Hijos de Nabrissa Veneria Chapter 6
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Chapter 6

Capítulo V — Sombras en la casa

La domus de Remilia, en el corazón de Nabrissa, era amplia y luminosa.

El atrio se abría en torno al impluvium central, donde el agua recogida de la lluvia se agitaba suavemente con la brisa.

Los muros estaban decorados con frescos de tonos ocres y rojos: racimos de uvas, escenas de caza, figuras mitológicas que parecían observar a los habitantes desde la piedra.

El tablinum, orientado hacia el jardín interior, servía como lugar de reunión. Allí se sentaban ahora Marcus, Claudia y Tiberius, mientras esclavos encendían lámparas de aceite y traían panes redondos, aceitunas y cuencos de garum.

Claudia recorrió con la mirada el espacio que había sido su hogar desde niña. Recordaba cómo su padre, Vito, había caminado por ese mismo suelo de mosaico dictando lecciones de filosofía. Ahora, cada rincón le parecía cargado de fantasmas.

——Lo que más miedo me da no es que nos juzguen. Es que empiecen a mirarnos como si realmente fuéramos aquello de lo que nos acusan. —dijo en voz baja, rompiendo el silencio.

Remilia, erguida en el triclinio, respondió con firmeza:

—Mañana escucharán también tu voz. Y eso ya es una victoria.

Tiberius tomó un trozo de pan y lo partió con brusquedad. No era hambre. Era impotencia. Le desesperaba saber que entendía el problema y, aun así, no encontraba la manera de resolverlo.

—Valerius no quiere escuchar. Quiere condenar. Y cuanto más fuerte hablemos, más se cerrará en su toga.

Marcus lo miró con calma, la voz grave:

—Quizá no hablemos solo para él. Cada palabra resonará en el pueblo, en los comerciantes, en los soldados. Esa es la verdadera batalla.

Claudia acarició distraídamente el borde de un cuenco.

—Y si perdemos esa batalla, ¿qué quedará de nosotros?

Remilia la observó con ternura, pero también con la dureza de quien ha vivido demasiadas pérdidas.

—Quedará la la dignidad. Y eso no puede arrebatárnoslo ningún magistrado.

En ese momento, un esclavo entró con un mensaje lacrado. Lo entregó a Remilia, que lo abrió sin demora. Tras leerlo, sus labios se apretaron.

—Es de un viejo amigo de tu padre —dijo—. Nos invita a su villa a las afueras, cerca de los olivares. Dice que allí estaremos más seguros esta noche.

Marcus entrecerró los ojos.

—¿Más seguros o más vigilados?

Remilia dejó la tablilla sobre la mesa.

—Lo sabremos cuando lleguemos.

Al amanecer, la ciudad romana despertó con un rumor distinto. El foro bullía con la colocación de tablillas y edictos que anunciaban la sesión extraordinaria de la curia. Los pregoneros recorrían las calles con sus voces roncas:

—¡Por mandato del magistrado Valerius, los sospechosos comparecerán mañana al alba! ¡La ciudad debe presenciar la justicia del Senado!

Los comerciantes murmuraban en el foro. Unos decían que Valerius quería acabar con los rumores de los cultos con un castigo ejemplar; otros, que la familia de Vito era inocente y se buscaba solo una excusa para apartarlos.

En los muelles del

lago, los marineros hablaban en voz baja mientras cargaban ánforas de vino. Algunos aseguraban que habían visto figuras encapuchadas cerca del embarcadero en la noche; otros preferían no mencionar nada, temerosos de atraer desgracias.

El teatro también era escenario de comentarios. Entre los actores que ensayaban una comedia, corría el rumor de que Valerius pretendía usar el juicio como espectáculo, como si la ciudad fuera una escena y el magistrado, su protagonista.

Claudia, acompañada de Tiberius y Marcus, caminaba por las calles estrechas. Sentía cómo cada esquina estaba impregnada de miradas curiosas, cómo las conversaciones se apagaban a su paso. Algunos vecinos inclinaban la cabeza en señal de respeto; otros cerraban las puertas con disimulo.

—La ciudad es un hervidero —afirmó Marcus—. Valerius ha conseguido lo que quería: que todos nos miren.

Tiberius apretó la mandíbula.

—Entonces no debemos mostrar miedo.

Claudia, sin embargo, sentía el peso de cada rumor como si fuera una piedra sobre su espalda. Sabía que la batalla que se libraría en la curia no sería solo de palabras, sino también de voluntades. Y cada habitante de Nabrissa parecía ya estar eligiendo bando.

Al regresar a la domus, Remilia los esperaba junto al atrio. La tablilla  aún reposaba sobre la mesa.

—Debemos decidir —dijo—. El carro nos aguarda. Si partimos hacia la villa en los olivares, pasaremos la noche fuera de la ciudad y quizás hallemos consejo.

Marcus miró a Claudia y Tiberius. El destino de la jornada siguiente pendía de un hilo, y la oscuridad del culto aún acechaba bajo las calles.

—Vamos —respondió al fin—. Si mañana nos enfrentamos a Valerius, será mejor que esta noche busquemos claridad lejos de sus murallas.

El carro avanzó lentamente por el camino que ascendía entre campos de olivos y viñedos. A lo lejos, los rayos del sol se reflejaban sobre el lago, mientras bandadas de aves cruzaban el cielo abierto. El aire olía a tierra húmeda y a aceituna recién prensada.

Claudia respiró profundamente. Tras los días de tensión en la ciudad, aquel paisaje le parecía un alivio, como si la naturaleza misma la acogiera. Tiberius, en cambio, mantenía los ojos atentos al horizonte, como si cada sombra entre los árboles pudiera ocultar un enemigo.

Al fin apareció la villa. Construida en piedra clara y techos de tejas rojas, se alzaba en medio de los olivares como una fortaleza tranquila. Una pérgola cubierta de vides daba sombra a la entrada, y en el patio interior se escuchaba el murmullo de una fuente.

Al atravesar la puerta, Claudia quedó maravillada. El atrium de la villa era más amplio que el de su propia casa en la ciudad: mosaicos con escenas de vendimia decoraban el suelo, y en las paredes frescos de colores vivos representaban a Baco rodeado de ninfas y sátiros.

—Todo aquí respira vino —murmuró Marcus, con una sonrisa apenas perceptible.

Un hombre salió a recibirlos. Vestía una túnica sencilla, pero sus movimientos eran los de un anfitrión acostumbrado al respeto. Su barba entrecana y su pelo blanco enmarcaba un rostro severo, aunque sus ojos brillaban con calidez.

—Bienvenidos a mi villa —dijo, abriendo los brazos—. Soy Sextus Marcius Crispus, viejo amigo de vuestro padre.

Remilia se adelantó, inclinando ligeramente la cabeza.

—Crispus, han pasado muchos años y aún nos ofreces tu hospitalidad.

El anfitrión sonrió.

—Vuestro padre me enseñó más de lo que nunca pagué. Si Nabrissa se tambalea, aquí siempre tendréis refugio.

Los esclavos trajeron agua y pan caliente, y los condujeron al triclinium, donde se dispusieron los lechos para reposar mientras servían aceitunas, quesos y vino espeso de la última cosecha.

Claudia observó cada detalle: las ánforas alineadas en la bodega, las lámparas de bronce, los aromas que impregnaban la villa. Todo hablaba de una vida ligada a la tierra, distinta del bullicio de la ciudad.

Pero bajo aquella calma percibía también algo más: una expectación silenciosa, el preludio de un destino que se estaba tejiendo.

Crispus alzó su copa.

—Bebamos primero —dijo—. Después hablaremos de Valerius, de la curia y de lo que acecha bajo nuestros pies.

El triclinium estaba iluminado por lámparas de aceite que proyectaban reflejos dorados sobre los frescos. Los esclavos servían vino en copas de arcilla y platos de carne asada con hierbas. Afuera, los grillos cantaban entre los olivos, recordando que la villa transmitía el sosiego necesario.

Crispus se recostó en su lecho, observando a los jóvenes con una atención intensa, casi paternal.

—No sois niños ya —dijo—. Sois los herederos de un hombre al que Roma no supo valorar.

Claudia levantó la vista, sorprendida por la seriedad en su tono.

—¿Hablas de mi padre?

Crispus asintió lentamente.

—Vuestro padre buscó la verdad en lugares donde otros solo veían superstición. Yo lo acompañé más de una vez, mucho antes de que muriera.

Marcus se inclinó hacia él, la voz grave.

—¿A qué lugares te refieres?

El anfitrión giró su copa entre los dedos, como si dudara antes de hablar.

—A los mismos túneles que vosotros habéis recorrido. Vito ya los conocía. Sabía que bajo Nabrissa no solo había bodegas y cimientos, sino algo mucho más antiguo.

Claudia sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Quieres decir que padre formaba parte de ese culto?

Crispus negó con firmeza.

—No. Al contrario. Luchaba contra ellos. Pero lo que nunca os dijo es que él mismo fue señalado. Los sacerdotes de Liber lo reclamaron y él se negó. Esa negativa le costó la vida.

Tiberius se incorporó bruscamente en su lecho.

Crispus sostuvo su mirada sin pestañear.

—Vuestro padre fue asesinado. Y su muerte siempre fue presentada como un simple infortunio para ocultar la verdad.

Claudia sintió un nudo en la garganta.

Marcus sintió un pesar en su interior.

—¿Por qué no lo dijiste antes? No preguntaba movido por la rabia. Preguntaba porque una parte de él necesitaba creer que todavía era posible confiar en alguien.

Crispus bajó la voz.

—Porque hablar en Nabrissa es firmar tu sentencia. Y porque Vito me pidió que callara, que no manchara vuestro destino con su guerra. Pero los cultos no han olvidado. Ahora os han señalado a vosotros.

El silencio que siguió se rompió solo por el crepitar de las lámparas. Afuera, el canto de los grillos parecía una letanía fúnebre.

Crispus alzó de nuevo la copa.

—Mañana en la curia os juzgarán por lo que sois. Pero recordad: vuestro padre murió por desafiar a Liber. Y si queréis sobrevivir, tendréis que decidir si seguir su camino… o rendiros a las sombras.

El silencio se alargó tras las palabras de Crispus. El aire en el triclinium parecía más denso, cargado de vino y de recuerdos que no habían pedido escuchar.

Claudia fue la primera en hablar. Su voz temblaba, pero no de miedo, sino de indignación.

_—¿Y por qué lo llamas Liber en lugar de Baco?

—Antes de Baco estuvo Liber. Es el nombre romano de verdad. Pero los ritos que hacemos aquí vienen de antes, de cuando la gente aún lo llamaba Liber Pater.

—Entonces… ¿es el mismo dios?

—En el fondo sí. Solo cambió el nombre con el tiempo. Baco vino después; Liber es la raíz, el origen.

—Nos ocultaron la verdad. Padre murió luchando, y nos hicieron creer que fue un accidente. Toda mi vida he pensado que lo perdí sin motivo y ahora descubro que lo asesinaron por la misma razón por la que nos buscan a nosotros.

Tiberius se incorporó,  chispeando de furia.

—¡Entonces no se trata solo de superstición! Es un crimen, un asesinato. Y Valerius lo sabía. Todos lo sabían.

Golpeó la mesa con el puño, haciendo vibrar las copas. Él mismo se sorprendió de su reacción. Siempre había desconfiado de quienes actuaban dominados por la emoción. Aquella noche descubrió que la ira también podía encontrar razones.

Claudia lo observó con una mezcla de miedo y admiración.

Aquella rabia contenida resultaba inquietante precisamente porque no le era propia.

Tiberius siempre había sido mesura y control, el hermano sosegado que pensaba antes de actuar; sin embargo, ahora algo distinto parecía estar brotando en él, una furia nueva, áspera, nacida de los acontecimientos que los rodeaban.

Era una pasión que, hasta entonces, había pertenecido más a ella que a él.

Y, aun así, en ese arrebato reconoció la misma fuerza que la había protegido desde niños solo que ahora era más peligrosa.

Por primera vez comprendió que incluso su hermano tenía un límite.

Y aquella idea le produjo más inquietud que tranquilidad.

Marcus guardaba silencio. Tenía la mirada fija en las llamas de la lámpara, como si en ellas buscara respuestas que se escapaban entre sombras.

Crispus lo notó y habló con gravedad.

—Vuestro padre creyó que la verdad podía destruir el culto. Pero la verdad sola no basta. Necesita aliados, necesita valor, y sobre todo necesita sacrificio.

Claudia apretó las manos sobre su regazo.

—Si padre fue señalado y murió por resistirse ¿qué pasará con nosotros?

Crispus la miró con solemnidad.

—Eso dependerá de ti, Claudia. Si sigues su camino, heredarás su guerra. Si lo rechazas, tal vez vivas pero siempre bajo la sombra de quienes gobiernan desde las tinieblas.

La joven sintió que las palabras se grababan en su interior como fuego. Recordó las máscaras, los cánticos, la sangre derramada en el liceo, y comprendió que no podía huir.

Tiberius tomó su mano y la apretó con fuerza.

—No volverán a arrancarnos nada más. Si intentan llevarte, tendrán que pasar por mí.

Marcus por fin habló, con un tono más grave que nunca:

—Vito murió porque pensó que luchaba solo. Vosotros no estáis solos. Mientras respire, os defenderé.

El silencio volvió a caer, pero esta vez no era de miedo, sino de decisión. La lámpara crepitó, iluminando los rostros de los tres, unidos por un juramento tácito.

La villa quedó en silencio cuando los esclavos apagaron las lámparas.

Solo el murmullo del viento entre los olivos y el lejano canto de un búho acompañaban la oscuridad.

Claudia, tendida en su lecho, tardó en conciliar el sueño.

Sus pensamientos giraban una y otra vez sobre las palabras de Crispus: “ Vuestro padre fue asesinado porque se negó a rendirse.”

Al fin, el cansancio la venció. Y entonces llegaron los sueños.

Se encontró caminando por un pasadizo húmedo, como los del liceo, pero más profundo y antiguo. Las paredes estaban cubiertas de hiedra, y en el suelo ardía el círculo de fuego. Al otro lado, surgía la figura de su padre, Vito, vestido con la toga, los ojos fijos en ella.

—No repitas mi destino —dijo su voz, aunque sus labios no se movían—. Aprende a ver lo que yo no supe.

Claudia intentó alcanzarlo, pero el círculo ardiente se alzó como un muro de llamas.

Detrás de su padre, decenas de figuras enmascaradas se inclinaban, murmurando en un latín arcaico.

Vito extendió la mano hacia ella, pero antes de tocarla, una daga le atravesó el pecho.

La sangre se derramó sobre el fuego, y su figura se desvaneció en humo.

Claudia gritó y despertó, empapada en sudor. El cielo nocturno apenas clareaba en tonos azulados.

—No… no me toquéis…

Marcus, recostado en el extremo del cuarto, abrió los ojos de inmediato. Había aprendido a dormir ligero como un soldado. Se acercó a Claudia, que aún temblaba.

—¿Otro sueño? —preguntó en voz baja.

Ella asintió, sin poder articular palabra.

Marcus la cubrió con una manta ligera.

—No dejes que te atrapen también en los sueños. Mañana necesitarás toda tu fuerza.

—¿Y si todo el mundo espera que sea como mi padre y yo no estoy a su altura?

Claudia cerró los ojos de nuevo, pero el eco de las palabras de su padre la acompañó hasta el amanecer.