Chapter 13
Capítulo XII — Entre pruebas y sospechas
A finales del verano, cuando el aire se volvía denso y las cigarras callaban, comenzaba la vendimia.
Las laderas cercanas al Monte Alcón se cubrían de hombres, mujeres y esclavos, todos inclinados sobre las cepas viejas, recortando los racimos con cuchillos de hoja corta.
Las uvas, oscuras y firmes, se depositaban en grandes cestos de mimbre que luego se cargaban en mulas hasta los lagares.
En las afueras de Nabrissa, el olor del mosto impregnaba el aire.
En los lagares de piedra —algunos excavados directamente en la roca— se extendían los racimos, y los vendimiadores los pisaban con los pies desnudos, cantando para marcar el ritmo.
El jugo espeso corría por un canalillo hacia las tinajas bajas, donde se dejaba reposar para que las impurezas se asentaran.
Los dueños de las villas vigilaban el proceso: el mosto debía fermentar bajo el sol exacto de tres días, ni uno más ni uno menos, antes de pasarse a los dolium o a las ánforas.
Algunas se cerraban con tapones de barro, otras con resina y brea para soportar el transporte por el Betis.
En el patio de las casas, los esclavos sellaban las bocas con un cordel y grababan el nombre del propietario y el año de la cosecha.
Los mejores vinos se destinaban a Hispalis o a Roma, embarcados en el puerto. El resto quedaba en la ciudad: el vino joven para el pueblo, el vino dulce para los templos, el vino añejo para los banquetes del ordo.
De noche, cuando el olor a fermentación llenaba las calles y el aire parecía embriagado por sí mismo, decían que los dioses del vino —Liber y Baco— recorrían los lagares invisibles, bendiciendo las tinajas que quedarían intactas hasta el invierno.
Era la única época en que la ciudad entera olía a promesa.
El amanecer bañaba Nabrissa con su inmensa luz, pero la ciudad no despertaba con calma: el rumor de un nuevo asesinato se había extendido desde la calle de los escribas hasta los talleres del puerto y las villas de los decuriones. Nadie ignoraba ya que algo oscuro recorría las calles.
Julia no había dormido. Caminaba junto a Remilia por el peristilo de la casa familiar, los pasos de ambas resonando entre columnas húmedas por el rocío. La joven llevaba en las manos la tablilla hallada junto al cadáver, la inscripción interrumpida en vin… .
—No puede ser casualidad —dijo Julia, con voz tensa—. El cargador con uvas, el escriba con vino derramado y esa palabra interrumpida, todo gira en torno al vino.
Remilia asintió lentamente.
—El vino es la riqueza de Nabrissa, su orgullo y su sustento. Si el culto lo ha convertido en símbolo y máscara, entonces su poder es mayor de lo que creíamos.
Se detuvo, mirándola a los ojos.
—Pero también es nuestra oportunidad. Cada asesinato lleva su marca, su sello. Ninguno de ellos pudo ser cometido por Marcus, Claudia ni Tiberius: estaban encerrados cuando todo esto ocurrió.
Julia cerró la tablilla con cuidado.
—Entonces la clave no es solo demostrar la existencia del culto, sino relacionar sus crímenes con el encarcelamiento de ellos.
El pueblo debe verlo. La curia no podrá negarlo, ya no tiene sentido que estén encarcelados, no son los que profanaron los túneles, ni propagaron rumores que alteraron la paz pública ni menos aún conspirar contra la curia de Nabrissa. Es evidente quién han sido.
Remilia caminó hacia la fuente central, dejando que el agua corriera entre sus dedos.
—Eso no será sencillo. Valerius controla el discurso. Si los asesinatos se presentan como accidentes desvinculados de todo lo acontecido anteriormente, todo seguirá igual.
Julia se obligó a serenarse, intentando contener la rabia.
—Entonces no podemos limitarnos a descubrir pruebas. Debemos mostrarlas. Hacer que Nabrissa entera las vea.
El silencio se extendió un instante, roto por el canto de un ave en el jardín. Remilia la observó con una mezcla de orgullo y preocupación.
—Hablas como si fueras tú quien deba ponerse frente a la ciudad.
Julia sostuvo su mirada.
—Si es necesario, lo haré. Alguien debe hacerlo, y mi voz ya resonó en el foro. No voy a callar ahora.
Remilia alzó la mano, acariciándole el cabello con un gesto maternal.
—Entonces debemos ser astutas. Si hablamos demasiado pronto, nos silenciarán como al escriba. Si callamos demasiado, ellos seguirán matando. El equilibrio es lo único que puede salvarlos.
Julia apretó los labios. El rostro de Marcus apareció en su memoria, con la serenidad de quien soporta la injusticia sin doblegarse.
—No pienso permitir que mueran en esa celda.
Remilia la abrazó brevemente, como si ambas necesitaran ese instante de calor en medio del peso que imponía la ciudad.
—Entonces busquemos el modo. El próximo paso debe ser más que observar: debemos actuar.
Al caer la tarde, Julia y Remilia se dirigieron nuevamente hacia el puerto.
Esta vez no buscaban cadáveres ni símbolos ocultos, sino tablas de cuentas y cargamentos.
El bullicio era menor que otros días: muchos comerciantes habían cerrado temprano, temerosos de las sombras que se cernían sobre la ciudad.
Las dos caminaron con paso firme hacia el almacén de registro de mercancías, un edificio robusto de muros encalados, donde los escribas anotaban cada carga que partía o llegaba en barca por el lago.
Un anciano de mirada cansada y manos manchadas de tinta las recibió. Remilia, con su autoridad natural, habló primero:
—Buscamos las listas de los últimos envíos de vino.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Por qué razón? Estos registros son para la curia.
Remilia apoyó una bolsa de denarios sobre la mesa con un gesto rápido. El tintineo de las monedas bastó. El escriba suspiró y fue a buscar un conjunto de tablillas enceradas atadas con cordel, qué fácil era comprar a un hombre mal pagado.
Julia se inclinó sobre ellas, pasando las manos por las inscripciones con cuidado. Nombres de cargadores, cantidades de ánforas, destinos: Gades, Hispalis, Asta Regia, Corduva, Roma…Todo parecía rutinario, hasta que notó algo.
—Aquí —dijo, señalando un nombre repetido varias veces—. Lucius Varro . Está en casi todos los cargamentos de vino de las últimas semanas, sin embargo, no aparece en las cuentas oficiales de impuestos.
Remilia se acercó.
—Un comerciante fantasma.
El anciano los miraba con creciente incomodidad.
—Ese Varro… no aparece en persona. Sus esclavos descargan, pagan y desaparecen. Nadie lo ha visto nunca.
Julia sintió un escalofrío.
—Como si fuera un nombre prestado. Una máscara.
Remilia cerró las tablillas con un golpe seco.
—El culto no solo mata. También comercia. Usan el vino como vía para mover dinero y símbolos.
El anciano carraspeó.
—Si vais a seguir con esto no me digáis nada.
Julia y Remilia intercambiaron una mirada. Cada paso que daban confirmaba la red. El culto no era un rumor de túneles: estaba en el puerto, en los registros, en las manos que controlaban el vino.
Remilia guardó las tablillas en su manto.
—Con esto basta para empezar a desenmascararlos. Cuando mostremos que los crímenes siguen ocurriendo mientras Marcus, Claudia y Tiberius siguen presos, nadie podrá sostener su culpabilidad.
Julia respiró hondo, consciente del peligro.
—Si no nos matan antes.
Esa misma noche, en la penumbra de la casa, Julia y Remilia repasaban las tablillas una y otra vez. El nombre se repetía como un eco: Lucius Varro .
Julia pasaba el estilete sobre la cera.
—Este hombre no existe. Nadie lo ha visto, no comparece en la curia, no paga impuestos, sin embargo, aparece en cada envío importante de vino.
Remilia le dio la razón.
—Un nombre fantasma. Una máscara. Alguien se oculta tras él para mover mercancías sin ser detectado.
Se inclinó sobre la mesa y señaló una anotación en el margen de una de las tablillas.
—Mira esto: un destino repetido, Hispalis .
Hispalis no dormía nunca. Desde la distancia ya se adivinaba su bullicio: el reflejo del sol en las aguas del Betis, el ir y venir de barcazas cargadas de ánforas, el sonido metálico de las cadenas en los muelles.
La ciudad era la puerta y el centro donde todo debía pasar antes de ascender a Roma, primero a través del lago y luego a través del Mare Nostrum.
Allí residían los funcionarios que recaudaban impuestos, los procuradores del emperador, los escribas que sellaban cada embarque de aceite y vino con el sello del Estado.
Los mensores —esos hombres de túnica corta y tablilla en mano— calculaban el peso de cada cargamento, y los publicanos anotaban los impuestos que luego viajarían hasta la capital del imperio.
Las tablillas de cera se llenaban de cifras, nombres y rutas, como si Hispalis fuera una inmensa máquina donde cada ciudadano tenía su engranaje.
En el foro, los magistrados locales trataban pleitos de comerciantes, disputas por tierras o herencias; los lictores abrían paso entre la multitud.
Los edificios administrativos se mezclaban con templos, termas y tabernas; el olor del incienso y del pescado seco convivía con el de la tinta fresca y el pergamino.
Hispalis era orden y ruido al mismo tiempo. Allí el poder no se mostraba con espadas, sino con sellos y firmas. Cada decreto, cada cuenta, cada carta que partía del puerto llevaba impresa la autoridad de Roma.
Desde Nabrissa llegaban caravanas de vino, aceite y cerámica; desde Itálica acudían hombres cultos y veteranos que buscaban fortuna; desde toda la Bética, noticias, rumores y esperanza.
Los barcos que subían y bajaban el Betis eran el pulso de la provincia: lo que salía de Hispalis alimentaba a Roma, y lo que Roma enviaba, bendecía a Hispalis.
Para los hombres de Nabrissa, llegar allí era siempre una mezcla de admiración y desconfianza. La ciudad olía a poder, a leyes y a oro; un lugar donde el destino de muchos se decidía con una sola palabra escrita sobre una tablilla de cera.
—Siempre destino a Hispalis bajo el mismo cargador, siempre con el mismo nombre.
Julia alzó la vista, los ojos brillantes de comprensión.