Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 14
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Chapter 14

Capítulo XIII — Sombras en la curia

Julia y Remilia caminaban juntas por  la zona alta de la ciudad, donde se alzaban las casas de los decuriones.

Sus pasos resonaban sobre las losas húmedas, entre puestos de mercado que se abrían con desgana.

El bullicio habitual había desaparecido: los vendedores apenas ofrecían sus mercancías y los compradores evitaban detenerse demasiado.

En una esquina, un niño dibujaba con un carbón sobre el muro de una panadería. Julia se detuvo al verlo. El trazo era torpe, pero inconfundible: una serpiente que se enroscaba sobre un racimo. El panadero salió de inmediato, le arrebató el carbón y borró el dibujo con furia.

—¡No vuelvas a hacer eso! —le gritó, aunque su voz estaba cargada más de miedo que de enfado.

Julia y Remilia intercambiaron una mirada silenciosa y continuaron el camino.

A medida que ascendían, las calles se volvían más anchas y las fachadas más cuidadas.

Los mosaicos de los atrios brillaban con humedad, las columnas lucían frescas tras haber sido lavadas al alba.

Pero incluso allí, en el corazón de la élite, el miedo era visible: guardias apostados frente a algunas puertas, esclavos susurrando a escondidas, vecinos que bajaban la voz al verlas pasar.

—La ciudad entera se está cerrando sobre sí misma —dijo Julia en un susurro—. Como si nadie quisiera mirar demasiado alrededor.

—Es lo que hace el terror —respondió Remilia, sin detenerse—. Divide a los hombres entre los que callan y los que mueren.

Finalmente llegaron a la domus de Marcellus, situada en una calle empedrada con vistas al foro. El portón de madera estaba custodiado por dos esclavos armados, un lujo que pocos podían permitirse. Cuando las vio, uno de ellos las reconoció al instante.

—El dominus no recibe visitas sin aviso —dijo con voz seca.

Remilia lo miró con calma, con esa autoridad serena que aún imponía respeto.

—Dile a tu señor que Remilia de la casa de Vito ha venido a hablarle. Lo que traigo puede salvar o destruir su nombre en la curia.

El esclavo dudó un instante. Luego desapareció tras el portón.

Julia contuvo la respiración. El murmullo de la ciudad parecía haberse quedado atrás, reemplazado por un silencio expectante.

Al poco, el portón se abrió.

—Pasen —dijo el esclavo, con un gesto brusco.

Julia y Remilia cruzaron el umbral y entraron en el atrio, donde Marcellus y Lucanus esperaban sentados en un banco de mármol bajo la luz tenue que caía desde el impluvio. Les sorprendió encontrarse también con Lucanus.

El atrio de la domus estaba decorado con mosaicos de motivos marinos: delfines, tritones y conchas que parecían moverse con el reflejo del agua del impluvio.

Marcellus los observaba sentado en un banco de mármol, con las manos apoyadas en un bastón corto de madera de olivo que le ayudaba a sostener el peso de la edad..

—Remilia… —dijo con voz grave, cargada de respeto, aunque con un matiz de cautela—.

Hacía tiempo que no cruzabas este umbral.

—El tiempo cambia a los hombres y a las ciudades —respondió Remilia, avanzando despacio—. Pero no a todos por igual.

Lucanus arqueó una ceja, como si percibiera la intención escondida en aquellas palabras. Su mirada se desplazó hacia Julia, que permanecía un paso detrás, con la tablilla oculta bajo el manto.

—Y tú eres la joven del foro. La que se atrevió a desafiar a Valerius con palabras que muchos pensaban y nadie decía. —Se inclinó apenas hacia ella—. ¿Sabes cuántos enemigos has ganado desde entonces?

Julia sostuvo su mirada sin titubear en Lucanus.

—Los mismos que mataron al cargador en el puerto y degollaron al escriba.

El aire en el atrio se tensó. Lucanus dejó escapar un suspiro lento.

—Hablas con la pasión de los jóvenes. Pero la pasión, sin pruebas, es solo fuego que consume.

Remilia avanzó un paso, con la serenidad de quien conoce el terreno.

—Por eso hemos venido. No para gritar acusaciones, sino para mostrarte lo que otros quieren ocultar.

Lucanus inclinó la cabeza, interesado pese a sí mismo.

—¿Y qué es eso que traes?

Julia miró a Remilia. La matrona asintió apenas, dándole permiso. Entonces Julia sacó la tablilla del manto y la colocó sobre la mesa de piedra frente al banco. El nombre brillaba bajo la luz: Lucius Varro .

Marcellus la observó en silencio durante unos segundos que parecieron eternos. Finalmente, su mirada se endureció.

—Ese nombre… —murmuró, casi para sí mismo—. ¿Dónde lo habéis encontrado?

—En los registros del puerto, en cada cargamento de vino que parte hacia Hispalis —respondió Julia—. Un nombre que se repite siempre, pero que nunca aparece en la curia, ni paga impuestos.

Marcellus apretó el bastón con fuerza. Su rostro mostraba un destello de reconocimiento y de temor.

—No deberíais haber venido aquí con esto. —Su voz se volvió grave, casi un susurro—. Ese nombre no es un hombre. Es un velo y quien se oculta tras él tiene más poder del que imagináis.

Julia se inclinó hacia delante.

—Si no es un hombre, entonces es el culto. Si lo sabemos nosotras, tarde o temprano lo sabrá Nabrissa. ¿Qué harás tú entonces, Marcellus? ¿Mirar hacia otro lado como Valerius o enfrentarlo?

Lucanus permaneció en silencio largo rato, como si el nombre grabado en la tablilla pesara más que el mármol bajo sus pies. Sus ojos, oscuros y penetrantes, se posaron primero en Remilia y luego en Julia, evaluándolas como piezas de un tablero de ajedrez hasta que Marcellus intervino.

— Lucius Varro … —repitió al fin, con un deje de amargura—. No sois las primeras en pronunciarlo. Los que lo hicieron antes que vosotras ya no están.

Julia sintió el miedo recorrerle la espalda, pero sostuvo la mirada con firmeza.

—¿Entonces reconoces que existe?

Marcellus apoyó ambas manos sobre el bastón, inclinándose hacia adelante.

—Existe y no existe. Varro es un nombre hueco, un espejo. Es el sello que usan quienes manejan el comercio del vino sin dar la cara. Nadie ha visto jamás a Varro, porque no hay un hombre tras ese nombre: hay un círculo.

Remilia entrecerró los ojos.

—¿Y ese círculo pertenece al culto?

Lucanus dejó escapar un suspiro pesado hasta que rompió su silencio.

—El culto… la curia… los viejos decuriones… todo se confunde. Algunos sirven a Roma, otros a sus bolsillos, y otros a dioses que nadie debería invocar. Si buscáis una frontera nítida, no la hallaréis. Aquí todos beben del mismo vino, y algunos lo mezclan con sangre.

Julia apretó los puños sobre la túnica.

—¿Y ustedes ¿En qué lado estáis?

Marcellus la observó en silencio. Por un instante, en sus ojos brilló algo parecido al cansancio de quien ha visto demasiadas traiciones.

—He pasado demasiados años viendo morir a hombres valientes y prosperar a hombres prudentes. Llega un momento en que uno deja de preguntarse quién tiene razón y empieza a preguntarse quién seguirá vivo para contarla.

—Se enderezó, y su voz se endureció—. Si queréis sobrevivir, olvidad este nombre. Quemad esa tablilla y no volváis a traerla a la luz.

Remilia dio un paso adelante, clavando su mirada en la suya.

—¿Eso es todo? ¿Callar mientras matan en nuestras calles?

Lucanus no respondió. Se levantó lentamente y caminó hacia el peristilo. Antes de desaparecer tras las columnas, dejó caer unas palabras casi en un susurro:

—El que juega contra las sombras acaba por perderse en ellas. Recordadlo.

El eco de sus pasos se desvaneció en el mármol, dejando el atrio sumido en un silencio más pesado que antes. Julia y Remilia se miraron: no sabían si acababan de ganar unos aliados encubierto o unos enemigos más.

El portón de la domus de Marcellus se cerró tras ellas con un golpe seco.

Julia y Remilia descendieron por la calle empedrada en silencio, cada una perdida en sus pensamientos.

El día había aclarado un poco la bruma, pero el aire seguía cortante; las voces del mercado volvieron a sonar a lo lejos, aunque apagadas, como si alguien tirara de un velo sobre la ciudad.

Julia salió convencida de que acababan de ganar un aliado. No imaginaba que apenas unos minutos después descubriría que, en Nabrissa, incluso la esperanza podía ser vigilada.

Al doblar una esquina, una figura se adelantó en mitad de la calle y les bloqueó el paso.

Vestía una túnica sencilla y un manto oscuro; su rostro no mostraba la brutalidad de un soldado ni la dejadez de un mendigo: era la calma fría de quien sabe causar miedo sin alzar la voz.

A su lado, apoyado contra la pared, un hombre de aspecto rudo observaba con los brazos cruzados.

Ninguno llevaba las insignias de la guardia.

—¿No esperábais a nadie? —dijo el primero, con voz baja y cortante. No fue una pregunta, sino una constatación.

Remilia se detuvo y posó la mano, casi instintiva, sobre la empuñadura de la daga oculta bajo su manto—un gesto más por costumbre que por intención de usarla. Julia permaneció un paso detrás, la tablilla de Varro ardiendo apenas en su mente.

—No buscamos nada —respondió Remilia con voz que intentó ser conciliadora—. Hablamos con Marcellus. Nada más.

El hombre sonrió, y la curva de sus labios fue más fría que el viento de la mañana.

—Vosotras habláis mucho para quien debería callar —dijo—. Un nombre que se pronuncia puede encender ciudades o quemar casas. No sabéis con qué jugáis.

Julia notó entonces algo en la mirada del rudo: no había odio, sino eficacia. Hizo un cálculo rápido: estos no buscaban armas ni pelea. Buscaban miedo.

El hombre ladeó la cabeza y, con gesto lento, señaló el suelo entre ellas y él.

—No es la amenaza lo que debe asustaros —admitió—. Es la realidad. Hay sombras que no responden a la palabrería de jóvenes idealistas. Cuando uno levanta la vista demasiado tarde, el peso viene ya de lejos y aplasta las voces.

Remilia dio un paso adelante, su figura pequeña pero tensa como un arco.

—¿Quién te envía? —preguntó, sin rodeos.

El otro se rio, bajo y contenido.

—No hace falta preguntar. La ciudad habla. Los que deben saber, saben. Vosotras sois ruidosas ahora. Pero el ruido se apaga.

Julia sintió que la sangre le latía con fuerza en las sienes. No por la furia, sino por la claridad del peligro: alguien quería que supieran que no tendrían impunidad.

—¿Quieres dinero? —inquirió, rabiosa.

El hombre negó con la cabeza.

—No todo se compra. Algunas cosas se corrigen. Algunas voces se hacen pequeñas si aprenden a obedecer. Solo quiero que lo recordéis antes de meteros en algo que no podéis deshacer.

Remilia, con una calma tejada en años de supervivencia, inclinó la barbilla, como una matrona que mide la temeridad de una hija.

—Dinos quién te manda, y quizá hablemos con él cara a cara.

El hombre la miró con curiosidad, como si valorase la oferta. Luego la cabeza se inclinó hacia un lado y, por primera vez, sus labios se abrieron con un atisbo de… si no de respeto, sí de advertencia real.

—Si supierais su nombre, ya estaríais muertas por intentar usarlo. Y si supiérais su rostro, no creeríais en los muros de esta ciudad. Volved a la seguridad de vuestras casas y dejad a los hombres hacer sus asuntos. Hay lugares donde la curiosidad es castigo.

Con ese último comentario se giró y se perdió entre las sombras de la calle lateral. El rudo quedó un instante inmóvil y luego los dos hombres se desvanecieron hacia el bullicio que empezaba a recomponerse.

Remilia tardó unos segundos en reaccionar. Sus manos se cerraron en puños, la piel de los nudillos blanca.

—Han sido enviados para intimidarnos —murmuró—. No para matarnos… aún. Quieren que retrocedamos

Julia sostuvo la tablilla con tanta fuerza que los nudillos se le quedaron blancos. La rabia y la determinación se mezclaban con un miedo nuevo.

—Lucius Varro no será una palabra que nos mate —prometió Julia.

Bajaron la vista hacia las losas donde el hombre había señalado antes. Allí, como un recordatorio cruel, alguien había raspado con una piedra una espiral pequeña en la piedra misma, apenas perceptible. El símbolo, idéntico al que habían encontrado antes, relucía con humillación en el suelo.

Julia arrugó los puños alrededor de la tablilla.

—Entonces que lo sepan —dijo—. Nos buscan, nos advierten. Pero no nos callarán.

Remilia no contestó. Su rostro se había endurecido con la certeza de que habían hecho visible algo que ahora tenía ojos propios en la ciudad. Ambos pasos de vuelta hacia la domus fueron más lentos, medidos, como si cada piedra pudiera esconder una mano.

El encuentro había sido breve, pero la advertencia había quedado clara: la curia y la red del culto tenían recursos para amedrentar. No era el primer aviso, y quizá no sería el último. Pero también había servido para confirmar algo valioso: su investigación tocaba un nervio expuesto.

El sol caía plano sobre la piedra del pretorio, y la celda se percibía todavía más pequeña cuando las sombras se alargaban.

Marcus estaba sentado sobre el banco, las manos recogidas en el regazo; Claudia miraba por la rendija de la puerta, como si buscara en la lejanía una respuesta que no llegaba; Tiberius, inquieto, no dejaba de mover los dedos, como si quisiese arrancar el aire con ellos.

El soldado, que había permanecido en la puerta con la excusa de cerrar la noche, inclinó la cabeza antes de marcharse y les lanzó una frase baja, cargada de resignación:

—Cuidado con quién se os acerca. Hay hombres con pocos escrúpulos en la curia y muchos ojos que no son de la ciudad.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió, pesado, pero ahora no era desolación sino trabajo.

Los tres se sentaron alrededor de la mesa de piedra y trazaron en voz baja, sin papel ni tablilla, los apoyos que creían posibles: un guardia honesto, algún esclavo de confianza en la domus de un decurión, incluso la temida idea de un pequeño rumor que se convierta en presión.

No era un plan perfecto, era lo que podían tejer desde la reja.

Marcus cerró los ojos un instante, respiró, y en su interior hiló la convicción que les había sostenido siempre:

—No podemos controlar quién va a caer afuera. Pero sí podemos decidir cómo responder cuando la ciudad demande justicia. Estad alerta.

La noche entró en la celda como un manto pesado.

Afuera, Nabrissa respiraba entrecortada; adentro, tres figuras preparaban, con palabras contenidas y miradas duras, la pequeña red que pudiera tirar de este tejido corrupto.

No saldrían mañana, pero la palabra y el tiempo comenzaban a moverse a su favor: no por casualidad, sino por voluntad.