Chapter 15 #4
Claudia se adelantó un paso. —Entonces el vino del banquete fue envasado en tus ánforas.
—Sí, señora —respondió Neratius—. Lo recuerdo bien, porque el mensajero insistió en que las tapara con cera blanca, no con brea.
Dijo que el vino debía oler a limpio, a resina fresca.
Marcus cruzó los brazos. —Resina… —Exacto —confirmó el alfarero—.
De pino del Monte Alcón. Lo traían en carretas.
Tiberius miró a Marcus con el ceño fruncido. —No hay vino inocente que huela a pino.
El alfarero, inquieto, bajó la voz. —Si estáis investigando, tened cuidado. Desde anoche han pasado soldados por aquí. Preguntan por las ánforas y por mí. —¿De parte de quién? —preguntó Claudia. —Del nuevo magistrado.
Marcus lo miró un largo instante. —Entonces ya sabe lo que buscamos. —O teme que lo sepáis —respondió el alfarero—. Y en esta ciudad, quien teme primero mata después.
De regreso al foro, la bruma del canal se convirtió en polvo dorado.
Los tres caminaban sin hablar. El sol se reflejaba en las piedras, cegador.
Marcus llevaba el fragmento del sello oculto en la mano.
Claudia rompió el silencio: —¿Crees que fue él?
—No lo sé todavía —dijo Marcus—. Pero el vino del crimen salió de sus ánforas, y la resina venía de su orden.
—¿Y si todo fue una trampa para él? —insistió Tiberius.
—Entonces el cazador ya ha cambiado de piel —respondió Marcus.
Al pasar frente al templo, un grupo de sacerdotes jóvenes colocaba guirnaldas en honor al nuevo magistrado. Las flores caían sobre el pavimento húmedo, mezclándose con el polvo. En el frontón recién limpiado, una nueva inscripción había sido grabada esa misma mañana:
“ Lucius Marcellus Quintianus, protector de la concordia.”
Claudia la leyó en silencio, y sus labios dibujaron una mueca amarga. —Protector o verdugo solo cambia el título. Marcus guardó el fragmento de sello bajo el manto. —No hay título que dure cuando la verdad comienza a oler a vino.
Esa noche, mientras la ciudad dormía, en la curia se escucharon pasos solitarios. Marcellus caminaba bajo las lámparas, observando el mosaico del racimo de fuego recién restaurado. En su mano, una copa de vino con resina. Alzó el vaso hacia el techo:
—Que la vid siga creciendo. Los dioses beben primero.
Y bebió, sonriendo, sin dejar de mirar hacia el horizonte donde dormía la ciudad.
La noche había caído sobre Nabrissa con un silencio espeso, más profundo que el de los días anteriores.
En las calles del foro, las antorchas ardían con una llama temblorosa, y las sombras parecían moverse solas sobre los muros.
Los pregoneros ya no gritaban; los perros no ladraban.
Solo el sonido distante del agua corriendo por las cloacas recordaba que la ciudad seguía viva.
En una pequeña estancia, Marcus extendió sobre una mesa varias tablillas.La habitación olía a polvo y pergamino.Por las rendijas se colaba la luz del fuego del brasero, iluminando sus rostros con un brillo rojizo.
Claudia y Tiberius se habían sentado frente a él, atentos, mientras Remilia, apoyada en el marco de la puerta, los observaba en silencio.
—Estas tablillas pertenecían a Paulus —dijo Marcus con voz baja— Las recogieron la noche de su muerte.
El nuevo magistrado las consideró sin valor y las entregó al archivo del liceo o eso creyó.
—¿Cómo las has conseguido? —preguntó Tiberius.
—Julia. —Marcus sonrió apenas—. Claudia se inclinó sobre la mesa.
Las tablillas estaban cubiertas de notas en latín y griego: fragmentos de discursos, nombres de autores, listas de vinos y fechas.
Pero en una de ellas, la cera había sido raspada y reescrita.
Marcus la giró hacia la luz. —Aquí. Mira esta inscripción, casi borrada.
La joven leyó en voz alta:
“ DM. Vitis. Aurum in sanguine.” —DM… —repitió Tiberius—.
Las mismas iniciales del sello. Marcus asintió.
—Y “ vitis”, la vid… “Aurum in sanguine”, el oro en la sangre.
Remilia dio un paso adelante. —Una expresión ritual.
Era usada en las antiguas libaciones del dios Liber. —El mismo dios prohibido —dijo Marcus—.
Abrió otra tablilla. En ella había un dibujo toscamente grabado: un racimo de uvas rodeado por un círculo de llamas, idéntico al símbolo del mosaico del foro. Pero esta vez, sobre el racimo, alguien había escrito una palabra: “ Ordo.”
Claudia se estremeció. —¿Quieres decir que el culto y el ordo…
? Marcus hizo un leve gesto afirmativo. —Que no son cosas distintas.
Que uno se esconde dentro del otro, como la raíz bajo la vid.
—Entonces Valerius… —Valerius descubrió lo que Paulus había escrito, y ambos murieron la misma noche, quizás Valerius no era controlado por el rito.
El silencio llenó la estancia. Afuera, el viento agitó los postigos y el fuego del brasero parpadeó.
Tiberius golpeó la mesa con el puño. —¡Tenemos que decirlo!
—¿Y a quién? —replicó Marcus—. ¿Al mismo hombre que ordenó liberarnos para vigilarnos?
—¿Y si Roma…? Marcus lo interrumpió: —Roma no escucha ciudades pequeñas.
Roma solo escucha el oro, y aquí el oro corre mezclado con sangre.
Remilia se acercó despacio. Sus ojos, cansados, miraban más allá del presente.
—Entonces el crimen no fue por política.
Fue un sacrificio. Marcus la miró con respeto.
—En Roma la frontera entre sacrificio y justicia siempre ha sido tenue.
—Y el vino… —añadió ella— era el medio. La sangre del dios, dirían los sabios de antaño.
Claudia, con voz temblorosa, murmuró: —“Que nadie beba antes de saber de dónde nace la vid.” Marcus la observó en silencio.
—Valerius dejó ese aviso antes de morir. Y ahora sabemos lo que significa.
Cuando salieron al exterior, la luna brillaba sobre las columnas del foro.El mosaico del racimo resplandecía como si estuviera vivo, iluminado por las antorchas.
A lo lejos, sobre el balcón de la curia, la silueta de Marcellus se recortaba contra el cielo.Sostenía una copa de vino y hablaba en voz baja con un grupo de decuriones.El reflejo de la llama se movía en su copa como sangre líquida.
Claudia lo vio y dijo apenas un susurro: —El hombre que brinda siempre sabe por qué. Marcus guardó silencio. El viento trajo el eco de una risa y el sonido metálico de una copa chocando con otra. Entonces comprendió que el verdadero juicio de Nabrissa aún no había comenzado.
Al alejarse, el último pensamiento de Marcus fue una frase que ya no supo si era suya o de Valerius:
“ Cuando el poder se disfraza de virtud, la ciudad ya ha sido condenada.”
Y así, entre la bruma del foro y el eco lejano de los cuernos romanos, terminó aquella noche. El alba traería nuevos nombres, nuevos ritos y nuevas muertes. Pero nadie en Nabrissa lo sabía aún.