Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 8
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Chapter 8

Capítulo VII — Voces en la sombra

El foro aún hervía de comentarios cuando Remilia y Julia lograron salir de entre la multitud. El eco de los portones cerrándose tras sus hijos resonaba en sus oídos como una sentencia sin resolver o injusta.

En una callejuela apartada, Remilia se detuvo, apoyando la mano contra el muro de una taberna cerrada. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos, enrojecidos por la rabia, brillaban con la misma determinación que años atrás había visto en Vito.

Julia la sostuvo por los hombros.

Siempre había sido igual, Marcus cuidaba de todos sin permitir que nadie cuidara de él. Aquella mañana decidió que, aunque fuera por una sola vez, él no tendría que enfrentarse solo a aquello.

—No podemos quedarnos quietas —dijo con voz firme, aunque temblaba—. Si los dejan a merced de Valerius, los condenará sin juicio.

Remilia la miró, sorprendida por aquella seguridad en alguien tan joven.

—¿Y qué propones, Julia? ¿Asaltar el pretorio como bandidas?

Julia bajó la voz, acercándose más.

—No. Pero puedo hablar con alguien que tiene acceso a los archivos de la curia. Un escriba. Me debe un favor. Si encontramos pruebas de que Valerius manipula las acusaciones, podremos mostrarlo al pueblo antes de que la sentencia sea dictada.

Remilia reflexionó unos instantes. La idea era peligrosa, pero no imposible.

—Y yo —añadió con voz baja—. Yo aún conservo contactos entre las familias senatoriales. Mujeres que una vez compartieron banquetes en mi domus. Quizá no todas quieran ver a Valerius con tanto poder.

Julia asintió con fuerza.

—Entonces tenemos un camino: documentos y aliados. No es mucho pero es algo.

Remilia le tomó la mano, con una mezcla de gratitud y dolor.

—Tu valor me recuerda a Claudia. No sé por qué te preocupas tanto por ellos, pero sé que no es por simple amistad.

Julia enrojeció, apartando la mirada.

—Porque no merecen ser condenados por algo que no han hecho. Y porque… —calló un instante, apretando los labios—. Porque alguien debe luchar por ellos desde fuera.

Remilia asintió. No era momento de preguntas.

El murmullo del pueblo aún resonaba en las calles, dividido entre miedo y esperanza. La ciudad entera parecía contener la respiración.

Remilia alzó la vista hacia la colina donde se alzaba la curia, iluminada por las últimas luces del atardecer.

—Valerius cree que ha cerrado todas las puertas —dijo—. No sabe que aún quedan voces que hablan en la sombra.

La noche había caído sobre Nabrissa Veneria con una quietud engañosa.

Las calles cercanas al foro olían a aceite de lámpara y mármol caliente que aún exhalaba el sol del día.

Desde la colina del templo de Baco descendía una brisa que hacía vibrar las llamas de las antorchas en las esquinas.

Las patrullas de la guardia recorrían las calzadas con paso rítmico; el metal de los guardias chocaba con un tintineo seco.

Julia, con capucha oscura sobre su cabello, caminaba pegada a los muros.

Sabía a quién buscaba: Titus Naso, escriba de la curia, discreto como un gato y de manos manchadas de cera y tinta.

Le debía un favor de hacía años, cuando su padre le ayudó.

Si alguien podía mostrarle las costuras del poder de Valerius, era él.

Doblando un callejón, golpeó una puerta angosta con tres toques cortos, dos largos. Una mirilla chirrió.

—¿Quién?

—La hija del comerciante de la calle de las ánforas —susurró Julia—. Vengo sola.

La puerta se entreabrió. El rostro anguloso de Titus Naso brilló amarillento bajo la luz de una lámpara.

—Entra. Rápido.

El interior olía a cera caliente, cuero y papiro. En una mesa baja, tablillas apiladas, juncos de escritura, cordeles rojos con sellos. Las paredes, cubiertas por estantes con rollos de pergamino, parecían tragarse la luz.

—Has elegido mala noche, Julia —dijo el escriba, echando el cerrojo—. Desde el disturbio, Valerius manda doblar guardias. Quiere decretar sentencia sin plaza llena que lo contradiga.

—Por eso estoy aquí. Necesito ver lo que no… “existe”.

Titus se quedó quieto. Luego se movió con nerviosismo hacia un arca.

—Si me pillan, no habrá escriba al que llorar mañana, lo siento no puedo arriesgarme.

—Me debes una—respondió Julia—. Y mi familia tiene memoria larga, vives gracias a mi padre.

Titus bajó la mirada.

Sabía que Julia tenía razón.

Años atrás, cuando una fiebre se llevó a la mitad del barrio, el padre de Julia lo había acogido en su casa, dándole comida y techo durante semanas, mientras la ciudad cerraba sus puertas a los enfermos.

Le consiguió después trabajo copiando registros para su compañía de ánforas, cuando aún no era más que un mozo sin nombre.

Desde entonces, Titus había vivido con esa deuda silenciosa.

Y ahora comprendía que aquella noche había llegado el momento de saldarla.El hombre soltó una mueca que podía ser sonrisa o miedo. Abrió el arca, apartó un paño y sacó tres tablillas  atadas con cordel.

En la primera, el sello de la curia y la firma de Gaius Valerius se veían nítidos. Titus acercó la lámpara.

— Mandato de detención preventiva —leyó Julia en voz baja—. “ Marcus, Claudia, Tiberius…” —su pulso se aceleró—.

Fecha : tres días atrás.

—Antes del discurso en el foro —susurró Titus—. El disturbio fue excusa; la red estaba tejida.

Julia tragó saliva. Pasaron a la segunda tablilla. Era una lista de nombres titulada Suspecti Bacchi . Sus ojos se clavaron en tres:

- Decimus. - Paulus. - Sextus Marcius Crispus.

—Valerius quiere dos cosas —dijo Titus, apoyando el dedo huesudo sobre los nombres—: callar a quienes hablan y atemorizar a quienes podrían hablar. Un golpe a la ciudad y otro al campo. Cortar puentes.

Julia cerró los ojos un instante; el rostro de Marcus cruzó su mente como un destello. Abrieron la tercera tablilla. Era más breve, con letras apretadas:

— Instrucción reservada a la cohorte urbana : “ Si la plaza se agita, trasladar a los acusados al pretorio; la curia deliberará sin el pueblo. Confirmar sentencia en ausencia del pueblo.”

Julia alzó la vista.

—¿ Confirmar ? ¿Ya está escrita?

Titus dudó, luego tiró del borde de cera como quien levanta una piel. Bajo la capa oscura asomó una línea incisa, tosca, luego suavizada por cera fresca. Había un texto debajo.

—La borraron —dijo, ronco—. O mejor: la disfrazaron. Sententia praeparata. No es juicio; es teatro.

Un golpe seco en la calle los dejó helados. Pasos. Voces. Titus apagó la lámpara con el pulgar; el cuarto quedó en penumbra, solo el rescoldo del pabilo dibujaba un hilo rojo.

—Guardia —susurró.

Julia se pegó a la estantería. La puerta vibró con otro puñetazo.

—¡Abrid en nombre del magistrado!

Titus se movió como un animal acorralado. Señaló una cortina al fondo. Tras ella, una escalera estrecha que descendía.

—El hypogeum —jadeó—. Va a un almacén de papiros que da a un patio trasero.

—¿Y tú?

—Si bajo contigo, queda desierto y sospechoso. Si me quedo, puedo perderlo todo o ganar tiempo.

No había segundos para discutir. Julia ató con nervios de mercader dos tablillas bajo su manto, dejando la tercera sobre la mesa, como cebo. Titus le encajó en la mano una cápsula de arcilla del tamaño de un pulgar.

—Arcilla sellada de archivo. Si te paran, dirás que llevas una muestra para el taller de tu padre. No la abras salvo urgencia.

—Gracias —susurró ella, con una gratitud que le encendió los ojos—. No te dejes matar.

Titus forzó una media sonrisa.

—No soy tan importante. Nadie mata a un escriba hasta que escribe lo que no debe.

El tercer golpe reventó la mirilla. La barra de la puerta cedió. Julia se deslizó tras la cortina y bajó los peldaños casi a oscuras, rozando la pared con los dedos. Arriba, la madera crujió y el metal chocó: la guardia irrumpía.

El hypogeum olía a polvo y cola de pergamino. Láminas enrolladas, atadas con cuerdas, se apilaban en estantes toscos. Buscó a tientas la salida: un postigo de madera que daba a un patinillo con un aljibe. Empujó. Resistió. Apretó los dientes y empujó de nuevo. El postigo cedió con un quejido.

La noche la recibió como un golpe helado. Cruzó el patinillo, se agachó bajo un tendedero y se coló a una callejuela, donde una jarra rota hacían de trampa para la vista. Voces a la derecha. Silencio a la izquierda. Izquierda.

Corrió encorvada. A media calle, el casco de un guardia asomó al doblar la esquina.

Julia se pegó a una puerta, bajó la capucha hasta tapar el brillo del pelo y dejó caer la cápsula de arcilla dentro de una cesta de esparto.

Pasó la patrulla, lenta, oliendo la noche.

Uno de los soldados se detuvo, miró a Julia de arriba abajo.

—¿A dónde se dirige?

—A casa de mi padre —dijo sin titubeos—. Ha pedido arcilla de archivo para sellos. La traigo de vuelta; mañana hay embarque.

El soldado señaló la cesta.

—Enséñala.

Julia destapó la cápsula con pulso de mercado. Dentro, una pelotilla de arcilla húmeda y dos sellos impresos: el de un taller y el de un archivo menor. El soldado gruñó, aburrido, y la dejó pasar.

Cuando el brillo del casco se perdió, Julia respiró. Las dos tablillas apretaban contra sus costillas como brasas. No pensó en esconderse: pensó en llegar.

Llegó a la domus de Remilia con los primeros gallos. La puerta se abrió a su primer toque: Remilia no había dormido. Tenía el manto puesto, los ojos enrojecidos y el mentón firme.

—¿Lo tienes?

Julia asintió. Desató el cordel con manos aún temblorosas y puso las tablillas sobre la mesa del tablinum. La cera brilló como una piel negra bajo la luz de los primeros rayos de sol.

—Valerius preparó el traslado al pretorio antes del juicio —dijo—. Y esta es la lista de sospechosos. Están Decimus, Paulus y Crispus.

Remilia apretó los labios.

—Divide para reinar.

Julia la miró con una mezcla de esperanza y miedo.

—Con esto podemos forzar que la curia escuche de nuevo en público. Si el pueblo sabe que la sentencia se decidió sine populo …

—El pueblo vacila —respondió Remilia, pero su voz llevaba acero—. Con pruebas, algunos darán un paso. Y a Valerius no le gustan los pasos que no dirige.