Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 11
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Chapter 11

Capítulo X — El puerto de Nabrissa

Los primeros rayos de sol caían oblicuos sobre el puerto de Nabrissa, tiñendo las aguas del lago con su reflejo.

La brisa traía olor a sal, brea y mosto fermentado.

El muelle estaba ya vivo antes de que el foro despertara: marineros descargaban fardos de lino, esclavos arrastraban ánforas selladas con pez, comerciantes griegos y fenicios discutían a gritos mientras señalaban tablillas de cuentas.

Nabrissa no era una ciudad cualquiera. Sus ánforas de vino viajaban por todo el Imperio, y su nombre resonaba en las tabernas del Aventino con la misma familiaridad que los grandes caldos de Campania.

El puerto era su corazón, un corazón que latía al ritmo de los remos y las ruedas de carros cargados de mercancías.

Remilia avanzaba cubierta con un manto oscuro, su paso firme pese a los años. A su lado, Julia miraba todo con ojos ansiosos, devorando cada detalle. No era la primera vez que veía el puerto, pero aquel día la ciudad parecía distinta. Desde el juicio, cada rostro podía ser un aliado o un enemigo.

—Aquí se mueve más verdad que en la curia —admitió Remilia—. El vino habla, Julia. Habla en tablillas de cuentas y en sellos de barro. Si el culto tiene raíces en Nabrissa, aquí encontraremos alguna.

Los ojos de Julia dijeron que sí antes que sus labios, aunque no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda. El bullicio del puerto tenía algo vibrante, casi festivo, pero entre el olor a pescado seco y resina se mezclaba otro matiz: el del peligro, oculto en la multitud.

Pasaron junto a un grupo de esclavos que descargaban ánforas enormes.

Julia se detuvo. Varias estaban marcadas con un sello en relieve: un racimo de uvas entrelazado con hojas.

Nada extraño en una ciudad vinícola. Pero en una de ellas, casi oculto bajo la capa de pez, había un segundo signo, apenas visible al roce de la luz: una serpiente enroscada.

Julia sintió que el miedo seguía allí, pero ya no la paralizaba. Días atrás habría apartado la mirada. Ahora necesitaba comprender. Por primera vez descubrió que la curiosidad podía ser más fuerte que el temor.Tocó el brazo de Remilia y señaló discretamente.

—¿Lo ves?

Remilia se inclinó como si observara el estado de la cerámica. Sus ojos se endurecieron.

—Ese símbolo no es de ninguna alfarería legal.

Un capataz de mirada dura se acercó, con las manos manchadas de polvo y sudor.

—¿Os interesa la mercancía? —preguntó, con un tono entre servicial y desconfiado.

Remilia lo miró con frialdad.

—No. Solo observamos.

El hombre las midió con desconfianza antes de alejarse, pero no sin volver la cabeza dos veces.

Julia contuvo la respiración hasta que lo perdió de vista.

Atravesaron un pasillo de cántaros apilados que formaba un estrecho corredor.

Allí el bullicio quedaba amortiguado, y solo se escuchaba el murmullo de las olas contra los pilotes de madera.

Julia se inclinó y pasó los dedos sobre otro sello, esta vez intacto: un círculo con una luna creciente en el centro.

El aire se le heló en los pulmones. Había visto ese símbolo en el hypogeum del liceo, grabado sobre la piedra junto a los restos de cera y vino.

—Están aquí también —dijo, apenas audible.

Remilia la tomó del brazo, con fuerza.

— El culto no solo se oculta en túneles y templos. Usa el comercio. Usa el vino.

Julia tragó saliva. Miró hacia el lago, donde una barcaza cargada de ánforas se alejaba lentamente hacia el horizonte. De pronto, el culto dejaba de ser un fantasma en las sombras: se extendía sobre el agua, viajaba hasta Roma, se infiltraba en cada copa de vino.

Remilia habló con un tono que era mitad certeza, mitad amenaza:

—Y si Roma bebe de estas ánforas… entonces Nabrissa no es solo víctima. Es cómplice.

Julia no respondió. El grito de un marinero y el crujido de un carro la devolvieron al presente. Pero en su interior, la certeza ardía: el puerto guardaba secretos más peligrosos que el foro.

El taller de Decimu s estaba a unos pasos del muelle, en una callejuela donde el olor del barro cocido se mezclaba con el del pescado seco. Grandes hornos ennegrecidos se alzaban contra la pared, y junto a ellos se apilaban decenas de ánforas recién cocidas, aún sin pez ni sellos.

Julia y Remilia entraron despacio, sabían que allí podían tener respuestas El calor era sofocante; los hornos seguían encendidos, y un esclavo sudoroso avivaba el fuego con haces de leña.

Decimus apareció al fondo, con el torso desnudo y el cabello cubierto de ceniza.

Era un hombre corpulento, con los brazos marcados por años de trabajo, y una cicatriz le atravesaba la ceja izquierda.

Al verlas, se enjugó el sudor con el antebrazo y sonrió, aunque en su gesto había más cálculo que hospitalidad.

—Remilia—dijo, con una voz grave que resonaba como eco en la arcilla—. No os esperaba después de lo ocurrido. Estuvieron a punto de arrestarme.

Remilia sostuvo su mirada, sin inclinarse.

—Tus ánforas viajan más lejos que tus palabras, Decimus. Roma las bebe en sus banquetes. Lo humilde aquí no es tu trabajo, sino lo que se oculta en él.

Decimus arqueó una ceja.

—¿De qué hablas?

Julia avanzó un paso. Llevaba en las manos una tablilla donde había trazado, con prisa, el símbolo que acababan de ver en el puerto: la serpiente entrelazada con el racimo.

—De esto.

El alfarero se quedó en silencio unos segundos, demasiado largos. El esclavo que cuidaba el horno se detuvo, como si contuviera la respiración. Al fin, Decimus soltó una risa seca.

—En el puerto circulan decenas de sellos. Los comerciantes marcan sus ánforas para diferenciar sus talleres. Eso no significa nada.

Julia lo miró fijamente.

—Ese sello lo he visto antes, en los túneles del liceo. Y no lo llevaba ningún comerciante.

El rostro de Decimus se endureció. Sus ojos, de un gris opaco, se fijaron en ella con un destello peligroso.

—Hablas demasiado para tu edad.

Julia estuvo a punto de bajar la mirada. Toda su educación le había enseñado a no desafiar a hombres como Decimus. Sin embargo, comprendió que el silencio era precisamente el refugio que buscaban quienes escondían la verdad.

Remilia intervino, su voz firme como el hierro.

—Ella habla porque otros callan. Dinos, Decimus, ¿por qué en tus ánforas aparece un símbolo que no pertenece a ninguna alfarería reconocida?

El alfarero dejó escapar un suspiro y se acercó a un banco donde reposaban varias piezas aún blandas. Tomó una, la giró y señaló el sello fresco: un círculo con una espiga de trigo.

—Este es mi sello. El único que reconozco. Lo demás… —miró de reojo a Julia— lo ponen otros, cuando la mercancía ya no está en mis manos.

—¿Quieres decir que las ánforas cambian de dueño?

—Quiero decir que el barro habla solo mientras yo lo moldeo —replicó Decimus—. Una vez que salen de mi horno, pertenecen al puerto… y al lago.

Remilia lo observó en silencio. Sabía reconocer una verdad a medias.

—Entonces dime quién paga por ese “ otro sello”.

Decimus apretó los labios. Se inclinó sobre la mesa, bajando la voz hasta un susurro áspero:

—No preguntes lo que no quieres oír, Remilia. Hay hombres en esta ciudad que no responden al Senado ni al magistrado. Si yo digo sus nombres, mañana mis hornos arderán conmigo dentro.

Julia sintió un nudo en la garganta.

—Pero ya los nombras al callar —dijo en voz baja.

El alfarero la miró con dureza, y por un instante, en sus ojos brilló algo parecido al miedo. Luego se volvió, tomó una jarra de agua y bebió de un trago.

—Marchaos —gruñó—. Si seguís hurgando, no solo me perderéis a mí, sino mucho más.

Remilia no se movió.

—No buscamos perder a nadie. Buscamos salvar a Nabrissa.

El silencio que siguió fue inquieto. Finalmente, Decimus se giró hacia ellas, el rostro sombrío.

—Eso mismo me ocasionó problemas en el pasado y lo que entregué a tus hijos ha removido sucesos que quedaron en el olvido.

Mis ánforas salvaron mi vida, seguir hurgando acabará en muerte como ya pasó con Vito.

Y con un gesto brusco indicó la salida.

Julia y Remilia se miraron. No habían conseguido una confesión, pero sí algo más valioso: confirmación. Los sellos no eran invención suya. El propio Decimus, con su miedo, acababa de demostrarlo.

Salieron del taller bajo el sol abrasador, con el eco de las palabras del alfarero golpeando en su memoria.

El sol del mediodía caía a plomo sobre las losas del puerto, arrancando destellos de las aguas tranquilas del lago.

Julia y Remilia caminaron en silencio, con los mantos ajustados y la mente cargada de preguntas.

El bullicio de los mercaderes se sentía ahora lejano, como si todo el puerto se hubiera vuelto un escenario y ellas dos fueran las únicas figuras en movimiento.

Julia miró de reojo. Entre los carros cargados de cántaros y los esclavos que corrían sudorosos, había un hombre que parecía repetir sus pasos.

Llevaba una túnica gris y una capucha que le cubría el rostro más de lo normal para una mañana tan luminosa.

No cargaba nada, no hablaba con nadie: solo caminaba, siempre a la misma distancia.

—Nos siguen —susurró Julia, sin mover los labios.

Remilia no giró la cabeza. Su voz salió firme, casi cortante:

—Sigue andando. El miedo se huele, y ellos se alimentan de él.

Pasaron frente a una taberna de cargadores, de la que salía olor a vino agrio y risas roncas. Julia quiso detenerse, entrar, mezclarse entre la multitud, pero la mano de Remilia en su brazo la obligó a continuar hacia un callejón lateral.

—Si entramos, nos acorralan. Mejor al aire libre —dijo la matrona.

El callejón desembocaba en una explanada donde se apilaban tablones y sogas. El ruido del puerto llegaba apagado, como si la ciudad entera hubiera quedado atrás. Allí, bajo la sombra de un cobertizo, encontraron lo que nadie esperaba: una tablilla clavada en un poste.

Julia se acercó, temblando. Sobre la superficie negra, alguien había grabado con un punzón un símbolo inconfundible: la serpiente enroscada en torno a un racimo de uvas y un círculo de fuego.