Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 15 #2
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Chapter 15 #2

—Marcellus se giró hacia el resto—. Convocaré al ordo al caer la tarde. Roma no debe vernos débiles.

Los decuriones asintieron en silencio.Mientras los demás se retiraban, Marcellus se inclinó una vez más sobre los cadáveres.

Su sombra se alargó sobre el suelo manchado de vino.Con el dedo índice, trazó sobre el aire el símbolo del racimo de fuego y murmuró apenas audible: — Nihil sine causa. —Nada sin causa.

Cuando salió a la escalinata, el sol ya iluminaba el foro.El pueblo se agolpaba tras las columnas, ansioso de noticias.Marcellus levantó una mano para imponer silencio.El gesto bastó.Su voz, grave y modulada, resonó clara:

—Ciudadanos de Nabrissa, esta mañana hemos perdido a nuestro magistrado y a un joven estudioso. Roma vela por sus muertos, pero también por los vivos. No temáis. La ley sigue en pie.

Los murmullos se apagaron.Nadie sabía si aquel anciano hablaba desde la piedad o desde el poder.Pero en sus palabras había algo hipnótico, casi religioso.

Marcellus volvió al interior del edificio, y el sol, al atravesar las columnas, se reflejó sobre el mosaico del vestíbulo: un racimo de uvas rodeado por una llama, el emblema originario de la ciudad.

El mismo símbolo que, horas antes, había aparecido junto a los cuerpos del magistrado y del muchacho.

Las puertas de la curia se abrieron de nuevo; las antorchas arrojaban sombras inquietas sobre los bustos de mármol y las losas gastadas por siglos de juicios y decretos.

Los decuriones fueron entrando uno a uno, con las togas limpias, los gestos tensos y el miedo bien oculto tras una máscara de compostura.El murmullo de sus sandalias resonaba como un rezo fúnebre.

En la mesa central aún se notaban las manchas del crimen, cubiertas torpemente por un tapiz nuevo.El cuerpo de Valerius había sido retirado, pero el silencio lo mantenía presente.Era como si la piedra misma lo recordara.

En el extremo del salón, bajo la estatua del emperador Trajano, Marcellus permanecía de pie.No había pronunciado palabra desde la mañana.

Su toga, de un blanco impecable, contrastaba con su rostro surcado de arrugas y la barba que le confería dignidad y autoridad.Tenía los ojos serenos, pero su calma era una trampa: cada palabra que decía parecía haber sido ensayada ante un espejo.

A su derecha,  Menandros preparaba los documentos de la sesión extraordinaria.El ordo estaba completo: diecisiete decuriones, la mayoría hombres mayores, con grandes tierras de cultivo y comerciantes, acostumbrados a seguir la corriente del poder.

Solo uno, Lucanus, de espíritu más impulsivo, se atrevía a cuestionar de vez en cuando lo que todos sabían y callaban.

Marcellus extendió una mano sobre la mesa y habló con voz grave, clara, sin alzar el tono: —Ciudadanos, hoy Nabrissa ha quedado herida.

La muerte del magistrado Valerius no solo mancha la piedra de esta curia, sino el nombre de toda la ciudad.

Hizo una pausa; los ojos de todos se clavaron en él.

—Pero Nabrissa no puede permanecer sin cabeza.

Roma nos observa. Debemos actuar antes de que el caos ocupe el lugar de la ley.

Desde el extremo, hubo murmullos: —¿Y si Roma exige una investigación?—dijo Gavio, uno de los decuriones.

Marcellus giró lentamente el rostro hacia él. —La investigación la haremos nosotros, como siempre. Roma exige resultados, no explicaciones. El silencio que siguió fue casi un voto.

El anciano continuó: —El pueblo ya murmura.

Hay miedo en las calles. Los panaderos no abren, los artesanos cierran temprano, y en las tabernas se repite el nombre de Liber.

—¿El dios prohibido? —interrumpió un decurión.

—El mismo —respondió Marcellus—. Algunos dicen que el símbolo apareció junto al cuerpo del magistrado.

Varios cruzaron miradas nerviosas. —Debemos contener esa superstición —prosiguió—.

Si la fe en el orden se quiebra, ni el ejército podrá sostenernos.

Hizo un gesto a Menandros, que se acercó con una tablilla.

—Propondré que esta misma noche se nombre un nuevo magistrado interino, hasta que Roma disponga otra cosa.

Alguien que garantice la continuidad y la calma.

—¿A quién propones? —preguntó Lucanus, con un tono entre desafiante y rendido.

Marcellus alzó las cejas con fingida modestia. —A quien el ordo considere digno.

El silencio volvió, denso, pesado. Los hombres se miraron entre sí, esperando que alguien dijera lo inevitable.Fue el más anciano después de Marcellus quien, finalmente, habló: —Nadie mejor que tú, Marcellus. Eres el único que puede mantener el equilibrio.

El anciano inclinó la cabeza con gravedad, fingiendo sorpresa. —No lo deseaba. —Miró alrededor, pausado, midiendo la reacción de todos—. Pero si la ciudad lo exige aceptaré el deber.

El voto fue rápido. Nadie se atrevió a oponerse. Marcellus fue proclamado nuevo magistrado de Nabrissa Veneria por unanimidad.

La ceremonia fue breve. El escriba encendió un incensario y recitó la fórmula:

“ Por voluntad del ordo y del pueblo, se nombra magistrado a Lucius Marcellus Quintianus, para guardar la paz y la ley de esta ciudad bajo la mirada de Roma.”

Marcellus alzó la mano derecha, la palma hacia el público. —Juro ante los dioses visibles y los que no vemos —dijo— custodiar la razón sobre la fe, y la ley sobre el miedo. Los decuriones respondieron al unísono: —Así sea.

Cuando se apagó el eco de la fórmula, Marcellus bajó la mirada hacia el lugar donde horas antes yacía Valerius.Por un instante, un destello de triunfo cruzó sus ojos.Nadie lo percibió salvo Menandros, que lo observaba desde el extremo de la mesa, con la tablilla a medio escribir.

Al salir de la curia, la noche había caído por completo.Las antorchas iluminaban los pórticos y el foro estaba lleno de curiosos. Marcellus se detuvo en lo alto de la escalinata y alzó la voz, modulada, grave, con la autoridad de quien conoce el alma de su pueblo:

—Ciudadanos de Nabrissa —dijo—, hoy Roma nos ha puesto a prueba. Pero la ciudad no ha caído. No habrá castigos injustos, ni derramamiento de sangre. Solo orden, ley y verdad.

El pueblo aplaudió con entusiasmo contenido. Algunos lloraban, otros se miraban con desconfianza. Marcellus levantó la copa de vino que un esclavo le ofrecía. —Por la concordia —proclamó—, y por la memoria de quienes sirvieron a la ciudad. Bebió despacio, sin apartar la vista del foro.

Detrás de él, Menandros pensó —sin atreverse a decirlo— que aquel hombre hablaba como un juez, pero bebía como un vencedor.

Mientras el pueblo se dispersaba y los lictores sellaban las puertas, un mensajero descendió al pretorio con una orden sellada con cera roja. La entregó al guardia de las celdas.El sello llevaba la inscripción del nuevo magistrado: Lucius Marcellus Quintianus.

El guardia, sorprendido, leyó en voz alta el contenido:

“ Por disposición inmediata del ordo, se levantan las detenciones preventivas de Marcus y de los hermanos Claudia y Tiberius, hijos de Vito, a fin de que puedan declarar ante la curia cuando sean llamados. Serán liberados al alba.”

El soldado confirmó. Por primera vez en muchos días, la puerta del corredor de los prisioneros quedó entreabierta.

Arriba, Marcellus contemplaba las luces de Nabrissa desde el balcón de la curia. El foro, cubierto de antorchas, daba la sensación de un mosaico ardiente. Sonrió apenas, mientras sus labios formaban una frase que el viento se llevó antes de que nadie pudiera oírla:

—Que el racimo siga creciendo.

El amanecer llegó envuelto en una neblina espesa que hacía brillar las piedras del pretorio. El aire olía a humedad, aceite y hollín. Un guardia descendió con una antorcha y una tablilla sellada. Su voz, al romper el silencio del corredor, sonó como un decreto del destino.

—Por orden del nuevo magistrado, se levanta la detención preventiva de los prisioneros Marcus, Claudia y Tiberius, hijos de Vito.

Nadie respondió al principio. El sonido de las llaves girando en el cerrojo fue más elocuente que cualquier palabra.

Las bisagras chirriaron, y la puerta, pesada y herrumbrosa, se abrió dejando entrar una corriente de aire fresco.

El olor del exterior —a polvo, pan y vino— les golpeó como un recordatorio de la vida que seguía.

Marcus salió primero, con paso lento, parpadeando ante la luz que se filtraba desde las escaleras.

Llevaba el rostro afilado por el encierro, las ojeras profundas y la mirada tensa, como un hombre que ha aprendido a desconfiar incluso del aire.

Detrás de él, Claudia avanzó envuelta en su manto, temblorosa pero erguida.

Su piel pálida parecía casi traslúcida en la penumbra.

Tiberius, en cambio; tenía las manos cerradas, sin saber el porqué de los acontecimientos.

En el umbral, el guardia extendió una tablilla. —Debéis firmar la liberación —dijo. Marcus la tomó sin mirar el texto. —¿Quién la ha firmado? —preguntó. —El nuevo magistrado, Lucius Marcellus Quintianus.

Recordó el nombre: uno de los decuriones de más edad,  el que en las reuniones de la curia hablaba siempre con voz sosegada mientras Valerius fruncía el ceño. No había ambición visible en él, y quizá por eso su ascenso era más inquietante.

Cuando subieron las escaleras, el sol los cegó. Marcus respiró profundamente. Había imaginado aquel momento durante días. Sin embargo, la libertad no se parecía a lo que esperaba. Afuera seguía aguardando la misma ciudad que los había encerrado.

El guardia los escoltó hasta la salida.Allí los esperaban Remilia y Julia, envueltas en mantos oscuros.

Remilia abrazó primero a Claudia y a Tiberius.

Cuando levantó la vista, encontró a Marcus unos pasos más atrás, como si no quisiera interrumpir aquel momento.

Ella negó suavemente con la cabeza y abrió los brazos.

Marcus dudó apenas un instante antes de acercarse.

Remilia lo abrazó con la misma fuerza que a los otros dos. No hizo falta decir nada.