Chapter 15
CAPÍTULO XIV — La habitación sellada
La luz nunca llegaba del todo a las celdas.
En aquel subsuelo del pretorio, el tiempo era una sombra húmeda que caía gota a gota desde la bóveda, marcando las horas como un reloj.
El aire olía a piedra, a hierro oxidado y a la suciedad de los cuerpos que llevaban demasiado tiempo encerrados.
Allí estaban Marcus, Claudia y Tiberius, prisioneros de un poder que ya ni entendían ni creían justo.
La celda era pequeña, con muros de sillares irregulares cubiertos de verdín.
En un rincón, una lámpara de aceite luchaba por no extinguirse.
En otro, una tinaja servía de asiento y una manta áspera de abrigo.
El único hilo de luz natural llegaba desde una rendija del techo, donde el amanecer se filtraba como una línea pálida que apenas tocaba el suelo.
El goteo del agua marcaba el ritmo del encierro.
Marcus permanecía sentado con la espalda apoyada contra la piedra, el rostro demacrado, la barba descuidada y la mirada fija en esa rendija.
Parecía escuchar algo que los demás no oían.
A su lado, Claudia mantenía las rodillas recogidas, el cabello oscuro desordenado sobre el rostro, los ojos abiertos pero distantes.Su respiración era suave, contenida, como si temiera romper el silencio.
Tiberius, incapaz de permanecer quieto, caminaba de un extremo a otro, contando pasos y murmurando cada tanto:
—Un día más y seguimos vivos, aunque no sé para qué.
Marcus levantó los ojos con calma. —Para comprender lo que ocurre antes de morir. Tiberius bufó. —¿Y eso consuela? —No. Pero da sentido. Claudia los miró, con la voz apagada. —No entiendo por qué seguimos aquí. No hay acusación, ni juicio, ni castigo. Solo el olvido.
Marcus se inclinó hacia ella. —Valerius no olvida, Claudia. Espera. Siempre espera. —¿Y espera qué? —preguntó Tiberius. —Oportunidades —respondió Marcus—. O una orden de Roma. O quizás que el miedo haga su trabajo antes que él.
El goteo volvió a llenar el silencio. Claudia se recostó contra el muro, cerrando los ojos, y por un instante pareció dormirse. Tiberius se sentó finalmente, agotado. Marcus seguía inmóvil, pero en su mente repasaba una y otra vez las últimas palabras del magistrado la noche de su detención:
“ El conocimiento sin obediencia se convierte en peligro.” Aquella frase sonaba ahora como una sentencia.
Horas después, se oyó el chirrido metálico de un cerrojo. El guardia que traía la comida entró con paso rápido, dejando una bandeja en el suelo. Su respiración era distinta, alterada.
Cuando Marcus levantó la vista, percibió en su mirada una inquietud nueva.
—¿Qué ocurre arriba? —preguntó con tono bajo, casi paternal, como quien interroga sin amenazar.
El hombre dudó. —Nada que os importe. —¿Ha llegado alguien de Hispalis?
—insistió Marcus. El guardia movió la cabeza, pero la voz le tembló: —Dicen que…
—miró hacia el pasillo y bajó aún más el tono— …
el magistrado ha muerto. Marcus se incorporó con lentitud.
—¿Valerius? El guardia confirmó. —En su despacho, esta madrugada.
—¿Y cómo? —Nadie lo sabe. Lo hallaron con otro hombre, un muchacho del liceo. Los dos muertos.
Claudia se levantó de golpe, con los ojos desorbitados. —¿Paulus? El guardia tragó saliva. —Eso dicen. Tiberius golpeó el muro con el puño cerrado. —¡Maldita sea! —rugió—.
El guardia retrocedió. —Callaos, si queréis seguir respirando. Sin más, salió y cerró la puerta tras de sí. El sonido del cerrojo resonó como un trueno.
Durante unos segundos, los tres se quedaron en silencio.
El eco de las palabras del guardia pesaba en el aire.
Marcus bajó la cabeza. —Paulus… —susurró—.
No debía acercarse tanto. Claudia lo miró, con lágrimas contenidas.
—Siempre creí que era más fuerte que todos nosotros.
Marcus negó despacio. —Era joven, Claudia.
La juventud confunde la pureza con la inmunidad.
Tiberius comenzó a andar de nuevo, con las manos en el cabello.
—¿Qué significa esto? Si el magistrado ha muerto, alguien tomará su lugar.
—Y con él —añadió Marcus—, nuevas cadenas.
Miró hacia la rendija del techo. La línea de luz se había vuelto más intensa.
—Los dioses saben que en Nabrissa el poder no muere solo cambia de nombre.
El ruido del foro se coló desde arriba: gritos, y pasos.
Los presos no podían ver nada, pero escuchaban la ciudad despertando en el caos.
Un rumor constante, como un río crecido, recorría las calles.
Claudia cerró los ojos e imaginó el foro: los tenderos en sus puestos, los lictores, la guardia del magistrado, corriendo hacia la curia abriendo paso, los ciudadanos agrupados bajo los pórticos.
Marcus habló: —Hay una grieta en el orden.
Cuando un hombre de poder muere así, el vacío que deja se llena rápido.
Tiberius se detuvo frente a él. —¿Crees que lo mataron?
Marcus lo miró fijamente. —No existe en Roma la muerte sin motivo.
—Entonces, ¿quién? Marcus tardó en responder.
—El que más sonríe cuando todos los demás callan.
Desde la distancia se oyeron toques de cuerno y voces de lictores ordenando cerrar los accesos a la curia. Algo se movía en la superficie de Nabrissa. Y aunque ellos no podían verlo, comprendieron que el nuevo día no traía luz, sino otro tipo de oscuridad.
El edificio de la curia municipalis se alzaba sobre una terraza de piedra travertina, dominando la plaza mayor de Nabrissa Veneria.
A aquella hora, el sol comenzaba a ascender tras las colinas, tiñendo de ocre los mosaicos y las fachadas del foro.
Los tenderos no habían abierto todavía; las voces del mercado se mezclaban con los murmullos del miedo.
Desde los arcos del pórtico, los ciudadanos observaban cómo los lictores custodiaban el acceso al edificio.
El estandarte con el águila de Roma colgaba torcido, manchado de humo.
El l ictor principal, Plubius, esperaba junto a la puerta.
Tenía el rostro tenso, el cabello pegado a la frente por el sudor y las manos manchadas de vino.
Había sido él quien encontró los cuerpos.Todavía temblaba cuando los decuriones comenzaron a llegar, uno tras otro, envueltos en sus togas blancas, con el gesto grave y la mirada esquiva.
El interior de la curia estaba en penumbra.Las lámparas de aceite, aún encendidas, despedían un olor acre.Sobre el suelo, el vino formaba un charco oscuro, mezclado con un rastro de cera derretida.El cuerpo del magistrado Valerius yacía en su diván de trabajo, los dedos crispados sobre una tablilla abierta.
El muchacho, Paulus, estaba caído a sus pies, como si hubiera intentado alcanzarlo antes de desplomarse.Ambos tenían los ojos abiertos hacia el techo, donde el humo había ennegrecido los frescos de los antepasados.
El escriba Menandros, joven y nervioso, tomaba nota mientras murmuraba en voz baja: —Puerta cerrada desde dentro.
Ventanas trabadas. Ninguna señal de lucha.
Plubius repitió por tercera vez: —Yo mismo los dejé anoche, magistrado y muchacho, hablando junto al brasero.
Nada sospechoso. Cuando volví, al alba, todo estaba en silencio.
Menandros levantó la mirada. —¿Y esa máscara?
En el suelo, entre las copas, había una máscara partida por la mitad.
El rostro representaba a un joven con guirnalda de hiedra, pero los ojos, vacíos, parecían observar aún la escena.
—Estaba allí cuando abrí —respondió el guardia—. No la había visto antes.
El escriba se inclinó, tocó el fragmento con un punzón y leyó en voz baja una inscripción casi borrada:
Liber Pater Nabrissae .
Un escalofrío recorrió la sala. El nombre del dios Baco, prohibido hacía años por decreto del propio Senado, resonó como una blasfemia.
Los decuriones se agruparon en torno a los cuerpos.
Algunos se tapaban la nariz; otros fingían indiferencia.
El decurión Marcellus, entró despacio.Su figura imponía respeto: alto, de cabello blanco, barba recortada, túnica de lino impecable.
Sus ojos, oscuros y tranquilos, miraban más allá de las personas.
Había sido jurista en tiempos de Domiciano y luego maestro de retórica.
Nadie en Nabrissa hablaba con más calma, ni con más autoridad.
Se detuvo ante el cadáver de Valerius, sin tocarlo. —Que nadie mueva nada —dijo, con voz grave—. La muerte de un magistrado es un asunto de Estado.Su tono era sereno, pero nadie se atrevió a contradecirlo.
Menandros se inclinó. —Mi señor Marcellus, todo indica que bebieron vino.
Las copas estaban llenas, la jarra medio vacía.
No hay heridas. —¿Vino? —repitió Marcellus.
Se acercó, tomó la jarra con delicadeza y la olfateó.
Su gesto no cambió, pero sus ojos se entornaron apenas.
—Resina. —Dejó la jarra sobre la mesa—. Vino con resina de pino.
Un aroma que disfraza otros más amargos.
Los decuriones se miraron entre sí. Lucanus, señaló: —¿Veneno? Marcellus lo miró un instante. —No apresuremos juicios. —Hizo una pausa, calculada—. Pero si el vino estaba envenenado, ¿quién lo sirvió?
Plubius bajó la cabeza. —Solo el joven. El magistrado no admitía sirvientes durante sus reuniones. Decía que el silencio era parte del pensamiento.
Marcellus meditó unos segundos, paseando la vista por la habitación. Sus ojos se detuvieron en la tablilla abierta frente al cadáver. —¿Qué escribía?
Menandros leyó con voz temblorosa:
“ La raíz está dentro. Que nadie beba antes de saber de dónde nace la vid.”
Un murmullo recorrió la sala. Marcellus asintió despacio. —Críptico hasta el final como todos los hombres que creyeron dominar el vino y la palabra.
Hizo una señal al lictor. —Sellad las puertas. Nadie entra ni sale sin mi orden. Esta ciudad no puede oler a escándalo antes del mediodía.