor de la razón y de Nabrissa Veneria. Hijo de Roma.

Al anochecer, la ciudad quedó envuelta en un silencio reverente. El humo de la pira aún flotaba sobre los campos. Los ciudadanos regresaban lentamente a sus casas, murmurando plegarias. Y sobre la curia, entre el humo, brillaba una única lámpara encendida, que nadie se atrevía a apagar.

Marcus contempló la escena desde lejos, en la terraza de la casa de Remilia.

El resplandor del fuego teñía el cielo. A su lado, Tiberius preguntó: —¿Por qué la muerte parece siempre tan ordenada cuando la dirige un hombre de poder?

Marcus no respondió. Solo observó el resplandor del fuego y pensó que, a veces, el orden era la forma más sofisticada del miedo.

La noche anterior  el cuerpo de Paulus reposaba envuelto en una túnica blanca sin adornos. No había música ni procesión; solo el murmullo de las lámparas de aceite y el crujir del aire que entraba desde el lago.

Marcus, con el rostro cansado, se mantenía de pie junto a la camilla.

No hablaba. A su lado, Julia, Remilia, Tiberius y Claudia guardaban el mismo recogimiento.

Nadie lloraba en voz alta: el dolor, entre ellos, era de una pureza antigua, como si supieran que el silencio era la única forma digna de honrarlo.

Julia colocó a los pies del joven una pequeña tablilla, sin inscripción. —Para que los dioses lean lo que los hombres no entendieron —susurró.

En el suelo, un cuenco con vino derramado servía de ofrenda. El olor del mosto mezclado con la resina llenaba la estancia con una dulzura amarga.

Al amanecer, cuando los primeros rayos del sol cruzaron el umbral, Marcus habló por fin: —Fue un discípulo noble. Que el fuego lo acompañe hasta el lugar donde el conocimiento no necesita palabras.

Nadie respondió. Solo el sonido lento del aceite en la lámpara acompañó la última vigilia.

A diferencia de lo que ocurriría horas después en el foro, donde el magistrado Valerius recibiría todos los honores públicos, el funeral de Paulus fue breve, casi imperceptible. Pero quienes estuvieron presentes supieron que aquella modestia guardaba una grandeza que ningún decreto podía dictar.

Durante los días que siguieron al funeral, Nabrissa Veneria pareció recuperar su pulso.

Los pregoneros volvieron a recorrer el foro, las panaderías abrieron sus hornos, y los niños jugaban otra vez bajo las columnas del templo de Baco, donde el mármol aún conservaba el olor del incienso.

Era una calma nueva, extraña, como si la ciudad entera contuviera la respiración esperando el siguiente decreto.

Las muertes del magistrado y del joven Paulus se habían convertido en un recuerdo envuelto en silencio.

En las tabernas se hablaba bajo; nadie mencionaba el vino ni las muertes.

Roma había vuelto a imponer su orden, y el nombre de Marcellus era pronunciado con respeto.

El nuevo magistrado había sabido ganarse al pueblo con gestos sencillos: redujo los impuestos del mercado, reparó la fuente del foro y prometió una nueva escuela de retórica junto al templo de Júpiter.

En los muros de las termas se pintaron frescos nuevos: escenas de vendimia, banquetes y dioses sonrientes.

Todo parecía limpio y luminoso, como si la ciudad quisiera borrar la mancha del crimen con cal y color.

Pero Marcus sabía que la limpieza más blanca es la que más oculta.

Las descripciones del día se repetían con la precisión de un calendario: A la hora tercera, los mercaderes extendían sus telas y ungüentos. A la sexta, se llamaban a las ofrendas de los templos.

A la novena, los herreros golpeaban el bronce mientras el humo de los hornos ascendía como plegaria muda.

Y al anochecer, los ciudadanos se reunían en los pórticos, comentando los anuncios del nuevo magistrado, que cada día enviaba un heraldo distinto para recordar que Nabrissa era ahora “ una ciudad bajo el signo de la razón y la concordia”.

Marcus escuchaba esos pregones desde la terraza de la casa de Remilia, junto a Claudia y Tiberius. Julia había vuelto a su casa.

—Han cambiado los nombres, pero no las manos —dijo Marcus una tarde, mientras observaba el humo de los hornos.

Remilia lo miró sin sorpresa. —Los hombres como Marcellus no cambian las leyes, cambian el modo de que las obedezcamos.

Tiberius, siempre inquieto, añadió con dureza: —Y el pueblo se arrodilla.

—No por devoción —dijo Marcus—. Por cansancio.

Claudia no hablaba. Tenía los ojos fijos en el horizonte, donde el polvo del camino se mezclaba con la luz. —Quizás el pueblo solo necesita olvidar —susurró. Marcus la miró en silencio. —El olvido —dijo finalmente— es la forma más peligrosa de paz.

Esa tarde, un mensajero llamó a la puerta. Llevaba un manto polvoriento y el sello de Sextus Marcius Crispus, el viejo amigo de Vito.

Traía un mensaje breve, escrito en una tablilla:

“ El campo florece aunque la ciudad se queme. Venid. Necesito veros.”

Remilia lo leyó en silencio. —Crispus… —murmuró—.Marcus asintió. —El mismo. El único hombre de quien Vito decía que conservaba todavía fe en la palabra. —¿Y qué puede querer ahora? —preguntó Tiberius. Marcus guardó la tablilla.

A la mañana siguiente partieron antes del amanecer.

El camino hacia la villa discurría entre campos de trigo y viñedos.

El aire olía a sal y a romero, y el canto de las cigarras se mezclaba con el murmullo del lago.

A lo lejos, entre colinas suaves, se levantaban los tejados de la villa de Sextus Marcius Crispus, rodeada de cipreses y murallas bajas cubiertas de hiedra.

Era un lugar tranquilo, apartado, casi fuera del tiempo.

Las columnas del peristilo brillaban al sol, y en los mosaicos del suelo se veían escenas de vendimia, dioses alados y naves navegando sobre olas azules.

Cuando el portón se abrió, Crispus apareció en el umbral. Llevaba una túnica sencilla y un bastón de madera de olivo. Sus ojos, sin embargo, conservaban el brillo de quien ha visto más de lo que cuenta perdiendo esa calidez que siempre había tenido.