Chapter 7 #2
—Hermosas palabras, Marcus —dijo, con voz clara y modulada—. Dignas de un filósofo, más que de un ciudadano. Pero dime, ¿desde cuándo las emociones son pruebas? ¿Desde cuándo el miedo o los sueños son fundamentos de la ley?
Se volvió hacia la multitud, extendiendo los brazos con teatralidad.
—Este hombre nos habla de máscaras y de sangre, pero no trae máscaras. Nos habla de cánticos en la noche, pero no presenta testigos que no lleven su mismo nombre. Nos habla de conspiraciones, pero lo único que vemos es una familia aferrada a las sombras de un muerto.
El murmullo se tornó en clamor. Unos pedían su condena, otros reclamaban justicia. La plaza entera era un mar en ebullición, y Valerius se erguía en el centro como un actor que dominaba la escena.
—Nabrissa no necesita profetas —tronó—. Necesita orden. Y mientras yo sea magistrado, ningún rumor, ningún símbolo pondrán en peligro la paz de Roma.
Entonces, una voz rompió el murmullo:
—¡Basta!
Tiberius dio un paso al frente. Su túnica se agitó con brusquedad, y sus ojos ardían con furia contenida. Señaló directamente a Valerius, desafiando el protocolo de la curia.
—Hablas de pruebas como si tu palabra fuera más valiosa que la nuestra. ¿Dónde están las tuyas, Valerius? ¿Dónde está el orden que dices perseguir? ¿Juzgando a inocentes que solo buscan la verdad? ¿O acaso compartes el vino con ellos en las sombras?
Un clamor recorrió la plaza. Los decuriones se removieron incómodos, los soldados se tensaron, y el magistrado cambió su gesto, sorprendido por la audacia del muchacho.
Valerius habló rápidamente.
—He aquí el verdadero rostro de la conspiración: insolencia, ira, desprecio por la ley. ¿Veis, ciudadanos? No saben hablar con respeto, porque su sangre joven está envenenada por la rebelión.
Tiberius avanzó otro paso, ignorando la amenaza.
—¡No! Mi sangre está limpia, y lo juro por Roma. Pero no permitiré que ensucies la memoria de mi padre. Tú quieres callarnos porque temes que el pueblo sepa la verdad: que los túneles están vivos, que los símbolos arden bajo la ciudad, y que tus manos no son tan limpias como tu toga.
La multitud rugió. Algunos aplaudieron con fervor, otros gritaron para silenciarlo. Los lictores se adelantaron, pero Marcus levantó el brazo en un gesto rápido, deteniéndolos.
Valerius sonrió con fría satisfacción.
—Un hijo de Vito que amenaza a su magistrado en plena curia. Eso, ciudadanos, es todo lo que necesitaba mostraros.
El murmullo se tornó en caos. El juicio, que había comenzado con solemnidad, estaba a punto de convertirse en un motín.
El foro entero vibraba con gritos enfrentados. Unos clamaban la condena inmediata de los hijos de Vito; otros exigían que se escuchara su verdad. Los decuriones golpeaban con las manos las mesas de mármol intentando restaurar el orden, pero la multitud había dejado de escuchar.
De pronto, un pedrusco voló desde la multitud y se estrelló contra el estrado de madera, a escasos pasos de Valerius. El impacto resonó como un trueno.
—¡Mentiroso! —gritó una voz desde las gradas.
Los guardias reaccionaron al instante. Avanzaron con los escudos alzados, empujando a la multitud. El foro se convirtió en un hervidero.
Claudia retrocedió un paso, el corazón desbocado. Tiberius se interpuso frente a ella por instinto, mientras Marcus se giraba hacia los lictores que cerraban el círculo.
—¡Atrás! —ordenó el magistrado con voz atronadora—. ¡Restableced el orden!
Pero el orden ya se había quebrado. Un grupo de jóvenes artesanos se lanzó contra los guardias, gritando el nombre de Vito. Los escudos chocaron contra piedras y palos improvisados. El foro, que debía ser templo de la palabra, se convirtió en campo de batalla.
Entre el caos, Claudia distinguió algo que heló su sangre: una figura encapuchada observaba desde el extremo de la plaza, inmóvil, con la máscara grotesca iluminada por el sol. No había duda. El culto estaba allí, mezclado con el pueblo, disfrutando del desorden.
—Marcus… —susurró, tirando de su manto—. Ellos también nos vigilan.
El maestro siguió la dirección de su mirada. Sus ojos se endurecieron de inmediato.
—Entonces este juicio nunca fue sobre justicia —murmuró—. Fue una trampa desde el principio.
Un grupo de soldados irrumpió en el estrado, rodeándolos. Tiberius levantó los brazos, dispuesto a luchar, pero Marcus lo contuvo con un gesto.
Valerius, rojo de ira, alzó la voz por encima del estrépito:
—¡Que sean conducidos al pretorio! ¡La curia decidirá en privado lo que el pueblo no sabe escuchar!
La multitud rugió, dividida entre vítores y abucheos, mientras los lictores se abalanzaban sobre Marcus, Claudia y Tiberius para arrastrarlos lejos del estrado.
Entre el estruendo de gritos y golpes, dos figuras se abrieron paso entre la multitud.
Remilia, con el velo deshecho sobre los hombros, avanzaba desesperada, empujando a quienes se interponían en su camino.
A su lado, Julia, la joven que había observado en silencio desde las gradas, intentaba alcanzarla, el rostro desencajado por la angustia.
—¡Claudia! ¡Tiberius! —la voz de Remilia se quebraba contra el bullicio—. ¡No los toquéis, son inocentes!
Los guardias, implacables, arrastraban a los tres acusados hacia las escaleras del pretorio. Claudia alcanzó a girar la cabeza: vio a su madre, con el brazo extendido, y por un instante deseó correr hacia ella. Pero el hierro de las manos de los soldados se lo impidió.
Julia, con lágrimas en los ojos, se aferró al brazo de un guardia.
—¡No podéis llevárselos! ¡No habéis escuchado todo!
El soldado la apartó de un empujón, y ella cayó de rodillas sobre las losas del foro. Un murmullo de indignación recorrió al pueblo: algunos ayudaron a levantarla, otros bajaron la mirada, temerosos de provocar a la guardia.
Remilia, en cambio, no retrocedió. Avanzó unos pasos más, enfrentando a Valerius con una mirada cargada de odio.
—Si tocas a mis hijos, maldices tu nombre y el de toda tu casa —dijo en un tono que era casi un rugido maternal.
Valerius la miró apenas un instante, como si ni siquiera mereciera respuesta. Luego giró la espalda y siguió a los soldados hacia el interior de la curia.
Las puertas de bronce se cerraron con un estrépito que resonó en toda la plaza. El pueblo quedó en silencio, conteniendo la respiración.
Julia, aún temblando, susurró apenas audible, como un juramento:
—No los dejaré solos. Pase lo que pase.