Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 10
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Chapter 10

Capítulo IX — El consejo de los decuriones

La tarde cayó sobre Nabrissa con un aire espeso, cargado de susurros. Mientras el pueblo seguía discutiendo en las tabernas y en los talleres lo ocurrido en el foro, los decuriones fueron convocados a la sala interior de la curia.

El edificio estaba en penumbra. Antorchas altas iluminaban el techo de madera y los muros decorados con estucos ya agrietados. En el centro, un estrado semicircular acogía a los doce principales decuriones de la ciudad, todos hombres de edad, vestidos con togas blancas ribeteadas.

Valerius entró primero, con paso firme, aunque la tensión le crispaba el gesto. Se colocó en el asiento central, bajo la estatua de Roma victoriosa, y golpeó el suelo con el extremo de su bastón de mando.

—Hoy la plaza ha sido profanada por gritos y rumores —dijo con voz grave—. Mañana podría ser la ciudad entera. Vosotros, como ordo decurionum, tenéis el deber de proteger Nabrissa de la anarquía.

Algunos asintieron. Otros lo observaban con recelo. Marcellus, ocupaba el banco opuesto. Su figura anciana irradiaba respeto, y muchos le escuchaban antes que a Valerius.

—No hables de anarquía —respondió con calma—. Habla de justicia. Lo que vimos hoy fue una prueba: una tablilla con tu sello y tu firma. No puedes ocultarlo.

Un murmullo recorrió el consejo. Valerius se inclinó hacia adelante, su voz más baja, más afilada.

—Marcellus, ¿me acusas de falsificar mis propios decretos? ¿O de perder el control de mis escribas? Porque ambas cosas son una ofensa contra mi cargo, y una ofensa contra Roma.

Lucanus intervino con tono vehemente: —El pueblo se ha dejado arrastrar por el teatro de una muchacha. ¿Permitiremos que artesanos y mujeres dicten cómo se imparte justicia en Nabrissa?

—No es el pueblo quien dicta —cortó Marcellus—. Somos nosotros y lo haremos escuchando pruebas, no escondiéndolas.

La tensión se hizo palpable. Algunos decuriones cruzaron miradas nerviosas; otros evitaron sostener la de Valerius. Nadie quería ser visto como enemigo del magistrado, pero el silencio empezaba a parecerse demasiado a la complicidad.

Valerius percibió la duda, y por primera vez su gesto se endureció.

Comprendió que ya no bastaba con imponer autoridad.

Por primera vez desde que había llegado a Nabrissa necesitaba convencer.

Cambió de táctica. Se levantó despacio, extendiendo los brazos como un sacerdote ante el altar, reclamando no atención, sino obediencia.

—Decuriones de Nabrissa, hijos de una ciudad antigua, fundada —según dicen— bajo el amparo del dios del vino y la alegría, os hablo en nombre de Roma.

Un murmullo inquieto recorrió los asientos. El nombre de Baco, pronunciado en voz alta, no apaciguó los ánimos; los crispó.

—No desconozco nuestras tradiciones, ni ignoro que ese nombre resuena en estos muros desde tiempos que se pierden en la memoria —continuó Valerius—. Roma no viene a borrar dioses; Roma los acoge, los honra y los somete al orden de las leyes.

Al decir esto, algunos decuriones asintieron, aliviados. Otros fruncieron el ceño, conscientes de hacia dónde se dirigía el discurso.

—Pero lo que en otro tiempo fue culto, hoy se ha convertido en sombra.

La palabra cayó como un peso. Nadie habló. Nadie se movió.

—Desde sótanos y grutas de esta tierra —prosiguió— se oyen cánticos que no buscan al dios, sino la confusión. Máscaras. Juramentos. Sangre vertida en la oscuridad.

Un decurión apartó la mirada. Otro se llevó la mano al cuello de la túnica. Aquello ya no era una defensa: era una advertencia.

—Bajo el nombre de Baco se esconden delitos que ningún ciudadano libre puede tolerar.

Marcellus apretó los labios. Sabía que Valerius no estaba respondiendo a las acusaciones: estaba desplazando el juicio.

—El Senado de Roma ya dictó su palabra en tiempos pasados —remató—. Ningún rito puede prosperar fuera de las leyes de Roma. Los Bacchanalia trajeron corrupción, conjuras y muerte. Lo que fue suprimido en Roma no puede renacer ahora en Hispania bajo nuevas máscaras.

Al terminar, el silencio fue más inquietante que cualquier protesta. Valerius había logrado lo que buscaba: no cerrar el debate, sino hacer que nadie se atreviera a abrirlo.

Roma —concluyó— no teme a los dioses. Teme al desorden, al secreto y al abuso que se disfraza de devoción.

Os pido, por la paz de vuestra ciudad y por la fidelidad que debéis al ordo romano, que colaboréis en erradicar esos ritos. Que se depuren los nombres, que se cierren los túneles y que nadie invoque al dios entre la noche y el vino.

Si Baco fue nuestro fundador, que sea honrado a la luz del día, en la plaza, en el templo, con las leyes porque sólo la claridad mantiene puro al culto, y sólo el orden preserva la libertad.

Roma no destruye: ordena. Y quien se opone al orden, se opone a Roma.

Sus palabras calaron. Algunos bajaron la mirada, incómodos. El miedo al castigo de Roma era real.

Marcellus golpeó el suelo con su bastón. —Pero los arrestados no representan lo que nos narras, sino todo lo contrario.

—Nadie niega que los ritos existen. Lo que negamos es que condenes a inocentes para cubrirlos. Si quieres perseguir a los encapuchados, hazlo. Pero no uses a los hijos de Vito como moneda.

Un silencio pesado llenó la sala. El consejo estaba partido en dos, y cada palabra podía inclinar la balanza.

Valerius sonrió apenas, una sonrisa dura.

—Entonces decidid, decuriones. O estáis conmigo, o estáis con ellos.

Los decuriones de Nabrissa estaban divididos, y Valerius lo sabía. Por más que había intentado alzar la ley como un escudo, la grieta abierta por Claudia, Marcus y Julia no podía cerrarse con discursos.

Pero Marcellus contestó rápidamente.

—Este consejo no puede dictar sentencia hoy. No mientras existan pruebas de que el proceso fue amañado. Si lo hacemos, no será justicia, sino tiranía.

Algunos decuriones asintieron en voz baja. Otros se removieron incómodos, temiendo el gesto severo de Valerius.

El magistrado se levantó con paso firme.

—Entonces que quede claro —tronó—: este consejo ha elegido la duda antes que el orden. No importa. Roma me dio autoridad, y con ella mantendré la paz en Nabrissa. Los acusados volverán al pretorio. La ciudad no se gobernará con tablillas robadas ni con voces de mercado.

Nadie lo contradijo abiertamente, pero la grieta ya estaba abierta.

Claudia, Tiberius y Marcus fueron devueltos a la penumbra húmeda del pretorio. El eco de las puertas de hierro cerrándose resonó como un trueno.

Claudia apretó su puños.

—¡Nos encierran otra vez como si fuéramos bestias!

Tiberius, sentada en el banco de piedra, la observaba con serenidad cansada.

—Hoy no hemos perdido —dijo en voz baja—. Hoy Valerius mostró miedo, y todos lo vieron.

Marcus inclinó la cabeza, la espalda apoyada contra la pared.

—Las pruebas de Julia han hecho temblar la curia. Valerius ha ganado tiempo pero no autoridad. En política, el tiempo puede ser veneno.

Claudia cerró los ojos un instante. En su mente veía el rostro de Julia, erguida entre la multitud con la tablilla alzada. Sonrió débilmente.

—No estamos solos.

En la domus, Remilia y Julia caminaban bajo el peristilo, la una con los ojos rojos por la vigilia, la otra con el cabello aún revuelto tras la tensión del día.

—¿Has visto cómo intentó silenciarme? —dijo Julia. Si no llega a ser por los artesanos que me rodearon, me habrían arrebatado la tablilla.

Remilia la miró con mezcla de orgullo y preocupación.

—Arriesgaste tu vida, muchacha y lo hiciste por mis hijos.

—Lo hice porque era justo y porque Marcus… —calló, mordiendo el labio—. Porque alguien tiene que hablar cuando los demás callan.

Remilia apoyó una mano en su hombro.

—Entonces hablaremos. Tú en las calles, yo entre las familias. Valerius cree que ha ganado tiempo, pero no sabe que cada hora trabaja contra él.

Las dos mujeres se quedaron en silencio un momento, escuchando el murmullo lejano de la ciudad que no dormía.

En una sala privada de la curia, Valerius permanecía de pie frente a una estatua de Marte. La luz de una lámpara alargaba su sombra en el muro.

A su lado, un hombre encapuchado aguardaba en silencio. Su máscara, apenas esbozada en la penumbra, no dejaba dudas: era emisario del culto.

—Hoy casi me arruinan —dijo Valerius, con voz tensa—. Pero mañana… mañana la ciudad recordará quién manda.

El encapuchado inclinó la cabeza.

—El rito se acerca. Liber Pater reclama su ofrenda. Si dudas, perderás más que un juicio.

Valerius apretó los labios, mirando de reojo la máscara.

—No dudo. Solo espero el momento.

El emisario dejó a sus pies una pequeña tablilla con un símbolo grabado: un racimo de uvas entrelazado con una serpiente.

—Entonces cumple tu palabra, magistrado. El Dios no perdona.

Y desapareció en la oscuridad del pasillo.

Valerius permaneció inmóvil, el símbolo ardiendo en su mente. La lucha ya no era solo contra Claudia o Marcus: era contra el tiempo y contra las sombras que él mismo había invocado.