Chapter 9 #2
Marcus continuó, midiendo el ritmo como un orador en la escuela de retórica:
—Se nos acusa de encender la plaza. Pero ¿quién fue el primero en encenderla?
¿No fuiste tú, Valerius, quien convocó al pueblo con pregoneros para un juicio que ya habías escrito?
¿No eres tú quien convirtió esta curia en teatro al traer a ciudadanos y soldados como si fueran público en un anfiteatro?
El murmullo se tornó en exclamaciones.
Valerius frunció el ceño, pero Marcus no le dio tiempo a responder.
—Hablas de pruebas, de tablillas y de sellos. Bien. Pero dime, Valerius: ¿desde cuándo la justicia se apresura tanto?
Todo ha ocurrido con demasiada rapidez para ser limpio. No hubo tiempo para escuchar, ni para dudar. Eso no es justicia. Es una trampa, aunque aún no sepamos cómo se ha tendido.
Y si buscas pruebas, no están solo en nuestras palabras, sino en la forma en que se nos ha traído hasta aquí, ante todos, como si la culpa ya estuviera decidida.
Un rumor de expectación recorrió al pueblo. Julia apretó los puños bajo el manto, conteniendo el impulso de alzar su tablilla todavía.
Marcus alzó la voz, con tono solemne:
—Así que dime, Valerius: ¿es sedición recordar lo que todos han visto? ¿O sedición es manipular la ley para encadenar a inocentes y proteger a los que de verdad se ocultan bajo máscaras?
El silencio que siguió fue ensordecedor. El pueblo contenía la respiración; los decuriones se inclinaban hacia adelante. Claudia sintió un estremecimiento: Marcus había tomado la ley del magistrado y la había convertido en su propio látigo.
Valerius apretó los labios, rojo de ira, pero incapaz de responder de inmediato.
Había una quietud asfixiante como si toda Nabrissa contuviera el aliento. Fue entonces cuando una voz femenina se alzó entre la multitud, clara y valiente:
—¡Si buscáis pruebas, aquí están!
Todas las miradas se volvieron hacia el origen.
Julia, con el rostro enrojecido por la tensión, había dado un paso al frente.
Entre sus manos sostenía una tablilla encerada, atada con el cordel rojo de la curia.Durante años había intentado convencerse de que lo que sentía por Marcus era solo admiración.
Pero verlo caminar hacia el pretorio sin poder hacer nada le había demostrado que era mucho más que eso.
Los soldados intentaron abrirse paso, pero los artesanos y campesinos alrededor de ella la rodearon, formando un muro de cuerpos que impedía que la arrancaran de allí.
Julia alzó la tablilla con ambas manos, y su voz, aunque temblaba, llegó a cada rincón del foro:
—Esta es la orden firmada por Valerius para trasladar a Marcus, Claudia y Tiberius al pretorio… ¡fechada tres días antes del disturbio!
El pueblo estalló en un clamor. Algunos gritaron “¡Traición!” , otros “¡Engaño!” . En las gradas, las matronas senatoriales intercambiaron miradas de hierro. Cornelia Fausta se inclinó hacia un decurión y asintió con solemnidad.
Valerius palideció. Dio un paso al frente, extendiendo la mano hacia los guardias.
—¡Quitadle esa tablilla! ¡Es falsificación!
Pero Julia no retrocedió. Sujetó la tablilla con fuerza, y sus ojos se clavaron en él con determinación.
El rumor se convirtió en gritos de apoyo. “¡Que hable! ¡Que hable!”
Claudia, desde el estrado, sintió un nudo de emoción en el pecho.
Julia lo arriesgaba todo por ellos, y lo hacía en público, ante el Senado local, ante la ciudad.
Hablaba con firmeza, pero no sin vacilación; había en su voz una tensión contenida, como si midiera cada palabra consciente de que no habría marcha atrás.
Para algunos sería solo rectitud. Para Claudia, en cambio, era evidente que aquella valentía nacía también de una razón más íntima, mezclada con miedo y duda, algo que Julia no podía permitirse mostrar.
Valerius se volvió hacia los decuriones, pero en sus rostros ya no había obediencia ciega, sino duda, desconfianza, incluso hostilidad. El edificio de su autoridad comenzaba a resquebrajarse.
Marcus murmuró para sí, casi con un gesto de admiración:
—Ella encendió la chispa que nosotros no podíamos.
Un murmullo grave recorrió los bancos de mármol de la curia. Algunos decuriones se levantaron. El orden solemne del Senado se había resquebrajado: la autoridad ya no marchaba en una sola voz, sino en un coro discordante.
Lucius Cornelius Marcellus golpeó su bastón contra el suelo.
—Valerius, no podemos ignorar lo que el pueblo ha visto. Una tablilla con tu sello y tu firma, fechada antes del disturbio, cuestiona toda tu acusación.
Un decurión, Lucanus, se alzó de inmediato, señalando hacia Julia con gesto airado.
—¿Y desde cuándo aceptamos pruebas traídas por mujeres y artesanos? ¡El Senado no se doblega ante el mercado!
Un coro de aprobación se escuchó entre algunos de los más conservadores, pero fue sofocado por otros que replicaban con igual fuerza.
Cornelia Fausta, erguida en las gradas, alzó la voz con dignidad:
—¿Y desde cuándo un magistrado dicta sentencias antes del juicio? ¿Acaso eso no es peor que escuchar al pueblo?
Las matronas respondieron con un murmullo de apoyo, y el foro rugió de nuevo.
Claudia observaba todo, con el corazón en un puño. El Senado estaba partido en dos: unos defendiendo la ley de Valerius, otros señalando su abuso. Marcus inclinó la cabeza hacia ella.
—Es la grieta que necesitábamos —susurró.
Tiberius apretó los puños, casi deseando gritar, pero Marcus le tocó el brazo con calma.
—No ahora. Deja que se devoren entre ellos.
Valerius, de pie en el centro, giraba la mirada de un lado a otro, furioso pero impotente. Su voz, por primera vez, no sonó firme, sino crispada:
—¡Decuriones! ¡Recordad que yo soy el magistrado de Nabrissa! ¡Roma me otorgó este poder!
Marcellus replicó de inmediato:
—Y Roma nos dio a todos el deber de vigilar que ese poder no se convierta en tiranía.
Un rugido de aprobación recorrió la plaza. El pueblo golpeaba el suelo con los pies, los artesanos levantaban los brazos, las matronas asentían en silencio.
Claudia respiró hondo. Por primera vez sintió que el muro de Valerius comenzaba a tambalearse. El juicio ya no era solo contra ellos, sino contra el propio magistrado.
El murmullo de la plaza no cesaba. La curia local de Nabrissa, formada por los decuriones más influyentes de la ciudad, estaba ahora dividida: unos defendían la autoridad del magistrado, otros lo señalaban por abuso.
Nunca antes, en la memoria reciente, el ordo había mostrado sus grietas de forma tan evidente ante el pueblo.
Valerius apretó los puños sobre la tablilla que aún sostenía. Por un instante, pareció que lanzaría una orden para silenciar a Julia y a Claudia con la fuerza. Pero se contuvo. Sabía que un movimiento violento en ese momento podría volverse contra él.
Alzó la voz, con un tono menos airado:
—Si la curia se divide, la ley es clara. La sentencia no puede proclamarse hasta nueva deliberación. Por tanto, aplazo este juicio. Los acusados volverán al pretorio hasta que el ordo decurionum se reúna en consejo cerrado.
Un rugido de desaprobación recorrió la multitud. Muchos entendieron la jugada: Valerius buscaba tiempo, y en ese tiempo podría intimidar, sobornar o corromper a quienes ahora dudaban.
Marcellus se puso de pie, apoyado en su bastón, y replicó con voz ronca pero firme:
—Aplaza la sentencia, sí. Pero no podrás aplazar la verdad. El pueblo ya sabe que hubo fraude, y la curia lo recordará.
Un aplauso espontáneo estalló en las gradas y se propagó por el foro. Valerius lo ignoró con gesto pétreo, y dio la orden seca a los soldados:
—¡Retiradlos!
Claudia, Tiberius y Marcus fueron rodeados de nuevo por la guardia. Pero esta vez no caminaban como acusados vencidos: caminaban erguidos, conscientes de que las fisuras en el poder de Valerius se habían hecho visibles para todos.
Desde la multitud, Julia y Remilia los siguieron con la mirada. Sabían que la batalla no había terminado; apenas había cambiado de campo. Ya no era un juicio de un magistrado contra tres acusados: era una lucha por el alma de toda Nabrissa.