Chapter 5 #2
En lo alto de las gradas del foro, Gaius Valerius esperaba.A su lado se alzaban escribas y lictores.Los tres llegaron al centro de la explanada, pero Paulus no estaba allí, mientras tanto el magistrado levantó la mano.
—Ciudadanos de Nabrissa —proclamó con voz potente—. Nos reunimos hoy para esclarecer un hecho grave: la profanación de los pasadizos del liceo, lugar de estudio y respeto, convertido por manos impías en guarida de supersticiones prohibidas.
El murmullo de la multitud se intensificó. Valerius bajó la vista hacia Marcus y los jóvenes.
—Marcus, antiguo discípulo de Vito, compareces aquí con los hijos de tu maestro. Se os acusa de adentraros en los túneles sin autorización, de alterar la paz de la ciudad, provocar el fuego y propagar rumores que solo sirven a la discordia. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?
Marcus avanzó un paso. El silencio se hizo pesado; cada mirada estaba fija en él.
—No entramos en los túneles para sembrar discordia, sino para descubrir la verdad —respondió con voz firme—. Y lo que hallamos allí no fue fruto de supersticiones, sino de cultos oscuros que mancillan los cimientos de esta ciudad.
Un murmullo recorrió a la multitud. Algunos asentían, otros negaban con la cabeza.
Valerius sonrió con frialdad.
—Hablas de cultos prohibidos, pero no traes pruebas. ¿Acaso esperas que Nabrissa crea en tus palabras solo porque llevas el nombre de un muerto?
Tiberius dio un paso al frente, incapaz de contenerse.
—Mi padre murió por descubrir esa verdad. ¿Y ahora lo usarás como arma contra nosotros?
Los guardias se tensaron, pero Valerius levantó la mano, disfrutando del espectáculo.
—El pueblo escuchará todo lo que tengáis que decir —dijo—, pero recordad: las palabras tienen peso, y las mentiras pesan más que las piedras del templo.
Claudia sintió un nudo en la garganta. Sabía que aquel momento podía decidir su destino y el de su familia. Pero también sabía que callar era entregar la victoria a Valerius sin luchar.
El foro entero aguardaba su voz.
El silencio del foro era absoluto. Claudia sintió que cada latido de su corazón resonaba como un tambor en la explanada.
Marcus la miró con un gesto de advertencia, pero ella dio un paso al frente.
La luz del sol cayó sobre su rostro, iluminando la trenza negra y sus ojos marrones, que brillaban con una determinación inesperada.
—Quiero hablar —dijo, y su voz clara sorprendió a todos.
Durante un instante buscó la mirada de Marcus. Siempre había esperado que fueran otros quienes encontraran las respuestas por ella. Pero comprendió que había llegado el momento de decidir quién quería ser.
El murmullo del pueblo volvió a agitarse. Algunas mujeres en las gradas la señalaron, y los escribas se inclinaron para tomar nota de cada palabra. Gaius Valerius arqueó una ceja, intrigado.
—Habla entonces, hija de Vito —respondió con una sonrisa fría— Defiende tu nombre.
Claudia exhaló con calma y se obligó a no temblar.
—Entramos en los túneles porque algo oscuro estaba creciendo bajo la ciudad. Vimos símbolos grabados en piedra, escuchamos cánticos en la noche, y presenciamos un ritual en el que se derramó sangre para honrar a Baco.
Un estremecimiento recorrió la multitud. Algunos agacharon su rostro, otros callaron con gesto sombrío.
Los guardias se inquietaron, pero Valerius levantó la mano, manteniendo la calma aparente.
—Grandes palabras para una muchacha —replicó con ironía—. Pero dime, Claudia, ¿no será que estás confusa? Se habla de tu sensibilidad, de tu imaginación… Quizá viste lo que querías ver.
Claudia sostuvo su mirada sin vacilar.
—No lo imaginé. Yo lo vi con mis propios ojos. Los mismos símbolos que se repiten en mosaicos primitivos, en tablillas ocultas y hasta en las paredes del liceo. El círculo de fuego es real. Y si seguimos callando, devorará a Nabrissa entera.
La multitud estalló en un murmullo más fuerte. Había miedo, sí, pero también admiración. Algunos aplaudieron, otros chistaron, pero todos hablaban de ella.
Marcus sintió un nudo en el pecho. Sintió el impulso de detenerla.
Durante años había creído que proteger consistía en ponerse siempre delante.
Aquella mañana descubrió que, a veces, proteger también significaba hacerse a un lado y confiar.Había temido que Claudia se quebrara, pero en cambio estaba encendiendo al pueblo con sus palabras.
Tiberius se acercó a su hermana, poniéndose a su lado.
—No estamos solos —dijo con firmeza, proyectando la voz—. Si los encapuchados nos observan desde las sombras, que sepan que no tememos nombrarlos.
El foro vibraba con la tensión de un pueblo dividido.
Valerius guardó silencio unos segundos, con los ojos fijos en Claudia. Su sonrisa desapareció, y en su lugar asomó la dureza de quien ya no ve a una niña, sino a una amenaza.
—Mañana convocaré a la curia —anunció finalmente—. Y allí se decidirá si vuestras palabras son verdad o traición.
El foro estalló en un murmullo ensordecedor tras las palabras de Valerius.
Los pregoneros trataban de imponer orden, pero el pueblo se agitaba como un mar inquieto.
Unos gritaban en favor de Claudia, otros aterrados al escuchar el nombre de Baco en rituales olvidados donde se perdían en épocas ancestrales donde la adoración era a Liber y el nombre de Baco aún no se pronunciaba.
Desde lo alto de las gradas, las matronas cubrían sus rostros con los velos, murmurando plegarias. Los comerciantes discutían entre sí: unos clamaban que los túneles eran solo supersticiones, otros aseguraban que habían visto sombras rondando el puerto en noches de luna nueva.
Claudia permanecía erguida en el centro de la explanada, con los ojos aún brillando de emoción. Tiberius se había colocado a su lado como un guardián, los ojos encendidos, desafiando con la mirada a cualquiera que se atreviera a señalarla.
Marcus observaba en silencio, midiendo cada gesto del magistrado. Valerius no mostraba ira ni temor: su rostro permanecía impenetrable, pero sus manos, ocultas entre los pliegues de la toga, se crispaban con fuerza.
Finalmente, el magistrado se levantó de su sitial.
—Ciudadanos —tronó con voz solemne—, mañana la curia dictará si estas palabras son las de una familia leal o las de traidores que pretenden sembrar el caos. ¡Dispersaos!
Los lictores avanzaron para abrir camino, y la multitud comenzó a dispersarse en oleadas.
Mientras el pueblo se retiraba, algunos se acercaron discretamente a Claudia y Tiberius. Una anciana tomó la mano de la joven y le murmuró:
—No tengas miedo.
Un grupo de jóvenes artesanos asintió en silencio al pasar junto a Marcus, gesto breve pero cargado de apoyo.
Otros, en cambio, los miraban con abierto recelo. Una mujer arrastró a sus hijos lejos de ellos, como si Claudia llevara consigo el contagio del peligro.
El contraste era palpable: Nabrissa estaba dividida.
Cuando salieron del foro, las calles adyacentes hervían de comentarios.
En el foro, algunos repetían las palabras de Claudia con fervor, como si hubieran presenciado una revelación.
En las tabernas, los rumores se mezclaban con el vino, y más de un marinero juraba que había oído cánticos en el lago.
Remilia aguardaba en la entrada de la domus. Al verlos regresar, respiró aliviada, aunque en sus ojos se leía la gravedad del momento.
—Habéis encendido la llama —dijo con voz baja—. Ahora veremos si la ciudad está preparada.
Claudia levantó la mirada hacia el cerro donde se alzaba el templo de Baco, que dominaba la ciudad desde lo alto. Las columnas parecían oscurecidas por la tarde, y en la brisa le pareció escuchar un murmullo, profundo, que la llamaba por su nombre.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Sabía que el verdadero juicio no sería en la curia… sino en los lugares donde las sombras bebían vino y sangre bajo tierra.