Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 11 #2
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Chapter 11 #2

Debajo, unas palabras torpes pero claras:

“ El vino alimenta. La sangre purifica.”

Julia retrocedió, el corazón golpeándole en las sienes.

Remilia arrancó la tablilla del poste y la guardó bajo el manto. Su rostro estaba serio, impenetrable.

—No quieren asustarnos, Julia. Quieren advertirnos. Nos vigilan, saben que investigamos y nos invitan a dar un paso más.

Julia se estremeció.

—¿Una invitación? ¿A qué?

Remilia la miró a los ojos.

—A un rito. A un juego que empieza cuando cruzas una línea y ya no puedes volver atrás.

Detrás de ellas, un crujido de madera. Julia giró de golpe: el hombre de la túnica gris estaba al final del callejón. No avanzaba, no hablaba. Solo las miraba.

El silencio se hizo insoportable. Entonces, con un gesto lento, el desconocido levantó una mano, señaló la tablilla oculta bajo el manto de Remilia, después se volvió, perdiéndose entre las sombras del puerto.

Julia sintió que las piernas le temblaban.

—Nos marcan como a sus víctimas —dijo, con un hilo de voz.

Remilia apretó la tablilla contra el pecho, como si sostuviera un arma.

—No, niña. Nos marcan como a sus testigos y los testigos, tarde o temprano, deben hablar.

El murmullo lejano del puerto volvió a colarse en sus oídos. Pero nada era ya igual. El símbolo estaba en las ánforas, en los túneles y ahora también en sus manos. El culto no era un rumor. Era una presencia viva, que los rodeaba, que los vigilaba, que jugaba con ellos como el gato con el ratón.

Nabrissa, pensó Julia, ya no respiraba solo vino y sal. Respiraba miedo.

Julia y Remilia avanzaron sin mirar atrás, dejando que el bullicio del puerto se transformara en el murmullo del mercado de Nabrissa.

El foro hervía de vida: puestos de frutas brillantes bajo toldos de lino, tablillas de cuentas colgadas en cordeles, esclavos ofreciendo aceite y aceitunas en cestas de mimbre, conejos destripados colgados de sus patas.

El aire olía a pan recién cocido, a humo de carbón, a sudor de animales y hombres.

Remilia caminaba con paso firme, disimulando la inquietud.

Julia, en cambio, sentía cada mirada como un dardo.

Al doblar una esquina, tropezaron con un grupo de niños que jugaban al tabula lusoria , trazando líneas en la arena.

Uno de ellos levantó la tablilla que usaban y Julia se quedó helada: sobre la cera, además de las marcas del juego, alguien había dibujado una serpiente enrollada.

—¿Quién os dio esa tablilla? —preguntó Julia, arrodillándose para que los niños la miraran de frente.

Uno de ellos se encogió de hombros.

—La encontramos en la fuente.

Remilia tiró suavemente del brazo de Julia.

—Déjalos. No saben lo que tienen entre manos.

Siguieron caminando. En un muro cercano, entre anuncios de venta de esclavos y pregones de espectáculos, alguien había pintado con carbón un círculo con una luna creciente en el centro. Un mercader se apoyaba justo al lado, como si nada tuviera de extraño.

Julia empezó a preguntarse cuántas veces habría pasado junto a aquellos símbolos sin verlos. Tal vez el culto nunca había permanecido oculto. Tal vez eran los ciudadanos quienes habían aprendido a no mirar.

Remilia se detuvo frente a un puesto de especias. El mercader, un anciano de barba blanca, les ofreció un puñado de higos secos. Mientras hablaba, Remilia vio que en la tablilla de cuentas que colgaba del toldo había una marca en el margen: el mismo racimo con la serpiente.

La matrona respiró hondo.

—Esto no es un culto oculto —dijo en voz baja—. Es una red. Una red que se extiende desde los muelles hasta las casas.

Julia sintió un vértigo repentino. Hasta entonces había pensado que el culto era un grupo de hombres encapuchados, escondidos en túneles. Pero allí, en medio del mercado, entendió que las sombras caminaban a la luz del día.

Un pregonero alzó la voz, proclamando los próximos espectáculos de gladiadores en Itálica.Nadie parecía ver los símbolos salvo ellas. Nadie se detenía ante la serpiente  con el círculo de fuego. Era como si la ciudad entera hubiera aprendido a convivir con la señal o a ignorarla.

Remilia apretó el brazo de Julia.

—Esto ya no es solo cuestión de pruebas. Es cuestión de abrir los ojos de la ciudad.

Julia la miró, con un nudo en el pecho.

—¿Y si la ciudad no quiere abrirlos?

Remilia no respondió. Solo siguió avanzando, con el rostro endurecido. El mercado bullía, pero para Julia era como caminar entre espectros: cada tablilla, cada muro, cada sello podía esconder la misma amenaza.

El sol empezaba a descender cuando Julia y Remilia decidieron alejarse del mercado.

El aire del puerto, saturado de vino y sal, se volvía cada vez más pesado, como si la ciudad respirara con dificultad.

Caminaron bordeando las gradas del muelle, hasta un sendero que llevaba a la orilla, donde las barcas de pescadores se mecían amarradas.

Allí, entre sogas y redes húmedas, un silencio extraño las detuvo.

—¿Oyes eso?

—¿Qué? —respondió Remilia, aunque ya lo había notado: faltaba el murmullo habitual de los marineros, el repiqueteo de los martillos, las voces de los esclavos.

Dieron unos pasos más y lo vieron.

Junto a un pilón de madera, medio oculto bajo una lona empapada, yacía el cuerpo de un hombre. Era un cargador del puerto, reconocible por la túnica corta y el cinturón de cuero. Sus ojos, vidriosos, miraban al vacío. Entre los labios resecos alguien había colocado un racimo de uvas negras.

Remilia se agachó lentamente, apartando la lona con manos firmes. El pecho del hombre estaba manchado de vino derramado, y sobre la piel desnuda se distinguía un corte preciso, en forma de serpiente enroscada. La sangre seca se mezclaba con el color púrpura del mosto.

—Por los dioses… —señaló Remilia.

Julia retrocedió un paso, temblando.

—Es un sacrificio. Igual que en los túneles.

Remilia asintió. Su rostro no mostraba miedo, sino una furia contenida.

—El culto no solo advierte. El culto mata.

El sonido de pasos en la grava las hizo girar. Un pescador, con la cara curtida por el sol, se detuvo al ver la escena. Su rostro se contrajo de horror, pero en lugar de gritar, bajó la cabeza y murmuró:

—No he visto nada.

Y se marchó apresurado, como si el silencio pudiera salvarle la vida.

Julia sintió que el mundo se le encogía.

—Todos lo saben —dijo en un susurro—. Todos saben que esto ocurre y nadie dice nada.

Remilia cubrió el cuerpo de nuevo con la lona.

—Porque tienen miedo y con razón. Si hoy fue un cargador, mañana puede ser cualquiera.

Julia respiraba agitadamente. El olor dulce del vino mezclado con la sangre le revolvía el estómago.

—Esto ya no es un secreto de túneles. Está en la ciudad. Está en sus calles.

Remilia se puso en pie, la mirada fija en el horizonte donde el lago se confundía con el mar.

—Mientras el magistrado juega a la política, el culto siembra cadáveres.

Un silencio pesado cayó sobre ambas. El agua golpeaba suavemente los pilotes, indiferente.

Julia cerró los ojos.

—Entonces tenemos que luchar más deprisa. Porque si no el próximo racimo será para nosotras.

—¿Tú nunca has tenido miedo? —preguntó Julia mientras caminaban.

Remilia dejó escapar una leve sonrisa.

—Todos los días.

Julia la miró con sorpresa.

—Entonces... ¿por qué sigues?

Remilia permaneció unos segundos en silencio antes de responder.

—Porque soy madre.

Julia no dijo nada.

—Cuando amas de verdad a alguien —continuó Remilia—, llega un momento en que el miedo deja de decidir por ti. Sigues teniéndolo pero ya no manda.

Julia bajó la mirada.

Remilia sonrió con dulzura.

—A mí me mueve el amor por mis hijos. A ti creo que te mueve el amor por Marcus.

Julia sintió que las mejillas se le encendían. Quiso responder, negarlo, buscar cualquier excusa pero ninguna le parecía sincera.

Remilia apoyó una mano sobre su hombro.

—No te avergüences. El amor nunca ha hecho cobarde a nadie. Lo único que importa es lo que uno está dispuesto a hacer por él.

Durante unos instantes caminaron en silencio.

Julia comprendió entonces que Remilia no la estaba juzgando. La estaba comprendiendo.