Chapter 13 #2
—Como si Lucius Varro fuera el rostro que usan para todos sus envíos a Hispalis. Si controlan la ruta del vino hacia allí, controlan más que el comercio: controlan la entrada y salida de símbolos, de dinero, de hombres.
La inquietud se extendió en el atrio. El sonido de la fuente resonaba como un pulso en la noche.
—Y si el nombre es falso —añadió Remilia con voz grave—entonces alguien de dentro de la curia lo respalda. Ningún escriba arriesgaría su vida anotando cargamentos fantasma sin protección política.
—¿Crees que Valerius…?
Remilia negó despacio.
—Si Valerius lo supiera, ya lo habría usado para reforzar su poder. Puede que él mismo sea parte del engranaje, o que haya alguien por encima.
Julia bajó la voz, como si temiera que hasta las paredes escucharan.
—Entonces el culto no solo mata. Es una red económica y política. Se alimenta del vino como símbolo y como moneda.
Remilia cerró las tablillas con firmeza.
—Cada prueba que reunimos demuestra la inocencia de Marcus, Claudia y Tiberius. No pueden ser ellos quienes cometen los crímenes ni quienes mueven el dinero.
Julia apretó el estilete entre los dedos.
—Entonces el próximo paso es claro: debemos exponer este nombre. Si lo mostramos en la curia, si demostramos que Lucius Varro aparece en todas partes y en ninguna… el pueblo empezará a ver que el enemigo está dentro de la ciudad, no en una celda.
Remilia la miró con seriedad, pero en sus ojos brillaba un destello de esperanza.
—Sí. Pero debemos hacerlo en el momento justo. Un error… y Lucius Varro se convertirá en nuestro verdugo.
La lámpara de aceite proyectaba sombras largas sobre el atrio mientras Julia y Remilia permanecían sentadas frente a la mesa. Las tablillas con el nombre de Lucius Varro reposaban entre ellas como si fueran un arma peligrosa.
Remilia fue la primera en romper el silencio.
—Si llevamos esto a la curia ahora mismo, nos lo arrebatarán. Dirán que es un error de escribas, que son falsificaciones o peor: harán desaparecer las tablillas y con ellas nuestra única prueba.
Julia mordió su labio inferior, pensativa.
—Entonces debemos esperar pero no demasiado. Cada día que pasa, alguien más muere y cada muerte podría haber sido evitada.
Se puso en pie y comenzó a caminar de un lado a otro, con la energía nerviosa de quien no acepta la inacción.
—Podríamos presentarlo en el foro, frente al pueblo. Hacerlo público para que Valerius no pueda ocultarlo.
Remilia la observó con calma.
—Eso sería peligroso. Si los nombres salen a la luz sin que estén preparados, el culto se volverá contra nosotras con más fuerza. Ya no seremos testigos incómodos: seremos su blanco principal.
Julia se detuvo, mirándola con intensidad.
—¿Y acaso no lo somos ya? Nos siguen, nos vigilan, nos muestran cadáveres como advertencias. Si callamos, Marcus y los demás morirán en esa celda. Si hablamos al menos lucharemos.
Remilia inspiró hondo, como si buscara la fuerza en los dioses.
—Entonces no lo haremos solas. Necesitamos aliados dentro de la curia, alguien con voz suficiente para obligar a escuchar. Un decurión, un senador local, alguien que no pueda ser silenciado con facilidad.
Ya de madrugada, la casa estaba en silencio. Julia guardó las tablillas con cuidado en un arcón de madera, bajo una capa de telas sencillas. Cerró con un pasador de hierro y se incorporó, exhausta.
Remilia apagó la lámpara, dejando que la luz de la luna entrara por el impluvium.
—Descansa, Julia. Mañana pensaremos como acercarnos a Marcellus.
Muchas noches Julia dormía en la domus de Remilia, quizás por miedo o por la seguridad que le transmitían esas paredes, el vínculo con Remilia era cada vez mayor, aunque desde que su padre se había trasladado a Hispalis sentía un vacío enorme que esa domus conseguía llenar, pero no podía dejar de pensar en su hogar
La casa de Julia se alzaba junto al borde del lago, discreta, de muros blancos y techo bajo.
No era grande ni ostentosa, pero tenía esa armonía que solo alcanzan los lugares cuidados durante muchos años.
La puerta principal, de madera oscura y herrajes de bronce, estaba flanqueada por dos columnas sencillas, y sobre el dintel, tallado en una piedra clara, se leía el nombre de la familia ya casi borrado por el tiempo.
En la entrada, a la izquierda del umbral, había un pequeño altar de piedra dedicado a Vesta, la diosa del hogar.
No era un templo, ni siquiera un capricho decorativo: era un fuego perpetuo, mantenido por la mano paciente de Julia.
Una lámpara de aceite ardía siempre en un cuenco de bronce, rodeada por ofrendas simples: flores secas, una copa de vino, un trozo de pan.
Sobre la repisa, una pequeña figura de terracota representaba a la diosa velada, con el rostro sereno y el fuego en las manos. Nadie entraba en aquella casa sin inclinarse un instante ante ella; era una costumbre, una forma de respeto más que de fe.
El humo del aceite, tenue y perfumado, llenaba el aire del vestíbulo con un aroma leve a almendra.
Decían que mientras aquella llama siguiera viva, el hogar estaría protegido.
Por eso, incluso en los días de luto o cuando la ciudad temblaba de miedo, el fuego de Vesta nunca se apagó en la casa de Julia.
La joven asintió, aunque el sueño le parecía imposible. Caminó hacia su habitación, pero en el patio escuchó un crujido. Se detuvo. No era el sonido del agua ni del viento entre las tejas: era distinto, breve, como el roce de una sandalia sobre piedra.
Se giró con rapidez, pero no vio a nadie. Solo las sombras de las columnas, largas y silenciosas.
Remilia apareció tras ella, con el rostro alerta.
—¿Qué has oído?
Julia negó despacio, aunque su corazón latía con fuerza.
—Alguien estaba aquí. Escuchando.
Remilia avanzó hacia el peristilo y recorrió el atrio con mirada escrutadora. No encontró a nadie, pero sobre el umbral de la puerta, marcado en polvo, había un trazo torcido, apenas perceptible: una espiral dibujada con un dedo.
Ambas contuvieron la respiración.
—No estamos solas —susurró Remilia.
El símbolo brillaba bajo la luz de la luna, tan discreto como una firma que no se dejaba ver. Era la confirmación de lo que ya intuían: cada paso que daban, el culto los observaba.