Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 12
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Chapter 12

Capítulo XI — Ecos de sangre

La noticia corrió por Nabrissa como el vino derramado sobre una mesa: rápida, silenciosa y difícil de limpiar. A la mañana siguiente, el puerto ya no sonaba igual. Los marineros hablaban en voz baja, mirando por encima del hombro como si las piedras mismas escucharan.

—Dicen que lo hallaron junto a los pilotes… —susurró un griego, con las manos manchadas de pescado. —Con un racimo en la boca, como en un sacrificio. —No digas tonterías. Se ahogó, eso es todo —intervino otro, pero apretaba tanto la jarra que le temblaban los nudillos.

Nadie discutía abiertamente. Las frases quedaban a medias, como si terminarlas atrajera desgracias.

En las tabernas, las conversaciones no eran distintas. Un posadero de barba rala bajaba la voz al servir vino aguado a un grupo de artesanos:

—Mi primo jura que el pecho estaba marcado. Un corte, en forma de serpiente. —¡Basta! —gruñó uno de los hombres, escupiendo al suelo—. ¿Quieres que nos metan en el pretorio por repetir fábulas?

El murmullo cayó de golpe. Solo quedó el ruido de los dados al caer sobre la mesa.

Más arriba, en el foro, las vendedoras recogían temprano sus puestos.

Julia y Remilia cruzaban el mercado percibiendo el cambio.

La sensación era diferente, como si la ciudad entera se hubiera cubierto con un velo.

Las matronas ya no se paraban a charlar con calma; las miradas se desviaban, los pasos se aceleraban.

—Nabrissa respira miedo —reconoció Julia.

—Y el miedo es más fuerte que cualquier decreto —respondió Remilia, sin detenerse.

Un pregonero apareció en la escalinata del foro, golpeando el bastón contra la piedra. Tras él, rodeado de lictores, surgió Valerius, el magistrado. Su rostro, aunque severo, no mostraba huellas de desvelo. Alzó la mano para pedir silencio, y el murmullo se apagó al instante.

—Ciudadanos de Nabrissa —tronó su voz, amplificada por el eco del foro—. Ayer circuló un rumor: la muerte de un cargador en el puerto. Algunos, en su ignorancia, lo adornan con historias de símbolos y sacrificios.

Julia sintió que la sangre se le helaba. El magistrado no solo sabía lo ocurrido, lo usaba.

—Escuchadme bien —continuó Valerius, paseando la mirada sobre la multitud—: no hay prueba alguna de culto, de conspiración ni de rito. Fue un accidente, como tantos en los muelles. Los cargadores arriesgan su vida cada día. Esta ciudad no se gobernará con fábulas de serpientes.

Algunos hombres asintieron, aliviados de poder creer en su versión. Otros callaron, con el ceño fruncido.

Valerius prosiguió, elevando el tono:

—Quien difunda rumores será castigado por perturbar la paz. Recordad: Nabrissa es fuerte porque confía en sus leyes, no en los susurros de mercado.

Un aplauso tímido surgió entre algunos comerciantes, que pronto se multiplicó. Julia notó como el miedo se mezclaba con obediencia, como el vino con agua.

Remilia, en cambio, se inclinó hacia ella y susurró:

—Así gobierna: no con la verdad, sino con el silencio.

Julia bajó la mirada. El eco de las palabras del magistrado retumbaba en su pecho, pero más fuerte aún era el recuerdo del cadáver: las uvas, la serpiente, la sangre mezclada con vino. Eso no podía borrarse con discursos.

Mientras la multitud se dispersaba obediente, ella entendió algo: Nabrissa ya no era una ciudad dividida entre ricos y pobres, sino entre quienes veían y quienes preferían no ver.

La celda del pretorio estaba húmeda y oscura.

El único rayo de luz entraba por un ventanuco alto, cruzado por rejas de hierro.

El aire olía a humedad, a sudor, a desesperanza.

Marcus se había acostumbrado al chirrido de las ratas en la noche y al goteo constante de agua que caía de las bóvedas, pero no a la sensación de que el tiempo se disolvía entre esas paredes.

Claudia estaba sentada sobre el banco de piedra, con la espalda erguida y la mirada fija en la pequeña rendija de luz. Su trenza negra descansaba sobre el hombro, pero sus ojos brillaban como los de una fiera enjaulada.

Tiberius paseaba de un lado a otro intentando terminar un puzzle en su mente.

—¡Esto es inútil! —gruñó—. El pueblo vio, la curia dudó, y aun así seguimos aquí.

Marcus levantó la vista despacio.

—No confundas la duda con la derrota. Valerius ya no tiene el control que tenía. Eso lo sabemos nosotros y lo sabe él.

Un ruido metálico interrumpió la discusión.

La puerta del pasillo se abrió y apareció un soldado con una bandeja de pan y agua.

Iba acompañado de un muchacho esclavo, delgado y nervioso, que evitaba mirarlos de frente.

Cuando dejaron la comida en el suelo y se disponían a marcharse, Tiberius dio un paso rápido hacia la reja.

—¡Eh! ¿Qué ocurre en la ciudad? —preguntó con voz áspera—.

El soldado lo ignoró, pero el muchacho, en un descuido, musitó sin levantar la cabeza:

—Un hombre muerto en el puerto. Dicen que con vino y uvas.

Los tres se quedaron inmóviles. El esclavo, consciente de su imprudencia, se apresuró a salir tras el soldado, cerrando la puerta de golpe.

Claudia se llevó una mano al pecho.

—¿Un sacrificio?

Marcus entrecerró los ojos.

—Un mensaje. Quieren que todos sepan que están dispuestos a matar y que nadie está a salvo.

La joven se incorporó con una velocidad inusitada.

—¡Entonces salgamos y luchemos! ¿De qué sirve resistir en silencio si ellos siembran cadáveres?

Tiberius la miró con calma, aunque en sus ojos ardía la misma furia.

—Resistir en silencio no es rendirse. Es guardar la fuerza para cuando llegue el momento.

Marcus, con la mirada clavada en la reja, añadió en un susurro:

—Ese momento se acerca. Si empiezan a matar en público, es porque sienten miedo.Un enemigo con miedo siempre comete errores.

Un silencio pesado los envolvió. Afuera, en el patio del pretorio, se escuchaban voces lejanas y el chirrido de un carro.

Pero dentro de la celda, el eco de esas palabras era más fuerte que cualquier ruido.

El asesinato en el puerto había traspasado los muros: no estaban solos en la lucha.

La ciudad entera estaba atrapada en la misma red de vino y sangre.

Julia y Remilia regresaron al foro después del discurso de Valerius, todavía con el eco de sus palabras retumbando en la memoria. El magistrado había querido enterrar el asunto bajo decretos y amenazas, pero el olor del miedo seguía impregnando las calles.

—Si fue un accidente —dijo Julia en voz baja—, ¿por qué la gente calla como si hubiera visto a un dios?

—Porque todos saben que no lo fue —respondió Remilia, apretando el paso—. Solo necesitan pruebas para atreverse a decirlo.

Decidieron dirigirse a la curia, donde se registraban los movimientos del puerto: cargas, nombres de cargadores, salarios pagados. Si el cargador muerto había trabajado allí, su nombre debía figurar. Y quizá, entre las líneas de las tablillas, apareciera la sombra de lo ocurrido.

El escriba de guardia las recibió con recelo. Era un hombre joven, de manos manchadas de cera y mirada huidiza.

—Buscamos el registro de los turnos del puerto de ayer —pidió Remilia.

El escriba dudó, pero una bolsa con denarios hizo que entregara una tablilla encerada. Remilia la sostuvo mientras Julia repasaba con la punta del estilete las inscripciones.

—Aquí —dijo la joven, señalando un nombre. El del cargador hallado muerto. Junto a él había una marca extraña, una especie de espiral grabada en el margen.

Julia levantó la vista.

—¿Qué significa esta señal?

El escriba se removió en el asiento.

—Una… nota interna. Nada importante.

Remilia lo observó con ojos de halcón.

—No mientas. Esa espiral no es tuya. Es un símbolo, y lo sabes.

El hombre tragó saliva.

—Algunos cargadores marcan a quienes no cumplen… para recordarles que deben.

Julia negó con la cabeza.

—No es un recordatorio.

El silencio se volvió espeso. Finalmente, el escriba susurró:

—Yo solo copio lo que me traen. A veces los nombres ya vienen marcados.

Remilia apoyó la tablilla sobre la mesa con un golpe seco.

—¿Quién los marca?

El escriba bajó la mirada. Sus manos temblaban.

—No puedo decirlo.

Julia dio un paso hacia él, con voz suave pero firme:

—Si no lo dices, habrá más muertes. Cuando ocurra la próxima, tu silencio pesará tanto como la sangre derramada.

El escriba se estremeció. Parecía a punto de hablar cuando un sonido en el pasillo lo interrumpió: voces apresuradas, pasos pesados. Otro funcionario entró en la sala y lo llamó a gritos, sin reparar en Julia ni en Remilia.

—¡Ven! ¡Rápido! Lo han encontrado en la calle de los escribas!

El joven palideció. Miró a las dos mujeres, como si quisiera disculparse, y salió corriendo tras su compañero.

Julia y Remilia se quedaron solas. Remilia recogió la tablilla, aún marcada con la espiral.

—¿La calle de los escribas…? —murmuró Julia.

Remilia asintió.

—Parece que el culto acaba de elegir a su próxima víctima.

La calle de los escribas se encontraba detrás del foro, una vía estrecha donde las casas bajas servían de talleres para quienes copiaban contratos, llevaban cuentas o redactaban peticiones para los ciudadanos que no sabían escribir.

A medida que Julia y Remilia se acercaban, un corro de curiosos ya se agolpaba en torno a una puerta entreabierta.

Nadie hablaba en voz alta: apenas murmullos, como un zumbido de colmena.

Un guardia trataba de apartar a la gente, pero la tensión lo superaba, muchos consiguieron pasar, entre ellos Julia y Remilia.

Dentro, la penumbra olía a cera y tinta. Sobre el suelo de mosaico yacía el cuerpo de un hombre joven, apenas treinta años, con la túnica manchada de vino. Entre sus dedos crispados aún sostenía un cálamo, como si hubiese estado escribiendo cuando lo sorprendieron.

Pero lo más terrible era su pecho. Allí, grabado con un cuchillo, aparecía el mismo símbolo que habían visto en el puerto: la serpiente enroscada en torno al racimo de uvas. Sobre la mesa cercana, una tablilla encerada mostraba una línea escrita a medias, interrumpida bruscamente.

Julia se tapó la boca con la mano.

—Otra vez.

Remilia se inclinó junto al cadáver. Sus ojos no parpadeaban, aunque su rostro estaba rígido.

—No fue un robo, no fue un ajuste de cuentas. Fue un mensaje.

El guardia que las había dejado entrar habló en voz baja, como si temiera que alguien lo oyera fuera de esas paredes.

—Dicen que el hombre llevaba días diciendo que los registros estaban alterados. Que alguien manipulaba las cuentas del puerto.

Julia y Remilia se miraron. El escriba que casi había hablado hacía apenas unos minutos, y ahora otro, muerto con los mismos signos.

—Quieren silenciar a todos los que puedan señalarles —dijo Remilia.

Julia se acercó a la tablilla interrumpida. Con cuidado, pasó los dedos por la cera fresca. Apenas unas letras: vin…

—Estaba escribiendo algo sobre el vino —susurró.

Remilia se puso en pie, con la decisión encendida en los ojos.

—El vino es su máscara. Se mezclan con lo que Nabrissa produce y exporta. Por eso pueden esconderse tan bien.

Fuera, la multitud murmuraba más fuerte. Algunos hablaban de castigos divinos, otros de maldiciones. El miedo, de nuevo, crecía como una sombra.

Julia apartó la mirada del cadáver. El corazón le latía en los oídos, pero no era solo terror: era rabia.

—Mientras Marcus, Claudia y Tiberius sigan encerrados, los verdaderos asesinos matan a plena luz. Tenemos que demostrarlo.

—Y cada muerte nos da más razones para hacerlo.