Chapter 15 #3
Julia, en cambio, se mantuvo unos pasos detrás, observando la escena sin atreverse a interrumpirla.
Su belleza, incluso entre la penuria, seguía siendo una presencia silenciosa; la tela de su manto, empapada por la niebla, se pegaba a su piel, y la luz del amanecer hacía brillar las gotas de agua sobre su cabello.
—Gracias a los dioses —susurró Remilia—. Pensé que nunca volvería a veros. —No fueron los dioses —respondió Marcus, sin tono de ironía—. Fue Marcellus.
Julia se acercó entonces, en silencio. Sus ojos se encontraron con los de Marcus. Había en ellos un reconocimiento mutuo.
—Marcellus ha prometido limpiar el nombre del liceo —dijo ella.
—Dice que quiere restaurar la paz. Marcus la miró con calma.
—Los hombres que prometen paz en tiempos de miedo suelen desear poder.
Julia bajó la vista ante las palabras de Marcus.
—Aun así, le debemos la libertad. —Por ahora —replicó Marcus—.
Nadie da libertad sin pedir algo a cambio.
Remilia redujo el paso y se acercó a Julia.
—Hasta aquí podemos acompañaros —dijo en voz baja—. El magistrado solo ha pedido veros a vosotros tres.
Claudia era consciente de que aquel era el límite. Tiberius no dijo nada.
—Será mejor que regresemos a casa —continuó Remilia—.
Julia asintió también, aunque tardó un instante en detenerse.
Marcus había seguido caminando unos pasos más, hablando en voz baja con Tiberius. Cuando se dio cuenta, se volvió. Fue entonces cuando los ojos de Julia se encontraron con los suyos nuevamente.
No hubo gesto alguno. Solo una mirada sostenida, demasiado quieta para ser casual, cargada de algo que no buscaba respuesta. Julia fue la primera en apartarla. Luego se dio la vuelta junto a Remilia y comenzó a alejarse. No miró atrás.
Marcus permaneció un segundo inmóvil. Después retomó el paso.
Claudia y Tiberius avanzaban ya hacia el punto donde el magistrado aguardaba. Cuando los alcanzó, el ruido de la plaza quedó atrás, y con él, todo lo que aún no podía decirse.
En ese momento un grupo de lictores apareció por la calle lateral. Sus fasces relucían al sol naciente. El que encabezaba el grupo —Plubius, el mismo que había custodiado la curia la noche del crimen— se detuvo ante ellos y habló con cortesía forzada:
—El nuevo magistrado desea recibiros. Considera que es su deber escuchar vuestras declaraciones.
Claudia se sorprendió. —¿Otra audiencia? —No —dijo el lictor—. Una conversación. Él mismo lo ha pedido. Claudia apretó el brazo de su hermano. —Quiere vernos juntos. —O ver cómo reaccionamos —añadió Marcus.
Cruzaron el foro acompañados por los lictores.
Cuando llegaron a la curia, las losas del atrio habían sido lavadas con agua y cal.Los frescos del vestíbulo habían sido cubiertos con telas nuevas, y donde antes se extendía la mancha del vino, ahora brillaba el mosaico restaurado con piedras recientes: un racimo de uvas encendido por una llama.El emblema de Nabrissa.
El mismo símbolo que había aparecido junto al cuerpo de Valerius, pero esta vez sin la serpiente.
Marcus se detuvo. —El crimen ya tiene su santuario —susurró.
En el centro, sentado tras la mesa del magistrado, estaba Marcellus. Su figura imponía respeto: la toga blanca con ribete púrpura, la barba perfectamente recortada, los anillos de oro brillando con sobriedad. Parecía más sacerdote que juez. A su lado, Menandros, aguardaba con la tablilla lista.
Marcellus los recibió con una sonrisa suave. —Bienvenidos de nuevo a la luz, hijos de Nabrissa —dijo—. —No todos los hijos —respondió Marcus— regresan por voluntad propia.
El magistrado asintió como si aceptara una verdad incuestionable.
—No he venido a juzgaros. —Su voz era firme, templada—.
He leído vuestras declaraciones y las de los testigos.
Nadie podrá acusaros sin pruebas. Hizo una pausa.
—Pero la ciudad necesita calma, y la calma se construye con ejemplo.
Se levantó y caminó lentamente hacia ellos.
—Quiero que colaboréis conmigo. Que ayudéis a limpiar el nombre del liceo y de la memoria de vuestro padre.
Tiberius dio un paso al frente. —¿Y por qué habría de hacerlo? Marcellus lo miró con paciencia fingida. —Porque si no lo hacéis vosotros, lo hará Roma. Y Roma no pregunta. Solo castiga.
El silencio se hizo pesado. Claudia bajó la vista. Marcus sostuvo la mirada del magistrado. En los ojos de Marcellus brillaba algo que no era maldad, sino cálculo: la seguridad de quien ya ha ganado.
—Podéis iros.
Al salir, el sol golpeaba con fuerza. La plaza hervía de rumores y de un nuevo orden que aún nadie entendía. Marcus caminaba en silencio, junto a Claudia y Tiberius, mientras detrás de ellos los lictores cerraban las puertas de la curia. El sonido del cerrojo resonó en el aire como una advertencia.
—Nos libera para vigilarnos —dijo Marcus.
—Entonces lo miraremos de frente —respondió Claudia.
Marcus la observó con leve sorpresa: en su voz había una madurez nueva, fría, casi desafiante.
—Tu padre estaría orgulloso de ti —dijo.
Ella sonrió apenas. —Y tú, Marcus, deberías empezar a temerle a los hombres que hablan de concordia con una copa de vino en la mano.
El sol de la tarde caía oblicuo sobre los tejados de Nabrissa, tiñendo de oro viejo las tejas y las columnas del foro.
El bullicio había vuelto a las calles, pero con un tono distinto, más prudente, como si la ciudad hablara en voz baja.
En los patios de las casas aún ardían lámparas votivas en honor al magistrado muerto.
Marcus, Claudia y Tiberius caminaban por la parte baja de la ciudad, junto al viejo mercado del vino.Entre los soportales, los comerciantes charlaban a media voz, evitando mencionar el crimen pero repitiendo los mismos rumores una y otra vez:
“ El vino fue el culpable. ” “ No lo trajo nadie del pueblo. ” “ Venía sellado con el emblema del ordo.”
Marcus se detuvo frente a una bodega que conocía bien.
Sobre la puerta, un mosaico representaba un racimo de uvas enmarcado por un círculo de fuego.
Era el símbolo de Nabrissa, pero también, desde hacía años, el emblema secreto de los iniciados en los antiguos ritos de Liber.
Aquel mismo símbolo lo habían visto grabado en los túneles, oculto entre las sombras, y su presencia allí no podía ser una coincidencia.
Mientras lo contemplaba, algo llamó su atención.
A los pies de la fachada, entre el polvo del camino y varios fragmentos de cerámica rota, distinguió un pequeño trozo de barro cocido.
Se agachó y lo recogió con cuidado. En una de sus caras aún se apreciaba parte del racimo de uvas rodeado por el círculo de fuego y, justo debajo, apenas visibles entre las grietas, dos letras grabadas: D·M .
El borde fracturado impedía leer el resto de la inscripción.
Sin hacer comentario alguno, Marcus guardó el fragmento entre los pliegues de su manto y continuó observando la bodega en silencio.
—Otra vez el racimo —observó Tiberius—. Está en todas partes.
—No es un adorno —dijo Marcus—. Es una firma, que renace por todos lados.
Claudia alzó la vista hacia el mosaico. —¿Del asesino?
—Del que cree dominar el vino y el alma de los hombres —respondió Marcus—.
O del que quiere que creamos que lo hace.
Dentro, el olor a madera les envolvió. Las ánforas se apilaban hasta el techo, selladas.
Un esclavo los miró con recelo desde el fondo del local.
—No hay vino en venta —dijo—. Por orden del magistrado, todo el lote ha sido requisado.
—No venimos por vino —replicó Marcus—. Buscamos al maestro alfarero que fabricó las ánforas.
El esclavo dudó, pero finalmente señaló hacia el puerto, más allá de las murallas. —El taller de Neratius. Junto al camino del río.
El taller de Neratius estaba a orillas del canal del Lago, donde los barcos de fondo plano descargaban mercancías.El aire lleno de humo y olor a arcilla cocida.Los hornos rugían, y el suelo estaba cubierto de fragmentos de ánforas rotas.
El alfarero era un hombre delgado, de rostro curtido y barba descuidada.
Cuando Marcus se acercó, lo reconoció: había trabajado para el liceo años atrás, fabricando lámparas con inscripciones latinas.
—Marcus … —dijo con una sonrisa amarga—. Pensé que te habían matado o desterrado. —Aún no —respondió Marcus—. Necesito tu memoria, no tu compasión.
El alfarero rió brevemente, con un sonido seco. —La memoria es peligrosa en Nabrissa. Dime qué buscas.
Marcus sacó de su manto un pequeño fragmento de barro con una marca semi borrada: un racimo de uvas y debajo, dos letras: D·M .
—¿Reconoces este sello? Neratius se inclinó, lo observó de cerca.
—Claro que sí. Es uno de los míos pero no del todo.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Claudia. El hombre limpió el fragmento con el pulgar.
—Yo lo moldeé, pero el sello no es mío. Fue añadido después, con un punzón de metal.
Mira: la presión es distinta, más profunda.
Marcus lo observó detenidamente. —¿Sabes quién te lo pidió?
—Un mensajero del ordo. Dijo que eran ánforas para banquetes oficiales. Traía un permiso sellado.
Tiberius intervino, impaciente. —¿Y qué significan esas letras? D·M . El alfarero vaciló. —“Decurio Marcellus”. Así firmaban los lotes que se enviaban desde la curia. —¿Estás seguro? —Tan seguro como de mi nombre.
Marcus lo miró en silencio. El viento sopló desde el canal, arrastrando el olor de las ánforas recién cocidas. El eco de las palabras del alfarero resonó en su mente: Decurio Marcellus . El mismo hombre que ahora ocupaba el puesto del magistrado muerto.