Chapter 7
Capítulo VI — El juicio de la curia
El eco del recuerdo de Vito parecía flotar sobre Nabrissa cuando al día siguiente el pueblo abarrotó la plaza frente a la curia.
Las columnas del edificio brillaban con el sol naciente, y sobre sus gradas se reunían los senadores locales, togados en blanco.
Los decuriones, como también se les llamaba, eran los ciudadanos más ricos y respetados; ocupaban cargos municipales, financiaban obras públicas, y decidían sobre impuestos y cultos locales.
En el centro, un estrado de madera aguardaba a los acusados.Cuando alcanzaron la escalinata del foro, notaron la ausencia. La tablilla oficial con los nombres citados era clara: ellos tres, y nadie más.
Sin embargo, Paulus no estaba allí. Ninguna señal de él entre los curiosos, ni cerca del pórtico, ni en las sombras de las columnas. Como si nunca hubiera estado bajo tierra con ellos aquella noche.
Marcus alzó la vista hacia el magistrado, que revisaba un rollo de pergamino con gesto severo.
Por un instante, apenas un instante fugaz, creyó ver en sus ojos algo más que cansancio o autoridad: reconocimiento, quizá o un recuerdo compartido.
Fue tan breve que Marcus no pudo afirmarlo después pero estuvo ahí.
Tiberius también lo notó. No dijo nada, pero en la forma en que apretó la mandíbula se adivinaba la pregunta. Claudia, por su parte, buscó con la mirada entre la multitud, inquieta, como si esperara ver aparecer al joven aprendiz en cualquier momento. Nada.
No hubo explicación. Nadie pronunció su nombre.
Y, sin embargo, el silencio en torno a él pesó más que cualquier acusación.
Si Paulus había estado con ellos, ¿por qué no estaba allí?
No era costumbre olvidar a un testigo y menos a un joven que siempre había sido visto como sombra leal de Marcus.
Nadie lo mencionó en voz alta. Pero, en la atmósfera cargada del foro, aquella ausencia se sintió como una presencia oculta. Como si algo —o alguien— hubiera decidido que a Paulus no le correspondía estar sentado frente al magistrado… al menos, no ese día.
Claudia caminaba con la frente en alto, aunque el corazón le golpeaba con violencia. Tiberius avanzaba a su lado, desafiante, mirando a la multitud. Marcus cerraba la marcha, consciente de que cada paso lo acercaba a un desenlace inevitable.
El pregonero alzó la voz:
—Comparecen ante la curia Marcus, discípulo de Vito, y los hijos de éste, Claudia y Tiberius, para responder de las acusaciones del magistrado Gaius Valerius.
El pueblo guardó silencio expectante. Valerius estaba entre los decuriones, y descendió los peldaños con un gesto solemne. Sus ojos se clavaron en Claudia.
—Hoy Nabrissa decidirá —anunció con voz grave—
La explanada frente a la curia estaba abarrotada.
Hombres libres, matronas, esclavos y mercaderes se mezclaban en un murmullo constante que oscilaba entre el miedo y la expectación.
El sol naciente teñía las columnas de la curia y el aire olía a sudor y especias que algunos vendedores ambulantes aprovechaban para ofrecer.
Un grupo de artesanos discutía acaloradamente cerca del estrado:
—Los hijos de Vito dicen la verdad —afirmaba uno, con manos manchadas de arcilla—. Yo mismo escuché cánticos en la ribera.
—¡Supersticiones! —replicó otro—. Valerius solo quiere que se cumpla la ley.
En las gradas, las matronas se cubrían los rostros con los velos, murmurando plegarias. Los jóvenes, más atrevidos, silbaban y gritaban.
Un liberto, con cicatrices en la espalda, se acercó a un grupo de marineros y les susurró:
—Si Valerius los condena, todos callaremos para siempre.
Los marineros asintieron con gravedad, recordando las noches de rumores en el puerto, cuando las sombras parecían merodear entre los barcos.
El foro había quedado vacía; toda la ciudad estaba allí. Incluso los campesinos habían llegado desde los olivares y trigales para presenciar lo que prometía ser más que un juicio: un gran espectáculo público, como si de un espectáculo de Itálica se tratase.
Claudia percibía todo aquello mientras subía los peldaños del estrado. El bullicio no era solo ruido: era una fuerza que la envolvía, mezcla de apoyo y condena. Cada murmullo la elevaba y al mismo tiempo la encadenaba.
Tiberius mantenía la mirada firme, pero no podía evitar escuchar a un anciano que gritaba desde la multitud:
—¡Vuestro padre murió por desafiar a los dioses! ¡Vosotros lo seguiréis!
Marcus, en cambio, no se dejó alterar. Sabía que aquella atmósfera era el terreno de Valerius: un pueblo dividido era más fácil de manipular.
El pregonero levantó la mano y pidió silencio. Las voces se apagaron poco a poco. Solo quedó el sonido del viento y el repicar de una campana en lo alto del templo cercano.
Era el momento.
Los decuriones se acomodaron en sus asientos, el mármol blanco y solemne. Valerius se adelantó.
—Ciudadanos de Nabrissa —proclamó—. Hoy no juzgamos solo a una familia. Hoy decidimos si permitiremos que el veneno de supersticiones prohibidas se extiendan bajo nuestras calles.
Un murmullo recorrió la multitud. La gran escena política estaba a punto de comenzar.
Valerius avanzó hasta el estrado central. Cuando alzó la voz, la multitud se silenció al instante: su tono era el de un magistrado acostumbrado a ser obedecido.
—Hoy comparecemos no por un simple desacato, sino por una amenaza que pretende socavar el orden de nuestra ciudad.
Alzó una tablilla, y el sol se reflejó sobre el sello de la curia.
—Se acusa a Marcus, antiguo discípulo de Vito, de incitar a los hijos de éste a profanar los túneles del liceo, lugar reservado al saber y al culto de nuestros antepasados.
Se les acusa de haber propagado rumores de cultos prohibidos, de encender temores entre el pueblo, y de alterar la paz pública con palabras que no pueden demostrarse con pruebas.
La incertidumbre recorrió a los presentes. Valerius alzó la mano y continuó con voz aún más firme:
—No solo eso. Se les acusa de conspirar contra el Senado de Nabrissa al querer convencer a la multitud de que existen fuerzas ocultas bajo la ciudad, fuerzas que superarían la autoridad de Roma misma.
Las últimas frases resonaron como golpes de martillo. Claudia sintió que el aire se le hacía más pesado; Tiberius apretó los puños, dispuesto a saltar.
Valerius bajó la tablilla y clavó la mirada en el grupo de acusados.
—En resumen, se os acusa de tres crímenes:
1. Profanación de los túneles del liceo.
2. Propagación de rumores que alteran la paz pública.
3. Conspiración contra la curia de Nabrissa.
Giró lentamente hacia la multitud, con gesto teatral.
—Estos crímenes no son menores. El primero ofende a los dioses, el segundo desgarra la unidad del pueblo, y el tercero desafía la autoridad de Roma.
El murmullo volvió a crecer entre la gente: unos asustados, otros indignados.
Valerius alzó la voz una última vez:
—Pero somos justos. Hoy tendrán la oportunidad de defenderse. Que hablen, pues, Marcus y los hijos de Vito, y que sus palabras sean juzgadas no solo por nosotros, sino por todos los ciudadanos aquí reunidos.
El silencio volvió a caer. Todos los ojos se posaron en Marcus, Claudia y Tiberius.
Marcus dio un paso al frente. La toga clara ondeó levemente con la brisa, y durante un instante el silencio del foro fue absoluto. Su voz, grave y serena, se alzó con la calma de quien habla desde la convicción, no desde el miedo.
—Decuriones, ciudadanos de Nabrissa. Fui discípulo de Vito, un hombre cuya sabiduría y dignidad nadie aquí puede negar. No comparezco hoy como agitador, ni como profanador, sino como heredero de una enseñanza: que la verdad debe hablarse incluso cuando incomoda.
Algunos murmullos de aprobación recorrieron la multitud. Marcus continuó, midiendo cada palabra.
—Se me acusa de profanar los túneles del liceo.
Pero ¿puede profanar aquel que entra buscando conocimiento?
Lo que hallamos no fueron simples ruinas ni supersticiones, sino símbolos y ritos que ofenden a Roma misma, porque se realizan en secreto, en la oscuridad, contra la ley de los dioses y de los hombres.
Valerius lo interrumpió con una sonrisa irónica.
—Hablas de símbolos, Marcus. ¿Y dónde están? ¿Los traes contigo, o pretendes que el pueblo crea en tus recuerdos como si fueran tablillas sagradas?
Marcus sostuvo su mirada con firmeza.
—No traigo objetos, sino testigos. Claudia y Tiberius vieron lo mismo que yo. Y si la curia lo permite, puedo señalar inscripciones frescas en los pasadizos del liceo. ¿Acaso Roma se construyó negando las pruebas del suelo sobre el que pisa?
La multitud murmuró con más fuerza. Algunos decuriones intercambiaron miradas inquietas.
Marcus alzó un poco más la voz, proyectándola hacia el pueblo reunido en la plaza:
—Se nos acusa de propagar rumores. Pero no son rumores lo que escuchamos en la noche: fueron cánticos, fueron máscaras, fue sangre derramada. Si callamos, Nabrissa se convertirá en esclava de las sombras. ¿Es eso lo que quiere nuestro magistrado?
Un murmullo de aprobación estalló en varios puntos del foro. Un grupo de artesanos gritó el nombre de Vito; otros lo mandaron callar con temor.
Valerius levantó la mano para restaurar el orden, pero Marcus no retrocedió.
—Finalmente, se me acusa de conspirar contra la curia. Pero escuchadme bien: no conspiramos contra Roma, sino contra quienes la ensucian con ritos indignos. Si esta ciudad ha de elegir entre obedecer a los encapuchados o a la verdad, yo elijo la verdad.
El silencio fue tan profundo que se escuchaba el crujir de las gradas de madera. Marcus retrocedió un paso, erguido y sereno. Había hablado con la fuerza de un testigo y la dignidad de un maestro.
Valerius permaneció unos instantes en silencio, como si dejara que las palabras de Marcus flotaran en el aire. Luego avanzó lentamente hacia él, con una sonrisa fría que no alcanzaba a sus ojos.